El cuaderno de Manuel Jular (1)

December 18, 2007

Retrato de Gamoneda, por Manuel Jular

 

 

El cuaderno de Manuel Jular (2)

 

 Sé paciente en tus uñas,
ah cadáver que duermes esta noche
en mis párpados,
ten salud, ten piedad;

ah, sé hábil, habita suavemente la sombra,

calla en mis labios, entra en mis anillos. 

 

El cuaderno de Manuel Jular (3)

 

El comedor de las viudas

Ves pasar el invierno y, en las habitaciones cóncavas,
bajo los grandes decimales, suda la plata funeraria.

Ah las cucharas: ésa es tu audición
cuando el azúcar hierve,

ah las cucharas en el corazón seducido
por las alondras de la muerte.
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (4)

 

Hierves en la erección, dama amarilla,
y éstas son aguas preteridas, líquidos invernales.

Dama en mi corazón cuya luz me envejece;
eres la obscenidad y la esperanza.
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (5)

 

Edad, edad,
tus venenosos líquidos.

Edad, edad,
tus animales blancos.
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (6)

 

 Tango de la eternidad

Ávida vena, dame tu cordel.
Quien tiene miedo quiere entrar en ti,
víspera negra. Y en los patios canta
tonta, la eternidad.

                        Este verano,
no dejes de venir, ávida vena,
dios sin semilla, paz sin esperanza.

 

El cuaderno de Manuel Jular (7)

 

 Ventana húmeda

Esta es una ciudad desconocida
y llueve sin esperanza.

No hay memoria ni olvido
y el error es la única existencia.

¿Quién me ama
en esta ciudad desconocida?
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (8)

Aviso negro

Nada se esconde al gavilán inmóvil;
arden sus ojos amarillos
y esta es su narración: aguas enfermas,
mendicidad de rostros invisibles.

No hagas incesto en los armarios; guárdate:
albergan asma, atribución, espíritus,

quizá días y alas desesperadas.

Siéntate ya a contemplar la muerte.

 

El cuaderno de Manuel Jular (9)

 

Aviso negro

Nada se esconde al gavilán inmóvil;
arden sus ojos amarillos
y esta es su narración: aguas enfermas,
mendicidad de rostros invisibles.

No hagas incesto en los armarios; guárdate:
albergan asma, atribución, espíritus,

quizá días y alas desesperadas.

Siéntate ya a contemplar la muerte.

 

El cuaderno de Manuel Jular (10)

 

Tango de la misericordia

Es la última lana de mi vida;
hay azúcar, amor, hay vigilantes
en las arrugas de mi corazón
y aún eres pobre dulcemente en mí.
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (11)

 

Llegan los números

En tus dos lenguas hoy estuve triste,
en la que habla de misericordia
y en la que arde ilícita.

En dos alambres puse mi esperanza.

Estoy viendo dos muertes en mi vida. 

 

El cuaderno de Manuel Jular (12)

 

 Relación del prostíbulo

Vi la solicitud de las ancianas
y sus agujas; las tinieblas
y la humedad de sus medallas.

Era juevas sin padre, jueves sólo.
No había nadie en el espejo. Vi
cánulas y, tras el crepúsculo,
a las gallinas en la eternidad.

Dios se cansó de la tristeza
y no quiso existir. Aquella tarde
fue la única tarde de mi vida.
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (13)

 

Soy el que ya comienza a no existir
y el que solloza todavía.

 Es horrible ser dos inútilmente.

 

El cuaderno de Manuel Jular (14)

 

 Los inocentes son seducidos en los patios
y las vecinas hablan
de la resurrección de la carne.

Mis hijas lloran en sus manos y su llanto es verde.

¿Qué día es este que no acaba? 

El cuaderno de Manuel Jular (15)

Ah vejez sin honor. Y los adverbios
depositándose en mi alma.
(Lágrimas en los vasos prohibidos,
mariposas ávidas).

Sé de la furia del pastor, viene apartando ramas
y ya es de noche.
               Los advervios
están cansados en mi alma.
 

 

El cuaderno de Manuel Jular (y 16)

 

Fernando Menéndez desmenuza cuatro afirmaciones tajantes

December 14, 2007

El poeta asturiano Fernando Menéndez
Rastreando al poeta asturiano Fernando Menéndez, damos con este artículo suyo sobre Gamoneda publicado hace algún tiempo en la revista digital literaturas.com. Se titula (haz click para leerlo entero):

Cuatro afirmaciones tajantes de Antonio Gamoneda más una nota prescindible.

Reproducimos aquí, únicamente, la "nota prescindible", al final del artículo:

    Al sobrevolar Esta luz (Antonio Gamoneda. –Poesía reunida-1947-2004. Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores. Epílogo de Miguel Casado) se revuelve en el estómago una especie de vértigo histórico, similar, dicen, al que sienten los viajeros ante los restos de la Historia. Se tensa el nudo de los intestinos al comprender que en Esta luz se escribe la letra de mi educación sentimental. Todo lo que me ha acompañado y me ha dolido, todo lo que me ha abrumado y necesitado. El profesor Claudio Guillén lo denomina “múltiples moradas”. Lo cierto es que un libro verdadero se prolonga a través de una extensa reverberación. Así, un personaje de la última novela de Belén Gopegui (El lado frío de la almohada) al recordar un poema de Lezama Lima me enseña cuál es, para mí, el efecto de la escritura de Antonio Gamoneda:

“Ahora ya sabemos que la única certeza
se engendra en lo que nos rebasa.”

El villancico inédito

December 13, 2007

Entresacamos pregunta y respuesta de la reciente entrevista
que le hizo a Gamoneda la perdiodista leonesa Verónica Viñas:

V. V. —Aunque odio las Navidades, recuerdo un villancico precioso que me enseñaron en la escuela. Decía así:
    «…Y un chiquitín charlatán,
    puesto en la punta del pie,
    se asoma y dice: José,
    pónle tu capa,
    que está nevando…»

¿Le suena?

A. GAMONEDA. —Lo escribí hace 40 años porque una maestra de mis hijas, Ofelia, muy cariñosa, inteligente y católica, me lo pidió para cantarlo en familia.

* * *

Como curiosidad, conseguimos recuperar aquel entrañable villancico
tal y como lo conserva Amelia, hija del poeta:

 
Nevaba mucho en Belén
la noche que Dios nacía.
¡Qué bonito y que alegría,
pero qué frío también!
  
 
El niño estaba en el suelo
como una rosa desnudo.
¿Por qué no quiso si pudo
venir vestido del Cielo?
 

Dos ángeles tejedores
de prisa y muy buena gana
le están haciendo de lana
una nana de colores.
 

Y un chiquitín charlatán
puesto en la punta del pie
se asoma y dice: “José,
ponle tu capa, que están
dale que dale y no sé
cuándo cuándo acabarán"
.
 
 
(Antonio Gamoneda) 

 

Marcos Canteli Vigón: “La lengua ‘en majestad’ de un poeta republicano”

December 11, 2007
 

Marcos Canteli
He envejecido dentro
[un par de retales para Antonio Gamoneda]
  • 1.- Sobre Descripción de la mentira
Si se cumple el famoso imperativo de Benjamin de pasarle el cepillo a contrapelo a la historia en el relato de Gamoneda es porque queda claro que, en él, hablar de la historia equivale, necesariamente, a señalar una grieta profunda de silencio: 

Los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad, pero la verdad conducía a la traición.

Algunos aprendieron a viajar con su mordaza y éstos fueron más hábiles y adivinaron un país donde la traición no es necesaria: un país sin verdad.

Era un país cerrado; la opacidad era la única existencia.

El olvido, la retracción, la mentira —las zonas negativas— se convierten en los temas privilegiados de un relato consumido en la enunciación obsesiva de los reversos: “La realidad se ahuyenta en estos labios tan sólo expertos en formas invisibles”.
Contrahistoria, entre la muerte y la memoria, en la invocación de la memoria de la muerte.

Gamoneda vía Blanchot: escribir para poder morir.
Gamoneda vía Agamben: escritura como testimonio, tarea del superviviente.

Tal vez de ahí venga ese metamórfico (posibilidades: forma del amor, del yo, de la amistad, de lo colectivo, etc.) en fuga. Invocarlo es hablar a una sombra.

O la espectralidad de la voz del superviviente, la de un sujeto poético agotado (“guárdate de mí porque la negación ha tocado mi cuerpo”), cuya mirada sólo parece capacitada para la percepción de la finitud porque su “lucidez está ofrecida a la muerte”. No extraña, por tanto, la inercia interrogativa como suspensión del concepto de verdad:

No recurriré a la verdad porque la verdad ha dicho no y ha puesto ácidos en mi cuerpo.

¿Qué verdad existe en el vientre de las palomas?

¿La verdad está en la lengua o en el espacio de los espejos?


El valor crítico del poema podría residir entonces en lo que Keats llamó negative capability, es decir, en esta cancelación de la posibilidad afirmativa.

Pensar un libro como Descripción de la mentira en sus coordenadas más estrictamente históricas, frente la fábula amable de la Transición: conciencia del valor corrosivo de la palabra para denunciar que una hay paz levantada en olvido o borradura. El gesto político de Gamoneda consiste en dejar al descubierto, a través de un acto ineludible de memoria, la naturaleza fraudulenta de la sutura y en desvelar su materialidad negativa: silencio, ácidos, suciedad. Sólo una vez llevada a cabo esa tarea de revelación (verdad) y purga, una vez quitados los velos de la mentira, podría abrirse una grieta a la posibilidad de una existencia no opaca (“Éste es el único día digno de ser vivido ya que todos los otros días fueron días de negación”). No obstante, el libro concluye en un escepticismo sin cicatriz, respirando aún por la herida, a la vez que añade un interrogante más; éstos son sus últimos fragmentos:

Profundidad de la mentira: todos mis actos en el espejo de la muerte. Y los carbones resplandecen sobre la piel de los héroes aun despiertos en la imbecilidad.

Y ese alarido entre cristales, esas heridas que no son visibles más que en el instante del amor…

¿Qué hora es ésta, qué yerba crece en nuestra juventud?

Al fondo de la yerba negra de la mentira queda este escribir preguntando al olvido y a la historia aún no escrita, constatación, pero tal vez también ahí un resquicio de apertura.

[Inciso
Casi un leitmotiv de gravedad sombría,
esa insistencia: el relato de cómo avanzo
hacia la muerte. Y, sin embargo, la propia
perplejidad se responde (a sí misma,
asimismo) cada vez con el cuerpo
en las palabras, las palabras del cuerpo,
susmaterias, deteniendo toda pulsión
trascendente aquí.

Una conciencia paradójica que tensa
el poema, afilando lo inocente,

dulcificando sus sabores de muerte.]
  • 2.- Intimidades
Una anécdota, la primera experiencia de lo que podría entenderse como una forma de comunicación poética: la aparición de una palabra (sarga era en este caso), desconocida, nunca oída, etc. y sin embargo, a través de aquel poema (¿del Libro del frío, tal vez?), un saber instantáneo, un conocimiento físico, inmediato, que el asombro iba a verificar más tarde en el diccionario.
Paradoja: la lengua en majestad de un poeta republicano. (Redefinir, de paso, otra herencia de las preposiciones en en).

El temblor de la correspondencia. Grafías, ya entretelas. Acoso y lamento de la boca impaciente contra la lentitud: amordazarse y escuchar. Una resonancia insustituible en el oído, piel en el poema. Que no temblarán las columnas del templo, no, ¿pero aquello?

De entre todos, el Libro del frío. ¿Por qué? algunos datos para una (imposible) ecuación:
    profundidad
                                            emoción
                    suspensión
                                                    memoria
        exactitud
                    levedad
intimidad
                              intimidad
                                            intimidad, etc.

Decir sin decoro, porque saber de memoria es saber de corazón, desde este (otro) lado: no vemos agua pero hay muchos árboles y, como siempre, para dejar de tiritar tú tarareas: “Tengo frío junto a los manantiales…”.

Durham, 7 de marzo, 2007
 
(Este artículo se publicó en ‘Hojas del Foro’
-Número especial ‘Homenaje a Antonio Gamoneda’-
Grado, Asturias, Abril 2007)

1 / Laurence Breysse-Chanet: Gamoneda, Trakl, Lorca, Vallejo

 PARÍS

LAS SOMBRAS DEL SOLITARIO

 * * *     
 
Por LAURENCE BREYSSE-CHANET
—Texto leído en el Instituto Cervantes de París,
en el ciclo ‘La República de la Poesía. La obra poética de Antonio Gamoneda’,
coordinado por Félix Blanco—.
4 de mayo de 2006
 

Casi el mismo día que César Vallejo, a quien
amaba tanto, acaba de morirse Claude Esteban,
y con fidelidad le dedico estas páginas.
 
    Les tengo que confesar que me impresiona mucho estar aquí esta tarde en esta mesa con todos ustedes, con Jean-Yves Bériou e Ildefonso Rodríguez —y con Antonio Gamoneda, cuya obra leo desde hace ya unos años, sin haber atravesado el río hasta ahora, poniéndome a escribir sobre ella. Me esperaba la música del azar, y les agradezco a todos su presencia, así como su invitación al Instituto Cervantes y a Félix Blanco en particular.
    Cuando una amiga alemana le preguntó por qué amaba tanto la obra del poeta austriaco Georg Trakl, Eugène Guillevic contestó de esa manera: «Je n’ai pas su lui répondre, j’ai seulement dit, “parce qu’il m’empoigne, c’est tout.” En effet, je ne peux pas lire ce poète sans qu’il m’étreigne, mais si j’analyse, je ne sais vraiment pas le pourquoi de ce bouleversement en moi.» Quisiera decir lo mismo a propósito de la obra de Antonio Gamoneda. Añadiendo con Ildefonso Rodríguez que «nuestras navajas conceptuales son de uso casero, nuestra terminología es rudamente metafórica.»
    En esta obra extraña, dolorida, que nos arrastra hacia su mundo singular, pero de total evidencia, las palabras son cuerpos vivos que lentamente, entran en nuestra existencia, con música propia y fraseo distinto al compás de los once poemarios y conjuntos poéticos reunidos en Esta luz: «El gran mosaico es visible en la superación de su instantánea fragmentariedad, cuando se convierte en una secreta narración cuya ambigüedad es riqueza, polisemia ofrecida a la colaboración lectora» nos dice el mismo Antonio Gamoneda en su prólogo a Temblando de palidez de Jacinto Santos. ¿Qué camino elegir ahora hacia el gran mosaico? La crítica insiste en la unidad de la obra, más allá de sus respiraciones distintas, como si las mismas partes dialogaran entre sí desde su diferencia, mientras que la reescritura —«un derecho que me reservo indefinidamente»— lanza puentes y dibuja pasajes que insisten en la «comunidad misteriosa» que subyace entre los poemarios. Una narración secreta de hecho, donde la memoria desde su espesura se actualiza gracias a su música propia —«hay una música en mí, esto es cierto» dice la voz de Arden las pérdidas, conociendo así quizá la única certidumbre—; un relato interior, desde la soledad. Pues como lo escribe Antonio Gamoneda a propósito de José Ángel Valente, «la poesía es una aventura subjetiva; se proyecta en un marco histórico y colectivo pero se hace real en soledad.» Lo que basta para eliminar las falsas preguntas sobre su pertenencia o no a la generación del 50. «Y en los almácigos, ¿quién, en los almácigos, profundiza más que en su corazón?», pregunta la voz de Descripción de la mentira. Un corazón del que brotan «signos exactos e incomprensibles», contradictorios; un rostro inencontrable, «realidad múltiple y cambiante». Por lo tanto una posibilidad de diálogo: «El rostro es el otro. Pero […] ese otro puede ser yo mismo al tiempo», como lo declara Antonio Gamoneda en 1986 en una entrevista.
    Entonces, con interrogaciones más que afirmaciones, decidí explorar la voz, o las voces, de Antonio Gamoneda, como «lugar de confluencia», según la expresión de Miguel Casado, en diálogo de honda hermandad con «algunos rostros invisibles». Así se busca un encuentro que lleve a la voz todavía más allá de sí, hacia la «luz dentro de la sombra» vislumbrada en Arden las pérdidas. Los nombres que recordé entre varios, escuchando (subjetivamente no lo niego) diálogos más o menos secretos desde la «soledad abierta» de Antonio Gamoneda, son tres: Georg Trakl, Federico García Lorca y César Vallejo. Imanes finales para el lector, dos traducciones de Trakl rematan en efecto Esta luz, donde veo como un colofón o una firma, al cabo del itinerario empezado en 1947. Río arriba de la obra, me persigue el descubrimiento de los cuatro «capítulos» poéticos, lancinantes, de Tauromaquia y destino, que Antonio Gamoneda escribió en 1980, espejos intermedios entre cuatro citas del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías y las respuestas pictóricas de Juan Barjola. Un conjunto seguido por un comentario del propio Antonio Gamoneda, en la parte titulada «Tauromaquia y destino». Corredores oscuros unen aquel conjunto con Descripción de la mentira y Lápidas, socavando para el lector túneles de comprensión, cuya dramaticidad ilumina el campo de la memoria más soterrada. Me detendré en dos motivos o símbolos —siguiendo «las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo»—, el balcón y el caballo, en busca de unos caminos oníricos de la energía creadora. Entre Lápidas y Libro del frío, quisiera dejarme llevar por fin hacia los momentos en que el yo se hermana, en una perspectiva inquietante y reveladora, con César Vallejo.
(Continúa…)

2 / Laurence Breysse-Chanet: ‘Con la sombra de Trakl’

En el espejo del solitario
(con la sombra de Trakl)
Trakl

    Descripción de la mentira se cierra nombrando el indecible «alarido entre cristales», en el instante final del libro, cuando es «espejo de la muerte». Como lo comenta Antonio Gamoneda de modo sesgado, a propósito de José Ángel Valente (en cuya obra reconoce una «muy relativa cercanía en el pensamiento poético») la poesía, «temible don», «experiencia de límites», «pone miedo y dolor en los mecanismos existenciales». La obra es espacio de riesgo, espacio impuro, donde el yo biográfico y el yo poético se entremezclan ante el «muro quieto en la imposibilidad, externo a un espesor de líneas invisibles, un espesor dotado de melancolía.» Hay que arrojarse a la espesura de una memoria ya obra, «selva roja» en Exentos II, «oscuridad que se respira / y a sí misma se ignora». Tal espesura brota de la fuerza poética del cuerpo. El corazón «entra en el bosque de las venas», «cruza la sombra con tu cuerpo»: «Exprésate con tu sola existencia, / como el bosque secreto, que se dice / en la ciega madera y en el liquen / y en la profundidad y en la quietud». En Descripción de la mentira, en el espacio vaciado que rodea la conciencia, «en medio de las ruinas», sólo se siente «la palpitación del bosque y algunas huellas tuyas en mis manos». «Grumo retrocediendo», el mismo motivo emerge al otro cabo del hilo memorial, pues en Arden las pérdidas, aún «entramos indecisos en un bosque de espinos». Ahí se encuentra la impostación, la voz natural, que engendra a partir de Descripción de la mentira un fraseo musical de bloques simétricos, expresión poética de la palpitación del bosque de la memoria.
    Esta omnipresencia del bosque —metáfora también de la impresión causada por la obra en un lector ya preso de su enigma—,  me llevó a pensar en un parecido sorprendente con la obra del poeta austriaco Trakl. Recordé aquellas líneas de Rilke a Ludwig von Ficker, tras su lectura de Helian:
[…Ce beau chant] m’a bouleversé par ses distances internes, on le dirait bâti sur des silences, ses lignes sont comme des clôtures autour de l’ineffable illimité: comme des barrières dans un pays plat, par-dessus lesquelles l’espace enclos ne cesse de recomposer une grande plaine impossédable.
    Llanura ilimitada hacia fuera o bosque hacia dentro la obra, motivo obsesivo asimismo en la poesía de Trakl. En otra carta a Ludwig von Ficker, Rilke se expresa de ese modo sobre Sebastián en sueño:
[…] on comprend bientôt que les circonstances de ce chant (sa montée et sa retombée) ont été irrémédiablement uniques, comme celles dont naît, justement, un rêve.
    Varios críticos habían reparado ya en el parecido. En su introducción a Edad, Miguel Casado alude a Saint-John Perse, Trakl o Rimbaud para subrayar lo inaudito de la obra de Antonio Gamoneda en la tradición española. En su artículo de 1993 titulado «Manos de tierra», Fernando Castro Flórez alude a una proximidad en la «peregrinación crepuscular» —y pensamos en un verso como «Subes hasta un lugar de espinos; tocas el borde del crepúsculo», de Descripción de la mentira. En 1996, en una entrevista en la que José Luis Calvo Vidal alude a Saint-John Perse, a Trakl y a René Char, Antonio Gamoneda contesta lo siguiente sobre los poetas nombrados:
[…] perfectamente elegidos, son obras con las cuales yo acepto una afinidad. Quizá, el caso más ilustrativo pueda ser el siguiente: a mí me decían, «oye, cómo se nota que has frecuentado mucho a Trakl… hay una gran cercanía entre lo que haces y la obra de Trakl, ten cuidado…» Y yo no había leído a Trakl. Lo leí después y dije «es verdad». […]
    A continuación, Antonio Gamoneda alude a «las coloraturas, los impulsos y la sentimentalidad» que están en Trakl y pudo recibir por una vía indirecta, pero prefiere concluir sobre tal cercanía aludiendo a afinidades, «la causa única». Que quede claro que yo no busco fuentes hipotéticas, sólo me interesa la hermandad con la visión de «un homme qui meurt à vingt-sept ans et qui n’a jamais cessé de vivre sa propre mort», según palabras de Jean-Michel Palmier. No explicar sino comprender esa afinidad, seguirla más como un misterio que un secreto: una coincidencia que no esconde nada sino que existe —pues es así y eso es inexplicable, y creo que es mucho: una invitación por lo menos para que el lector, a partir del encuentro, se adentre en la espesura de cada voz.
    La poesía de Trakl, en íntima familiaridad con la muerte –«le plus grand poète de la mort» para Jean-Michel Palmier– es de hecho una poesía en la perspectiva de la muerte, diríamos con Antonio Gamoneda, una poesía entre tinieblas y miedo, sumida en una constante atmósfera de descomposición, bajo el signo angustioso de la finitud y del tiempo. Existen pocas obras poéticas tan oscuras como aquélla, al mismo tiempo coherente como pocas, precisa como pocas en su caos de imágenes y de ruidos, en torno a sus constelaciones angustiosas, hechas de otoño, noche, niebla, crepúsculo, ruinas… Como cuando caminamos por Esta luz, una impresión intensa de sueño se desprende de todos los poemas y relatos. Arraigan en la vida y la infancia de Trakl, entre el padre que sosiega y la madre fría y ausente (perspectiva invertida de cierta manera en la vida de Antonio Gamoneda, que de niño vivió con su madre, pues él sólo tenía un año cuando murió su padre, dejándole como herencia decisiva su único libro de poemas, Otra más alta vida).
    El canto de Trakl tiene dos vertientes, inocencia y decadencia, canto del ocaso irremisible: una escisión  expresada por el reparto de las figuras que atraviesan la obra. Por una parte, el cazador, cifra de la sangrienta crueldad humana, interiorizada bajo la obsesión de la culpa y del mal, cifra asimismo del destino del hombre moderno, en su pobreza y miseria, de alcance ontológico. Una vertiente oscura, opaca y sangrienta que se desarrolla en Descripción de la mentira y Lápidas bajo el signo de la «claridad del miedo», que se dice y se conjura por la canción –muerte y rocío– del «cantor de las heridas» en Libro del frío. Pues en su desesperada voluntad de redención, en su intento de descifrar nuestro destino, el yo se esconde detrás de las figuras que indican la necesidad de un paso hacia lo desconocido, cuando el crepúsculo se hace azul. Así, con los pastores y los campesinos, están en la obra de Trakl el niño Elis –figura suprema de la inocencia y de lo sagrado–, y la figura del Extranjero, proyectada también en la del Solitario: unos seres órficos, hermanos baudelairianos, que son la palabra última de la poesía de Trakl.
    Atenta por necesidad interior quizá a tales encuentros, no me extrañó entonces encontrar al final de Esta luz, como quinta «mudanza» (palabra musical), las dos traducciones de Trakl por Antonio Gamoneda, desprendidas de su espacio de origen, meramente tituladas «Canción del solitario» y «Sueño y locura [Fragmentos]». Se trata de los dos últimos poemas de Sebastián en sueño. Sólo comentaré aquí unas cuantas elecciones que, como un espejo, iluminan la lectura «posesiva» de Antonio Gamoneda. El primer poema, «Gesang des Abgeschiedenen»,  publicado en la revista Der Brenner, el 1° de abril de 1914, ocho meses antes de la muerte de Trakl, dedicado a Karl Borromaeus Heinrich, refleja un vocablo esencial del lirismo trakleano. Literalmente, explica Marc Petit, «Abgeschiedenen» significa apartado de: de la vida, difunto, y del mundo, según el sentido propio del léxico religioso de la tradición del misticismo alemán. La dedicatoria matiza el sentido de título, pues el texto se refiere a los ensayos publicados por Heinrich en Der Brenner en 1913. En el ensayo, la palabra se refiere al aislamiento interior, frente a la corrupción de la época, de la civilización moderna, a la que se opone un retorno meditativo sobre sí, en la soledad y la naturaleza: lo que quiere expresar precisamente la elección de la palabra «solitario».
    Pues esa palabra, lo subraya Adrien Finck, plantea problemas de traducción. En francés, Henri Stierlin en 1956 elige «Chant du défunt»; Marc Petit y Jean-Claude Schneider en 1972 prefieren «Chant du trépassé». Los traductores de Heidegger, Beaufret y Bokmeier, igual que Jean-Michel Palmier a continuación, proponen «Chant de Dis-Cédé», vía más heideggeriana que trakleana. El traductor sin duda más cercano al sentido alemán, para Adrien Finck, es Jacques Legrand, cuando en 1993 publica «Chant de l’Isolé», con I mayúscula, para poner de relieve la fuerza del símbolo. Un camino que sigue Michèle Finck, que ofrece sin duda la traducción francesa más musical. En sus «Avisos y explicaciones», Antonio Gamoneda aclara que ha «contemplado e interpretado» cuatro versiones al castellano, de Angélica Becker, Américo Ferrari, José Luis Reina Palazón y Ángel Sánchez. La primera no incluye en su antología Cantos de muerte los dos poemas seleccionados. En 1973, en Poemas, Ángel Sánchez  anuncia las selecciones posteriores de Gamoneda, con los títulos de «Canto del solitario» (p. 115-116) y «Sueño y locura» (p. 117-122). En 1994, José Luis Reina Palazón, en Obras completas, elige como títulos «Canto del retraído» (p. 134) y «Sueño y entenebrecimiento» (p. 135-138). Américo Ferrari, en 1995, en Sebastián en sueños, traduce por «Canto del apartado en la muerte» (p. 142-145) y «Rodeado por la noche / Ensueño y delirio» (p. 146-159). La mudanza de Esta luz abarca como desde dentro todas las dimensiones de la palabra en Trakl.
    El primer poema, de clara dimensión órfica, escrito en alemán en ritmos libres, dividido en seis estrofas, queda espacializado en Esta luz según el natural fraseo gamonediano. Es la única versión, entre las traducciones francesas y españolas que llegué a encontrar, en la que desaparecen las estrofas, sustituidas por quince «bloques rítmicos», con pausas visuales que entrecortan la sintaxis y permiten la respiración, a modo de frase musical. Tiene por lo tanto mucho alcance la elección de la palabra «canción», que sólo aparece en la versión de Gamoneda. Unida íntimamente a la elección de la palabra «solitario», se lee la conjunción como un arte poética, donde de modo intenso, cristalizan en el reflejo los núcleos más hondos del universo gamonediano. No un canto sino una canción: una forma poética que cabe como tal en la memoria, y en la que la voz se precipita hasta «las más estrechas gargantas del alma», por decirlo como Valente. Ya se la espera en Lápidas: «Una canción se instala en la lentitud y la distancia habla en la música. Lame los cerros polvorientos antes de entrar en mi corazón.»
    La misma palabra, «canción», reaparece en el centro del segundo texto. Cabe subrayar primero que son pocos los intérpretes de Trakl en no descartar esos relatos –quizá por la mezcla inquietante de sueños, fantasmas, gritos y sollozos, que a cada paso desconciertan al lector–, aunque pocas veces se manifestó de modo tan profundo su poética, como lo subraya Jean-Michel Palmier. «Traum und Umnachtung», de principios de 1914, es el segundo de los tres bosquejos autobiográficos en prosa que Trakl escribe poco tiempo antes de su muerte, entre «Verwandlung des Bösen», «Metamorfosis del Mal», de Sebastián en sueño (Palazón, p. 108-110) y «Offenbarung und Untergang», «Revelación y ocaso» (Palazón, p. 149-151), publicado en Der Brenner.
 Su horizonte común es la infancia, aunque nunca aparezca el yo, con un desfile de visiones de pesadillas y espanto: «des ébauches fantastiques dans lesquelles il est bien difficile de s’orienter», apunta Jean-Michel Palmier, «[qui] marquent l’aboutissement de toute sa méditation poétique. Trakl se regarde comme dans un miroir, se voit agir et s’interroge sur son œuvre, sur son destin, sur le destin de celui qu’il incarne.»  En una sola visión prolongada, se reúnen todas las obsesiones que laten en su vida y en su obra, desde la trasposición mítica de la infancia y la obsesión por la experiencia de la culpa y del mal, con visiones que desfilan como imágenes reflejadas. Un arranque real, pero el recuerdo resulta quebrado, roto en fragmentos dispersos, donde está todo, pero velado, mutilado, rodeado por la niebla del sueño. Varios traductores franceses eligen la palabra «tinieblas» para «Umnachtung». Antonio Gamoneda, como Ángel Sánchez, interpreta por «Sueño y locura». El lector de «Mudanzas» no puede sino recordar la presencia amenazante del «territorio blanco abandonado por las palabras» en Libro del frío, o el riesgo nuevo de Arden las pérdidas, cuando «la locura es perfecta». Designar la obsesión, para conjurarla por la muralla transparente y fuerte que levanta la palabra.
    Por otra parte, Antonio Gamoneda introduce cortes en ese extenso poema en prosa que interroga el sentido de la miseria del hombre y su fin tétrico. En su deseo manifiesto de fragmentación, la traducción sufre las quiebras del ser, acosada por sus propias «cacerías secretas». Se hace bloque el nuevo conjunto, en cuyo centro invisible, con el juego de las rupturas, se leen las propias obsesiones. Pues si el alma va «cantando suavemente la canción del junco amarillo», de repente se interrumpe la traducción del texto trakleano, después de la visión de los «cadáveres  depositados bajo bóvedas y las verdes manchas de la descomposición en la belleza de las manos. […]». Tal era la visión del niño en la morgue del cementerio de San Pedro en Salzburgo, que se mezcla con los recuerdos agónicos del niño de León –«vi aún la córnea del niño envenenado por su propia inocencia y los juguetes de los agonizantes», fijación en la córnea que atraviesa la obra entera. Al mismo tiempo, al recrear el texto ajeno olvidando, se genera una zona de paz en la memoria, una salvación provisional.
    A lo mejor por eso también se impuso la elección de la «Canción del solitario», en cuyo corazón se instala un despertar tras la locura y el dolor: «En el umbral de piedra el enfermo despierta de los negros instantes de la locura  /  y le rodean la frescura azul, el luminoso final del otoño,  /  el sosiego de la casa y las leyendas del bosque.» Desde los destellos agudos que selecciona Antonio Gamoneda, se vislumbra la biografía familiar de Trakl: « Al anochecer, su padre se convertía en un anciano; en las oscuras habitaciones se petrificaba el rostro de su madre y sentía que sobre él pesaba la maldición de una estirpe. Se acordaba de su infancia cargada de enfermedad y de tinieblas». Un íncipit donde se entrecruzan en realidad las cuatro figuras paternas, reinventadas por la distancia que sosiega. La elección de fragmentos aún dice la quemazón dolorida de la memoria, pero también pueden ser instantes de plenitud, en su musicalidad propia, que descubre su unidad escondida. La presencia de «las sombras», clavadas en pleno centro del primer texto, y del gerundio de conjuro «cantando», en el centro del segundo, dibujan la urdimbre invisible por la que se desliza soterradamente la voz gamonediana, tan natural como si hubiera escrito esas páginas, gracias a la distancia que en realidad las hace posibles.
    Se cantan en el  relato las «cercanías de la muerte» desde ese mismo umbral, tan trakleano como gamonediano, donde se concentra el dolor del mundo. Desde la misma petrificación del instante surgen ambas voces, espiritualmente hermanadas. Ya lo decía Antonio Gamoneda en 1988 a Luis Algorri, «uno mismo es también los otros.» La voz de un poeta es «una voz patrimonial, una voz que algo tiene de colectivo, de múltiple. Lo que ocurre es que se produce […] una especie de interiorización dramática de esos otros que funcionan en uno. Es una pelea.» Para resolverse esta pelea necesita de la canción, o de las sombras de las canciones de «los ancianos invisibles [que] pasan» por Lápidas. Pues cuando irrumpe el recuerdo de una canción, borra la visión de «infección en los jardines». Lengua alquímica la poesía, «polinomio extraño», entre «memoria, sustancia musical, inducción del azar».
(Continúa…) 

3 / Laurence Breysse-Chanet: ‘Con la sombra de Lorca’

El riesgo de la retracción, «grumos retrocediendo»
(con la sombra de Lorca)

    Esos fragmentos, en su ocaso y su distancia, reflejan lo que Miguel Casado designa como la «crónica de los episodios fundadores», o momentos de nacimiento de un mito personal, expresado fundamentalmente en Lápidas. De hecho es en el poemario escrito entre 1977 y 1986 donde empieza explícitamente el diálogo del yo presente con sus recuerdos más violentos, arraigados en la niñez durante la guerra civil (y notamos que Antonio Gamoneda reescribe Lápidas en 2003, año en que fecha sus versiones de Trakl). La retracción en la obra de Antonio Gamoneda tiene el sentido de un «emerger sentimental y sensitivo» –cito a Miguel Casado–, por el que se busca la identidad personal en un acallamiento paradójico. Pues no se impone a la conciencia una tarea de erradicación del yo biográfico, como en la obra de José Ángel Valente, sino la exploración infinita de los rincones más secretos de una memoria dramática.
    La letanía de la obsesión, encabezada por el pretérito «vi», señala la encrucijada entre los recuerdos personales y los recuerdos poéticos, en que se genera el conocimiento: «a partir de la existencia de la escritura y no antes.» Si el verbo ver en pretérito anuncia la llegada de la fatalidad en el Romancero, el lector recuerda otro cruce. Se impone al oído el martilleo de «Aquellos ojos míos… no vieron … ni… ni…» de «1910 Intermedio», segundo poema de Poeta en Nueva York, cuando Lorca introduce por la vía negativa la letanía traumática de las visiones que desgarran para siempre al yo, ya perdida para siempre la inocencia de la niñez. Como ya en Descripción de la mentira, de modo abrupto, sin la máscara de la retórica de la negación, cada vez más intensamente, se repercute en Lápidas la anáfora –hasta siete veces en los doce fraseos del cuarto poema de la primera parte: «Vi la sombra perseguida por látigos amarillos», «Vi los estigmas del relámpago sobre aguas inmóviles, en extensiones visitadas por presagios», «vi las materias fértiles», «vi los residuos del acero», «Vi cabezas absortas en las cenizas industriales», «yo vi el cansancio y la ebriedad azul», «Vi los espejos ante los rostros que se negaron a existir». Cuando en medio del sufrimiento de la memoria se impone el verso «era la geometría, era el dolor», se actualiza la lucha lorquiana por la contención de lo oscuro mediante la arquitectura del poema. La anáfora temible se derrama por el libro entero, sumando audazmente las visiones en vez de eliminarlas. Al final de la primera parte de Lápidas, «Todos los animales se reúnen en un gran gemido». O más adelante, por el mismo camino memorial, peligroso por abarcador, «Siento la espesura fluvial; se manifiesta en sílabas lentísimas». Sombras del grito y sombras del silencio, sombras de la vida y sombras de la muerte, leche y sudarios, conviven: «La compasión y la vergüenza pasan sobre mi alma». Y aún sigue viva la onda de la letanía obsesiva en Arden las pérdidas, sangre y centro medular de la voz.
    La violencia que socava la espesura del recuerdo es tan intensamente revivida que se revela en unos puntos de cristalización particularmente agudos, vinculados a la experiencia personal, como lo recalca siempre Antonio Gamoneda –y pienso en la presencia del símbolo del balcón y al del caballo. En nuestra memoria poética (enquistada memoria diría Miguel Casado), el balcón ya tiene espesor de noche, vinculado al recueillement baudeleriano: «Ma Douleur, donne-moi la main; viens par ici, / loin d’eux. Vois se pencher les défuntes Années, / Sur les balcons du ciel, en robes surannées[…]». Es decisivo el relato del tercer poema de la tercera parte de Lápidas, cuando «Desde los balcones, sobre el portal oscuro, yo miraba con el rostro pegado a las barras frías; oculto tras las begonias, espiaba el movimiento de los hombres cenceños […]». Visiones de espanto, anunciadas por el plural inquietante, los balcones, en los cuales se quedará clavado el yo de modo definitivo, espiando su memoria para conjurarla, reviviendo el ademán de la madre: «con violencia silenciosa, me retrajo hacia el interior de las habitaciones.» Ella cierra las «hojas del balcón lentamente», y con ello se cierra abriéndose para siempre el paréntesis que enmarca tipográficamente el texto, disimulado de ahora en adelante en las entretelas de la obra. Se impone una «dialéctica de la retracción» –citar a Miguel Casado es ineluctable– y la memoria del lector reactiva aquel destello de Descripción de la mentira, donde se sella el pacto con la voz poética: «Permanecí, permanecí, pero mi obra es la retracción, la retirada hacia una especie maternal  /  y en la virtud de mis oídos se adelgazaba dentro del silencio.»
    Por eso, si aludí al diálogo crepuscular con Trakl, creo que río arriba, suena fuerte el diálogo con Lorca. Es explícito en «(Diván de Nueva York)», segundo poema de la segunda parte de Lápidas –geometría siempre–, donde se entrecruzan abiertamente Poeta en Nueva York y Diván del Tamarit. Pero pienso en otro texto, que Antonio Gamoneda publica en 1980, cuando está escribiendo Lápidas: Tauromaquia y destino. El libro se abre con cuatro «capítulos» poéticos, escritos por Antonio Gamoneda en una glosa de cuatro versos diseminados –como el cuerpo de Ignacio y del poeta– en los dos primeros momentos del Llanto, «La cogida y la muerte» y «La sangre derramada». Los sigue une respuesta pictórica de Juan Barjola. Al segundo verso del Llanto (formular de nuevo el primer verso, el del momento exacto de la muerte, hubiera sido imposible), «Eran las cinco en punto de la tarde», contesta otro principio: «Era un tiempo atravesado de pájaros. No existía otra luz que la de una gran sábana cuya urdimbre desconocimos. Era julio en la vida mas los balcones se abrían ante el espesor de la muerte.»
    Se puede releer ahora la segunda parte de Lápidas, con un enfoque más amplio: la narración del drama personal se ensancha hasta el vértigo con (Delación del verano), el díptico (Viernes y acero), (Canción de los espías), (Suciedad del destino) y (León de Tabarra). Desde sus paréntesis, los poemas nos hablan en realidad de una pasión múltiple, cantada ya en Tauromaquia y destino, pues en la tragedia individual, la de dos muertes, la de Ignacio y la del poeta, se expresa otra tragedia, la de España. Pero en Lápidas las máscaras de la memoria encubren la raíz del poemario, cuyo sentido demasiado agudo –agudo como sólo puede serlo un dolor, que aquí empieza con la luz históricamente cruel de julio–, se entrega con mayor distancia al lector. Sólo un indicio liminar, la sustitución de «atravesado» por «equivocado», en el primer verso de  (Viernes y acero). A continuación, ha desaparecido la tercera frase «Era julio…», donde arraiga el símbolo del balcón en la memoria personal, símbolo acallado para que se pueda esparcir su carga dolorosa por el poemario, diluyéndose lentamente.
    Tras el diálogo con Lorca asoma otra imagen, en la que suena aún el «oscuro desván del lirio», que llena desgarradamente el espacio de Poeta en Nueva York, donde recordamos entre tantas imágenes de la muerte la del «hueco blanquísimo de un caballo, /crines de ceniza» del «Nocturno del hueco». En su presencia obsesiva, de fuente biográfica certera, el caballo se hace realidad simbólica en la escritura de Antonio Gamoneda. Así cuenta en une entrevista que, a los seis o siete años, un vecino Guardia civil lo llevó al penal de San Marcos para enseñarle un caballo disecado. En la extraña urdimbre de la memoria, que si acalla no olvida, el trauma se repercute varias veces en la obra. Desde el umbral de Lápidas, se sueña con un tiempo anterior a la desgracia. El momento en que nace el planctus lo expresa la visión del llanto del caballo, cuando desaparece –igual que en «1910 Intermedio»–, la inocencia de la niñez: «antes de que los caballos aprendieran a llorar.» A pesar de las redes tendidas contra el recuerdo, la visión diferida estalla en el centro de la tercera parte de Lápidas: «Veo el caballo agonizante junto al pozo de aguas oscuras y las gallinas a su alrededor. […] es el paisaje de la infancia, el olor incorporado a mi espíritu en los accesos de la edad.»  Parece imposible decir con mayor intensidad la sensación concreta, agudísima, de la presencia dramática de las cosas en la duración de la memoria.
    Las aristas de aquella  realidad son tan insufribles que sólo pasando por la obra de arte se hacen decibles. Asimismo leemos en los comentarios de Antonio Gamoneda sobre la obra de Juan Barjola: «Lo invisible (el vértigo, la crueldad, el destino) no tiene figura, pero hay formas cuyo comportamiento en el plano pictórico sirve a su representación.»  El vínculo con los comentarios sobre las cabezas de caballo me parece inexcusable: según el poeta, Barjola asumió la representación de cabezas de caballo emergente –como Picasso en Guernica por lo demás– «como esquema formal y significativo necesario para la expresión del dolor hijo de la violencia contemporánea.» Contemplando las cinco obras «como una metáfora relacionada con un destino trágico, con el relato de una “edad perdida y española”», Antonio Gamoneda las interpreta como «un canto de horror y tristeza emitido cuando la violencia, en sus términos físicos, ya está consumada, y queda sólo el tiempo extenso en que se contemplan la muerte y la desolación.» Como un espejo, tales líneas se proyectan en su expresión poética, el «Aviso negro» que abre la cuarta parte de Lápidas: «Siéntate ya a contemplar la muerte.» En tal perspectiva me parece significativa la primera fragmentación de «Sueño y locura», como si conscientemente o no, se hubiera eliminado el recuerdo tan hiriente, para conseguir un remanso de calma en el sueño. Cito el texto eludido en Esta luz según la traducción de Américo Ferrari (leída por Antonio Gamoneda), pues en su elección del imperfecto, se corresponde mejor con texto gamonediano que precede: «A la puerta del convento mendigaba un mendrugo; la sombra de un caballo negro saltaba de la oscuridad y lo espantaba. Yacía en su frío lecho y lo acometía un llanto indescriptible […]».  
    Una dialéctica compleja entre soledad y compasión mueve a la voz poética, cuya retracción es en realidad entrega a los desvanes desesperanzados de la memoria. De aquí la escisión frecuente del sujeto, desgarrado entre sus voces interiores discordantes, entre pasado, como en Descripción de la mentira –«Tu soledad es ávida. Tu palidez fluye de ti»– y futuro de condena, «en los manjares previos a la muerte». El yo es tierra extranjera para sí mismo. Por eso la poesía, «emanación de la vida», «una luz que no explica ni oculta nada», en su extraño poder de expresión, no apacigua la memoria, sino que la recrea, le da vida otra, revelada, sin que desaparezca por eso el riesgo propio de toda vida. Así sufre la voz de Descripción de la mentira, libro del mayor riesgo quizá: «Estoy naciendo del cansancio; […]  /  Yo estoy naciendo en otra especie y el exterior es lívido». El encadenamiento de las imágenes traduce a veces con nitidez los enigmas de la identidad de la voz, en el filo de la vida, con el peso de su memoria siempre a punto de romper el equilibrio.
    Así seguí el fraseo de las hortensias, como si para no desaparecer fuera necesario llenar con imágenes los huecos abiertos por las heridas en la conciencia. El motivo nace en Descripción de la mentira, aunando pasado, atemporalidad del canto, y lugar, aunque fuera de todo lugar. Un lugar interiorizado, a partir del que se sitúa el cuerpo del yo, quizá perseguido por el recuerdo originario de la altura del balcón del drama. Del cuerpo brota la voz, como de un espacio-tumba: «Las hortensias extendidas en otro tiempo decoran la estancia más arriba de mi cuerpo.» La imagen reaparece dos páginas después: «me acompañas al espacio en que las hortensias son persistentes.» Se confirma la equivalencia entre sueño y muerte, recalcada por la imagen de los desvanes y del regreso a la «reserva del olvido». En su avance lento, casi hipnótico, el poema se deja guiar por el recuerdo de la imagen, que reaparece al final del conjunto. Al repetirse, la letanía se ensimisma como en una calma, tan enigmática como un sueño (recordamos a Trakl), y pensamos en una conquista definitiva de la memoria. Pero de repente, como dolorosamente, la voz se desdobla y parece emerger de su visión más allá de todo, con asombro: «¿Qué lugar es éste, qué lugar es éste? ¿Cómo estás aún en mi corazón?» Un estado semejante al del sonámbulo recién despertado, como lo comenta Ildefonso Rodríguez, pero que en vez de sosegar al lector, le desconcierta y le obliga a distanciarse del poder del canto. Experiencia de compasión en su sentido más etimológico. Es tal el poder de las imágenes que el motivo renace al final del poemario: «Tú volvías a las hortensias». Pero todo se desvanece: «Yo vi la luz de la inutilidad». Todo se aniquila, como en el «espejo de la muerte».
    En Lápidas, las hortensias, flor unitaria en su misma pluralidad, han perdido toda valía, al verse asociadas con el espacio destruido de los suburbios. Pero su presencia persistente, aunque empobrecida, se hace huella de la voluntad de compasión de la voz, que desde Descripción de la mentira se proyecta más allá de la fosforescencia del sueño: «No existía el dolor y tú creaste la compasión.» Encima de los desgarros y las llagas que la compasión graba en la memoria, en su poder de realidad, a punto a veces de ahogar la voz, se mantiene firme –«seul or concevable dans le creuset du néant», como lo analiza Yves Bonnefoy a propósito de la manifestación de la compasión en la obra de Goya. Su fuerza se despierta en lo más oscuro y encauza la energía poética hacia una esperanza.

(Continúa…) 

… y 4/ Laurence Breysse-Chanet: ‘Con la sombra de Vallejo’

 
«Sábana negra en la sustancia humana»
(con la sombra de Vallejo)
 César Vallejo
 
    El yo avanza pues entre una urdimbre espesa de sombras y voces propias o ajenas. La retracción gamonediana  no genera un poema-rescoldo, breve huella residual del fuego que destruye la memoria personal tras su naufragio –como en el mundo de José Ángel Valente. El poema de Antonio Gamoneda es más bien hoguera expansiva en cuyo fuego purificador que transfigura se funden vida y muerte, en la otra vida revelada por la escritura. Se asienta la palabra en un límite donde desde la vida se abre un territorio extraño, de «felicidad vacía». Tal pudiera ser la índole del territorio que surge del homenaje que se rinde calladamente a César Vallejo en Libro del frío.
    El 24 de julio de 1988, dos semanas después de publicar un homenaje a Antonio Gamoneda, «Filandón», el suplemento de Diario de León, dedica un número a César Vallejo, en el cincuenta aniversario de su muerte, el 15 de abril de 1938. En 1988, Antonio Gamoneda lleva ya dos años escribiendo Libro del frío. Como lo recuerda Ricardo Gullón en su libro La juventud de Leopoldo Panero, Vallejo viajó a León entre 1930 y 1931 –y en su artículo para el homenaje, Francisco Martínez García insiste en aquella doble presencia, física y poética, en el León de la época. Tradición arraigada pues en León, «tierra de fidelidades» según la expresión de Arturo del Villar. En 1987 el mismo Francisco Martínez García, autor en 1991 de Gamoneda. Una poética temporalizada en el espacio leonés, se encargó de la edición de Poemas humanos. España aparta de mí este cáliz en los Clásicos Castalia.
    Pero para Antonio Gamoneda, no se trata de una valoración histórica. Si nombra a Vallejo entre sus poetas hispanoamericanos preferidos, es que lo elige «por datos de amor». Ya en Descripción de la mentira (y asimismo en Blues castellano por cierto) se nota la dicción de la miseria del ser y de su desconcierto mediante objetos que forman parte de la vida más cotidiana. Basta con pensar en aquel suspiro resignado y humorístico: «Resistí hasta que las visiones desaparecieron más allá de la nieve que entonces existía  /  y después retrocedí a mis legumbres y a las miradas en que yo soy reconocido.» ¿Cómo no pensar en el recuerdo de las «tímidas legumbres y otras bravas» de «En suma no poseo para expresar mi vida» de Poemas humanos? En la cuarta parte de Lápidas, desde los balcones de la memoria más negra, con «Aviso negro», se vislumbran varias huellas vallejianas. Una vez más, la voz elige la vía de la compasión desesperada hacia el ser humano. En «Relación de prostíbulo», «Era jueves sin padre, jueves sólo. No había nadie en el espejo.» Pero suena tristemente el eco  del soneto de Vallejo «Piedra negra sobre una piedra blanca»: «Jueves será, porque hoy jueves, que proso estos versos…». El siguiente poema de Lápidas, «Ventana húmeda», parece alcanzado por la desesperante lluvia del París de «Piedra negra…»: «Ésta es una ciudad desconocida y llueve sin esperanza.  /[…]  /  ¿Quién me ama en esta ciudad desconocida?» Como si se esperara une respuesta de parte de la otra voz que late secretamente en el poema.
    Asimismo en la siguiente lápida –y cómo no pensar en el juego con la piedra del soneto-tumba de Poemas humanos–, «Aquellos cálices» ( título claramente vallejiano), las preguntas iniciales  y finales son como proyecciones de las preguntas que tantas veces traspasan el espacio sonoro de Poemas humanos, tanto en «Sermón sobre la muerte» como en «Poema para ser leído y cantado». En «Llegan los números», se dramatiza de modo intenso el desdoblamiento, ya frecuente en la obra gamonediana. Sea el del tú («tus dos lenguas»), del poema («En dos alambres puse mi esperanza»), o de la misma vida, doblemente desdoblada entre vida y dos muertes: «Estoy viendo dos muertes en mi vida.» ¿Desdoblamiento del yo o bien homenaje a la presente ausencia –figura paterna–, de Vallejo? Quizá brote un surco profundo de las «dos flautas» de «Telúrica y magnética», o del mismo grito de dolor e ironía de Vallejo, en «En suma, no poseo…» –«¡Que ya no puedo andar, sino en dos arpas!». Pues en este poema el desdoblamiento es tanto más fuerte que el yo tutea al mismo César Vallejo, en una suma inextricable, «sabiendo que ando cautivo / sabiendo que yaces libre!». «Tango de la misericordia» –en particular ese verso de desposesión absoluta, «Es la última lana de mi vida»– funde miseria material y ontológica, como lo hizo Vallejo en «Parado en una piedra». El poema de Gamoneda incluye un adverbio, «y aún eres pobre dulcemente en mí», que enlaza con la sintaxis a veces insistentemente adverbial de Vallejo, como para destruir el tiempo, mientras que en el poema «Ah vejez sin honor», caen emblemáticamente «los adverbios / depositándose en mi alma». Al final de Lápidas, la ambigüedad entre vida y muerte inquieta. Cuando en su plegaria la voz se dirige al «cadáver que duermes esta noche en mis párpados», añadiendo «ah, sé hábil, habita suavemente la sombra,  /  calla en mis labios, entra en mis anillos», ¿se hunde la voz hacia dentro, o se proyecta hacia fuera, y hacia quién?
    En primer lugar, podemos apuntar que la tercera sección de Libro del frío se titula «Aún», adverbio que reanuda con el verso «y aún eres pobre dulcemente en mí» del poemario anterior. En Vallejo el poema es la construcción de la emoción, –«Considerando en frío, imparcialmente…»–,  contra el balbuceo donde se quiebra la voz –«Emocionado…  Emocionado…». ¿No se puede escuchar entonces en «Aún» una onda que nace del la que da el diapasón de los «campos humanos» recorridos por la voz de Vallejo?
    En julio de 1988, Antonio Gamoneda participa en el homenaje de «Filandón» a Vallejo escribiendo «El lacrimal de César Vallejo», un no-relato de su viaje reciente al Perú de Vallejo, que se concluye con un poema, que Gamoneda designa como «mi canción peruana». Una hondísima emoción recorre la página, escrita en clave lírica: «Yo viajé a la gran lágrima  negra que colgó de su corazón» –signo de comunión con la ofrenda de «En suma no poseo…», «esta lágrima que brindo por la dicha de los hombres». Cuando en el artículo brota el verso «Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!», casi nos olvidamos de su lugar de origen, de la compañía de «los heraldos negros que nos manda la Muerte» del primer libro de Vallejo, pues suena ahora a mundo gamonediano –lo que sucede con las versiones de Trakl, que parecen respirar con ritmo e imágenes emanados de Esta luz.
En la «canción peruana» incluida en «El lacrimal de César Vallejo», el lector de Libro del frío reconoce la proyección de la sombra del penúltimo poema de «Aún», encabezado por el mismo verso: «Sábana negra en la misericordia» –nuevo acorde quizá que prolonga el planctus de otrora por las muertes de Ignacio Sánchez Mejías y de Federico García Lorca. Sólo que en la canción de 1988, el destinatario (en un amor doble, paterno por filiación poética y materno por arranque personal) es explícito –y ya sabemos la intensidad de la escritura del paréntesis en los balcones de la memoria:
Sábana negra en la misericordia:
tu lengua en un idioma ensangrentado.
(Mi madre está en el corazón de César Vallejo).
    ¿Cuál de las dos versiones se escribió en primer lugar? Antonio Gamoneda es el único en poder decirlo.
En cambio, en ambas versiones el último verso es igual: «Dame la mano para entrar en la nieve.» En un soneto de La tierra y los labios, ya aparece este imperativo, «Dame la mano; / alcánzame una muerte sonriente», en un registro amoroso que poco tiene que ver con el choque que siente el lector del poema a Vallejo. Este choque, no lo puede provocar la sola tensión oximorónica  que atraviesa el texto, del negro liminar a la nieve final –pues blanco también es color de luto. ¿Cómo entenderlo entonces? Toda poesía «es arte de la memoria». La conmoción despertó en mi mente el lejano recuerdo del sueño de Aquiles, en el Canto XXIII de la Ilíada, cuando se le aparece su amigo Patroclo. Pues Patroclo –muerto por Héctor en vez de Aquiles, que se negó a combatir–, viene a suplicar a Aquiles que le dé sepultura, para que su sombra deje de errar y pueda descansar en el Hades, hasta que sus cenizas no se separen jamás. «Dame la mano», suplica Patroclo. Al volver a la súplica final del poema de Antonio Gamoneda, quedamos presos de una confusa turbación. La voz de la plegaria antigua, oída por Aquiles en sueño, es la del muerto, Patroclo. En el poema a Vallejo, se han desvanecido los límites entre la vida y la muerte, ya que la voz poética se dirige al poeta muerto con las mismas palabras de la sombra de Patroclo. Así se expresa una comunión intensa, con palabras de muerte, cuando la vida ya no tiene sitio sino en  la energía  poética que, en vez de repetir la súplica por la unión eterna de las cenizas, afirma en su realidad la unión de los huesos. Al referirse a los huesos, la plegaria nueva se apodera de la cifra del dolor en Vallejo –si para él los huesos poseen «un óxido profundo de tristeza»:
Sábana negra en la sustancia humana,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas,
ata mis huesos a los huesos de César Vallejo. […]
En Libro del frío se lee una variación: «ata mis huesos a tus huesos humanos.» En su eficacia última, la voz poética alcanza su mayor unión con la voz desaparecida en el momento en que calla al nombre amado. La celebración de los «huesos humanos» es celebración efectiva de una desaparición –huesos del yo anónimo y universal de los «hombres humanos» de «Los nueve monstruos». (Y aquí recordamos el «Appel à témoin», «pour César Vallejo», de Claude Esteban). Cuando brota de nuevo la súplica, «No mueras más en mí, sal de mi lengua», es como si se hubiera cumplido el sueño de Vallejo con un «encuentro investido de hilo negro». La tercera parte de Libro del frío se cierra con un poema-rescoldo, ahora sí, pura huella de dos versos, que celebra al ruiseñor que cantó hasta morir. Quizá un eco de la flauta doble o de la quena que solloza un nombre, en Santiago de Chuco, cuando el poema es único lugar de encuentro eterno:
Amé todas las pérdidas.

Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.

Convoqué a unas sombras para intentar con ellas acercarme a un mundo poético de tanto riesgo y lucidez. «Detrás de la oscuridad están los rostros que me han abandonado» dice la voz de Arden las pérdidas. Desde la vida, «entramos indecisos en un bosque de espinos». Se desciende hacia los desvanes de la memoria poética, hasta alcanzar en la revelación del poema una luz extraña. Es su vida y su labor:
poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados […].
    Esta es la única esperanza, la que hace retroceder la locura. «Cierto: la verdad es un armario lleno de sombra». Por eso me parece fundamental el último poemario de Esta luz, Cecilia, dedicado a la nieta de Antonio Gamoneda. Sus treinta poemas surgen de los siete de Pétalo herido, y en su sosiego los versos expresan lo que Antonio Gamoneda descifraba ya en 1980 en Tauromaquia y destino, al contemplar las últimas pinturas de Juan Barjola:
Sin embargo, la profundidad trágica no resulta diluida. […] ocurre que Barjola contempla ya la tragedia desde un inmenso y lúcido cansancio. Cuando los gritos se hacen gemidos es que el dolor “ha tocado fondo”. Es, repito, la lucidez definitiva. Sí, algo parecido a la dulzura, a la bondad, al cansancio, que impregna ahora las invocaciones al destino y a la muerte.
«Cansancio de Sísifo», añadía en el acto, y tal es la índole del cansancio que sentimos y oímos en Cecilia, a la par que abre el horizonte de una esperanza:
Estaba ciego en la lucidez pero tú has hecho girar la locura.
Todo es visión, todo está libre de sentido.
 

(5) Bibliografía / ‘Las sombras del solitario’, por L. Breysse-Chanet

Laurence Breysse-Chanet

Compases bibliográficos en torno a
«Las sombras del solitario»

Antonio Gamoneda:
  • Edad (Poesía 1947-1986), ed. Miguel Casado, Madrid, Cátedra, 2000.
  • Pétale blessé, Pétalo herido, dibujo Claire Pichaud, trad. Claude Houy, Barriac, Trames, 2002.
  • Esta luz Poesía reunida (1947-2004), epílogo de Miguel Casado, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004.
  • Prólogo a Jacinto Santos, Temblando de palidez, León, Margen, col. Cuadernos de Cultura, n°10, 1982, p. 3-8.
  • «El arte de la memoria», El Urogallo, n°71, 1992, p. 12-13.
  • «Una lectura posesiva de Jorge Guillén», en Jorge Guillén, el hombre y la obra, Actas, Valladolid, Universidad, 1995, p. 293-295.
  •  «Poesía en la perspectiva de la muerte», El cuerpo de los símbolos, Madrid, Huerga y Fierro, 1997, p. 23-29.
  • «¿Existe o existió la generación del cincuenta?», en Hacia el próximo siglo, II Congreso de Poesía canaria, ed. Ernesto Suárez et al., Confederación Caja de Ahorros, Ensayos 4, 1997, p. 15-28.
  • «Las lágrimas de Claudio», Boletín de la Fundación Federico García Lorca, n°27-28, 2000, p. 145.-148.
  • «Valente: de la contemplación de la muerte», en Cuadernos Hispanoamericanos, 600, junio 2000, p. 7-10.
  • José Luis Calvo Vidal, «Entrevista a Antonio Gamoneda», Moenia, Lugo, II, 1996, p. 565-574.
  • Entrevistas de Almacén, «Una conversación con Antonio Gamoneda», con Marcos Taracido y Roger Colom, 13/8/2001 (http://www.librodenotas.com/almacen/Archivos/001555.html).
  • Javier Rodríguez Marcos, «La poesía se escribe desde la perspectiva de la muerte», entrevista a Antonio Gamoneda, Babelia, El País, 23/8/2003, p. 3.
  • Entrevista de Belén Lorenzana con Antonio Gamoneda, Leer, julio-agosto 2003, p. 118.
  • Algorri, Luis, «Antonio Gamoneda, entre el tú y el usted», «Filandón», Especial dedicado a Antonio Gamoneda, Diario de león, 10/7/1988, p. 26.
  • Casado, Miguel, «Epílogo», Antonio Gamoneda, Esta luz Poesía reunida (1947-2004), Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, p. 573-627.
  • Id., «Un ejercicio de comparación: Lapidario y Lápidas», en Antonio Gamoneda, Madrid, Calambur, col. Los solitarios y sus amigos, 1993, p. 119-144.
  • Castro Flórez, Fernando, «Manos de tierra», en Antonio Gamoneda, Madrid, Calambur, col. Los solitarios y sus amigos, 1993, p. 29-48.
  • Rodríguez, Ildefonso, «Una conversación con Antonio Gamoneda», en Antonio Gamoneda, Madrid, Calambur, col. Los solitarios y sus amigos, 1993, p. 61-85.
  • Villar, Arturo del, «Antonio Gamoneda», La Estafeta Literaria, n°550, 15/10/1974, p. 14.
Georg Trakl:
  • Gamoneda, Antonio «Trakl [2003]», Mudanzas, Esta luz Poesía reunida (1947-2004), epílogo de Miguel Casado, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, p. 571-572.
Las referencias de las cuatro fuentes españolas de traducciones de Trakl aludidas por Antonio Gamoneda, en «Avisos y explicaciones», son las siguientes:
  • Poemas, traducción, selección y prólogo de Ángel Sánchez, Madrid, Visor, 1973.
  • Obras completas, ed. y trad. José Luis Reina Palazón, Madrid, Ed. Trotta, 1ª ed. 1994, 2000.
  • Cantos de muerte. Antología, selección, traducción y estudio de Angélika Becker, Barcelona, Seix Barral, 2001 (ed. revisada y ampliada).
  • Sebastián en sueños, versión de Américo Ferrari, Madrid, Buenos Aires, Valencia, Editorial Pre-Textos, 2001.
Otras referencias en mi texto:
  • Georg Trakl, Poèmes, traducidos y presentados por Eugène Guillevic, París, Obsidiane, 1986, «Difficultés d’une traduction», p. 7.
  • Para la cronología de los poemas de Trakl, me refiero en particular a Georg Trakl, Poèmes majeurs, trad. Jacques Legrand, pres. Adrien Finck, París, Aubier, 1993 y Georg Trakl, Obras completas, ed. y trad. José Luis Reina Palazón, Madrid, Ed. Trotta, 1ª ed. 1994, 2000.
  • Finck, Adrien , «Chant de l’Isolé», Austriaca, dic. 1987, n°25, p. 117-118.
  • Palmier, Jean-Michel, Situation de Georg Trakl, París, Belfond, 1972.
  • Para la traducción de Michèle Finck, cfr. «Poétique comparée de “Génie” de Rimbaud et de “Chant de l’Isolé” de Trakl: Tensions du “projet harmonique», en Poésie moderne et musique “Vorrei e non vorrei” Essai de poétique du son, París, Honoré Champion, 2004, p. 80. En una carta del 25-6-2005, que cito agradecida, Antonio Gamoneda evoca su «continuo asentimiento» tras su lectura de las traducciones de Sébastien en rêve por Michèle Finck (Polyphonies, n°8, invierno 1988-89, p. 35-39).
Federico García Lorca:
  • Gamoneda, Antonio, Tauromaquia y destino, Retablo/80, Gráficas Baraza, 1980.
  • Las cuatro citas a las que se alude en el texto de Antonio Gamoneda son las siguientes: «Eran las cinco en punto de la tarde», «Las heridas quemaban como soles», «Buscaba el amanecer, / y el amanecer no era», «¡Oh blanco muro de España!» (Cfr. Federico García Lorca, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Obras completas I, ed. Miguel García-Posada, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1996, p. 617-621).
Otras citas de poemas de Lorca en mi texto:
  • «1910 Intermedio», Poeta en Nueva York, Obras completas I, ibid., p. 512.
  • «Pequeño vals vienés», IX, «Huida de Nueva York. Dos valses hacia la civilización, Poeta en Nueva York, Obras completas I, ibid., p. 569, y «Nocturno del hueco», VI, «Introducción a la muerte. Poemas de la soledad en Vermont», ibid., p. 549.
César Vallejo:
  • Gamoneda, Antonio, «El lacrimal de Vallejo», «Filandón», Especial dedicado a César Vallejo, Diario de León, 24/7/1988, p. 22.
  • Martínez García, Francisco, «César Vallejo», «Filandón», Diario de León, 24/7/1988, p. 17-18.
  • Martínez García, Francisco, Una poética temporalizada en el espacio leonés, León, Universidad, 1991. Vallejo, César, Poemas humanos. España, aparta de mí este cáliz, ed. Francisco Martínez García, Madrid, Clásicos Castalia, 1987.
Poemas de Vallejo a los que me refiero en particular:
  •  «En suma no poseo para expresar mi vida», Poemas póstumos I, Obra poética, ed. crítica Américo Ferrari, Archivos, Madrid, 1988, p. 435-436.
  • «Piedra negra sobre una piedra blanca», ibid., p. 339.
  • «Telúrica y magnética», ibid., p. 360-361.
  • «En suma no poseo para expresar mi vida», ibid., p. 435.
  • «Considerando en frío, imparcialmente», ibid., p. 350.
  • «Los heraldos negros», Los heraldos negros, ibid., p. 20-21.
  • «Sombrero, abrigo, guantes», ibid., p. 330.
  •  «Entre el dolor y el placer», ibid., p. 327.
Otras obras citadas, sencillamente porque me importa que estén aquí:
  • Baudelaire, Charles, «Recueillement», Les Fleurs du Mal, [Poèmes apportés par la troisième édition, 1868], Œuvres complètes, I, texte établi, présenté et annoté par Claude Pichois, Paris, NRF Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 1975, p. 140-141. Por cierto se recuerda también el inolvidable verso de «Le Balcon»: «La nuit s’épaisissait ainsi qu’une cloison.» (Spleen et Idéal, Les Fleurs du Mal, ibid., p. 36-37)
  • Bonnefoy, Yves, Goya, Baudelaire et la poésie, Entretien avec Jean Starobinski suivi d’études de John E. Jackson et de Pascal Griener, Ginebra, La Dogana, 2004, p. 23.
  • Esteban, Claude, «pour César Vallejo», «Appel à témoin», Étranger devant la porte, I, Variations, Tours, farrago, Éditions Léo Scheer, 2001, p. 9-25.
  • Rilke, R. M., Correspondance, Œuvres III, ed. Philippe Jaccottet, trad. Blaise Briod, Philippe Jaccottet, Pierre Klossowski, París, Seuil, 1976. (Ojalá me perdonen que le cite en francés, si es un libro que me acompañó mucho en mi idioma.)
  • Valente, José Ángel «El cante, la voz», La experiencia abisal, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, p. 36-40.

‘Hablo con Amancio’

December 8, 2007

Escultura en madera de Amancio González AndrésEscultura en bronce de Amancio González Andrés

HABLO CON AMANCIO

De las moreras abrasadas por la luz, las visitadas por serpientes ciegas;

de los grandes perales en cuyos frutos se alimentan pájaros invisibles;

de los pinares inmóviles y de los fresnos temblorosos

 

surge la musculatura encendida en las cifras inversas que se desprenden de la serenidad y del dolor;

surge el bañista indeciso sobre el hermano amortajado en su propia luz;

surge el monstruo arrodillado ante sí mismo, el espectador del vértigo.

 

Surge el ser silencioso, el conocedor de abismos habitados por ancianos en cuyas venas hierve la misericordia;

surge el ser pensativo en su propia blancura y en la tristeza de sus genitales; 

surge el ser andariego, el que lleva en sus brazos al animal herido por presagios;

surge el gigante insomne, el enloquecido por los astros y atormentado por la geometría.

 

Tú hieres y acaricias la madera en nombre de la libertad;

sueñas en el interior del bronce y en las celdas graníticas,

amas la luz de los cuchillos en las arterias vegetales, 

creas al mismo tiempo el resplandor y la sombra y

llevas la vida al interior de la muerte.

 

Finalmente, conduces relámpagos a la quietud. Así, en tus manos,

la madera es sagrada.

 

ANTONIO GAMONEDA (Poema dedicado al escultor leonés Amancio González Andrés, e incluido en el catálogo de la exposición ‘Entre Arte II’, Palacio Revillagigedo, Gijón, 2007)

‘Sublevación inmóvil’, un poema

December 7, 2007

 

Una obra del pintor leonés Manuel Sierra

De la quietud, un pájaro,

a impulso de su canto,
pensativo se alza.

Y, de pronto,
ya no hay pájaro: lluvia,
cristal vivo, hacia arriba
crece.
        Alguien tiende
su mano silenciosa,

alguien está diciendo
adiós, adiós sin palabras.

   ANTONIO GAMONEDA (De ‘Sublevación inmóvil’)
 

De Ferrín para Seamus Heaney, Derek Walcott y Gamoneda

Dedicatoria que abre el libro Estirpe, del poeta gallego X. L. Méndez Ferrín (Ed. Xerais, Vigo, 1994):

Seamus HeaneyI would wish this book,
Certainly for him
Enigmatic,
Ranged in Seamus Heaney’s
Library,
Far at the Irish, bloody, dark
Bogside.
The sweet, rotten roots
Of all the lands’ ends
In the bone-layered, western
Death Republic,
Are our common ones:
My soul is now the Burren. 

Derek WalcottAnd also
J’aimerais savoir mes pages
Déposées dans une autre bibliothèque,
Celle qui is at Derek Walcott’s home
Among the Homeric pink fingers of the Dawn,
Mangroves mingling with Creol tastes
And the unfinished, marble-ironed,
Long, Saint-Jonh Perse’s verse - like a river.
Derek Walcott:
Freshly rising friend over the ocean.

Antonio GamonedaFinalmente
yo quisiera mi libro con los libros amados
de Antonio Gamoneda, el niño
que bajó de las Asturias como baja el ganado,
con dolor y olor,
y el recuerdo de vitrolas venenosas,
un caballo disecado en San Marcos,
los olores picantes de la pólvora,
le son nido de erizo permanente en el hígado.*

Pra eles tres é este libro:
poetas estranxeiros que viviron meu tempo,
gorxas de sol e xofre que me asisten no ocaso,
consolo ou resistencia que fan corpo
coa espranza nosa granítica
feita de lume, espada, égoas, todo. 

Méndez Ferrín

 

 

 

 

* (Versión en gallego:)
Eu quixera este libro, / certamente pra el / enigmático, / posto na biblioteca / de Seamus Heaney / alá lonxe no irlandés, / maldito, escuro / confin das gándaras. / As torgueiras doces e podres / daquelas fins do mundo / na occidental República Morta, / estrada de ósos, / son as nosas raíces comúns: / a miña alma é hoxe o Burren. // E tamén / gostaría de saber as miñas páxinas / depositadas noutra biblioteca, / a que está en cas Derek Walcott / entre os homéricos dedos rosados da Aurora, / mangles mesturando cheiros creoulos / e o verso de Saint-John Perse -coma un río / longo, sen terminar e de marbre ferrado. / Derek Walcott; / novo amigo que medra sobre o Océano. // Por fin / eu quixera o meu libro xunta os libros amados / de Antonio Gamoneda, o meniño / que desceu das Asturias como baixa o gado, / con dor e cheiro, / e a lembranza de vitrolas pezoñentas, / un cabalo disecado en San Marcos, / os ulidos picantes da pólvora, / sonlle niño de ourizo permanente no fígado.

 

 

‘Sílabas negras’ y sus apartados temáticos

Antonio Gamoneda con su hija Amelia, en Salamanca.

La antología ‘Sílabas negras’ , edición de Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor (XV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Ed. Universidad de Salamanca, 2006), agrupa los poemas de Antonio Gamoneda en distintos apartados temáticos. Cada apartado lleva un pequeño texto introductorio de Amelia Gamoneda Lanza:

ESFERA

El territorio de la intimidad es esférico: vientre, madre, familia, casa, sartén, pan, vasijas, cántaros, cuencos, pozos, cucharas. Y, en la memoria, el estrato afectivo se ahorma en envoltura: la cabeza en el hueco de unas manos, el rostro y el mundo en él circunscrito, la bombilla y su halo amarillo, los pechos y "sus círculos amoratados", el "cinturón de álamos", "las habitaciones cóncavas", los armarios. La biografía íntima es una bio(e)sfera.

PAÍS SIN RETORNO

Un país entregado a un tiempo de traición y destrucción convierte en rehén a su habitante; de ese país no se escapa ni se vuelve: interiorizado, deviene espacio mental, y en él, indefinidamente, el pensamiento es torturado, se subleve, cae en vergüenza y en melancolía. El hombre es el país, el hombre es también la distancia que vuelve a ambos irreconciliables. 

PARAJES

Paisajes, paradas, viajes ejercen de espejos cóncavos, convexos, múltiples, puros, abismales. En ellos adquiere volumen el ánimo de los ojos que miran. Aunque la mirada modele a la naturaleza, no se impone contra natura; rescata de lo informe a la materia, la apresa, y así la materia accede a la existencia. Mirar y nombrar fundan sentido de este modo apasionado.

MATERIA ALZADA

De un sonido, un trazo o una piedra viene la vibración que emociona al pensamiento: se alza la materia en el aire, en el tiempo, en el color. A veces esto ocurre en el relato del poema (y de esa altura física brota el lenguaje), a veces esto le ocurre al propio cuerpo de la palabra poética (y entonces es blues o tango).

LA DULZURA Y LA SOMBRA

Ternura y sensualidad frecuentan los mismos lugares: cabellos, ojos, manos, piel, labios, boca. Pero sólo las formas oscuras del amor acceden a los huesos, a la humedad, a los aceites y las oquedades. A fuerza de tiempo, dulzura y sombra convergen. Y, al cabo, la vocación de profundidad de la caricia encuentra su tacto perfecto: acariciar la luz que el cuerpo desprende.

 
PASIONES VANAS, INÚTILES, IMPURAS 

Nombradas o sin nombre, las pasiones pesan sobre la lengua. Pasión es el gozo atormentado, la virtud impura, el arrebato inútil, la emoción estéril y, en extremo, el rapto en la pura vacuidad, la ebriedad de la ausencia. Pasión es aquello que arde e interminablemente se consume: sin resto, sin ganancia, sin pérdida. 

ATRABILIS

Melancolía e ira desprenden sus flujos negros y amarillos, y colonizan el agua, el acero y la luz. Rezuman los humores, la grasa, el llanto, las "sílabas negras"; silban látigos, cuchillos y serpientes; se entenebrecen lámparas y soles: "la luz es médula de sombra".
Hierro: a esa muerte saben la lengua y la garganta. 

FÁRMACO

No la costumbre del veneno, sino la costumbre de la muerte; no la muerte domesticada, sino la doméstica; ésta es la otra enseñanza de Mitrídates: para preservar la vida es necesario morir en dosis homeopáticas. Kratevas es el artífice de ese ars moriendi: técnica, belleza, espectacularidad. La fórmula de la felicidad no reside propiamente en el efecto del veneno, sino en la sabiduría de muerte que su uso otorga.

GEOGRAFÍAS BLANCAS

"La geografía final es blanca." El verso de hace más de treinta y cinco años anticipa e inscribe el final en el principio: palabra de fatum. Así será: transparencia, visiones, nieve, sábanas, cortinas, cal, ciudades y heridas blancas, "claridad sin descanso", "luz quieta y vacía", "luz en la luz". Exuberante floración de la blancura en la que se extenúa (y no se extenúa) la desaparición. 

Un poema de JUAN GELMAN dedicado a Gamoneda

December 5, 2007

Los poetas Gamoneda y Juan Gelman

Tepoztlán

Al gran poeta Antonio Gamoneda,
de quien tanto queremos

Las palabras del diccionario
no son las palabras del libro.
Las palabras del libro
no son las palabras del habla.
Las palabras del alba
no son las palabras del árbol que ahora mismo
se inclina a tierra con
una nube entre las ramas, como
enterrándola al pie.
Esto sucede. La luna y el lucero de aquí
no son palabras, son
la luna y el lucero de aquí.
La sangre piensa, la luna
calla. Es todo.

JUAN GELMAN
(Poema publicado en la revista Zurgai.
Bilbao, diciembre de 2001) 

Gamoneda, MEDALLA DE ORO DE LA PROVINCIA DE LEÓN

 

Antonio Gamoneda    La Diputación de León entregará mañana a Gamoneda la Medalla de Oro de la Provincia, máximo título que concede la Corporación Provincial, tal y como se acordó por unanimidad en un Pleno celebrado la pasada primavera. Con este reconocimiento, que según se anunció en su día, tendrá lugar mañana jueves, 6 de diciembre de 2007, coincidiendo con la fiesta de la Constitución, la Diputación pretende rendir un homenaje tanto a la obra literaria de Gamoneda como a su aportación al desarrollo de la vida cultural leonesa.
    La Diputación leonesa, al otorgar a Gamoneda la Medalla de Oro de la Provincia, de alguna manera, premia también el trabajo que el poeta desempeñó en esta institución durante décadas como gestor de los servicios culturales, donde impulsó la Sala Provincia, así como la revista ‘Tierras de León’ y la colección ‘Provincia’ de poesía.

‘Blues castellano’: el acta de la censura franquista y un poema

Portada de 'Blues castellano', Bartleby Ed.“Libro de versos muy malos, de temática y métrica diversa. Sobre todos ellos campan un sentido de resentimiento y odio. Muchos de ellos aparecen con citas de Marx, Lefevbre y otros marxistas. La tónica general de la obra es demagógica, pues aunque no lo dice claramente, el ambiente de desolación que pinta se refiere a España. Así mismo, tiene sus toques de ateísmo. La obra carece en absoluto de valor, pero como hay algunos poemas que pueden ser pasables, se ha preferido señalar, en las páginas marcadas, pues no están numeradas, los poemas que deben ser suprimidos. Con estas tachaduras es publicable”.

Así reza el expediente de la censura franquista que, en 1968, desaconsejó la publicación del libro ‘Blues castellano’, de Antonio Gamoneda. El poemario tuvo que esperar a 1982 para ser publicado íntegramente, en Ediciones Noega (Gijón).

Reproducimos uno de los poemas censurados:

 

MALOS RECUERDOS

La vergüenza es un sentimiento revolucionario.
KARL MARX

Llevo colgados de mi corazón
los ojos de una perra y, más abajo,
una carta de madre campesina. 

Cuando yo tenía doce años,
algunos días, al anochecer,
llevábamos al sótano a una perra
sucia y pequeña.

Con un cable le dábamos y luego
con las astillas y los hierros. (Era
así. Era así.
           Ella gemía,
se arrastraba pidiendo, se orinaba,
y nosotros la colgábamos para pegar mejor).

Aquella perra iba con nosotros
a las praderas y los cuestos. Era
veloz y nos amaba.

 

Cuando yo tenía quince años,
un día, no sé cómo, llegó a mí
un sobre con la carta del soldado.
Le escribía su madre. No recuerdo:
"¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla.
No te puedo mandar ningún dinero…"

Y, en el sobre, doblados, cinco sellos
y papel de fumar para su hijo.
"Tu madre que te quiere."
                                 No recuerdo
el nombre de la madre del soldado.

Aquella carta no llegó a su destino:
yo robé al soldado su papel de fumar
y rompí las palabras que decían
el nombre de su madre.

 

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar
la carta del soldado.

   ANTONIO GAMONEDA
(Del libro ‘Blues castellano’)

 

Dos poemas (preguntas) de VÍCTOR M. DÍEZ para Antonio

December 4, 2007

(Dos preguntas para una conversación con Antonio)

Víctor M. Díez    FUNDIDO EN NEGRO 

Ramajes -espesura- árboles sin raíces

inventados contra toda luz.

Crecen desbordantes,

como una trampa musical de entonces:

                                No te veo.

 

Y sólo el cantaor soñado me da consuelo.

 

Aldeanita, donde tú de flores vestida junto al pozo

un lenguaje sur de olas que mecieron y el palparse

de un niño la entrepierna; que donde buscó su sexo

primero tú una flor de aroma le habías puesto…

 

Hoy se ha secado el río en la cuenca de los ojos.

Quizás sea un tacto o la quietud. Oscuridad.

 

En el nombre de los laberintos, de la amnesia

y del tiempo perdido…

Yo te veo.

 

    IRRACIONAL

Animal por dentro. Trepador en la farmacia íntima

Informe para salvajes:

pezuñas, pañuelos, espinas, excrementos, zapatos solos,

mandíbula limpia, dormitorios al raso, pelaje,

tripas de radio, vendas, muñecas tuertas, cartones, cartones…

 

Notas escritas en la partitura química. Posología.

Circulaciones, un sonar en avalancha

y recogido.

Respiración entrecortada.

Una música de rebaños: mano abierta en el campo

que se cierra en puño a la señal del gurú.

 

Hacia la ciudad cabeza, entre la herrumbe de las

periferias y sus cinturones pardos.

Cuerpos sensibles, cercanías, desnudez, reacción,

siglo XIX, barbitúricos.

 

Cámara al hombro:

Multitudes animal fórmula mente.

Paisaje, silueta del drogado.

 

VICTOR M. DÍEZ
(Publicado en la revista Zurgai, Bilbao, diciembre 2001. Número dedicado a Antonio Gamoneda) 

El poema ‘Cuerda de presos’

San Marcos (León)
 
 
Sucedían cuerdas de prisioneros; hombres cargados de silencio y mantas. En aquel lado del Bernesga los contemplaban con amistad y miedo. Una mujer, agotada y hermosa, se acercaba con un serillo de naranjas; cada vez, la última naranja le quemaba las manos: siempre había más presos que naranjas.

 
Cruzaban bajo mis balcones y yo bajaba hasta los hierros cuyo frío no cesará en mi rostro. En largas cintas eran llevados a los puentes y ellos sentían la humedad del río antes de entrar en la tiniebla de San Marcos, en los tristes depósitos de mi ciudad avergonzada.
 
ANTONIO GAMONEDA
Del libro ‘Lápidas’ (1977-1986)
Este es el poema que figura en la placa de la casa
donde pasó su infancia Gamoneda,
en el nº6 de la Avenida Dr. Fleming de León. 

Información sobre el Congreso dedicado a Gamoneda en León

Con motivo del 2º Congreso de Literartura Leonesa, dedicado a Antonio Gamoneda, celebrado los pasados días 28, 29 y 30 de noviembre, el Diario de León, copatrocinador del evento, dedicó un amplio despliegue informativo, que resumimos a través de los siguientes enlaces (haz click):
Miércoles 28 de noviembre
El ministro de Cultura inaugura el Congreso de Literatura Leonesa Actual
Túa Blesa y Breysse-Chanet abren las primeras conferencias
Diez promesas poéticas, en un gran libro que el Diario entrega el día 30
Jueves 29 de noviembre
César Antonio Molina: «Si soy ministro es porque en mi camino me encontré con gente como Gamoneda»
Viernes 30 de noviembre
La poética de Agustín Delgado, Andrés Trapiello, Julio Llamazares y Juan Carlos Mestre, protagonista de la jornada
El ministro José Antonio Alonso cierra un ciclo en el que han participado los mejores expertos sobre Gamoneda
Amancio Prada: «Canto lo que ha brotado en mí»
Conferencias: José Antonio Expósito | Sánchez Santiago | Carmen Palomo | Nieves Alonso
Sábado 1 de diciembre
José Antonio Alonso: «Gamoneda busca reconstruir gozos en la ruina»
José Enrique Martínez: «Las nuevas voces de la poesía leonesa están unidas por el inconformismo y la conciencia tecnológica»
ENTREVISTA CON ANTONIO GAMONEDA, por Verónica Viñas:
«En mis memorias no puedo hablar bien de mí mismo»

‘La canción del solitario’, de ELENA MEDEL

 Elena Medel  "ALGUIEN TE OBSERVA. Escucha cómo alguien, tras de ti, sigue –e imita– tus pasos, cómo se acerca –"yo sentí su mirada en mi vida"–, cómo alguien acaba entrando en ti, siendo tú, contando pulsaciones, marcando el ritmo de tus pensamientos. Es el comportamiento de la poesía de Antonio Gamoneda: habita al lector, que la interioriza, desentraña y reescribe con una lectura que no zanja la aproximación, sino que permite que se expanda. De esta forma, el lector no se limita a ejercer como ‘espectador’ de lo leído, sino que se convierte –en cierto modo– en ‘coautor’ del poema. Se trata de una poética abierta en cuanto a su recepción e interpretación: el poema nace, para Gamoneda, con la escritura, pero sólo vive con la lectura ajena, convirtiéndose verdaderamente en poema a los ojos y reflexión de otros. Comprendemos que la poesía se transforma, entonces, en un acto de generosidad: respira a través del lector, sin etiquetas ni restricciones. El propio Gamoneda no es ajeno a este proceso, puesto que para abordar sus poemas tras la escritura –con independencia del tiempo que medie entre ambos pasos– abandona el papel clásico de ‘autor’, convirtiéndose en ‘lector’ y ‘reinterpretando’ y –por tanto– ‘reescribiendo’ de manera incansable".

    (Así arranca ‘La canción del solitario’, lectura de ELENA MEDEL,  epílogo de la nueva edición de ‘Blues castellano’ –Bartleby Editores, Madrid, 2007– de ANTONIO GAMONEDA)

‘Cosa de corteza’ por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

COSA DE CORTEZA
Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
Tomás Sánchez Santiago
    Es muy posible que ayer tarde, cuando Antonio Gamoneda se adentrase entre las sombras de un palacio, no fuera solo. Habría con él en el trance la sombra dulce de una madre con manos de olor a lejía y a maldita sumisión, un suicida que vigiló la nieve y todavía silbotea su canción, caballos sangrientos con las patas arañando el aire y, en fin, un coro de compañías atormentadas en las que todavía él cree, seres que se le aparecieron en la niñez y hasta hoy no han soltado de la mano a aquel niño huérfano que creció en León, se escondió en sus calles, fue echado de colegios y empleos, calló durante quinientas semanas antes de mojar la lengua en la espesa salsa de palabras que cayeron como trallazos sobre la poesía complacida de su época y, por fin, se sentó a esperar bajo el frío a que todo lo envolviera una disipación. “Este no es mi lugar, pero he llegado”. Seguramente este verso de Libro del frío pasaría ayer como una brocha lánguida por la cabeza de este hombre, uno de los poetas que aún acepta que la poesía es revelación y destino antes que otra cosa, y por lo tanto nada parecido a un ejercicio de suntuosidad literaria. Menos aún un lenguaje hecho para la complicidad.
    Y, sin embargo, llegaron los honores. El estruendo social que se producirá en estos días habrá de confundir a quien sacó su espléndida poesía chorreando desde pozos subterráneos que apenas nadie visitó durante los años del franquismo. La solidaridad, la justicia, la ira, la desesperación o la belleza eran conceptos a los que Antonio Gamoneda puso espesor y contorno en un lenguaje que distaba mucho de cualquier complacencia. Como decía en un temprano poema que luego tituló “Ferrocarril de Matallana”: “con el tren se aleja / algo que es cierto aunque no puede ser pensado; / es algo mío y no me pertenece. / Está dentro y fuera de mi corazón”. Esa sensación de estar en las afueras, de no pertenecer del todo a aquello que se le impone ha tenido que regresar a visitarlo desde ayer con otra contundencia más cercana aún a la perplejidad.
    Pero cuando todo acabe y el orden secante caiga de nuevo sobre las cosas del mundo –también del mundo literario-, Antonio Gamoneda regresará a poner su vida “en heridas y sombras” y pensará entre insectos ciegos que todo fue un espejismo. Pólvora equivocada. Cosa de corteza que no afectó a las últimas sustancias de donde manó siempre su poesía, allá donde aún él oye conversaciones y ruidos luminosos que hacen una madre, un suicida y algunos animales atormentados.
    (Este artículo se publicó en LA CRÓNICA DE LEON/EL MUNDO, el 1 de noviembre de 2006).

‘Frágil y formidable’, por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

FRÁGIL Y FORMIDABLE
 
Ildefonso Rodríguez
    Tuve la suerte, por pura proximidad local, de conocer el gran libro de Antonio Gamoneda «Descripción de la mentira», recién publicado, hace casi treinta años. Era un libro parecido a cualquier otro de la hermosa colección Provincia, creada precisamente por él. Fuimos sólo unos pocos los que entonces lo conocimos y leímos, viendo, experimentando, la potencia de aquella escritura. Para el lector que ha tenido tal deslumbramiento, todo lo que a continuación se produzca en la expansión de la obra parece confirmar su primera seguridad. La escritura de Gamoneda lleva años afirmando la confianza de sus primeros lectores. Traducida a otras lenguas, multiplicada en publicaciones y en textos críticos.
    Ahora, el premio Cervantes lo veo como una valencia de expansión mayor y no me sorprende, me confirma en lo que siempre hemos sabido. Pero pienso sobre todo en los lectores y lectoras que, gracias a esta publicidad debida al galardón, obtendrán la misma –y diferente– experiencia que yo tuve de lo que desconocía.
    En cuanto al amigo escritor, brindo por su suerte merecida, me alegro con él y por él. Le ha tocado un premio gordo y le deseo vida y años para disfrutarlo y compartirlo. Este premio y los que vengan, que no será el último.
    Hablar de «Cecilia» es hablar de un poeta y amigo que ya es abuelo, porque este libro esta dedicado a su única nieta. En la dialéctica de vida, de pura contradicción que alimenta toda la poesía de Antonio, el hecho de ver renacer lo nuevo en el tronco familiar y sanguíneo es rememorar también las desapariciones y las pérdidas.
Contrastémoslo con la tristeza de una vida corta o de una obra poética sin expansión. Antonio está viviendo una larga vida y puede asistir a cosas tan maravillosas como los nacimientos en la proximidad, en la intimidad familiar.
    Pero lo más curioso entre los múltiples sentidos cruzados sobre este libro, «Cecilia», es que en él, abuelo y nieta se convocan, en lo real, en la experiencia. Y están así removiendo los fantasmas y las pérdidas de esa misma vida. En la obra de este poeta, la madre y la nieta son las dos figuras polares. La nieta evoca la pérdida de la madre, y la del padre, como pronto veremos en sus memorias. Es una situación de tensión dialéctica entre vida y muerte, positivo y negativo.
    Toda obra es formidable y también frágil. Es una gran suerte que él pueda asistir a esta expansión, a este momento maravilloso de la suya.
(Publicado en el diario ABC el 1 de diciembre de 2006)

‘Lumbre de Antonio Gamoneda’, por LUIS MARIGÓMEZ

LUMBRE DE ANTONIO GAMONEDA
Luis Marigómez
Por LUIS MARIGÓMEZ
(Texto leído en la Feria del Libro de Valladolid el 2 de mayo de 2005)
 
    El 27 de agosto de 1962, muere Leopoldo Panero. Acaba de  participar en el jurado que concede un premio de poesía de Astorga que recae en Antonio Gamoneda y hace saber eufórico, a sus compañeros, que acaban de encontrar un auténtico poeta.
    Para entonces, Antonio Gamoneda tiene ya 31 años y lleva escribiendo poesía desde, al menos, 1947. En realidad, todavía falta algún tiempo para que realmente le descubran.
    Nace en 1931, con la República, ese fogonazo que acaba nueve años después entre las ascuas de unas cenizas que queman todavía durante una larga época. Gamoneda es, como pocos, un hombre de su tiempo que trasciende su tiempo. Al año de nacer muere su padre, también poeta. Aprende a leer en los versos del libro de su padre, convirtiendo su ausencia en una representación íntima de presencia. El aire pestilente de la primera postguerra, la atmósfera podrida que enmarca y caracteriza el periodo de Franco y de la que todavía nos llegan, de cuando en cuando, efluvios, va a contener el espacio en el que empieza a desarrollarse su obra. “Arráncate la luz de la mirada”, dice uno de sus primeros versos. Los cadáveres que flotan en el Bernesga, las cuerdas de presos, el hambre, el vivir inmerso en todo tipo de miserias, forman la conciencia, la mirada atormentada del poeta. En la adolescencia, llega a “la convicción de que la poesía existe porque existe la muerte.”

    Su primer intento de publicación, hacia 1950, como tan a menudo ocurre, se frustró. Se llamaba ‘La tierra y los labios’. El título es una muestra de lo que será siempre su poesía, una confrontación entre la carne (los labios) y la muerte (la tierra que acoge el cuerpo sin vida). El primer poema que se mantiene de entonces se abre con una figura, el cabello, (algo material que sale del cuerpo) que se mantendrá hasta el último libro.
    En 1962 hace ya dos años que ha aparecido su primer libro de poesía, ‘Sublevación inmóvil’, finalista del premio Adonais de 1959, un libro que se ha gestado durante seis años. Aquí están ya buena parte de los elementos que van a configurar la poesía de Antonio Gamoneda. ‘Luz’ es una de sus palabras fundamentales, y se va a mantener hasta el final. Su poesía reunida se llama ‘Esta luz’: “pero la luz / es sombra de la nada.” También aparecen el fuego, la nieve, el corazón… “Ante mi rostro, / piedras heridas, cuerpos / endurecidos en el dolor”.
    En 1962 ya ha empezado un nuevo libro, ‘Blues castellano’, que no acabará hasta 1966 y que supone un avance en el abandono paulatino del uso hasta entonces virtuoso de la métrica tradicional ─con el soneto como paradigma─ , y la incursión en otros modos que terminan de perfilar lo que se llama la voz del poeta. El título del libro dice bastante, ‘blues’ es una música que viene de la esclavitud de los afroamericanos en los campos de algodón de EEUU. Gamoneda ha hablado alguna vez de su gusto por esta música. El poeta busca en estas maneras foráneas cómo expresar lo de aquí, lo ‘castellano’. Este libro choca de frente con la censura franquista (hace poco la revista ‘Espacio / Espaço escrito’ publicaba el informe emitido al respecto) y no se publica hasta 1982. En ‘Blues castellano’ hay otros ritmos, están la repetición y la pequeña variante; están la conciencia de clase obrera, la alienación en el trabajo; surgen la vergüenza, el miedo y la culpa como sensaciones básicas. “Al hombre cuyo oficio y vigilancia / es la vida, feroz como el mercurio / una bolsa de pena lo acompaña. / Está cansado sobre el propio rastro / como un ave de plomo. Dormiría / sobre todas las cosas: las miserias / y las humillaciones y el olvido.” (p. 108) Una figura fundamental es la madre, con sus manos protectoras, encarnación de un sufrimiento callado del que el hijo toma conciencia: “A las cinco del día, en el invierno, / mi madre iba hasta el borde de mi cama / y me llamaba por mi nombre / y acariciaba mi rostro hasta despertarme.” (p. 99) La luz que predomina en ‘Blues castellano’ es la de las madrugadas negras, la de las noches de hielo. No hay sol.
    ‘Descripción de la mentira’ aparece en 1977; es la segunda publicación poética en libro de Gamoneda, 17 años después de ‘Sublevación inmóvil’, y sale en la colección Provincia, de la Diputación de León, que él mismo fundó. Quiero con esto ejemplificar lo difícil que fue, durante muchos años, la vida editorial de la poesía que hoy celebramos. Si ‘Blues castellano’ se aparta bastante de las maneras poéticas al uso, en este libro parece que el suelo desaparece bajo los pies de quien escribe, y del lector. La sensación fundamental expresada, que engloba a otras muchas, es quizá el vértigo, el pánico de quien mira atrás y alrededor envuelto en un aire espeso, oscuro, afiebrado. El metro utilizado es el versículo y su mirada, el paisaje que recorren los ojos, el cuerpo del poeta, es un a modo de infierno alucinado que al tiempo, resulta extrañamente familiar: “la tierra hirviendo (aquel clamor sin ruido), y la sustancia encarcelada hirviendo. Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer” (p. 210). Recuerdos, sensaciones, deseos, miedos, lamentos, sentencias, preguntas… componen un organismo que palpita, que secreta una bilis luminosa capaz de penetrar hasta recovecos del lector que él no sabía antes que tuviera. ‘Descripción de la mentira’ es un texto que le estalla a uno según lo lee y que transforma, y trastorna, de manera definitiva. El mundo no se ve igual que antes de leerlo. Hay una conciencia que hiere: “Sucio, sucio es el mundo; pero respira. Y tú entras en la habitación como / un animal resplandeciente (…) Los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad, / pero la verdad conducía a la traición. (…) Obscenidad, dulzura fúnebre, ¿quién no bebe en tus manos amarillas?”. El sujeto poético aparece disgregado.
    Es posible entender el poema como lectura de la atmósfera de la dictadura de Franco, pero su azada, su lápiz, su martillo, su gubia, su bisturí… llegan mucho más lejos en esa veta, atraviesan el tiempo y alcanzan el lugar de las emociones permanentes. Palabras como belladona, cíngulo, yodo, alheña, dátiles, chamariz, aulagas, acónito, almácigos, túnicas, láudano, etc. remiten a un espacio y a un tiempo más allá del histórico, cercano al mito, en el que habita el sujeto del poema, que en su desesperación declara: “Sólo vi luz en las habitaciones de la muerte.” (p. 213)
    Poco a poco, le van llegando reconocimientos al poeta. En 1985 se le concede el Premio Castilla y León de las Letras. En 1986 aparece ‘Lápidas’, en Madrid, y en 1987 una primera edición de sus poesías reunidas, ‘Edad’, en edición de Miguel Casado, por la que recibe el Premio Nacional de Poesía y que supone un enorme éxito de crítica y público. Por fin, la sociedad descubre la grandeza de la obra de Antonio Gamoneda, cuarenta años después de que empezara a germinar.
    ‘Lápidas’ supone quizá una atención más reposada sobre el cosmos en el que el poeta ha decidido instalarse. En muchos poemas se explicitan lugares de la ciudad de León y sus alrededores. El pasado al que se mira es el larguísimo, histórico, de la postguerra. Consciente de lo imposible de mantener el ardor de Descripción de la mentira, el poeta baja el ritmo de su diapasón y las evidencias son más palpables, y hay un saber de la hermosura terrible del mundo que se expone: “y la belleza extiende su aceite sobre esos grandes durmientes, sobre sus llagas clamorosas / y la pobreza enseña su majestad corpórea” (p. 213). La luz está en la luminosidad confusa de la memoria: “Hay un mar incesante que desconoce la división del resplandor y la sombra, / y resplandor y sombra existen en la misma sustancia, / en tu niñez habitada por relámpagos.” (p. 235) En cualquier caso, el despliegue de la desolación es implacable: “Ved los símbolos negros: pesan las flores en el corazón y los habitantes de la ciudad viven en vidas del pasado. (Días clavados dentro de los ojos, lenguas que hablan incesantes, como el hierro en círculos.)” (p. 284)
    El ‘Libro del frío’ aparece en 1992 y empezó a escribirse al acabar ‘Lápidas’. Durante un tiempo largo el poeta creyó que era su último libro, el de quien ya no tiene más que hacer. “Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.” (p. 313) En una segunda edición, en 2000, en lugar de las restas a que acostumbra en las reimpresiones, incluye una nueva sección, ‘Frío de límites’. El ritmo es pausado, los versos breves, las sentencias son quizá más rotundas. Aparece el erotismo de forma palpable en una sección, Pavana impura, forjado de tiempo, dolor y tristezas, además de las previsibles ansias, humedades y lascivia: “Ha venido tu lengua; está en mi boca / como una fruta en la melancolía. // Ten piedad en mi boca, liba, lame, / amor mío, la sombra.” (p. 361)  La luz, esa figura central que atraviesa la obra de Gamoneda, se va cargando de significados diversos, y resulta más compleja: “El animal del llanto lame las sombras de tu madre y tú recuerdas otra edad: no había nada dentro de la luz; sólo sentías la extrañeza de vivir. Luego venía el afilador y su serpiente entraba en tus oídos.” (p. 372) Ahora, con el tiempo, esa luminosidad ha cobrado un espesor inquietante: “Aceite azul sobre tu lengua, semillas negras en tus venas. En los últimos símbolos, ves la pureza sin significado. / Es la ebriedad de la vejez: luz en la luz. Alcohol / sin esperanza.” (p. 399) En realidad esta corporeización ocurre con las figuras que ha ido puliendo el poeta a lo largo de su obra: las manos, las serpientes, la madre, los párpados, el corazón… “¿Es la luz esta sustancia que atraviesan los pájaros?” (p. 403)
    La vida sigue y la poesía va entreverada con la de Antonio Gamoneda. En 1993 empieza a gestarse otro libro que no terminará de cuajar hasta diez años más tarde, ‘Arden las pérdidas’. El último verso de el ‘Libro del frío’ dice: “ya sólo hay luz dentro de mis ojos.” (p. 407) El primero de ‘Arden las pérdidas’: “La luz hierve debajo de mis párpados.” (p. 413) A estas alturas, uno sospecha que toda su poesía de Antonio Gamoneda conforma en realidad un único libro, como ocurrió con Cernuda y su ‘Realidad y el deseo’, o Guillén con ‘Cántico’; con la diferencia de que estos poetas desde el principio gestaron esa organización y Gamoneda se ha encontrado con ella al cabo de los años. “Tengo frío bajo un arco que separa la existencia y la luz, / que separa cuanto he olvidado / y la última luz.” (p. 414) Las manos de la madre, protectoras, tan presentes en Blues castellano, reaparecen: “En las iglesias y en las clínicas / vi columnas de luz y uñas de acero / y resistí asido a las manos de mi madre.”  Pero esas manos llevan dentro de sí una luminosidad que lleva al fin al que el poeta no cesa de mirar, de ir hacia él, la muerte: “Vi luz en sus manos, luz / en los cartílagos y las venas. Luego, / descendieron las vértebras y ya / no vi más que eternidad y frío / ciego y azul en la mirada inmóvil.” (p. 428) Medio verso “He atravesado las creencias. (…)” (p. 432) nos lleva de vuelta a ‘Descripción de la mentira’: “Así fue nuestra edad: atravesábamos las creencias.” (p. 178) El poeta, el poema, vuelve sobre lo mismo en un movimiento espiral que se abre despacio, como el muelle de un reloj de cuerda, al compás del tiempo, de su vida. La paradoja forma una parte esencial de lo que podría denominarse el pensamiento poético de Gamoneda: “Hay luz dentro de la sombra, cunde / la centella bajo alas inmóviles. // Son mortales las médulas / ocultas en la luz.” (p. 412)
    En el apartado ‘Claridad sin descanso’ resuenan los ecos, el ritmo ebrio, los hallazgos de medida de ‘Descripción de la mentira’. Pero ahora la muerte acapara todo el protagonismo: “Hay sangre en mi pensamiento, escribo sobre lápidas negras. Yo mismo soy el animal extraño. Me reconozco: lame los párpados que ama, lleva en su lengua las sustancias paternales. Soy yo, no hay duda: canta sin voz y se ha sentado a contemplar la muerte, pero no ve más que lámparas y moscas y las leyendas de las cintas fúnebres. A veces, grita en las tardes inmóviles. / Lo invisible está dentro de la luz, pero, ¿arde algo dentro de lo invisible? La imposibilidad es nuestra iglesia. En todo caso, el animal se niega a fatigarse en la agonía.” (p. 462) La luz de dentro del cuerpo incendia, y quema: “Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo los árboles roturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos y serpientes y aceites industriales bajo los lóbulos de las amapolas.” (p. 470) La intensidad de estos textos hiere al lector, y penetra en sus entrañas como una infección. No se vive igual después de pasar por estas páginas.
    De nuevo parece que éste sería el último libro de Gamoneda. Pero la vida sigue y quien fue hijo único sin padre y es padre de tres hijas, es ahora abuelo; y del mismo modo que su madre es un personaje central de su poesía, ahora su nieta protagoniza su libro final, hasta ahora, ‘Cecilia’. Quien lleva toda su vida de poeta mirando de frente a la muerte se encuentra, en un momento avanzado de su vida, con un nacimiento, y es un hecho que lo perturba: “Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente; todo es cierto en tu claridad: / te has posado en mi corazón, / hay luz dentro de mis venas, / he enloquecido dulcemente.”
    Creo que he hablado demasiado de muerte y muy poco de otros elementos que acompañan y hace realmente grande a esta poesía, debería haber añadido ternura, compasión, carnalidad, canto a los amigos…
    En agosto de 1962 Gamoneda fue reconocido por Leopoldo Panero. En mayo de 2005 el poeta está a punto de cumplir 74 años. Tenemos la suerte de disponer en una edición accesible de su ‘Poesía reunida’, y tenemos la fortuna aún mayor de contar hoy aquí con su presencia.

‘Príncipe negro’, por X. L. MÉNDEZ FERRÍN

Reproducimos el texto que publicó ahora hace justo un año, el 4 de diciembre de 2006, el poeta gallego Xosé Luis Méndez Ferrín, en su columna ‘Segunda Feira’ de El Faro de Vigo, con motivo de la concesión a Gamoneda del Premio Cervantes 2006:
 Méndez Ferrín
 

PRÍNCIPE NEGRO
 
"Non menos de catro persoas amigas felicitáronme pola concesión do Premio Cervantes a Antonio Gamoneda"
X.L. MÉNDEZ FERRÍN
 
    O pasado 18 de Brumario a Fundación Cuña Casasbellas promoveu no Teatro Principal de Pontevedra un acto no que Antonio Gamoneda falou de poesía e leu un ferrado dos seus versos. Un auditorio entregue seguiu a palabra do Mestre con recollemento, emoción e tamén unción. Case se sentía o bater dos corazóns ao unísono. Os silencios explodían. As palabras caían con ese peso único da excepcionalidade necesaria. En público e en privado Gamoneda dixo que a poesía escrita hoxe en galego é a mellor da Península, ou algo así. No século XX español -pensa Gamoneda- hai dous poetas grandes en lingua castelán: na primeira metade do século Lorca; na segunda, Claudio Rodríguez. Discutimos: para nosoutros, os señores do século son Lorca e Gamoneda. Dixen eu que a actitude poética de Gamoneda contradí a condición posmosderna (a trivilización e a desregularización). Instálase el na lírica e xamais acepta a posibilidade de finximento. A poesía é o grande milagre do mundo, insistía Pimentel. A poesía produce unha sorte de coñecemento que non é o ordinaria. Un non dicir decindo, e Juan de la Cruz arrevoou coma unha bolboreta negra entre as arañas do salón. Sobre a reminiscencia colectiva, ou sexa o sentido da Historia, actúan algunhas proposicións de Amelia Gamoneda e Fernando R. de la Flor. Din eles que Gamoneda é poeta proletario e que o seu salto escuro adiante ten que ver cun autoexilio que se produce a raíz da Transición entendida como liquidadora da Esperanza. Gamoneda, con trinta anos de militancia comunista, goza do privilexio de ter lúcidos eséxetas. Non é que necesite de Miguel Casado, digamos. Ocorre que a natureza dos poemas de Gamoneda suscita e provoca o grande crítico e o teórico da literatura como un desafío. Só o alto, o grande crítico ou teórico.
    Percorreu o poeta, texto a texto, unha persoal historia literaria en Pontevedra. Ao descer aos infernos dos Epitafios, de Libro del frío, de Arden las pérdidas, os que ouvimos fomos sendo modificados e levados a outro sitio que, necesariamente, sintiamos noso. Por fin, Gamoneda anunciou cun poema inédito, que entraba en novas estancias e que era o seu propósito visitalas. Unha meniña entrara na súa vida. Na fontana que a el lle abrolla e corre, aínda que é noite, polos adentros, en Antonio Gamoneda de súpeto atemperou o frío e houbo máis morna luz. Di o poeta que a súa próxima marea será máis honda, tenra, leda. Así sexa, se é para ben. Anunciou, polo tanto, en Pontevedra o noso poeta que, se cadra, un período de Sílabas Negras fique atrás e que a difícil tarefa de ser poeta ledo e solar na ancianidade é a que agarda por el.
   Vernes pasado eu saín á rúa e non menos de catro persoas amigas felicitáronme pola concesión do Premio Cervantes a Antonio Gamoneda, tán coñecida dos amigos é a miña predilección pola poesía do meniño que baixou das Asturias a León polos subeiros do gando e aló se fixo príncipe negro dos fabbri da lingua súa. Madrid, esa "corrala", rosmou e torceu o bico. Fálase de que na Academia Española brindou co viño doce da Casa Luis Mateo Díaz á saúde da súa propia sombra. A España literaria élles así e eu pídolles desculpas por cuxar esta columna cunha cita de Luis María Anson, el si da RAG: "Rodríguez Zapatero acaba de concederle el Cervantes a Antonio Gamoneda". Parece ser que, nalgúns aspectos, esta é a hora da verdade. Eu acabo de recibir o Premio Cervantes.

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