Sobre ‘Un armario lleno de sombra’, por ERNESTO ESCAPA

November 24, 2009

FUEGO AMIGO / Por ERNESTO ESCAPA

dedicatoria de Gamoneda para Galaxia Gutenberg

UN ARMARIO LLENO DE SOMBRA

El Cervantes Gamoneda reconstruye su memoria de la infancia
en los años más hirientes y oscuros de la posguerra leonesa

Hace un cuarto de siglo, el Premio Castilla y León de las Letras situó con acierto a Gamoneda entre el fundacional Delibes y el esencial Claudio Rodríguez. Después de varios libros y premios de renombre, dos décadas más tarde el Cervantes señaló a este autor de obra singular, cuya dicción no se parece a ninguna otra. Sin duda, uno de los grandes poetas del siglo veinte. Quizá por eso, y también por elección, su camino hasta aquí no ha sido fácil, sino todo lo contrario. Al cabo de medio siglo de ejercicio de un elevado oficio poético, cuando sonaron las trompetas del Cervantes su nombre todavía no figuraba en las páginas amarillas de los informativos. Luego los ha frecuentado más por traspiés funerarios con colegas que por el eco de una obra que ha seguido creciendo.    

Durante años, Gamoneda, hoy valorado como el mejor poeta póstumo de la generación del medio siglo, fue autor de un único libro. Digo póstumo porque su residencia en la provincia lo excluyó de las alineaciones del grupo, severamente sometido al péndulo de Barcelona y Madrid. El tropiezo con la censura en los sesenta de ‘Blues castellano’, lo había depositado en aquella sabia contención, después de unas laureadas mocedades de lírico floral, cuando el éxito le obligó a repartir estipendios con un sosias, que acudía a los festejos, declamaba los versos, bailaba con la reina y le protegía las neuronas del bochorno. La revelación de ‘Descripción de la mentira’, que fue el hito poético de la transición, lo convirtió en un autor exento y sin cuadrilla, cuya salmodia sobresale entre tantas poéticas intercambiables.  

‘Un armario lleno de sombra’ repasa la infancia del poeta, un tiempo menesteroso acuciado por los estragos de la penuria. Su vecindad en los arrabales de la derrota, el espectáculo de las recuas de presos, la postración a que obliga el disimulo de la supervivencia. Por supuesto, fluyen por estas páginas personajes y escenarios muy presentes en la memoria de León. La visita al interior de San Marcos con el guardia Quirino, la crueldad del sádico Navas, los paseos, la arrogancia de los nazis de la Legión Cóndor y sus alardes en la ciudad sumisa. Pero el tumulto de los recuerdos se decanta en una prosa trabada con destellos de belleza perturbadora. No es el recreo del lírico, sino el relato implacable de una conciencia maltrecha. 

ERNESTO ESCAPA

El poeta en los Cursos de Verano de El Escorial

July 30, 2009

 

Gamoneda convierte el "sufrimiento" de la poesía
en "una forma de placer"

San Lorenzo del Escorial (Madrid), 29 jul (EFE).- Antonio Gamoneda consideró hoy que uno de los "misterios" de la poesía es que aunque de forma mayoritaria está fundamentada en el sufrimiento y la conciencia mortal, milagrosamente acaba convertida en una "forma de placer".

En su disertación sobre la poesía, en una conferencia extraordinaria pronunciada en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial, el poeta ovetense confesó ante una sala repleta de público que desconoce por qué la poesía puede transformarse en una fuente de placer si surge del sufrimiento, y precisó: "esto no es una salvación existencial, pero lo parece".

Gamoneda, Premio Cervantes en 2006, se mostró convencido de que el poeta no tiene un proyecto previo de su obra, que se produce -dijo- "por una pulsión imprevista, la aparición de unas palabras cargadas de una conducción rítmica del lenguaje interior".

"La poesía, a mi humilde entender, no procede necesariamente del razonamiento, sino de intuiciones verbales que se manifiestan al hilo de una conducta musical inherente al desarrollo de un poema", sentenció.

Para el autor de "Descripción de la mentira", "Edad" o "Arden las pérdidas", la poesía es esencialmente pensamiento y lenguaje "subversivos", al derrocar la significación de la palabra académica y convencional.

Pero el poeta va más allá, al expresar su convicción de que este pensamiento reflexivo tiene su raíz en lo desconocido, aunque sea creador de algún tipo de conocimiento, lo que le lleva a considerar la poesía como un "acto de creación".

Gamoneda, en su disertación sobre "Poesía y poética", subrayó que la poesía puede intensificar nuestra conciencia, "pero directamente no nos sirve para cambiar el mundo".

Coincidió con la reflexión de Federico García Lorca de que la poesía se hace sentir "cuando se da en nosotros la percepción de que dos o más palabras están juntas por primera vez", lo que lleva necesariamente -en su opinión- a nombrar algo "que no existía, que no había sido nombrado nunca".

Quiso citar también en su discurso al poeta "mayoritariamente y tontamente olvidado" Juan Larrea, y su frase "he aquí el mar, alzado en un abrir y cerrar de ojos de pastor", una línea que -dijo- "no encuentra acomodo razonable en el pensamiento discursivo, pero es causa de una presencia intelectual hasta ahora inexistente y desconocida".

El poeta, hijo adoptivo de León por ser ésta la tierra en la que se crió, se mostró convencido de que la poesía es un lenguaje aprendido "cuando el mundo era sagrado", y aunque hoy el mundo ya no sea sagrado "permanece el lenguaje aprendido con una entidad necesariamente poética".

A su entender, el hecho de que la poesía sea una cosa "minoritaria" ha llevado a que los científicos no se hayan ocupado en averiguar si puede existir una zona del cerebro en algunos humanos en la que el pensamiento "se suceda a sí mismo".

"Creo que existe una conexión entre la primera palabra del homínido capaz de la fonación articulada y las dos palabras que aparecen juntas por primera vez", aseguró el escritor, para quien la poesía "nos lleva a nuestros orígenes, a cierta capacidad de creación y revelación".

Con una gran carga irónica, Gamoneda pidió a los presentes perdón "por no haber tenido tiempo de hacer más breve mi intervención", aunque advirtió de que la poesía "también puede ser el arte de la desobediencia", y quiso dar "señales en mí de una mínima obediencia" (al ruego del director del curso de no sobrepasar el tiempo en exceso), al acabar su discurso recitando tan sólo unos breves poemas.

Entre ellos, el emotivo poema dedicado a un amigo iraquí a quien las torturas del régimen de Hussein le provocaron una epilepsia de origen traumático, fallecido hace tres años en Nueva York, y a quien el poeta definió como "un árabe perfecto: te engañaba por la mañana y te daba su corazón por la tarde; para mí era mucho".

© EFE 2009. Está expresamente prohibida la redistribución y la redifusión de todo o parte de los contenidos de los servicios de Efe, sin previo y expreso consentimiento de la Agencia EFE S.A.

 

‘Extravío en la luz’ y ‘Un armario lleno de sombra’ en el ABCD Cultural

June 21, 2009

 Antonio Gamoneda en la Feria del Libro de Sevilla 2008

Complicidad de poesía y vida
Por Amalia Iglesias

~ ~ ~

Un armario lleno de luz
Por Anna Caballé.

 ~

‘El lugar amarillo’, un prólogo de Pierre Peuchmaurd para la 2ª edición francesa de ‘Libro del frío’

June 17, 2009

 http://farogamoneda.blogsome.com/images/1-pierre.jpg

Sobre Pierre Peuchmaurd

El 12 de abril de 2009, en  Brive (Corrèze), falleció de un cáncer de pulmón Pierre Peuchmaurd (1948), sin duda uno de los poetas franceses más decisivos del último medio siglo. En castellano han aparecido únicamente dos largos poemas:  “Historia de la Edad Media” (traducido por Martine Joulia, El Signo del Gorrión, número 23, Invierno 2001) y “Toro” (traducido por  Louis-François Delisse, con la colaboración de M. Joulia et J.-Y. Bériou, edición bilingüe, Myrddin, Brive, 2004).
El número 5 de la revista barcelonesa ‘El Animal Sospechoso’, a punto de salir, contiene un dossier sobre su poesía, presentado por J.-Y. Bériou, con una selección y traducción de poemas a cargo de Miguel Casado.
Pierre Peuchmaurd es el autor de un hermoso prólogo a la segunda edición francesa del ‘Libro del frio’ de Antonio Gamoneda (trad. por M. Joulia et J.-Y. Bériou, Editions Antoine Soriano, 2005). El texto, titulado ‘El lugar amarillo’, ha sido traducido para Faro Gamoneda por Ildefonso Rodríguez.

 
~ ~ ~
EL LUGAR AMARILLO

  El frío es cuando todo ya ardió. Cuando el fuego lo ha besado todo, todo lo abrasó. Todo enrasado.

  O es una lenta parálisis, una gangrena de hielo que va apagando el corazón y sus atributos, como parece que hace la belladona.
  El frío se dice con una voz mate, mineralizada por la combustión, como los huesos se hacen piedra bajo las razones y bajo los propósitos.

  Esa voz no es neutra ni ausente. Blanca, jamás. Siempre trae algo de la quemadura y de la glaciación. Una protesta en el nombre mismo del vacío y de la melancolía. Un rechazo de la desposesión por encima de su evidencia. “Aún hay luz sobre las alas del gavilán”.
  
  Pero ensordecida, pues las luces se ensordecen también, y ahora, tal vez, puedes ver qué sucede cuando todo te abandona, cuando todo queda atrás y te descubres desnudo ante aquello que falta por venir, ese “gran sábado de la vida” por donde pasará “el animal perfecto” de la indiferencia, y una vez visto, ya nada más podrás ver.

  Tal como yo lo oigo, de ese lugar habla Antonio Gamoneda. Ese lugar bañado por el amarillo de la peste y del antes de la muerte. Allí él aguanta sabiendo que no aguantará por mucho tiempo, sólo lo necesario para reagrupar la vida, toda la vida, pues no estamos aquí para facilitar el trabajo de la muerte.

   Reagrupar, reunirlo todo, para la primera revuelta o para el último combate, cuando el pensamiento “es sólo recuerdo de la ira”, pero ahí sigue la ira. Es el último combate y Antonio Gamoneda, con una mano que apenas tiembla, reagrupa, lo recobra todo. Todo: “yeguas fecundas en la fosforescencia” y “caballos inmóviles en la tristeza”, el gesto deslumbrante de la costurera, “y sus brazos son blancos entre la noche y el agua”. Todo: los efectos y las causas (“las causas infecciosas”), que son lo mismo. Todo lo que se ha amado y se ha dejado morir antes de tiempo, porque somos como los pájaros, “bajo leyes de vértigo y olvido”.

  Todo –y ponerlo en el lugar amarillo, a la espera de que todo lo aplane ese bloque ciego, esa masa sorda de la nada que llamamos muerte. Ponerlo ahí para oponerse, porque eso era la vida, nuestra carne y nuestro sueño. Y veremos cuánto aguanta. Nada, seguro, pero tal vez todo. Ese frío que traspasa nuestros cuerpos y nuestros cuerpos lo sienten, eso no es el miedo, es la esperanza, es la tristeza. Nuestra única falta es la esperanza.

   “No tengo miedo ni esperanza”, dice Gamoneda, descubriendo tal vez el verdadero secreto de su poesía. Sin miedo ni esperanza, sin alegría ni amargura, sólo ira y estupor, y temblor cuando la voz tiembla, y del hombre – incluso abatido, incluso reducido a la espera de su fin – la dignidad.

  Estrictamente verídica, increíblemente determinada, determinada hasta el frío y el escalofrío, venida del centro abrasado de la palabra que era deseo, la poesía de Antonio Gamoneda –al menos, ella– está aquí para enlazar nuestras manos muertas con las rosas negras de los glaciares.

PIERRE PEUCHMAURD

8 y 9 de Junio / Presentación en Madrid de dos libros en edición de MIGUEL CASADO: ‘El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda (1987-2007)’ y ‘Rimbaud, el otro’

June 6, 2009

 El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda (1987-2007), de MIGUEL CASADO, publicado por Abada.

~LUNES 8 de JUNIO~

19:30, Círculo de Bellas Artes
Presentación del libro El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda (1987-2007), de MIGUEL CASADO, publicado por Abada.
Participarán también Antonio Gamoneda, José Manuel Cuesta Abad y el editor Fernando Guerrero.
 Rimbaud, el otro, publicado por la Editorial Complutense, edición de MIGUEL CASADO.
~MARTES 9 de JUNIO~
19:30, Feria del Libro, Pabellón de las Universidades
Mesa redonda en torno al libro colectivo Rimbaud, el otro, publicado por la Editorial Complutense, edición de MIGUEL CASADO.
Intervendrá también Esther Ramón, colaboradora en el libro, y luego habrá una lectura de poemas de Rimbaud y propios a cargo de Marta Agudo, Marcos Canteli, Eva Chinchilla, Rafael-José Díaz, Ernesto García López, Ana Gorría, Carlos Pardo, Mariano Peyrou, Sandra Santana y Julieta Valero.
 

Sobre la descarada “manipulación” de las declaraciones de Gamoneda sobre Benedetti

May 21, 2009

 Mario Benedetti

Los diarios El Mundo (en su edición en papel) y Público han propiciado estos días una absurda polémica, manipulando descaradamente unas declaraciones de Antonio Gamoneda sobre la poesía de Mario Benedetti.

De la "forzada" polémica se han hecho eco algunos blogs de poetas, periodistas, editores y críticos bastante serios, de los que ofrecemos una pequeña relación:

Crítica poética y contracrítica
(Colectivo Adisson de Witt / ‘Gamoneda y Benedetti’)
~

Pepo Paz
(El editor en su laberinto / ‘Matar al poeta: Gamoneda-Benedetti’)
~

Aben Yusuf
(: ‘La verdad sea dicha sobre cierta poesía española’)
~

José Manuel Ruiz Martínez
(Omphalos crítico / ‘Benedetti, Gamoneda, y la poesía’)
~

Angélica Tanarro
(Calle 58-Blog de la periodista de El Norte de Castilla / ‘Una actitud nada común’)
~

sopadepoetes
(’¿polémica gamoneda respecto a benedetti? no hay tema. benedetti descansa en paz’)
~

Javier Menéndez Llamazares
(Como ser nadie / ‘Gamoneda y la mentira’)
~

Juan Carlos Suñén
(En SoyLeyendo.com, un blog de la Escuela de Letras / ‘Descanse en paz’)
~

Manuel Rico
(Un artículo de opinión en EL PAÍS: ‘Lo inoportuno y lo inaceptable’,
y en su blog ‘Al Margen’: ‘La polémica Gamoneda/Benedetti’)

 

~ ~ ~ 

He aquí las declaraciones de Gamoneda sobre Benedetti, tal como las reflejaron algunas agencias y también el diario El País

"Su muerte me ha entristecido. Era un hombre necesario que destacó por su honradez intelectual y capacidad de crítica. Lo que intentó hacer lo hizo bien. Cumplió su propósito ampliamente. Respeto su manera de entender la poesía pero no la comparto. Para mí, la palabra meramente informativa y la crítica moral tiene su lugar en los periódicos, en la televisión, en los púlpitos si se quiere, pero la modalidad esencial del pensamiento poético no es ni reflexiva ni crítica sino un tipo de otra naturaleza, y determina un lenguaje que también es de otra naturaleza".

Añadimos, también, unas declaraciones del escritor gallego Méndez Ferrín sobre este asunto, publicadas en El Faro de Vigo:

El escritor gallego Xosé Luis Méndez Ferrín conoció a Benedetti durante una visita del poeta a Vigo para participar en el CLUB FARO en 1994. Él fue el encargado de presentarlo. "No me decepcionó en absoluto la idea que tenía sobre su persona; era paciente, bondadoso e inteligente y no creo, en absoluto, que su poesía fuera vulgar; es realista, comunica y tiene calidad", asegura Ferrín. Sin embargo, el literato gallego no condena las palabras de Gamoneda, que asegura están exentas de elitismo. "Habla desde su libertad y verdad y eso no es condenable. Además, esa opinión no tiene nada que ver con su persona, sino con una distinta manera de concebir la poesía", advierte.
Para Ferrín, la figura de Benedetti "representa el prototipo de intelectual de izquierdas en América Latina, polifacético. Era una persona amigable, próxima, generosa y muy inteligente; tal vez la poesía no sea su aportación más importante, ya que no hay que olvidar su obra como prosista, ensayista y articulista", explica.
Aquel primer encuentro en Vigo, que se alargó hasta altas horas de la noche, fue para Ferrín "inolvidable". "Si hubiéramos vivido en los mismos escenarios, habríamos sido buenos amigos", asegura.

 

Y descanse en paz Benedetti, un poeta y un ser humano entrañable
y, sobre todo, muy querido…

Presentación de ‘Un armario lleno de sombra’

May 19, 2009

Gamoneda en una fotografía de Diego Sinova

Sobre la presentación, ayer lunes (18 de mayo),
de ‘Un armario lleno de sombra’

En El Mundo

En El País

En ADN/Efe

 

Las memorias, de la mano de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores

May 15, 2009

http://farogamoneda.blogsome.com/images/1%20Gamo%20portada.jpg

Gamoneda publica sus esperadas memorias:
‘Un armario lleno de sombra’,
donde relata sin paliativos su infancia

«Escribí mis memorias para reencontrarme con el pequeño canalla que fui»

Una entrevista de VERÓNICA VIÑAS (haz click:)
en Diario de León.

 

Crónica del Congreso en la UAM, por Pacho Rodríguez

April 16, 2009

 

[Antonio Gamoneda, rodeado por alumnos de la Universidad
Autónoma de Madrid. Fotografía de RAQUEL P. VIECO]

~
El poeta leonés asistió a la apertura del Congreso
sobre su obra en la
Universidad Autónoma de Madrid
~

GAMONEDA:
«La presencia de jóvenes
es la que puede hacer perdurar mi obra»
~

José Enrique Martínez participa hoy, y mañana acuden
Llamazares, Barella, Luis Mateo y Merino

~ ~ ~
Por PACHO RODRÍGUEZ
para Diario de León

~ ~ ~
Cuarenta y tres nombres y un poeta. El primer congreso universitario que se celebra dedicado a la figura de Antonio Gamoneda, comenzó ayer con el propio autor como protagonista presente en la conferencia inaugural, en la Universidad Autónoma de Madrid, con José Manuel Cuesta, profesor titular de Teoría de la Literatura, como ponente, y con una exhaustiva disección del poema Cecilia, que el autor dedica a su nieta.

Bajo el título de La palabra dañada comenzó este encuentro que durará hasta mañana y que se enmarca dentro del congreso decano en poesía y publicación que, desde hace 28 años, se organiza ahora bajo el sugerente título de Jornadas sobre poesía y divergencia, y con la batuta magistral de Rafael Morales, director del ciclo y responsable de que casi una cincuentena de eruditos, profesores y autores hablen sobre Gamoneda y su obra.

Acabó la charla de José Manuel Cuesta Abad y los alumnos, abrumados, optaron por no preguntar. Tenían delante al autor y al que hablaba del autor. Pero la primera sesión se disolvió sin palabras después de tantas palabras. ¿Y qué pensará Gamoneda de todo ésto? Podría haber sido una de las cuestiones. Gamoneda, entonces, reflexionó para Diario de León: «Lo que uno siente, principalmente, es sorpresa. El exégeta o interpretador nos dice cosas innegables que estaban ahí y no se habían contado sobre la obra. Hay un trabajo de iluminación que procede del estudioso. Por eso digo que llega a causar sorpresa en el autor», señaló.

Antonio Gamoneda, que llegó acompañado de su mujer y de su hija Amelia, confesaba cierto cansancio pero toda la ilusión por vivir el excepcional momento que vive como poeta reconocido tras el camino recorrido. «Ahora uno oye lo que se dice y, claro, no piensa que escriba sus palabras por casualidad. Es una situación en la que el autor lo sabía, pero no sabía que lo sabía», afirmó. Y los alumnos de la Autónoma, a los que sobre Gamoneda bien alecciona Rafael Morales, querían estar cerca de un premio Cervantes. Y él de ellos: «Aquí siento la presencia de los jóvenes como algo muy importante para mi, en la medida de que es la que puede hacer perdurar mi experiencia poética».


“Realidad ‘versus’ Realismo”, una entrevista con Gamoneda, por BENITO DEL PLIEGO Y ANDRÉS FISHER

April 14, 2009

 ANTONIO GAMONEDA CON BENITO DEL PLIEGO Y ANDRÉS FISHER

ANTONIO GAMONEDA CON BENITO DEL PLIEGO Y ANDRÉS FISHER
ANTONIO GAMONEDA CON BENITO DEL PLIEGO Y ANDRÉS FISHER
[Antonio Gamoneda con sus dos entrevistadores
en la Residencia de Estudiantes de Madrid]

~ ~ ~

“REALIDAD ‘VERSUS’ REALISMO”

Por BENITO DEL PLIEGO Y ANDRÉS FISHER

~ ~ ~
Esta entrevista se publicó originalmente en
Hispanic Poetry Review 5.2. (2006): 80-90.

~ ~ ~
Aunque tus primeros poemas fueron escritos a temprana edad y tu primer libro, ‘Sublevación inmóvil’, apareció en 1960, desde la perspectiva de la proyección pública se pueden percibir dos momentos separados por la aparición de ‘Edad’, libro que recibió el Premio Nacional de Literatura. Hasta entonces tu obra era de difícil acceso y su conocimiento mucho más reducido. A la vista de ese cambio, ¿cómo ves tu trayectoria? ¿En que ha influido el reconocimiento recibido?

Sí, hay que partir de que yo no me siento marginado ni me he sentido marginado nunca, porque en todo caso sería automarginado. Yo soy provinciano vocacional, entonces tengo mis rarezas; rarezas que consisten en que nunca he pedido que me publiquen un libro o que me publiquen poemas. Es decir, han tenido que venir a mí y eso se produce más lentamente; soy un hombre que vive en una ciudad pequeña, que no tiene demasiada voluntad de notoriedades. Eso no quiere decir que no tenga vanidad: claro que la tengo, pero el buscarme el reconocimiento y el escalafón me produce una gran pereza y me la produjo siempre. Me quedo en casa tan tranquilo porque pienso que lo importante es escribir; publicar y que haya una trascendencia también, pero menos. A partir de ‘Edad’ esto, ciertamente, coincidió con algunos premios de cierta significación, y a partir de ahí se produce, yo no diría un reconocimiento —porque no sé muy bien lo que es eso—, sino más bien un acercamiento, fundamentalmente de gente joven, y yo me siento bien con esto. Me siento bien con que en lugares insospechados para mí haya gentes, predominantemente jóvenes, que se interesan por mi escritura. Yo soy hombre de poca escritura.

Esta aproximación de los poetas jóvenes a tu obra se produce, en España, en un ambiente poético identificado con una literatura autodenominada “realista”, del que tus ideas poéticas se encuentran muy distantes. ¿Qué significación crees que tiene, en este contexto, que se haya reconocido una obra que durante años había quedado al margen de posiciones legitimadas oficiosamente?

Ha tenido dos consecuencias; bueno, tres. La primera, esa actitud afectuosa, interesada —interesada en el mejor sentido— de la gente que en estos momentos tiene menos de cincuenta años. Salvo muy pocas excepciones, hay una reticencia por parte de los que son de mi edad o mayores que yo. Bien, yo me siento bien en esta situación; eso en cuanto a lo que diríamos actitudes personales. Respecto a las actitudes en la escritura, es cierto que hay una pequeña veta de jóvenes en que, de alguna manera, se dan ciertos parecidos; espero que no sean demasiados, porque no hay por qué empeñarse en ser original a ultranza pero tampoco olvidar que cada uno es su propio poeta. Creo que hay una actitud ante el lenguaje que tiene que ver con lo que yo pienso; en algunos casos es menos todavía; poco más que una resonancia, pero yo pienso que esos chicos o se libran de mí o van apañados; espero que se libren. Y, por otra parte, ya te digo: no es que mis coetáneos no me reconozcan, sino que hay una cierta hostilidad; más que hacia la persona, hacia mi poesía. “¿Pero todavía leéis a Antonio Gamoneda?”—El último que dijo esto creo que fue Joaquín Marco.

Retomando el punto de partida de la conversación, decías que eres un poeta provinciano; así te declaras en algún artículo y lo has defendido con inteligencia, señalando cómo, gracias a esta condición, «cabe preservar una cierta solera intelectual, una especie de disponibilidad, de imprecisa pureza». Pero ¿qué presencia tiene en tu poesía lo local, la tierra inmediata, León, Castilla?

No creo que haya una relación tipificante en el sentido de que de mí se me pueda decir que soy un poeta castellano o un poeta leonés, y que estoy en una especie de tradición estilística, o que del paisaje se imbrica en el sentido de la obra escrita. Yo creo que eso no es así, pero qué duda cabe de que yo tengo que amamantarme de datos sensoriales que están en una realidad y no en otra. Entonces he sido provinciano, he estado en Castilla, no he vivido frente al mar sino frente a la tierra. En León hay unas maneras de ser, unos ciertos pudores, todo eso seguramente está en mi escritura creando ciertos mimetismos instantáneos o poniéndome ahí, creando unas diferencias, una relación dialéctica con el medio, pero yo no puedo conocer eso con claridad. A veces en el léxico aparecen cosas, esa es la parte más visible. Yo utilizo algunas palabras del léxico regional que posiblemente en Andalucía no sepan siquiera lo que significan, pero eso son detalles pequeños, impregnaciones imprecisas, de eso sí que ha de haber, pero yo no estoy muy dotado para percibirlo.

Pasando a otro punto, es conocida esa definición que divide a los poetas en los que son conscientes del lenguaje en que se expresan y los que no. Es evidente que tú eres un poeta muy consciente del lenguaje y que en tus trabajos teóricos es muy importante el lenguaje poético. Entonces si bien has escrito sobre ello, me gustaría que habláramos del lenguaje poético: ¿qué es el lenguaje poético para Antonio Gamoneda?. Hay una definición de partida en uno de los textos de ‘El cuerpo de los símbolos’ (“Poesía en la perspectiva de la muerte”) que alude exactamente a este tema. No sé si puedes hacer un comentario sobre ello, dice: “Poesía es la creación de objetos de arte cuya materia es el lenguaje”.

Bien, esa es una primera manera de delimitar la noción de poema, de poesía. Pero claro, la noción de lenguaje es más amplia, hay que seguir diciendo cosas. Hay una cita de José Luis Pardo que introduce a ‘Conocimiento, revelación, lenguajes’, que me interesa mucho: “el poder de la palabra para deshacer los significados establecidos es, sin duda alguna, un poder subversivo y liberador”. Yo no digo exactamente eso, pero sí digo también eso. En el lenguaje poético hay un pulso generativo que es de la siguiente manera: existe una especie de pulsación musical en el lenguaje y una confusísima idea de lo que vas a decir. Esta idea confusa, este no saber, esta falta de deliberación no impide cierta intuición de por dónde va a ir el poema, pero no sabes las palabras, ni sabes los contenidos, ni sabes la realidad que va a darse en el lenguaje poético. Y ese lenguaje poético, sin embargo, va a ser excitado de alguna manera por esa causa musical y, además, por las informaciones que tiene el poeta, de las que no es total ni instantáneamente consciente. Desde esa falta de conciencia, que no es exactamente automatismo psíquico ni mucho menos, se produce la aparición de lenguaje. Utilizo muy deliberadamente el término aparición porque lo que se aparece es lo que no esperas, lo que desconoces, lo que crea en ti un valor de sorpresa. La aparición está unida a unos datos musicales que son todavía informes, que van a seguir trabándose con la aparición. Bien, yo suelo decir que yo sé lo que pienso únicamente cuando me lo han dicho mis propias palabras. Entonces, mi lenguaje, mi propio lenguaje es el creador de conciencia y de conocimiento; es decir, yo tengo conocimiento después. ¿Quiere esto decir que yo no sabía nada y que me viene del “Espíritu Santo”? No. Quiere decir que el conocimiento es, por decirlo así, dinamizado por esas palabras que se “aparecen”. Aparición entre comillas. Parece exagerado, pero es cierto, que el poeta reconoce su pensamiento o averigua su pensamiento; y sabe lo que dice cuando se lo dicen sus propias palabras y no antes. Insisto, no se trata de que le lleguen iluminaciones de ningún tipo, todo está en él pero sin vertebrarse, sin explicitarse.

¿Cómo se conectan estas nociones con la cuestión de la forma?

Yo creo que es el dictado musical el que articula la forma.

A propósito de la forma de la escritura, hay un hecho muy interesante en tu poesía porque cuando uno revisa ‘Edad’, ve que partir de ‘Lápidas’ y ‘Descripción de la mentira’ la forma de tu poesía cambia. Cambia porque desde ‘Blues Castellano’ hacia atrás la poesía está estructurada básicamente en versos y tiene alguna relación con la métrica; sin embargo, desde ‘Lápidas’ y ‘Descripción de la mentira’, lo que se continúa en el ‘Libro del frío’, la forma cambia y la escritura se organiza en versículos y bloques de texto. Es evidente que la forma también determina a la poesía, que hay una relación dialéctica con el sentido. Me gustaría que habláramos sobre esto.

Creo que está claro. Hasta ‘Descripción de la mentira’ mi escritura tiene unos modelos que no sé muy bien cuáles son; hay un eco en mi poesía de esos modelos, o de una mezcla de modelos; es decir, estoy arañando de la tradición. Hay un momento en que, por decirlo así, “el ganado se suelta” y, entonces, yo ya no sé, ya no presiento modelos, ya no cuentan. Naturalmente, no seré el único habitante de la tierra que haga eso, pero como si lo fuera. De escribir con modelo a escribir sin él. Cuando escribía con modelo no sabía muy bien que modelo estaba siguiendo; por ejemplo en Blues Castellano; está claro que son las letras jazzísticas, pero tampoco hay un seguimiento de tipo copia, no; sí alguna forma de mimetismo, pero un mimetismo sin deliberación.

Pero aún cuando los modelos se pierden permanece una estructura compositiva.

Sí, y tengo que ir adivinándola a partir del impulso musical. En ese impulso se dan paralelismos muy serios con la música en su realidad específica. En un músico hay un tema y luego hay un desarrollo de ese tema; un desarrollo que intuye y del que puede resultar una melodía. Esa melodía no estaba previamente en él sino que se genera a partir del tema y de unas variaciones. Todo es prácticamente igual, con la diferencia de que el poeta trabaja con un material significante y el músico no.

Yendo directamente a ese punto, en uno de los artículos publicados en el ‘Cuerpo de los símbolos’, el titulado “Más allá de los géneros literarios”, hablas de “otra rítmica”, de una rítmica “ideal”, y te refieres a ella como “la rítmica que concierne a la manera de articularse las significaciones”. ¿Qué puedes decir de eso? ¿Cómo entronca esta idea con el tema de que estás hablando?.

Exactamente digo: “la rítmica de las ideas”. Sí, antes de articularse fonéticamente los significados se puede producir una acomodación rítmica del pensamiento a la causa musical desencadenante.

Comentábamos ayer, no sé si con acierto, que esta rítmica de las ideas nos sonaba a las poéticas más radicales de Rubén Darío.

Sí, Rubén Darío habla concretamente de esto; quizá en otros términos.

Tomando esto como punto de partida ¿Cuál es la conexión de estas ideas, de este desarrollo, con tradiciones que se han visto como más apartadas de las peninsulares como las de Hispanoamérica? ¿Te encuentras cómodo en ese contexto?

Sí, porque en el poema tengo una especie de disponibilidad, estoy abierto. En algún momento puedo encontrarme como dicen los cantaores de flamenco. Ellos dicen: “ahora voy a cantar por Mairena”. Esto quiere decir que él, en Mairena, ha descubierto algo que no sabe muy bien lo que es, y en ese momento va a hacer una impostación de su actitud, de la música. No está muy seguro de ella pero sabe que la tiene cogida en términos de experiencia; y canta por Mairena. Bien, yo creo que en mi caso, y en el caso de todos, eso no ocurre de una manera tan evidente: yo no “canto por Mairena”, pero que duda cabe de que en algunos momentos puedo reconocer el paralelismo instantáneo de un momento mío con un momento de César Vallejo. Esto no tiene que ver con la tradición española en sentido académico ni mucho menos —no desprecio la tradición española en sentido académico—; las tradiciones tienen que ser abiertas y me parece que era ayer cuando decía que estar en la tradición realmente era estar creando la vanguardia de esa propia tradición, no haciendo búsquedas retrospectivas ni restablecimientos de modos, como pueda ser el de Juan de Yepes, que decíamos antes, sino haciendo progresar esa tradición. No es exactamente esta la noción que se tiene de las vanguardias, porque las vanguardias se entienden más bien como ruptura. Yo no quiero romper con nada pero intuyo que se trata de progresiones más que de rupturas. Precisamente, el dato común de las vanguardias ya académicas suele ser un dato de ruptura y, a veces, en este dato está su fragilidad; las vanguardias envejecen; esa otra vanguardia, esa otra primera fila, ese estar en movimiento hacia adelante es una actitud de vanguardia, sí, pero solo en el sentido de movimiento y desarrollo de la tradición.

Una tradición dinámica, entonces. Y, ya no llamándolo tradición sino refiriéndose a ello como el gran cuerpo de la poesía española, ¿con qué segmentos de ese cuerpo podrías pensar, o te gusta pensar, que te encuentras cercano?

Yo no busco. Ocurrirá, pero yo no lo busco. Antes os he hablado de los años de mi vida en la escritura en los que yo sabía que tenía modelos aunque no los reconociese de manera inmediata. Ahora, esos modelos se han fraccionado, se han abierto, se han liberado, no gravitan sobre mi escritura, creo yo, de la manera en que gravitaban hace cuarenta años. Pero qué duda cabe, tampoco estoy diciendo la “primera palabra sobre la tierra”. Hay una coincidencia que —también entre comillas— podríamos llamar “cultural”, de mis hábitos de lenguaje con otros lenguajes. Puedo estar pellizcando inconscientemente en un grupo, en una tendencia o en un poeta de la contemporaneidad, pero no lo sé muy bien, porque yo no lo hago de manera deliberada. La intuición de los modelos es más bien una cosa lejana; ahora los tengo perdidos, hay una cortina de olvido y voy con los ojos vendados por un túnel; soy un ciego instintivo.

El alejamiento de los modelos y la construcción de una obra con unas señas de identidad que son comunes incluso respecto a la forma desde Lápidas y Descripción de la mentira ha sido como que la propia obra hubiera encontrado su forma y se desarrollara a partir de un cierto canon que la escritura se ha otorgado a si misma. Una suerte de lógica que la obra se ha dado y a partir de la cual fluye hasta hoy en día.

Sí, es así exactamente, pero la palabra “fluye” no me gusta, es decir, se pone en movimiento y yo no puedo decir que mi escritura haya visto su forma de una manera instantánea, definitiva y para siempre. Estoy averiguando la fórmula constantemente y la busco dentro de un proceso del cual no excluyo absolutamente nada; ni modelos, ni clichés publicitarios, ni casualidades. Hay que llegar a la intuición, al instrumento capaz de generar hallazgos acompañado, claro, de un vigilante para que no diga tonterías. Esta misma mañana he estado con el vigilante puesto; no sé decirlo mejor.

También has hablado de un horizonte general para tu creación poética. Te has referido por ejemplo, al sentido de la poesía ante la muerte y también a cómo la poesía es capaz de convertir ese sentimiento trágico de finitud en un placer. Esto parece un esquema o un marco al que, de alguna manera, se ha ido agarrando tu poesía desde hace tiempo. ¿Qué significado tiene?T

Lo es. Pero no es un marco averiguado, no es un marco teóricamente diseñado por mí para moverme dentro de él. Son unos datos existenciales; se da la circunstancia de que el hombre que vive y el hombre que escribe son el mismo y van a morir; de repente me doy cuenta de la gravedad de que el hombre sepa que va a morir, y este saber se apodera de gran parte de mis expresiones, de tal manera que —eso lo he dicho con estas mismas palabras alguna vez— prácticamente toda mi poesía se hace en la perspectiva de la muerte. De la misma manera admito que haya quien hace su poesía en el olvido de la muerte, pero yo ni quiero ni puedo. Me parece que es una realidad, existencial claro, y es una realidad que no tiene que ver con los minirrealismos de “ir por casa”, de decir “la copa”, “el taxi”, “la chica”, etc. Este conocimiento se me ha dado todo de la misma manera que un organismo se forma y, un buen día, siente que empieza a morir. Es una experiencia casi zoológica. Cuando ya es un organismo perfecto empieza a morir y lo sabe. Y bien, yo no sé, o no quiero, o no puedo prescindir de ese conocimiento y ese es el marco, ciertamente.

Pero de alguna manera esa relación existencial no es unívoca, no solamente va de la vida a la poesía. La poesía reinventa esa situación.

En cierto modo modifica esa situación.

¿En qué sentido? ¿En qué dirección?

En el sentido del placer de que hablabas tú antes.

Es también algo físico, vital.

Claro. Ahí hay neurotransmisores que funcionan. Yo, por ejemplo, estaba anteayer terriblemente deprimido y me sentía muy mal físicamente. Hoy me siento bien, muy bien, y eso en cualquiera de los sentidos, en el de sentirse mal y en el de sentirme bien, puede estar relacionado con una actividad que, obviamente, se da también en la existencia. Entonces, la poesía no tiene grandes necesidades de referirse de manera realista a la existencia, porque ella misma, la poesía, es una realidad, es una actividad, es un dato de la existencia. Es algo que no necesita ser explicado de esas maneras diciendo que está muy triste o que está muy tal; puede decirlo: “he aquí el mar alzado en un abrir y cerrar de ojos pastor”1. Eso es una realidad inseparable de lo que entendemos por curso existencial en el sentido amplio, incluidos los datos orgánicos, los datos intelectuales, los datos morales, los datos históricos.

Esto tiene mucho interés en relación con lo que, hoy por hoy, en la poesía española se entiende por poesía de corte realista. Para que una poesía sea realista con la connotación canónica que hoy tiene el término, se supone que tiene que estar vinculada al tema; a un tema concreto. Sin embargo tus nociones de lo real van por unos derroteros completa y enriquecedoramente diferentes.

Lo cual no quiere decir que no aparezcan de manera aislable zonas temáticas en mi poesía. Pienso que puede haber una causa incluso histórica y moral que lo explique, pero me parece que estos amigos del realismo poético hacen una reducción tremenda del campo semántico del lenguaje poético. El código restrictivo existe para ellos porque precisamente con ese código quieren hablar de cosas objetivamente reales, que están ahí, en la calle, en las terrazas. A mí esto no me parece una indignidad, ni mucho menos, pero sí me parece un error porque supone ignorancia de las posibilidades y las potencialidades de la poesía. Además es una manera de degradar la poesía, porque no hay un reconocimiento de su realidad, de la realidad de la poesía, y perdonad que vuelva a lo mismo. Se han olvidado de algo, de que esa poesía está en el mundo aunque diga el mayor aparente disparate; se han olvidado de que esa poesía pertenece a un ser que va a morir, de que ese arte nació de una conciencia, diga lo que diga. Entonces, el opinar que solo existe una conciencia histórica legitimada que habla como los periódicos, se puede entender pero no se puede celebrar.
 
Eso de alguna forma significa el reconocimiento de otra manera de penetración de lo poético, en el cuerpo social o cultural; una manera que no está ligada a los temas canónicos de la poesía social o al tema exacto de que se trate. Es decir, un poema que trate sobre la pobreza puede ser reaccionario y un poema que no hable explícitamente sobre esos temas puede ser revolucionario.

Utilizo esa palabra, “reaccionario”, para esa poesía, y la utilizo, incluso, con un valor político, porque digo que ese es el lenguaje del neoliberalismo, del neocapitalismo. Ese lenguaje conlleva un acto de servicio a esos poderes capitalistas y neoliberales que descansan sobre lo establecido. Y ¿qué es lo establecido?: que la palabra dice lo que dice y no diga más. Eso es una forma de falsificación de las conciencias. Tú estas haciendo un poema en que fulano es un canalla y lo es, pero haces el poema en el lenguaje del periódico y no estás creando; lo tuyo no es un acto de subversión, es un acto de explicación, de información, no un acto subversivo. Entre la categoría de subversivo y la categoría de informativo, por muy bien intencionada que esta segunda esté, hay diferencias. El poeta que es subversivo desde la naturaleza misma del lenguaje, puede llamar reaccionario al poeta informativo, sin duda.

Esto es interesante por otro concepto que tú manejas, el de la poesía como intensificadora de la conciencia o como intensificadora de la vida. Esta manera de concebir lo poético sería justamente lo contrario a esta cierta forma de pacificación o de reducción del alcance de la poesía que propone la estética realista. Los que sostienen esta tendencia suelen decir que la otra poesía es una poesía que no tiene ninguna conexión con lo social. Siguiendo tu ideario sería justo al revés, porque la relación con lo social podrá ser mucho mayor cuando hablamos de una poesía capaz de intensificar la conciencia.

Cierto; pero no se trata exactamente de relacionarse o referirse a “lo social”; es que la poesía es una realidad social por sí misma.

Y es una realidad abierta al futuro, es una realidad que se quiere hacer.

No, insisto, "es" una realidad. Dicho de otra manera, un poeta “realista” "se refiere a", y si "se refiere" a la realidad, es porque está en el referente y no en la realidad. Su poesía como realidad es, para él, secundaria. Porque está en el referente un poeta “realista” hace una representación de la realidad, no más que eso. La representación es una dilución de la realidad. Ahora, existe una poesía que se propone a sí misma como un acto humano, existencial; que dice la “realidad está en mí” y yo, además, soy inseparable de ese hombre que habla de mí: soy su pensamiento y él y yo somos una realidad. Machaco una vez más y terminamos: realidad "versus" realismo. Esta es la cuestión.

FIN

¡ ALBRICIAS ! El documental ‘Antonio Gamoneda. Escritura y alquimia’ ya está en la red

 http://farogamoneda.blogsome.com/images/1%20docu%20gamo%20red.jpg

Hemos topado con HORA SUR, un blog desde donde se puede ver, escuchar y descargar el documental ‘GAMONEDA. ESCRITURA Y ALQUIMIA’, y donde de paso se puede leer también la entrevista con el poeta realizada por CARLOS PRIETO y publicada en el diario Público el pasado domingo, 12 de abril de 2009, titulada "La muerte me acompaña desde los cinco años".

‘Espacios y lugares de Antonio Gamoneda’, un artículo de BENITO DEL PIEGO Y ANDRÉS FISHER

 Gamoneda en una fotografía de Montse Alvarez
~ ~ ~
"ESPACIOS Y LUGARES DE ANTONIO GAMONEDA"

Por BENITO DEL PLIEGO Y ANDRÉS FISHER

~
~~~
(Este artículo se publicó originalmente en
Hispanic Poetry Review
5.2. (2006): 69-79)
~ ~ ~
Antonio Gamoneda, nació en 1931 en Oviedo y desde 1934 vive en León, ciudad histórica del Noroeste de España donde la meseta de Castilla avista las cumbres de la cordillera Cantábrica. Sus primeros poemas datan de 1947, pero solo en las dos últimas décadas su obra comienza a convertirse en un referente fundamental, aunque excéntrico, del panorama actual de la poesía peninsular.

Silencio y verdad son dos de los núcleos conceptuales a los que la poesía de Antonio Gamoneda vuelve reiteradamente: «La palabra/ enardece las túnicas, asciende/ en las tinieblas, arde en los sepulcros/ y construye un espacio. Pero calla.» termina uno de los poemas recogidos en ‘Pasión de la mirada’; y entre los versículos de las primeras páginas de ‘Descripción de la mentira’ leemos: «No recurriré a la verdad porque la verdad ha dicho no y ha puesto ácidos en mi cuerpo y me ha separado de la exaltación.»

Pero la capacidad de hacerse fuerte en el silencio y la de desmarcarse de los parámetros asumidos como verdaderos, atañe a Gamoneda incluso en lo que se refiere a su actitud vital frente al fenómeno de las letras. La atención que desde finales de los años ochenta ha ido acaparando entre los sectores menos conformistas de la poesía escrita en España, parece provenir de su divergencia respecto de los lugares comunes propios de los poetas que las instituciones literarias españolas han elegido como representantes de su generación y de las generaciones poéticas subsiguientes.

Por motivos que Miguel Casado explica bien en la introducción al libro que volvió a llamar la atención nacional sobre este poeta, ‘Edad’, la adscripción de Gamoneda a la llamada generación del 50 sirve sobre todo para entender las razones por las que su poesía se ha minusvalorado. Gamoneda transita por derroteros diferentes. Esto también hace comprensible por qué, repentinamente, en un panorama nacional dominado desde los años ochenta por posiciones poéticas autodefinidas como realistas, su poesía se ha convertido en una bandera en torno a la que se reúnen las voces disidentes, especialmente las más jóvenes.

Estos detalles, que podrían en rigor resultar ajenos a su escritura, tienen una faceta reveladora: la congruencia radical entre la forma silenciosa y personal en que se ha elaborado la obra y los núcleos significativos en torno a los que se desarrollan sus poemas. Extrema solidaridad entre poesía y vida.

En las dos últimas décadas la escena poética española aparece dividida entre una tendencia dominante y una rica heterogeneidad, de la cual Gamoneda es uno de los hitos, que se le contrapone y sin aspirar a formar tendencia.

La escuela que pretende ser dominante se conoce bajo el nombre de ‘poesía de la experiencia’, poesía de la nueva sentimentalidad, de línea clara, o realista. Entre sus intenciones doctrinales figuran las de producir una poesía que normalice el lenguaje, que se fundamente en aspectos cotidianos de la experiencia, que acerque la poesía al lector y obtenga o recupere una implantación mayoritaria. Es una actitud que se muestra hostil con el lenguaje alejado de estos presupuestos, al que acusa de irracionalista; también critica las aportaciones de las vanguardias, cuestionando su aportación vital a la formación de los códigos expresivos del arte contemporáneo.

El poeta francés Yves Bonneffoy dice que la poesía debe inquietar el lenguaje. Esta es una de las características de la obra de Antonio Gamoneda, en cuya poesía experimentamos los efectos de esa inquietud, al tiempo que en sus trabajos teóricos encontramos abundantes reflexiones en torno al lenguaje poético concebido en esta dirección.

El lenguaje poético para Gamoneda es el lenguaje de la revelación “el que nombra cosas que de otro modo no existirían”. Se trata de un lenguaje que opera como “intensificador de la conciencia” y que reconoce un hecho capital en la expresividad del arte contemporáneo: el  cuestionamiento de la idea de representación. La poesía ya no tiene necesariamente que representar nada externo a sí misma, produce su propia realidad. No se trata de imitación, sino de fundación. Como el autor mismo anota:

Existen, cada uno de ellos con sus específicas variantes, dos niveles de lenguaje (dos lenguajes, si bien se mira) que no son equivalentes ni están constantemente comunicados entre sí. (…) Lo que estoy diferenciando son los lenguajes informativos, socialmente pactados, de otro existente en otro orden de la realidad: el lenguaje creador y de revelación (…). La poesía genera primordialmente conocimiento de la realidad que ella misma crea, conocimiento de la realidad que ella misma es. Por eso no necesita, aunque pueda hacerlo con valor secundario, referirse a; no necesita fatalmente informar sobre una realidad establecida en el exterior de ella misma (…). (Conocimiento, 11)
Esto nos sitúa de lleno en el debate sobre las nociones de lo real: el de “realidad versus el realismo”. Hoy en día, nadando a gusto o a disgusto en las aguas de la postmodernidad, la noción de lo real, como la de lo verdadero o lo bello, está sometida a un cuestionamiento constante que ya no admite hegemonías claras ni concepciones de orientación unívoca. La epistemología que sustenta a las ciencias sociales y a la crítica literaria en estas décadas ha supuesto una crítica frontal al positivismo y a su vocación de explicación única de los fenómenos. El discurso realista de la poesía de la experiencia parece vinculado a estas ideas (ya antiguas) y a su concepción reduccionista de lo real, por lo que aparece como conservador o reaccionario en el campo de la poesía.

(…) ahora mismo, desde un determinado campo poético se aboga mayoritariamente por la expresión de la experiencia cotidiana en términos realistas con significación unívoca y se exige un léxico articulado en la ‘claridad’, es decir, equivalente al pactado y establecido para el lenguaje de la información (…). Creo que esta actitud supone un error en la perspectiva estética, un equívoco en el conocimiento y la vivencia de las tradiciones y hasta un descabalamiento reaccionario de los siglos en su aspecto sociolingüístico. Es también, desde luego, una reducción del viejo y permanente logos”. (Conocimiento, 12)

Cualquier noción seria de lo real en esta época implica recoger las ideas de su multiplicidad, de su fragmentación, de su composición heterogénea y multiforme que se resiste a abordajes unívocos. Porque la realidad se construye socialmente y a partir de todos los elementos característicos de la especie humana; razón, imaginación, emoción, sinrazón, intelecto. Por esto resulta difícil hoy en día descalificar a cierta poesía con el adjetivo de irracionalista, pues entre otras cosas, la poesía nunca ha sido la habitación exclusiva o incluso preferente de la razón. Más bien al contrario, como cualquier inmersión en la tradición fácilmente lo señala. Y más aún cuando esta apelación a la razón no se hace desde una aproximación enjundiosa como la que dio origen al constructivismo y sus variantes, pieza clave del arte contemporáneo, sino desde la complacencia y la vaguedad terminológica.

Naturalmente ir de irrealista o hermético sin más, no otorga cédula de poeta, pero la analogía del lenguaje minirrealista pretendidamente poético (ése que se promueve poco menos que en términos de mercado y que está casi “oficializado” en España) con los lenguajes informativos (…) es la prueba de su inanidad, de su condición no creadora y, finalmente, de su debilidad moral añadida a la debilidad estética. La rebeldía lingüística, lo que algunos llaman irracionalismo, es el único medio de implicar creación y sentido, insisto, en una escritura que ha de ser inseparable del vivir y el morir en un mundo cruelmente manipulado. (…) Fijémonos en que si, de estos últimos quinientos años de la poesía escrita en España, eliminamos a Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora, Juan Ramón, Lorca, Aleixandre y a sus numerosos congéneres tiznados por el “irrealismo”, nos quedamos sin poesía española. (Conocimiento, 27-28)

La poesía, entonces, es la habitación de una experiencia amplia y multiforme que se resiste a cualquier intento de orientación reduccionista. Resulta curioso y clarificador a la vez que bajo las poéticas que se levantan contra lo que denostan como irracionalismo o irrealismo no subyaga un ejercicio sólido de la razón, sino más bien una forma blanda y autocomplaciente de sentimentalismo vinculado a los elementos más usuales de la experiencia. Y sin embargo, en nombre de esta razón débil y carcomida por una sensibilidad banal, se intenta la descalificación de la inmersión profunda el los territorios de la imaginación, de la memoria, de la lucidez que aúna placer y dolor y que es capaz de generar una forma de conocimiento de un poder y una particularidad extremas.
La poesía es antes sensible que inteligible (…) el conocimiento se produce a partir de la existencia de la escritura y no antes (…). Yo no poseo mi pensamiento hasta que no me lo hace sensible/inteligible mi propia escritura: solo sé lo que digo cuando está dicho. (Cuerpo, 33)
Esto se corrobora con lo que expresa Octavio Paz en ‘Corriente alterna’ (México, 1967) cuando se refiere a las características de la poesía moderna, a lo que ella es capaz de nombrar:
Las verdaderas ideas de un poema no son las que se le ocurren al poeta antes de escribir el poema sino las que después con o sin su voluntad, se desprenden naturalmente de su obra. El fondo brota de la forma y no al contrario.
Tradición y vanguardia son otros lugares en los que la poesía de Gamoneda transita y su ubicación en ambos es compleja. Las formas de la tradición pesan especialmente sobre la poesía en castellano escrita en la Península. Gamoneda no se siente separado de esa tradición por ningún tipo de ruptura, pero tampoco se siente obligado por ella, como la forma de su poesía rápidamente nos lo deja ver. Entiende esta tradición es como un ente dinámico que constantemente se está construyendo, sin renegar de sus orígenes pero sin asumirlos como algo monolítico e intocable a imitar o seguir de forma pasiva y perenne.

De esta forma, la vanguardia ya es parte de esa tradición. La vanguardia histórica, la que operó en la primera mitad del siglo XX como movimiento organizado se planteó como una ruptura y esa necesidad fue un motor imprescindible de su accionar. Una vez producida la ruptura, la rueda de la tradición zanjó la brecha y las ideas que nuclearon los procesos de vanguardia pasaron a ser un elemento fundamental en la construcción de los lenguajes contemporáneos.

Las vanguardias ya no existen como movimientos organizados, ni la persistencia de sus ideas-fuerza en la tradición opera en un sentido de ruptura. Son ahora un elemento difícil de concebir con precisión en tanto la postmodernidad dibuja un escenario ecléctico, suerte de cajón de sastre donde las ideas subyacen y se yuxtaponen, más que luchar unas con otras en busca de una hegemonía que la esencia de estos tiempos difumina como posibilidad.

Aun así, las ideas de la vanguardia persisten como uno de los posos de esa tradición y no es casualidad que se las vincule con las propuestas más exigentes que circulan por la escena. Con las que van abriendo nuevos frentes por los que se expande la tradición. No es posible entender a las vanguardias hoy de manera ortodoxa, pero sí como una actitud, que permite identificar qué artistas son los que tienen una mayor cercanía con los elementos centrales de su ideario.

Tal como expresa Augusto de Campos en ‘Galaxia concreta’ (México, 1998)

Entender la vanguardia como búsqueda febril de lo nuevo por lo nuevo, como mera estética de lo provisorio es no comprender la raíz de su necesidad. Lo que hicieron las vanguardias de las primeras décadas fue crear los presupuestos del lenguaje artístico de nuestra época.
Gamoneda expresa su lejanía con respecto a la idea de la vanguardia como ruptura y a los presupuestos del creacionismo histórico. Y es que esta es la manera en que opera el ideario de la vanguardia en el arte de comienzos del siglo XXI, no como ruptura ni como la aplicación ortodoxa de manifiestos teóricos de hace casi un siglo. La manera en que existen estos presupuestos hoy en día se ve reflejada en una actitud ante el lenguaje. Una actitud no reduccionista, sino rigurosa, dispuesta a admitir en él a toda la experiencia de lo humano y que por lo tanto toma riesgos y no imita, sino que funda.

Por que hoy no tenemos que seguir a Huidobro ni sus postulados, pero su celebre verso ‘Oh poetas no cantéis a la rosa, hacedla florecer en el poema’, resuena en la práctica de no pocos de los poetas que, como Gamoneda, van construyendo la tradición. Otro aserto celebre de aquella época, el de Maiakowski cuando dice que sin forma revolucionaria no hay arte revolucionario, se halla estrechamente vinculado con lo expresado por Gamoneda en relación al lenguaje poético subversivo frente al reaccionario. No cuesta ver en vínculo entre este lenguaje subversivo con algunas las ideas surgidas de la vanguardia, que hoy operan como un referente importante entre el sector menos conformista de la poesía y del arte actual.

La poesía de Gamoneda se ha extendido por unas zonas conceptuales complejas en las que alcanzar el sentido requiere de una disposición o entrega de parte del lector que tiene poco que ver con el pacto de aceptación e indulgencia practicado por poéticas supuestamente democratizadoras. Nos encontramos ante una poesía que exige una lectura propia, una apropiación lectora del texto. Gamoneda mismo se refiere a su poesía como un canal por el que el conocimiento (poético, por supuesto) se manifiesta de forma sorprendente.

Qué duda cabe de que esa latencia de revelación opera, más allá del propio autor, para el resto de los lectores. El poema nos conduce a espacios en penumbra donde el destello, y hasta la iluminación, se concede a quienes persisten en mirar y, cuando la vista no alcanza a ver, se dedican a escuchan los pasos, la respiración, los gemidos que se entrelazan con el silencio. La de Gamoneda no es una poesía de contenidos, sino un continente abierto a distintos modos de habitación.

La presencia del autor en esta obra es, cuanto menos, paradójica; se retrae a formas que no excluyen las posibilidades significativa ya aludidas aquí; un tímido y maleable yo se multiplica, deja paso y se dirige a otras personas, terceras, plurales, en una proyección calidoscópica de la identidad. De esta forma, el lector se ve incluido en un diálogo en el que puede desdoblarse y aceptar alguna de las voces propuestas o dialogar con ellas. También en este sentido la obra es inclusiva, endógena. Lo vivencial en el poema no es fruto de una referencia constante al yo histórico. El poema mismo busca ser (o es) vivencia. No hay poema sin su incorporación sensorial. “La experiencia de la emisión —o la recepción— de la poesía, intensifica mi vida y yo vivo esta intensificación como una forma de placer” (Cuerpo, 24). El poema se convierte en sustancia que se mezcla con las corporales y recorre las conexiones neuronales, alimentando nuestra visión, formando nuestra percepción y afectando nuestra capacidad de respuesta ante lo que nos rodea, lo mismo que si se hubiera ingerido o inyectado. La relación del lector con el poema provoca la alteración de su conciencia y, cuando la lecturas son profundas, incluso la alteración de su identidad.

La presencia de lo físico y lo fisiológico en la poesía de Antonio Gamoneda no es, de ningún modo, anecdótica. Esta afirmación no solo es válida para hablar de la más inclasificable de sus obras, el ‘Libro de los venenos’. Este excéntrico libro ofrece una selección del códice farmacológico del botánico y médico del siglo I, Dioscórides, así como las anotaciones de uno de sus traductores —el renacentista Andrés de Laguna— y los comentarios de Gamoneda. Se trata de una obra poética en el sentido menos ordinario de la palabra, donde las sustancias tóxicas que modulan el funcionamiento corporal y el cuerpo afectado por estos venenos, se convierten en los principales personajes del discurso. La escritura deviene corporal por medio de este singular proceso de concentración en lo orgánico. Además de la posibilidad de leer esta obra en el sentido apuntado por su autor (como un intento de ejemplificar que el fracaso de cualquier catalogación de la literatura en géneros), podría entenderse como una elaborada metáfora de los efectos vitales de la poesía, un estudio de la naturaleza paradójica del encuentro entre el logos y la physis.

La obra de Gamoneda abunda en ese tipo de paradojas hasta el punto en que lo Paradójico se convierte en uno de sus fundamentos principales. Miguel Casado ha puesto de relieve uno de los rasgos de estilos más sobresalientes de la poética de Gamoneda, “su vocación de fundir en un solo cuerpo lo sensorial y lo abstracto, sin ningún tipo de distinciones” (Edad, 29). En esta tendencia se acusa el deseo de hacer de la escritura una reunión de entidades que, en un plano referencial, tendrían naturalezas contrapuestas. El mismo poeta se complace en definir la poesía —en palabras tomadas de Cicerón pero en las que resuena ‘El arco y la lira’ de Octavio Paz— como “lenguaje paradójico” en el que se expresa “lo uno y lo contrario sin dar en incoherencia” (Cuerpo, 32).

También la ambición vitalista que supone su autor parece hallarse en fructífera oposición con otras nociones claves de su poética, como la que presenta la memoria como fundamento de la escritura y la interpretación del poema; o la que le lleva a entender la poesía desde la perspectiva existencial de la muerte.

La memoria, en las poéticas de Gamoneda, surge como “despensa” temática del poema, como pábulo y depósito de la escritura, pero también como clave formal que hace posible la redacción y efectiva la lectura:

Podríamos decir que el objeto de arte es un objeto memorable. De momento, fijémonos en que no seríamos, por ejemplo, sensibles a una melodía sin la memoria sucesiva de sus partes. Más aún: incluso en las artes visuales, en que las partes se piensa que están instantánea y simultáneamente presentes, la percepción se da en velocísimas asociaciones memorísticas: en una simetría simple valoramos la cantidad y la morfología de uno de sus componentes teniendo memoria de estos mismos valores en el otro, y así se nos manifiesta su equilibrio, su complicidad estética. (Cuerpo, 16-17)
Junto a la presencia y función de la memoria se encuentra, en sus reflexiones y en los poemas, otro parámetro, el que surge de la conciencia y la anticipación, de la mirada dirigida a lo futuro, y que sitúa el poema ante el horizonte de la muerte: “Por lo que a mí concierne, pienso sinceramente que el conjunto de mi poesía no es otra cosa que el relato de cómo voy hacia la muerte” (Cuerpo, 26)

Estas dos orientaciones crean en su poesía una contraposición que podría entenderse en los términos de otra poética, la de María Zambrano quien, en ‘Pensamiento y poesía en la vida española,’ al hablar de lo característico de los poetas, desarrolla su comprensión del término melancolía. Según Zambrano, en este sentimiento se ajuntan dos deseos, casi dos avaricias: retener en todos sus detalles lo ocurrido tal y como ocurrió, a la vez que trata arrebatadamente de sacar partido del ahora; “la melancolía que lejos de empañar los minutos contados de nuestra vida, hace quemarlos con más brillo y luz (…), por el solo hecho de ser instantes, cuentas del rosario del tiempo limitado”.

En “La poesía en la perspectiva de la muerte”, uno de los breves ensayos incluidos en ‘El cuerpo de los símbolos’, Gamoneda articula esta paradoja en clave triangular. Por una parte reconoce “la voluntad de construir un objeto de arte con el miedo a la muerte”. Por otra entiende que “la memoria es siempre conciencia de pérdida (…): conciencia, por tanto, de consunción del tiempo correspondiente a mi vida y, por esto mismo, conciencia de ir hacia la muerte”. Por último, enlazando esos dos extremos, entra en juego la intensificación y el placer poéticos: “Esta intensificación y este placer  son independientes de la significación: la poesía fundamentada en el sufrimiento genera también placer”. Así, convierte el placer en el catalizador de una alteración que, en relación con la identidad, se mencionaba antes. “[La poesía] es un hecho ‘alquímico’: transustanciación de las significaciones, incluidas las derivadas de sufrimiento, en experiencias de placer”.

A lo largo de la primera mitad de los años sesenta, Antonio Gamoneda compuso ‘Blues castellano,’ donde, al igual que en el género musical, se canta el sufrimiento para mitigarlo y sobreponerse a él, para rememorar lo perdido y anticiparse a nuevas pérdidas. ‘Blues castellano’ principia un tipo de exploración poética que ha ido, desde entonces, adentrándose en lo personal. Pero esta trayectoria no solo ha puesto de manifiesto la hondura de esa exploración en términos individuales; también se ha levantado como referente en un momento en que los más visibles de la poesía española parecían conformarse con lo visible, con lo obvio. La creación de este referente, en el que las categorías “realistas” se han ido subvirtiendo mediante un ejercicio afiliable a las vanguardias, está transustanciando el panorama poético español en la primera década del siglo XXI.

En la poesía de Antonio Gamoneda se confunde la transformación de lo precedente, la creación de un espacio propio y la fundamentación de un lugar que otros ven como posibilidad de una habitación poética común.

~ ~ ~
Algunas referencias bibliográficas

  • ‘Sublevación inmóvil’. Madrid: Rialp, 1960
  • ‘Edad’. (Edición de Miguel Casado). Madrid: Cátedra, 1989. [Este libro recopila y revisa la poesía escrita por Gamoneda entre 1947 y 1986]
  • ‘Libro del frío’. Madrid: Siruela, 1992, 2000 y 2003
  • ‘Libro de los venenos’. Madrid: Siruela, 1995
  • ‘El cuerpo de los símbolos’. Madrid: Huerga y Fierro, 1997
  • ‘Conocimiento, revelación, lenguaje’. León: La biblioteca I.E.S. Lancia, 2000
  • ‘Arden las pérdidas’. Barcelona: Tusquets, 2003
  • ‘Esta luz’. Poesía reunida (1947 – 2004). Barcelona: Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg, 2004

Una entrevista con Gamoneda sobre temas de actualidad, por Eloísa Otero

April 13, 2009

 Gamoneda, una entrevista en EL MUNDO DE LEON

En la foto, Gamoneda observa el busto realizado por el escultor Amancio González para un proyecto con el fotógrafo Amando Casado y el editor Héctor Escobar. / © Fotografía de AMANDO CASADO

~ ~ ~
Tras el estreno de ‘Escritura y alquimia’,
un documental sobre su vida y su obra,
Gamoneda protagonizará esta semana
un gran congreso en Madrid.
Comprometido con el mundo,
no elude los temas de actualidad

~ ~ ~
Entrevista con ANTONIO GAMONEDA:
«LA IGLESIA ESTÁ PARTICIPANDO DE FORMA FRAUDULENTA
DE LA ECONOMÍA VIGENTE»

 ~ ~ ~

~ ~ ~ 
Por ELOÍSA OTERO
(Entrevista publicada en EL MUNDO DE LEON el 12 de abril de 2009
y en EL MUNDO DE CASTILLA Y LEÓN el 13 de abril de 2009)

~ ~ ~
Hace 24 años que recibió el segundo Premio Castilla y León de las Letras, después de Delibes, cuando usted era un autor muy poco conocido, salvo en pequeños círculos. ¿Qué supuso entonces?
Pues supuso… un dinero (no recuerdo ahora la tela que me dieron, ¡ja, ja!). Pero creo que no modificó nada mi estatus en relación con los lectores, porque son premios de ámbito regional, e incluso en ese ámbito tampoco les hacen mucho caso. Sí sé que por esa norma no escrita de que el premiado sea jurado al año siguiente, yo me puse muy terco, porque ahí estaba Claudio Rodríguez y ya se lo tenían que haber dado…
¿A quién cree que no le han dado aún ese premio cuando se lo merecería más que otros?
Es un poco difícil… El poeta José Miguel Ullán, está claro… Además, se cometió la grave torpeza de dejar morir a Ramón Carnicer sin dárselo. No lo entiendo.
Casi la mitad de los premiados en estos 25 años son leoneses. ¿Qué significado tiene eso para usted?
Eso dice que el número de escritores por metro cuadrado en León es mayor que en las otras provincias, y de la cantidad surge la calidad también. En León se ha creado la tradición de la escritura, hay tres focos (el grupo de Astorga, los bercianos y luego todos los demás) y muchos poetas. Pero yo, el premio Castilla y León se lo daría a alguien a quien quizá no se lo van a dar nunca, y es a Gaspar Moisés Gómez. No todos sus libros son maravillosos, pero tiene cuatro o cinco que para mí comportan más cantidad y más calidad que lo que pudo aportar Eugenio de Nora, por ejemplo. Lo que pasa es que De Nora convirtió ‘Espadaña’ en un histórico. Pero Eugenio hace 60 años que no escribe un verso, y hablo sin bromear. Su creación literaria son tres libros de versos —cuatro, con el que publicó sin su nombre— y una historia de la novela contemporánea inacabada. Muy bien, fue un catedrático muy trabajador en Suiza, pero la obra es lo que es, lo cual no le priva de la condición de ser un histórico y, en los años 40, del 45 en adelante,  uno de los tres o cuatro poetas españoles  jóvenes más importantes. Pero como escritor terminó ahí, y como estos premios parece que tienen que premiar una obra, pues una obra no la veo. A Gaspar Moisés le pasa lo contrario, ha publicado y tiene sin publicar montones de libros, algunos de gran altura. Pero él no se hace ver. No es un olvidado, sino un ignorado.
Por cierto, ¿le ha gustado ‘Escritura y alquimia’, el documental que se acaba de estrenar sobre usted?
Se origina una extrañeza inquietante en que yo me vea a mí mismo en una realidad que sé que es virtual, pero que me proporciona también virtualmente vivencias, averiguaciones de mi conciencia y de mi conducta de las cuales no soy consciente si solamente cuento conmigo mismo, con mi capacidad de introspección. En esa realidad virtual están también los ojos y el pensamiento de otros que, porque precisamente no son yo mismo, pueden levantar y descubrirme dimensiones, que éstas sí son mías, que permanecían en lo desconocido. Decir gustar puede ser una desviación. Me ha proporcionado una experiencia tan real como poco previsible.
¿Un buen poema puede contar más cosas de las que pasan en el mundo que un periódico?
Sí, pero no lo cuenta en términos informativos. Puede que cuente  no los datos, pero sí el sentido, el valor de la circunstancia, la situación socio-política… no explícitas, pero sí proporcionando una tonalidad expresiva en ese sentido.
En estos tiempos de crisis ¿cree posible un nuevo orden mundial?
Las democracias son la careta del neocapitalismo. No hablo de la insinceridad de los políticos, hablo de que los políticos tienen que hacer lo que les diga el poder económico. En ese sentido, da la sensación de que la situación es irresoluble. ¿Por qué? Ha habido un claro fracaso de los socialismos reales, de las repúblicas más o menos dictatoriales de carácter marxista; de ellas ha desaparecido el único poder con voluntad revolucionaria, que se maleó… Y al neocapitalismo le estamos viendo fracasar ahora. El capitalismo ha funcionado con valoraciones falsas, desviando el dinero y conservando una gran parte del mundo en situación por debajo del mínimo nivel vivencial… porque necesita que sea así, por cuestiones que sería largo desarrollar (del mercado de trabajo, del mercado de producción…). Y yo no veo solución, porque en el caso de que el neocapitalismo sea capaz de restablecer el tejido y los falsos soportes (falsos pero operativos, funcionales) que le han mantenido hasta ahora, volveríamos a estar en una falsedad.
¿Cuál sería la vía?
Tengo ciertas sospechas de cuáles serían los medios y cuál debiera ser la revolución, con minúsculas, pero revolución. Hay que disminuir la potencia de la producción industrial y la especulación meramente económica (estamos hablando de bancos y de multinacionales), y hay que hacer algo tan difícil como es vestir de verde el planeta. Se trata de un cambio que necesita 200 años como poco, y que hay que querer hacerlo.
¿Cree posible una alianza de civilizaciones? ¿Cómo valora la actitud actual de las distintas religiones?
En el mundo islámico ya casi estamos en una radicalización que se va a manifestar sobre todo en la creación de tensiones y de aspectos históricos sangrientos. En cuanto a la Iglesia católica y sus primas hermanas (sean anglicanos, heterodoxos, etc)… es evidentemente una mascarada, en la cual hay algunos inocentes con cierta buena voluntad a los que no se les hace caso. Tiene mucho que ver con cómo ha decrecido el poder de las iglesias «occidentales» sobre las conciencias, pero cada vez está más claro que están participando fraudulentamente en la economía vigente.
¿Y qué le parece el Dalai Lama?
Es un personaje que está bien, ni se ha embarcado en radicalismos ni tiene una actitud orientada al poder económico. Esto puede que suceda sin demasiados méritos, porque de alguna manera representa una ideología (y llamo ideología también a la religiosidad y al pensamiento en la trascendencia) que está poco menos que prisionera de una potencia mayor que es China… y no está en situación de ser operativa, pero por otra parte, como ideología es bastante sana. Así como en el catolicismo y en el islamismo se da por buena la violencia incluso en sus textos sagrados, eso no ocurre en el budismo.

 FIN

‘Gamoneda vuelve a la guerra’, un reportaje en ‘EL PAÍS’, y noticia del nuevo libro y documental del CBA

March 11, 2009

 [Caricatura de Gamoneda en El País- Por SCIAMMARELLA]

 [Caricatura de Gamoneda en El País - Por SCIAMMARELLA]

~
GAMONEDA VUELVE A LA GUERRA

~

Una película y varios libros
repasan la trayectoria del poeta y premio Cervantes

~
El escritor publica en primavera sus memorias de infancia

"La vida es un error lleno de cosas maravillosas. Pero un error"

~

Por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS para EL PAÍS
Sevilla - 07/03/2009

 

"He aprendido que los poemas se escriben en cualquier parte, en los trenes, en los aeropuertos, en los hoteles…". Lo dice Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) en un hotel, precisamente. En Sevilla. Ha pasado allí toda la semana, en un congreso titulado ‘Factor humano’ en el que el premio Cervantes de 2006 dio una conferencia titulada ‘El mundo del poeta’. Todavía tardará en volver a León. El lunes estará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid presentando ‘Antonio Gamoneda. Escritura y alquimia’, una coproducción hispano-argentina impulsada por el cineasta rioplatense Tristan Bauer -que en 1994 realizó un documental ya clásico sobre Julio Cortázar- y dirigida por Enrique Corti y César Rendueles.

El estreno del filme coincide además con la aparición de ‘Extravío en la luz’ (Casariego), una edición de seis poemas inéditos con grabados de Juan Carlos Mestre, y con ‘Iluminaciones. Antonio Gamoneda’ (RD Editores), un descarnado retrato del poeta y del León de la Guerra Civil firmado por el novelista Andrés Sorel.

La película se rodó en 2007 en los escenarios cotidianos de Gamoneda, sobre todo en su casa, pero también en los bosques por los que solía pasear antes de que un accidente -lo atropelló una furgoneta- le dejara "las tabas maltrechas". "Un día, en el rodaje, pasé dos horas con los pies en la nieve", recuerda el autor de ‘Libro del frío’, que considera que sale "demasiado" en su propio documental. "Otro fuimos a la casa en la que viví de niño, en el Crucero, el barrio obrero de León".

Esa casa es, además, fundamental en ‘Un armario lleno de sombra’, unas memorias de infancia "nada gloriosas" que Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores publicará esta misma primavera. En un balcón del número 4 de la carretera de Zamora pasó Antonio Gamoneda sus primeros años en León: "No se me olvida el sabor del hierro oxidado. Al morir mi padre, mi madre aguantó poco en Asturias. Era asmática y los médicos le dijeron que se fuera. El clima la estaba matando. Yo tenía tres años cuando nos instalamos en la casa de mi madrina, mujer de un ferroviario".

Todavía hoy Gamoneda es capaz de calcularle a su interlocutor la mejor combinación para viajar en tren. "En aquella casa los trenes eran los reguladores del tiempo. ‘Ya viene el correo de Galicia. Ahí pasa otro’, decíamos. Me impresionaba cómo se perdían en la chopera, la desaparición". Con la Guerra Civil -"de la que tengo recuerdos más precisos que de cosas de hace 15 días"-, los trenes empezaron a llegar cargados de republicanos camino de la cárcel instalada en el hostal de San Marcos. Para evitar que los presos pasaran por la zona noble de la ciudad, detenían los trenes antes de llegar a la estación y los conducían bajo el balcón de Gamoneda.

"Aquel barrio", apunta, "fue de los que más represión sufrió. Se oían los gritos de las mujeres a las cuatro de la mañana. Frente a mi casa había una viuda loca que se paseaba desnuda y gritando por la noche".

La guerra se llevó por delante la pensión que la madre del poeta cobraba de La Voz de Asturias, donde su padre había ejercido a la vez de administrador y director. Consumidos los ahorros, llegaron a la casa dos máquinas para hacer punto "de incrustación" y vainica: "Pero en aquellos años ni León y España estaban para muchas vainicas. Lo pasamos mal".

Las memorias del poeta comienzan en 1936 y terminan, recuerda él mismo con precisión, en la madrugada del 1 de junio de 1945. El día antes había cumplido 14 años y entró a trabajar en el Banco Mercantil encendiendo la calefacción.

El título del libro y la idea de escribirlo surgieron el día en que, dos años después de la muerte de su madre, el poeta se decidió a abrir un armario que, en vida, sólo abría ella: "De pronto me vino el olor de mi madre viva. Era una situación desconcertante, como un sueño. Estaba lleno de ropa, objetos y papeles, cosas que se convirtieron para mí en símbolos". "Además", añade, "resulta que uno tiene más recuerdos de los que recuerda. Son como las cerezas. Te acuerdas de una cosa y ésa trae otro recuerdo consigo".

En mayo Antonio Gamoneda cumplirá 78 años. Y no para de viajar -Viena y Ginebra están entre sus próximas estaciones-. Tampoco ha parado de escribir. Para algo sirven los hoteles. Lo poemas incluidos en ‘Extravío en la luz’ forman parte de la treintena que lleva escritos desde que, en 2004, reunió toda su poesía en el volumen ‘Esta luz’ (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). El conjunto, que todavía no tiene fecha de publicación -"por primera vez en mi vida tengo el título antes que el libro"-, se llamará ‘Canción errónea’.

"La vida es un error lleno de cosas maravillosas -la amistad, el amor-, pero un error. Ir de la inexistencia a la inexistencia es un asunto raro, ¿no? Y esto a mí no me parece metafísica. Son hechos". Y continúa: "Al final te das cuenta de que la vida es un curso preparatorio para la muerte. Uno aprende a convivir con el miedo. Ya que atravesamos un error vamos a atravesarlo de la forma más consciente posible, aprovechando las cosas buenas y luchando contra la injusticia".

¿Quiere eso decir, la eterna pregunta, que la poesía puede cambiar el mundo? "No. La poesía intensifica la conciencia, pero no puede cambiar al mundo. Ésa ha sido una propuesta imaginaria. La poesía tiene que ser subversiva en su lenguaje, no en su contenido. En contenidos no puede competir con un periódico". En su opinión, hay muy pocos poetas capaces de realizar con altura "la síntesis entre el pensamiento poético y una ideología". Entre ellos, los autores "anónimos y múltiples" del primer cancionero, los letristas del jazz, César Vallejo y el turco Nazim Hikmet, a cuyos ‘Poemas finales’ (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo) Gamoneda acaba de poner un prólogo en forma de poema.

"Entiendo más de vino que de poesía", dice. "Yo no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias palabras". O las palabras de otro. Estos días relee las Soledades, de Góngora. Lo que no ha vuelto a escribir es crítica de arte, algo a lo que se dedicó durante años: "La crítica es un imposible. ¿Cómo se le cuenta a un ciego qué es el color azul?".

 

~ ~ ~

  SE PUEDE LEER también la noticia en:
· DIARIO DE LEÓN (por Pacho Rodríguez)
· LA CRÓNICA
· Telecinco
· EL MUNDO (EFE)
· EL NORTE DE CASTILLA (por Tomás García Yebra)
· PÚBLICO

Un nuevo libro con CD y DVD:

‘ESCRITURA Y ALQUIMIA & LA CAMPANA DE LA NIEVE’
[UNA CONFESIÓN CINEMATOGRÁFICA Y TRES LECTURAS]

ANTONIO GAMONEDA

ISBN 978-84-87619-49-6
precio 25 €
paginas 88
formato Incluye CD de audio (78’) y DVD con la película

La poesía de Antonio Gamoneda (1931) no ha perdido con el paso de los años ni un ápice de su intensidad verbal y existencial, en suma, de su radicalidad. No de otro modo cabe definir el vigor con que este poeta ha ido afilando su escritura, reiterando preguntas que no esperan respuesta y buscando un lenguaje capaz de dar testimonio de los bordes mismos de la existencia.

Esta publicación incluye la versión íntegra en DVD de la película documental Escritura y alquimia, que explora el pensamiento poético de Antonio Gamoneda tanto en su dimensión más puramente estética como en un orden especulativo. El film propone una intensa reflexión cinematográfica en torno al universo conceptual del poeta a través de entrevistas, materiales biográficos y lecturas de poemas.

Además, bajo el título ‘La campana de la nieve’, se recogen en este volumen en formato libro y disco compacto tres de las lecturas poéticas que Antonio Gamoneda ha ofrecido en las salas del Círculo de Bellas Artes a lo largo de dos décadas. Correspondientes a los años 1986, 2001 y 2006, respectivamente, estas tres lecturas constituyen no sólo un importante documento histórico –algo singularmente cierto en el caso de la lectura celebrada en 1986–, sino una experiencia literaria de primer orden guiada por la voz misma del poeta.

‘Extravío en la luz’ llena el Círculo de Bellas Artes

January 29, 2009

 Juan Carlos Mestre, Antonio Gamoneda y Amelia Gamoneda, ayer, en el CBA

[El poeta Juan Carlos Mestre, el Cervantes leonés Antonio Gamoneda y su hija, Amelia, durante la presentación.
Fotografía de RAQUEL P. VIECO
]

— — —
El invocador y existencial «Extravío en la luz» llenó el Círculo de Bellas Artes
Amelia Gamoneda, hija del poeta, calificó de «ruido de oficinista» la labor creativa del maestro
Por Pacho Rodríguez para Diario de León

Antonio Gamoneda presentó ayer en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, Extravío en la luz, un libro en el que comparte protagonismo con Juan Carlos Mestre, autor de los grabados que incluye la publicación, y con su hija Amelia, que escribe un cercano prólogo que hace aún más especial este poemario editado por Casariego. Y Madrid, una ciudad que adora a Gamoneda, respondió con un lleno absoluto de la sala María Zambrano, en un edificio que es el epicentro cultural de la capital, y ávido de la poesía invocadora y existencial del poeta.
   Con tanto afecto, el poeta leonés dio paso a su socarronería y se quejó, y lo que logró fueron las sonrisas y hasta risas de los asistentes, que descubrieron el lado más cercano del autor de obras ya emblemáticas como ‘Arden las pérdidas’ o ‘Libro del frío’. Pero como de lo que se quejaba era del exceso de cariño, lo que hubo en sus palabras fue agradecimiento encubierto. Esa satisfacción le vino de palabras como las pronunciadas por su hija, quien deleitó a la concurrencia al contar que, «en mi memoria de siempre, es un hombre que escribe. O, mejor dicho, un hombre que trabaja con la escritura». Y lo ilustró de una manera bien descriptiva: «Su ruido de escritor es el de un oficinista», afirmó. Un ruido que asoció generacionalmente «al sonido de las máquinas bordadoras» como el que hacía con ese trabajo su abuela.
   Al margen de los continuos elogios a la importancia y la trascendencia de la obra de Antonio Gamoneda, suficientemente descritas en la tarde de ayer en Madrid, también se pudo saber algo de la intensidad de trabajo del poeta, ya que, según su hija, a veces, ese ruido de la máquina de escribir o ahora del ordenador no se detiene en cuatro horas. "No sé si hará compañía a mi abuela», expresó Gamoneda hija.
   El berciano Juan Carlos Mestre, al que Antonio Gamoneda adjudicó la mayor parte de la importancia de ‘Extravío en la luz’, se llamó privilegiado por poder compartir autoría con alguien que cuenta con una inmensa obra como la recogida en ‘Esta luz’. Mestre señaló que «poco he hecho yo más allá de leer apasionadamente a Gamoneda», además de resaltar que la admiración hacia el poeta se completa, con la misma intensidad, con el fervor hacia su persona.
   El berciano Juan Carlos Mestre, al que Antonio Gamoneda adjudicó la mayor parte de la importancia de ‘Extravío en la luz’, se llamó privilegiado por poder compartir autoría con alguien que cuenta con una inmensa obra como la recogida en ‘Esta luz’. Mestre señaló que «poco he hecho yo más allá de leer apasionadamente a Gamoneda», además de resaltar que la admiración hacia el poeta se completa, con la misma intensidad, con el fervor hacia su persona.
   Por su parte, Antonio Gamoneda, tras la intervención de la directora de la Editorial Casariego, Isabel Rodríguez, y la lectura de una ponencia de la poeta Amalia Iglesias, ausente en el acto por problemas de agenda, comenzó su intervención casi pidiendo disculpas por la cantidad de veces que se había pronunciado su nombre y siempre además, adjetivado con elogios. E, incluso, lamentó que se llamara «poemario» cuando «sólo contiene seis poemas».

La «presentación express» como método contra el exceso de elogios

Antonio Gamoneda propuso ayer la insólita fórmula según la cual los libros deberían presentarse con algo así como «aquí el libro, aquí unos amigos», afirmó. Era una propuesta de presentación express que evitaría el exceso de elogios y que, por supuesto, no va a cuajar cuando con su presencia, como la de ayer en Madrid, consiguió que el respetable se quedara sentado por si seguía la cosa. Gamoneda casi riñó a la editorial (primero dio las gracias), por dotar de tanta importancia a una obra como ‘Extravío en la luz’, que aparece como una cuidada publicación de gran tamaño y con la obra de Juan Carlos Mestre. Al berciano le dijo que tanto Gamoneda era ya mucha dosis. Y a su hija le reprochaba porque «no había hecho nada más que barrer para casa», aludiendo a sus dotes de interpretación crítica. «Por eso no he aplaudido a ninguno de los dos», remató con humor. Los que sólo conocían al autor sobre el papel salieron encantados de haber descubierto la relativización con la que trata las cosas y emocionados porque cuando leyó uno de sus poemas logró un silencio paralizante. Antes dijo: «Leo y disolvemos esta reunión. Qué pesadez con Gamoneda. Salgo para ir al fisioterapeuta». Y la gente se rió antes de pasar a la emoción de oír la palabra de Gamoneda pronunciada por el poeta Antonio. Y se iban con el libro debajo del brazo.

Gamoneda en la televisión turca NTV

 Gamoneda en el canal turco NTV

Con motivo de su viaje a Estambul, en febrero de 2008,
hemos encontrado este reportaje en el canal turco NTV.

Las memorias, grapadas y entregadas

January 22, 2009
Gamoneda finaliza sus memorias:
«Ya las he grapado y entregado»

Gamoneda y Sorel
[Antonio Gamoneda y Andrés Sorel,
durante la sesión del Foro Quevedo desarrollado el martes,
20 de enero, en San Marcos. Foto de RAMIRO
]

Por EMILIO GANCEDO
(En Diario de León)
El Foro Periodístico Quevedo dedicó ayer su segundo debate a analizar la significación literaria y la íntima relación con León del premio Cervantes Antonio Gamoneda. Junto al escritor Andrés Sorel, el catedrático y crítico literario José Enrique Martínez y el presidente de la Asociación de Periodistas de León, Francisco J. Martínez Carrión, Antonio Gamoneda confirmó que ya había puesto punto y final a unas muy esperadas memorias de sugestivo título, ‘Un armario lleno de sombras’. «Ya están grapadas y enviadas a mi agente —aseguró—. No sé si se publicarán en dos meses o seis, pero ahí están».

El encuentro, que tuvo lugar en el Hostal de San Marcos, sirvió también para dar a conocer la aparición del libro ‘Iluminaciones. Antonio Gamoneda’, del secretario de la Asociación Colegial de Escritores de España, Andrés Sorel. Una biografía íntima que «radiografía» la historia humana del poeta y de la ciudad de León como espacio en la que ésta se desarrolla, en palabras de Martínez Carrión. No obstante, este libro tendrá su correspondiente presentación en sociedad dentro de algunas semanas.

Del mismo modo que se dijo de Shakespeare, abrió el fuego Sorel con una afirmación categórica: «Es un hombre de su tiempo, que es lo mismo que decir que es un hombre de todos los tiempos», un creador que, como Kafka, se adelanta a su tiempo mostrando e «intuyendo», más que sabiendo, la «verdad de su tiempo» e incluso de los «tiempos por venir». Y es que escribiendo ‘Iluminaciones’, Sorel llegó a la comprensión no sólo de lo que ocurrió en aquellos oscuros años de posguerra en los que al niño Gamoneda, viendo los camiones y vagones cargados de presos, «se le posó en la boca el sabor del óxido», sino también lo que sucedió en su ciudad natal, Segovia, «y en toda España». «Explicándose a sí mismo, explica la época que le tocó vivir», recordó.

Por su parte, el catedrático y crítico literario del Diario, José Enrique Martínez, no dudó en calificar de «espléndido» el libro de Sorel, sobre todo por su capacidad de «recrear los preámbulos de la guerra civil en León a través de la mirada asombrada de un niño». Una «huella» que permanecerá para siempre en la memoria del autor del ‘Libro del frío’ y que está magníficamente contada por Andrés Sorel, quien también muestra en ‘Iluminaciones’ una ciudad «cuyo panorama cultural era un desierto».

Gamoneda y Sorel. La foto es de J.M. López, publicada en La Crónica de LeonFue el propio Gamoneda quien cerró el acto recordando que la «poesía ornamental» no le interesa en absoluto, sino que le interesa la que «intensifica la vida» y tiene «voluntad de potenciar el lenguaje». También quiso dejar claro que la obra ‘Extravío en la luz’ no es un poemario suyo como tal, pues, además de sus seis poemas, hay textos de su hija y veinte grabados de Juan Carlos Mestre.

Presentación del libro ‘Extravío en la luz’ el 28 de Enero en el ‘CBA’ de Madrid

January 18, 2009
GAMONEDA PUBLICA ‘EXTRAVÍO EN LA LUZ’,
SU PRIMER POEMARIO TRAS EL CERVANTES

Por CARMEN SIGÜENZA
(Para la Agencia EFE)

Portada de 'Entravío en la luz', de Antonio GamonedaMadrid, 15 ene (EFE).-
Tras dos años de silencio poético, Antonio Gamoneda, colmado ya de premios, ha vuelto a la poesía con la publicación de "Extravío en la luz", un libro artístico que incluye seis poemas inéditos y veinte grabados del ilustrador y poeta Juan Carlos Mestre.

"Publicar un libro de poesía cada año era una imprudencia, aunque la verdad es que en estos dos últimos años no he podido trabajar, porque me ha faltado tranquilidad. Eso sí, he terminado las memorias de mi infancia, las he acabado y entregado, y es posible que salgan en abril o mayo", explica hoy a Efe

Y es que este poeta astur-leonés en los últimos años ha recibido toda clase de premios y se le ha requerido para toda clase de actos, lo que le llevó a un período de silencio poético.

Ahora, según recuerda en el prólogo con humor y ternura Amelia Gamoneda, hija del poeta, filóloga y crítica, gracias a una afonía que en los últimos meses mantuvo al poeta en silencio "entre los tumultuosos y verbosos encuentros a los que amablemente le obligan los premios recibidos", Gamoneda ha vuelto a encontrar su voz.

"Quizá, la experiencia real y física ha sido capaz de simbolizar una pérdida de la voz poética, y ha venido así a construirse en aviso para que el poeta colmado de premios no se confíe", precisa Amelia Gamoneda.

El autor de "Arden las pérdidas" aparece en este último libro, publicado por la editorial Casariego, con la misma serenidad y hondura que posee su voz poética, para volver a reivindicar "la dignidad" de la memoria y la experiencia. Y una vuelta a sus símbolos como las manos, la herida, la lluvia, el cuerpo, la luz; el dolor, la materia, el cuerpo, o la carnalidad de las palabras.

También aparece la voz de los que no la tuvieron en la Guerra Civil, la posguerra, los desheredados, los paisajes de León y la lluvia. El último poema: "Ha de llover", es el único texto que se conoce, porque lo escribió el poeta para la Expo del Agua, de Zaragoza.

"Yo, en realidad, por encargo no soy capaz de escribir nada, pero este poema sí tenía que ver en función simbólica con el agua y la lluvia, pero también con los hechos sociales, con mi intimidad y con nuestra historia más reciente, aunque todo ello no se diga con claridad, porque la poesía no está para informar sino para revelar", argumenta el autor del "Libro del frío".

Y Gamoneda aclara: "Yo soy la misma persona y el mismo poeta que hace años, con un poco más de edad y con más experiencia encima. Pero quiero señalar que sí he notado algún cambio en el aspecto formal, y en cierto modo hay fragmentos que tienen una organización más tradicional, y, por ejemplo, aparecen casi sin buscarlas las rimas asonantes".

Antonio Gamoneda y Juan Carlos MestrePero este autor, que espera que 2009 sea más tranquilo, se resta méritos en este libro y añade que los grabados de Juan Carlos Mestre sí son importantes, porque "Mestre —dice— es un artista global. "Los grabados llevan consigo alusiones muy sutiles, de naturaleza muy original, con la voluntad de convertir la escritura en un hecho estético visual".

El poeta e ilustrador Juan Carlos Mestre, al que le une una profunda amistad con el poeta, precisa que su trabajo, "lejos de toda pretensión ilustrativa, se ha desenvuelto en el ámbito de los prestamos intuitivos, en las apariciones que van señalando la travesía hacia la claridad del enigma que es todo gran poema".

"Visiones que surgieron en el instante mismo de la lectura, signos, heridas, lluvias, que adquieren en su minoría de conocimiento la voluntad de habla de una voz sin boca…Los poemas de Gamoneda no representan para mí formas simbólicas del mundo, sino la realidad más apreciada del pensamiento poético", concluye.

El libro se presentará el próximo día 28 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con los autores, y es un bello volumen que sale a la calle con un precio de 50 euros.

Se puede leer, además, (haz click:) el artículo de Fulgencio Fernández en La Crónica (de León) sobre este nuevo libro, titulado ‘Gamoneda: Vuelve la voz’.

Y recuperamos una entrevista de ELENA PITA con fotografía de CHEMA CONESA

January 9, 2009

 Gamoneda en una fotografía de Chema Conesa

ANTONIO GAMONEDA, en una fotografía de CHEMA CONESA
 
Recuperamos esta entrevista de ELENA PITA con el poeta,
publicada en el Magazine de EL MUNDO en julio de 2007
~ ~ ~

Recibió de golpe el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y, mismo año 2006, el Cervantes. Anda ahora el poeta (Oviedo, 1931) soportando el mundanal ruido de estas distinciones, descubriendo la rítmica de la inmovilidad porque ya no puede caminar largos paseos donde apuntaba versos y memorias.

Pide a los educadores que devuelvan a los niños la poesía, la abstracción, la capacidad sensible. Aferrado al existencialismo agnóstico, contempla en la vejez cierta conformidad con la muerte.

La poesía es un hecho físico, un impulso mensurable como la intensidad de los ronquidos que esta tarde bajan por la escalera desde la alcoba de don Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931). Es hora de siesta, pero María Ángeles, su esposa, se empeña en despertarlo para que no pase una noche más en vela, y ya sube a avisarlo. Desciende pues el poeta su escalera de madera, mancornado de cintura por el golpe que un furgón le propinó hace ya tres años, que le combó el hueso sacro sin solución.

Y con esta torcedura y su despacio le acompaño a despejar la hora al café de costumbre, unos metros más allá de la casa con castaño, sobre el empedrado que circunda la catedral de León: dos solos seguidos, dos cigarrillos del cupo y una curiosidad que no logra contener las preguntas.

Él es sus poemas. «Necesariamente. Toda mi poesía tiene una apoyatura existencial que quizá yo desconozco en el momento en el que el poema arranca, pero a través del pensamiento poético, de su lógica, su sintaxis y su semántica no discursivas ni reflexivas, llegas al conocimiento».

Dijo, cuando le reconocieron con el Premio Reina Sofía, anterior al Cervantes (2006), que, bueno, que él se emocionaba «en contadas ocasiones»; y claro, esto sorprende viniendo de un poeta de tanta emoción, tanta hondura. Ahora dice que en realidad esto no es del todo verdad, que debió tal vez decir que «no soy hombre que se sorprenda demasiado de las cosas que ocurren, buenas o malas sean, pero reservo una capacidad de emoción casi enfermiza en lo que concierne a los seres esencialmente necesarios para mi vida, y en lo que atañe a lo social, también: cuando es grave. No soy frío ni insensible», concluye, cerrando sus ojos, entrando en sí (como él diría), a ciegas.

Don Antonio Gamoneda escribió en 1992 un libro que consideró su testamento poético, terminal, Libro del frío: «Ocurre con todos los libros a partir de cierta edad». Tenía apenas 61 años. «Ese libro estaba anunciado por el anterior, donde sus versos finales decían: ‘Siéntate ya a contemplar la muerte’. El Libro del frío es una contemplación de la perspectiva mortal poco consoladora, aunque la poesía, no siendo una salvación de rango existencial, se parece, lo parece».

Un libro marcado por su sentido de la ética y su visión del mundo. Y esto para el poeta no es sino «la disposición personal hacia la cercanía de la muerte; uno se siente avanzar físicamente hacia la muerte, y en mi caso esa disposición ha entrado en una mayor serenidad. Alguna vez he dicho que la aparición de mi nieta Cecilia me reconcilió con la vida, y eso no es exactamente verdad, pero sentirme vivir en esa criatura es un fenómeno que sólo se puede experimentar en la vejez y que trae consigo no una reconciliación ni pacificación del temor a la muerte, pero sí una cierta conformidad con el hecho mortal».

Pese a su percepción terminal, el poeta sobrevive largo al Libro del frío. Ha recibido los mayores honores literarios y así se ve hoy, él, «provinciano vocacional», adverso siempre a promociones, lisonjas, capillas, grupos, así se ve impedido de escritura debido al trajín que conlleva ser el Cervantes del año. Seis meses lleva aparcado su cuaderno, seis meses lo aparcará aún. Pero ¿cómo sería su escritura hoy, de poder serlo?, ¿qué le gustaría escribir si tuviera el tiempo? «Elena», me dice, «no lo sé», pesaroso, rezongante.

«En la poesía no se escribe con programa ni proyecto: de lo desconocido se llega al conocimiento. Desconfío mucho de los poetas que escriben con un tema, una deliberación previa y hasta una organización esquemática de la pieza. Y no es que yo esté afiliado al surrealismo, ni al automatismo puro, que no existe; pero sí sé que no soy consciente de lo que sé, hasta que no me lo dicen mis propias palabras. Además el poema va a tener varios sentidos, porque el entendimiento del lector no va a ser idéntico al de su creador».

Dice, eso sí, que ahora escribe con más demora; tal vez sea la vejez plácida, o tal vez le atosigue, cuando retome el cuaderno, la pulsión airada del artista próximo al fin. «Yo no tengo una visión de cómo va a ser mi próxima escritura, aunque es posible que sea más pacífica. Pero en la poesía rige también como fuente la contradicción, entonces, de vez en cuando, aparecerá también el poeta iracundo». Caminaba, largo y tendido, por la senda de la Candamia, hasta siete kilómetros hacía, coronando la meseta para volver siguiendo sus pasos y entrar en la plaza catedralicia de León repitiendo rítmicos en su cabeza los versos que apuntaba, porque «la rítmica andariega del paseo es excitante para el pensamiento poético». Lo aprendió de su idolatrado Claudio Rodríguez, maestro, tan «obediente a la andadura».

Pero pasó lo que ya contamos, una furgoneta le golpeó y quedó maltrecho, y cómo apuntará ahora su métrica: «La rítmica es una noción musical que nos proporcionan nuestros neurotransmisores. Dado que es un hecho intelectual, dado que es palabra pensada y que el ritmo donde verdaderamente está es en la cabeza, estoy creando la rítmica en la inmovilidad». Sobrevivió al Libro del frío e inició unas memorias infantiles, Un armario lleno de sombra (título provisional), que terminan con 14 años, porque entonces fue hombre por necesidad. Es entonces, en su recuerdo, cuando escribe a las manos de la madre, que volverán una y otra vez con su tacto a rozar siempre la poesía de Gamoneda. A las cinco del día, en el invierno/ mi madre iba hasta el borde de mi cama/ y me llamaba por mi nombre/ y acariciaba mi rostro hasta despertarme (versos de la obra Blues castellano).

¿Adónde iba el niño Antonio? «A encender la caldera del Banco Mercantil; luego venía la recadería y a continuación la segunda jornada, la de meritorio, que no se sabía cuándo terminaba (12, 14 horas): aprender a ser un plumífero aceptable para llegar a un mejor porvenir, que luego sería igualmente duro». Se inicia otra etapa: «Ya no es el libro de mi infancia, que lleva una carga muy dura pero que está fundamentalmente construido con los recuerdos heredados de mi madre, y con mi condición privilegiada, entre muchas comillas, en tanto espectador de la guerra y la posguerra.

León fue uno de los lugares donde la represión militar durante la Guerra Civil fue más dura y duradera. Yo vivía en el único barrio obrero, a medio camino entre las vías de tren, adonde llegaban los presos, y el entonces penal de San Marcos. Veía los presos, veía hombres muertos en las cunetas, escuchaba los gritos de las mujeres en la noche cuando iban a sacar a los hombres de casa… y esto fue mi información desde los 5 años. Es de otra especie la que comienza a los 14».

Está en las memorias y estuvo en su discurso al recibir el mayor galardón de las letras hispanoamericanas, que dedicó a la pobreza de Cervantes, y a ese lenguaje «poética y semánticamente subversivo» de los que, como él, vienen de la pobreza. «Es subversivo no porque contenga programas revolucionarios, sino porque la carga semántica de sus palabras difiere mucho de la que tienen las palabras del poder, cuyo lenguaje es otro». También rescata el poeta el sentido revolucionario de la vergüenza, según Marx.

«Creo que desgraciadamente sucede cada vez menos, la democracia, así llamada a la ligera, puede ser (mal) interpretada de acuerdo con las conveniencias del poder, así tenemos la autoproclamada democracia de Castro en Cuba o el talante de Berlusconi. Y la democracia así interpretada ha hecho desaparecer las ideologías, ha debilitado la capacidad pensante de los ciudadanos, su mentalidad crítica. Incluso en la filosofía se defiende el pensamiento único y débil. Todo esto hace que seamos inertes ante la realidad, y cuanto más jóvenes más: las ideologías han sido sustituidas por el consumismo».

–A usted, que tanto le ha dado la cultura de la pobreza, le pregunto: ¿qué le diría a quienes educan o educamos a los hijos en la abundancia material?, ¿qué haría falta para rescatarlos?

–Lo único que arreglaría esto sería una enorme catástrofe; es terrible, porque no se puede desear una catástrofe. Pero ya estamos viviendo otra, lenta, dulcificada, progresiva, que nos convertirá en seres intelectualmente domesticados.

De la cultura de la pobreza rescató Gamoneda un único libro, en el que su madre le enseñó a leer con 5 años, un libro escrito por su padre, un libro de poemas. Y es aquí cuando el poeta toma nota de lo que no ha contado aún en sus memorias, apenas unas líneas, porque, le pregunto, qué fue del resto de lecturas que habrían alimentado la escritura de su padre, muerto cuando él apenas tenía 1 año, mudada la familia desde Oviedo a la tierra seca de León a causa del asma de la madre, año 34.

Leyó el niño Antonio, y sin remedio entró en él el lenguaje como poesía, ya no pudo ser sino poeta, 5 añitos. «Fue una circunstancia afortunada, aprendí los signos, fonemas, palabras, sílabas; y cuando llegaba a la línea, resulta que ésta tenía una conducta rítmica y una significación que no era la de la conversación normal. Pero como los niños no se extrañan de nada, en mi vida entraron simultáneamente la escritura y la poesía. Y así, aunque no escribiese aún, tenía la convicción de que iba a ser poeta». Fue por necesidad y también por suerte. Su madre, asmática, débil, vivió con él hasta su muerte. Cosía la madre, en una cadena mecanizada, haciendo vainica y punto de incrustación, «pero no estaban los tiempos para vainicas». De modo que el hijo quiso convertirse en absoluto benefactor: «Asumir plenamente la supervivencia, liberar a mi madre de su fatiga». La suerte fue que el padre del escritor Luis Mateo Díez ocupara, laisser-faire/laisser-passer, un alto puesto en la Diputación Provincial: «Él se transparentaba como un liberal, y pedía que me dejaran en paz, porque yo funcionaba. Pero yo quería hacer una cultura progresista con el dinero de la dictadura.

Así que cuando él se marchó a Madrid para ser secretario general del Ayuntamiento, se me desposeyó de la condición de funcionario». Más tarde volvieron a llamarle al puesto (director de servicios culturales), y él pudo exigir que le doblaran el sueldo. Nunca ha vivido el poeta de la escritura, «hay gente que vive con menos aún, pero yo tengo una pensión de jubilado». Volviendo al libro del padre, a la música y el lenguaje: a la poesía que no cura pero alivia, le he preguntado a Gamoneda si sería importante regenerar nuestra educación, acercándonos como él lo hizo al hecho poético, al respeto por el concepto primitivo de lo sagrado, al silencio. «Sería decisivo para los niños. El pensamiento poético es música en su origen. Alejamos a los niños de la poesía y del concepto primitivo a cambio de una especialización en fórmulas productivas. Les alejamos de las formas de conocimiento que suponen sensibilidad y abstracción a cambio de pensamiento utilitario».

–«Íbamos de la noche a las tabernas/ amarillas a olvidar el silencio». Alguien capaz de componer una figura tan honda, ¿cómo soporta hoy el estrépito exterior?

–El silencio es quizá la mayor ausencia que tengo que soportar en mi vida.

‘ANTONIO GAMONEDA, EL ESCULTOR DE LAS PALABRAS’, un artículo de AMALIA IGLESIAS para la revista Letras libres

November 17, 2008

Un artículo de Amalia Iglesias Serna sobre la poesía de Gamoneda en Letras Libres
haz un click en este enlace para leer:

ANTONIO GAMONEDA, EL ESCULTOR DE LAS PALABRAS

Un artículo de AMALIA IGLESIAS
para la revista LETRAS LIBRES

Atravesada diametralmente por una luz gélida, por una aguda conciencia de la fatalidad, la poesía de Gamoneda ha sido reconocida con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y con el Premio Cervantes 2006. Amalia Iglesias recorre la obra del gran poeta leonés y se detiene en un elemento central y definitorio: las manos.

Entrevista con Gamoneda en ‘Campo de Agramante’: “En la poesía es el lenguaje el que genera pensamiento”

October 23, 2008

 Gamoneda en el nº 10 de la revista 'Campo de Agramante'

ANTONIO GAMONEDA:
"EN LA POESÍA ES EL LENGUAJE EL QUE GENERA PENSAMIENTO"

UNA CONVERSACIÓN LARGA Y CON PAUSAS SOBRE SU POESÍA
— - —

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO y ELOÍSA OTERO
(Entrevista publicada en la revista Campo de Agramante.
Nº 10. Cádiz, Otoño-Invierno de 2008)
Si todo escritor es ya un espacio en sí mismo –un espacio alzado y acotado con palabras–, hablar del espacio real donde se desenvuelve la vida habitual de Antonio Gamoneda se hace aún más obligado, en especial cuando se ha conocido su casa, a un paso de la propia catedral de León pero con una vocación claustral que deja al visitante una sensación definitiva de apartamiento, de insólita lejanía que pone al exterior menos inmediato y de espaldas, y que encaja muy bien con esa voluntad personal de retiro, de “retracción”, a la que tantas veces se ha referido el poeta. Y es que una vez abierta la estrecha puerta verde y traspasado el pequeño patio –casi un imprevisible estanque de cemento con una pequeña lágrima de arriates, un microcosmos vegetal y la majestad de un árbol caballero, un lauroceraso, que se asoma a la calle por encima de la tapia– pareciera que se ha evaporado por ensalmo el ritmo de afuera para entrar en otra clave vital, la de quien nunca se dejó sujetar del todo por las supuestas obligaciones civiles de un poeta de ciudad. O “un poeta de barrio”, como él mismo ha querido decir más de una vez. Todo sigue, pues, ahí afuera a la mano, sí, pero ya tan lejos…
Esta es la crónica de una entrevista discontinua, un si-es-no-es de hilván frágil, una conversación llena de poros, abierta y enterrada entre sucesos –viajes, ausencias, desencuentros de fechas– que no ayudaban a terminarla fácilmente. Como la propia escritura de Gamoneda, se hizo necesario revisar más de una vez lo recogido en las grabadoras para de nuevo reacomodarlo, imantarlo en el presente. Todo comenzó a finales de julio y sólo se acabó de resolver totalmente en diciembre. Ya este juego de desajustes —la luz, el frío, los propios avatares del entretanto, los nuevos episodios viajeros contados como divertimentos que rompían cualquier gravedad— ha hecho que todo se inunde de cierta irrealidad. Escuchar en la grabadora a las puertas del invierno una algarabía de aves y campanas alborotadas del verano contribuyó asimismo a ello.

La primera mañana pactada para esta entrevista fue luminosa y con pellizcos de frescura en el aire gordo de julio. No parecía día propicio para conversar con el autor de Libro del frío. Estábamos entonces en el corazón del verano, y a medida que la mañana atravesaba la ciudad la temperatura se haría más bravía y casi insoportable en la primera hora de la tarde incluso aquí, en León.
En la planta baja de la casa del poeta se mantiene flotando durante el día esa penumbra aceitunada que todo lo deja entrevisto, como si la vida se comportara allí con una cualidad permanente de difumino, un difumino que confronta el pasado con el presente, lo memorable y lo actual, batido todo por un humo mínimo pero que pone a raya cualquier diferencia entre lo invisible y lo visible. Igual que ocurre en la poesía del habitante, donde todo lo que pasó una vez sigue sucediendo entre tormentas interiores.
Desde el arranque de la escalera se suceden en batería cuadros en la pared (Barjola, Vargas, Guerrero, Agulló, Faik Husein, Tàpies, Arcadio Blasco, Chillida, Mestre, Mieres, Pedrero…) y piezas sueltas de cerámica. Luego vienen los libros, que subrayan el espacio donde el escritor suele trabajar, curiosamente un espacio abierto y entre dos sitios, un lugar casi de paso que no hace pensar en el esperado despacho del escritor arrellanado y lleno de estabilidad –“puedo escribir casi en cualquier sitio: en medio de un viaje, en los hoteles, en el tren, por ejemplo…, se me da bien esa especie de urgencia, de provisionalidad a la hora de escribir poesía…”.
De modo que la penumbra, el sopor y el silencio, sólo acuchillado de cuando en cuando por los obreros que en el exterior trabajan estrepitosamente, imponen ese día cierto carácter conventual al ambiente. Pero se nos comenta cómo desde hace algún tiempo hay más perturbación en la vida habitualmente morosa de esta casa. Los reclamos obligados tras los reconocimientos –el Premio Reina Sofía, el Premio Cervantes–, el trasiego casi encadenado de cámaras, flases, visitas, entrevistas… Antes de empezar esta inicial conversación, sostenida a lo largo de la mañana y buena parte de esa tarde de finales de julio, le preguntamos a él, que resistió en la ciudad y en la poesía como otro desaparecido tanto tiempo, si ahora le asusta tanta subordinación mediática, tanta “concentración de visibilidad”.

—No me he dicho a mí mismo nunca la palabra ‘asustado’, pero ahora que la decís vosotros, algo hay de ello. Eso sí: me he sentido muy cansado, muy fatigado, y con una seria esperanza de que, bueno, de que esto ha de ser transitorio y de que cuando termine voy a volver a esta casa y a los papeles, a seguir escribiendo como antes… hasta que vosotros mismos, mis amigos, me digáis que hay que parar…. Así que asustado del todo no, porque como no he acabado de aceptar nunca que todo esto me haya sucedido, me digo que no tengo más remedio que someterme a ello pero que me retiro en cuanto pueda… En fin, sí, tengo confianza en que la vida ha de volver a normalizarse para mí.

—Comencemos hablando de su infancia, esa época a la que usted se ha entregado con decisión introspectiva en Un armario lleno de sombra, título provisional de sus memorias. Usted aprende a leer –ya se ha contado muchas veces–  en el único libro de poemas de su padre, de título casi premonitorio: Otra más alta vida. Qué curioso: parece que alude a eso que usted ha buscado luego: más justicia, más dignidad para las personas… otra más alta vida, sí.
—En todo caso, yo no he sido consciente de ello nunca. Como tampoco creo que haya resabios de otro tipo en mi escritura relacionados con ese libro de poemas de mi padre. Yo llegué a ese libro para aprender a leer. Era ya, quizá, el otoño de 1936. Las escuelas –la mía entre ellas– estaban casi todas cerradas. La depuración del magisterio, ¿comprendéis? El aprendizaje debió de ser duro, sobre todo para las personas a las que acosaba con mis preguntas. Para mi madre, principalmente, que era la que me había dado el único libro que había en casa. Pero la circunstancia se volvió en favor mío: el arduo conocimiento de los signos de la escritura se produjo al mismo tiempo que, incomprendida pero perturbadoramente sensible, se dio mi primera experiencia poética. He dicho incomprendida: sí, yo no me preguntaba ni preguntaba por las significaciones; había descubierto una causa musical en las palabras y esto proporcionaba un sentido a lo que no comprendía. Las cosas eran, más o menos, así. Creo que aquella reunión de circunstancias me marcó para los restos.

—¿Podemos pensar en cierta huella de esa escritura paterna en la suya o en alguna intervención posterior deliberada sobre esos textos, como ocurre ciertas veces en su escritura?
—No; el libro me descubrió la poesía, pero, salvo en intentos de escritura preadolescentes, que no conservo, no creo que haya un rebrote de ese libro de mi padre en mi escritura posterior. La verdad es que hay una enorme distancia en el orden del contexto, en el espacio que rodeaba la propia biografía y la poesía de mi padre. Es cierto que hay ciertas similitudes vitales entre ambos (mi padre conoció también la pobreza, la escasez) pero histórica y culturalmente hemos transitado por espacios muy distintos, lo que hace muy difícil una proximidad en la que pudiéramos llamar escritura consciente.

— Y después de ese libro, ¿qué otras lecturas de primera hora hubo?
—Recuerdo bien cuál fue el segundo libro que leí. Vino de la mano de mi primera maestra, digámoslo así, una vecina, doña Marina, que hacía de profesora particular mía. Era maestra jubilada, y me regaló las Rimas y Leyendas de Bécquer, publicadas en la colección “Ebro”, entonces tan popular. Yo creo que, al margen de que me impresionara o no esa lectura, me pasó algo parecido a lo que ocurrió con el libro de mi padre. Es decir, advertí el poder musical y el particular tono de aquella escritura, y, teniendo yo, como tenía, cuatro años más, advertía que el de Bécquer no era el lenguaje de las conversaciones, pero me desconcertaba mucho menos la, digamos, semántica, que, por otra parte –y esta es lógicamente una estimación del presente– no deja de ser bastante convencional. El que sí fue decisivo fue el tercer libro, del que también me acuerdo bien. Era la Segunda Antología Poética de Juan Ramón Jiménez, en la colección “Universal”. Hay una anécdota curiosa que puedo contar. Cuando fui a buscarlo a una primera librería, el dueño no me lo quiso vender. Me dijo, bien lo recuerdo, que no entendía qué hacía yo leyendo a un escritor de la anti-España como Juan Ramón. Y me quiso endosar otro, de preceptiva moral o algo así. Fui entonces a otra librería, la de “Pastrana”, regentada por un fraile exclaustrado y con otro ánimo bien distinto; aquel hombre no sólo me despachó el libro sin remilgos sino que me lo regaló después de hacerme leer un poema en voz alta. Fue el primer poema que me oí a mí mismo. Yo tenía entonces trece años.

—¿Y antes? Tuvo que haber lecturas espontáneas. Al fin y al cabo, usted es un autodidacta, un escritor formado a sí mismo y un lector curioso que buscaría por su cuenta lecturas o se las encontraría.
—Con independencia de los libros propios de las clases que recibía, tuve uno titulado Lecciones de cosas, mas alguna enciclopedia y –esta por vía de préstamo– la colección completa de los fascículos con las aventuras de Dick Turpin.

—Literatura didáctica y literatura de evasión… Una infancia lectora convencional, ¿no?

—No del todo. También recuerdo que entre aquella marabunta de gente más o menos desafecta que se refugiaba en casa de mi madrina como consecuencia de la guerra, alguien –una mujer, portera de una casa de vecinos de Madrid– traía consigo una de aquellas lecturas tremebundas que se titulaba Los mártires del adulterio, que yo me leí enterita a mis ocho años. Y luego había aquellas revistas y periódicos de la época, claro: “Flechas y Pelayos”, “Chicos” y, en otra clave, algunos números de “El frailazo”, una revista anticlerical que me proporcionó otro de los refugiados en nuestra casa, un hombre que había estado en un campo de concentración; yo leía aquello muy en secreto para que mi madre no se enterara. Este, con otras lecturas “menores” (Doc Savage, Bill Barnes, el Zorro, la Sombra…) es el relleno fundamental de mis lecturas de infancia junto a los tres libros de poesía que ya he citado.

—La infancia son también los amigos. Y hay uno especial, que aún vive y con el que sigue usted manteniendo una relación cercana, casi cotidiana… El otro día fue quien leyó unas palabras en la inauguración de la exposición Visión del frío que se le ha dedicado con motivo de la concesión del Premio Cervantes.
—Os referís a Pablo de la Varga, claro. Pablo tuvo desde muy pronto cierta ascendencia natural sobre mí, seguramente por llevarme un año y pico. Éramos muy amigos y juntos llevábamos a cabo pequeñas aventuras: apedreábamos ratas de agua en la llamada por nosotros “presa de la muerte”, jugábamos a los tejos en la Venta del Labrador, en las afueras de la ciudad, íbamos hasta Cantamilanos… Una vez encontramos un duro de plata y acabamos comprando fascículos de Búfalo Bill. Cosas así. Pero nada o casi nada de lecturas literarias compartidas.

—¿Cómo se acercaba a la vida cultural en aquellos años de infancia? Iría usted al cine, le interesarían actrices y actores de entonces…
—El cine siempre tiró de mí mucho. Pero sólo de una manera especial a partir de los años 50, cuando yo ya escribía. Es muy posible que no me haya interesado nunca demasiado el cine de carga intelectual sino el cine cuya potencia es sobre todo visual. Es decir, Kurosawa me interesa mucho más que otros directores que, digámoslo así, hacían o hacen películas “de tesis”.

—Pero esa forma de ver cine, lo mismo que ocurriría con la música, tiene más que ver con la edad adulta. Antes habría otra manera de ver películas, de escuchar discos o ir a actuaciones.
—En la infancia fui al cine, como cualquier niño, a entretenerme, a ver películas intrascendentes… Entonces yo estaba enamorado de Diana Durbin, una actriz muy popular. Luego llegué a tener por el cine una auténtica pasión pero, insisto, a partir del hecho visual. Es cuando entro en esa otra manera de ver el cine de la que antes hablábamos, en que las manifestaciones individuales para mí están en segundo plano respecto de la visión total de la película a la que miro, como si fuera un cuadro en movimiento. Por ejemplo, yo no puedo ver películas en la televisión, porque si me interesa una en concreto, advierto inmediatamente que el formato de la pantalla crea un desequilibrio compositivo, no se da realmente la visión cinematográfica.
Pero como la pregunta es más amplia tengo que decir que durante muchos años mantuve también una enorme pasión por la música; luego vino la sordera, y yo me fui apartando de ella porque dejó de tener para mí la riqueza que yo conocía.

—Sobre lo de hacer de negro en sus años jóvenes…
—Era un “negro” al revés. Yo escribía los poemas y repartía los cuartos que conseguíamos. Toda aquella escritura ha desaparecido, afortunadamente, y yo interrumpí el juego antes de los cuarenta. No volví a presentarme a un solo concurso. Tenía un amigo al que le encantaba ir a recoger los premios, los premios menores, se entiende. Aun ahora, a pesar de su párkinson, suele llamarme todos los días…. Era un hombre con habilidades; ha escrito más que yo; puede que alguna vez haya metido mano en lo que “escribíamos”; luego, yo conservaba la variante o no….

—Por otra parte, la vida ligada a las mujeres queridas…. la madre, la madrina, la esposa, las hijas…. ¿Hay un peso especial de esa fuerza en su vida?
—Seguro. Completamente seguro. Hasta el punto de que, por ejemplo, hay un momento de mi vida en que yo podía haber empezado a funcionar de otra manera. Bueno, hay dos momentos, pero para no complicar las cosas vamos a hablar de uno solo, y es cuando hace casi cuarenta años tiran de mí desde Madrid para dirigir la editorial Taurus. Tiraban de mí por una razón muy sencilla. Taurus había ido mal económicamente y se había quedado con la editorial el Banco Ibérico, que era de los Fierro, y un par de ellos me conocían y sabían dos cosas de mí: que tenía una experiencia de empleado de banca de bastantes años, veintitantos en aquel entonces,  y que yo andaba metido en el mundo de la escritura. Y pensaron que yo podía ser una persona adecuada para reflotar la empresa.  Me insistieron durante bastante tiempo. Al final dije que no… quizá no me atraía demasiado, pero podía haber dicho que sí, si no fuera porque yo tenía conciencia de que una especie de pequeño universo femenino me necesitaba. El “universo” empezaba con mi madre, y seguía con mi mujer y mis hijas. Así que, en efecto, he vivido una cierta situación de dependencia, no solamente sentimental, sino práctica, en relación con las mujeres. Tenéis que tener en cuenta que hace 30 ó 40 años las mujeres no tenían las posibilidades laborales de ahora, difícilmente podían ser autónomas…. El hombre cargaba con la noción de que ese mundo femenino dependía de él. Y en el terreno de la comunidad familiar y afectiva, yo era el único hombre en ese universo femenino.

—Y en la poesía ¿hay conciencia de esa misma presencia?
—Necesariamente también. Por el hecho de que mi poesía se corresponde o al menos intenta corresponderse con mi existencia, y mi existencia está sobrecargada de componente femenino. Entonces, en mi poesía, muy probablemente existe también ese peso femenino.

—Sorprende lo vivo que se mantiene todo en su memoria, una memoria despierta. Eso nos lleva a pensar en aquel verso de Arden las pérdidas: “claridad sin descanso”. También obliga a pensar en algo parecido a un estado de insomnio, en su presencia casi natural en la vida de Antonio Gamoneda, que le lleva a una suerte de “hipervigilancia” y que podría explicar zonas de su escritura. ¿Es así?
—Es así desde los treinta años de edad en adelante. Pero ya que hablamos de insomnio, voy a hablaros yo de algo que podría haber sido determinante en mi poesía. Tanto a un primo mío como a mí nos pasaba lo mismo: entrábamos de pronto en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia durante el cual se producía la visión del entorno real –por ejemplo de la figura de mi madre– insoportablemente amplificado. La habitación en la que yo me hallaba, en aquella percepción delirante pero en mí real, era un espacio sin límites y muy luminoso. En mi sensibilidad aquello era cierto. Y, de pronto, en todas las ocasiones surgía algo de naturaleza amenazante que me acechaba de manera peligrosa. Eran fenómenos que duraban cierto tiempo, no eran fugaces; mi madre recordaría estos casos bastantes años después. Era ella la que se acercaba a tranquilizarme, a sosegarme, pero yo la veía gigantesca y dentro de esa luz temible. Quizá alguien recuerde una canción infantil que tenía como protagonista a una niña que se llamaba Catalina y a la que su padre castigaba. Recuerdo esa canción, porque yo la identificaba con mi visión sonambúlica. En la canción se hablaba de “una rueda de cuchillos y navajas”, y era esta rueda, a la vez visible e invisible, el núcleo amenazante de la inmensidad luminosa.

—Esa canción hace pensar en el martirio de Santa Catalina de Alejandría, a la que se representa en la iconografía cristiana siempre con la rueda con la que parece que fue descuartizada.
—Es muy probable que la canción de Catalina proceda del martirologio, sí.

—¿Y nunca ha sentido usted la necesidad de hacer entrar su, digamos, sonambulismo en su poesía, tan marcada biográficamente?
—Creo que, en ocasiones, el espacio que dentro del pensamiento poético se me representa tiene algo procedente de aquellas visiones.

—Eso parece: la luz, el territorio de lo blanco… lo lúcido como mera manifestación, que surge tantas veces en su escritura… Y, por volver a retomar una cuestión anterior, el insomnio, la conciencia hipertrofiada de quien no quiere dejar de vigilar aunque ello sea doloroso o perturbador…
—Yo tengo que considerar eso de otra manera. Ese fenómeno al que os referís, las especiales percepciones que se dan cuando no estás dormido ni despierto, suceden más o menos hacia las cinco de la mañana, una hora peligrosa. La interrupción del sueño a esa hora suele llevar a una contemplación de lo sucedido y a una imaginación de lo que puede suceder, todo ello bajo el serio dominio del miedo. Es el momento en que la persona se encuentra a la vez devastada y, como decís, hipertróficamente lúcida. Las representaciones existenciales que aparecen en esos momentos suelen ser muy penetrantes, muy fuertes.

—Es el horario biológico, que domina otro tipo de temporalidad…
—Sí, hay una transformación fuerte del curso de la normalidad, una transfiguración evidente en la relación entre el tiempo y el espacio. Ese cambio de orden podría ser incluso productivo, aunque no de manera inmediata, en la escritura. No es gratuito el que en las órdenes monásticas se practique esa manera estrepitosa de madrugar. Los santos padres correspondientes sabían con certeza que esas horas eran proclives a temores, pensamientos y percepciones muy especiales.

—Usted, que no se considera creyente, fue en alguna época a  esos monasterios.
—Me gustaba ir a Osera, en Galicia, donde, por cierto, alguna vez coincidí con Graham Greene. Yo trataba entonces de acomodarme a esa otra manera de pasar cada día. Me recuerdo a mí mismo paseando  por la noche, durante horas, por corredores y patios. Y, de pronto, a lo lejos oía cantar a los frailes. Tenía algo de irreal todo eso, sí, y afectaba a esa hipertrofia de la conciencia de la que hemos hablado antes: un estado especial vigilante, una peculiar sensibilidad.

—Hablemos ahora de otra realidad más cercana. En los años cincuenta, cuando usted ya ha publicado libros, suponemos que la atmósfera de la ciudad de León circula en sus poemas. ¿Cómo se respiraba el ambiente de la ciudad?
—El hecho sustancial es que durante la totalidad de los años cincuenta, más en concreto desde 1949, permanezco cargando con la pasión de la poesía, necesidad que nunca se apartó de mí, pero apenas escribo nada. Todo se correspondía con que yo estaba en cierto modo secuestrado por la clandestinidad. Éramos un grupo de amigos –Jorge Pedrero [el vigilante de la nieve, en la poesía de Antonio Gamoneda], Eloy Terrón, Cirilo Benítez, José Vega… – que no es que hiciéramos grandes cosas pero ciertamente estábamos bajo una presión muy fuerte que tenía su cuota de miedo y su cuota pragmática porque, por mínimas que fuesen las actividades, te la estabas jugando.

—¿Y cuáles eran esas actividades? Suponemos que movimientos propios de algún tipo de resistencia.
—No eran grandes cosas: practicar un cautelosísimo proselitismo, guardar en casa a algún camarada, repartir papeles, tener reuniones temerosas con media docena de obreros…, con esa particularidad de que eran años en los que una oposición activa, por mínima que fuera, era algo muy complicado de mantener. Para nosotros, que éramos un grupo que nació de la amistad y dio en grupúsculo político, fue además algo muy particular porque no nos ganábamos tampoco la confianza del Partido Comunista, por ejemplo, que nos veía con ojos desconfiados. Esta era una actitud frecuente con intelectuales, profesores, escritores, artistas…

—En Descripción de la mentira hay alusiones a las delaciones, a la traición… Todo esto ¿tiene alguna relación real con este grupo al que se está refiriendo?
—Aquellos eran tiempos en los cuales, incluso dentro del propio partido y en sus aledaños, no sabían unos de otros, no sabíamos unos de otros nada más que lo estrictamente necesario. Los nombres, a veces, no estaban claros; las relaciones, tampoco. La actividad de nuestro grupo era prácticamente la misma que pudiera tener una célula claramente definida dentro del aparato, pero con esa particularidad de la desconfianza hacia los intelectuales.

—Tuvo que ser duro llevar esa vida y, por otra parte, mantener la existencia convencional en casa de la madre. Siempre esa bisección merodeando en su vida. Como dice en ese poema: “Es horrible ser dos inútilmente”.
—Bueno, sí. Eso componía un estado de tensión notable. Yo estaba con mi madre y si tenía a algún chico en casa, tenía que disfrazar aquello de alguna manera ¿no?: “Pues este amigo viene a pasar una temporada aquí…”. Y, naturalmente, mi madre se extrañaba con frecuencia porque aquel amigo no salía de casa ni casi de la habitación.

—¿Y su madre no fue consciente nunca de la situación?

—No, nunca. Puede que alguna vez tuviera una sospecha imprecisa, pero no lo manifestó.

—¿Alguna vez llegó a visitarlo la policía, hubo algún registro…?

—A casa de mi madre no fueron nunca; a mí sí me llamaron un par de veces, pero salí “limpio” de la entrevista. No obstante, tuvimos un problema terrible. Mi primera depresión tuvo como origen ese problema. Yo tenía entonces 27 años. El dueño de la casa donde vivíamos tenía un hijo, el mayor, del que no puedo decir que fuese una buena persona. Sospechó algo. Le entró un gran empeño por que nos fuéramos de aquella casa, que en el año 1958 era baratísima. Me coaccionó para que nos marchásemos. Me insinuaba que él sabía más de lo que parecía y que podría ponerme en un aprieto.

—En aquellos años 50, ¿mantenía alguna relación con otros poetas, más allá de sus compañeros?

—No. En España quizás el primero al que conocí de edad aproximada a la mía debió de ser Claudio Rodríguez, ya cerca del año 80.

—Sin embargo, sí conoció a Blas de Otero….

—Sí. Le conocí cuando yo tenía 19 años y él tendría ya 35 ó 36…

—¿Y cómo puede conocer a Blas de Otero un chaval de 19 años que todavía no ha publicado nada? ¿Cómo surge ese encuentro?
—Muy sencillo. Blas de Otero y Agustín Ibarrola vinieron a León, con otro pintor, que no recuerdo cómo se llamaba. Querían buscar manera de pasar una temporada en León. Bueno, de hecho la pasaron.  ¿Y quién había en León? Bueno, pues los de “Espadaña”. Pero, por lo que fuera, no se entendieron muy bien. En aquella época andábamos por allí, por la Biblioteca [de Azcárate], gente del grupo mas el pobre José Luis Leicea. Y, bueno, nos fascinó Blas de Otero. Por León estuvieron un mes o más. Y anduvimos por ahí con ellos.

—¿Y no continuó esa relación después? Blas de Otero ya debía de ser un poeta conocido…

—Era un poeta conocido, pero con un reconocimiento exterior a lo que hoy entendemos por un reconocimiento oficial… Era un poeta ligeramente maldito y, claro, muy esquinado, sobre todo con la gente que, por decirlo así, estaba a la contra. Después de aquel encuentro no hubo entre nosotros relación de continuidad. Bueno, con Ibarrola sí.

—¿Y con los escritores de Astorga? Gullón, los Panero…
—No… Con Panero realmente no hablé nunca… Yo sostengo en broma la teoría de que lo maté, por algo que ya he contado alguna vez. Lo cierto es que Leopoldo Panero falleció de un ataque fulminante momentos después de fallar un premio que gané yo mismo y en cuya comida Leopoldo bebió lo suyo y se excitó defendiendo mi poema. Mi poema que, deliberadamente, estaba hecho a imagen y semejanza de los suyos. Por eso digo que lo maté yo.

—Se está creando una especie de tópica sobre su poesía. Es un duelo que se repite. Siempre las mismas preguntas y siempre las mismas respuestas. Hay como un pacto tácito en la interlocución. Quizá haya otras cosas que le gustaría abordar y que no han surgido…
—No tengo conciencia de nada de eso. No tengo otras posibilidades de lectura de lo que yo hago que las que podáis tener vosotros.

—Ya, pero nos preguntamos, por ejemplo, si dedicar una vida a la escritura puede ser una forma de locura. En la medida en que trasciende el lenguaje convencional, ¿no habrá en el poeta un sesgo de locura, consecuencia de esa trasgresión? Y lo decimos en el sentido –Castilla del Pino lo apunta– de la locura como forma de existencia, de un proyecto de existencia que acaba siendo la razón de vivir, lo que da sentido a la vida.
—Lo que ocurre con el poeta es que se aparta de lo que pudiéramos llamar, incluso subrayándolo, el “pensamiento razonable”, es decir, el pensamiento discursivo, reflexivo, científico, informativo… Se aparta y viene a él ese otro pensamiento, cargado de sorpresas para él mismo; un pensamiento en cierto modo suscitado por el lenguaje. Yo creo que el impulso generativo es ése: no es el pensamiento el que genera lenguaje, sino que es más bien el lenguaje el que genera pensamiento. En todo caso, colocándome en una posición quizá más segura y prudente, vamos a quedar en que se trata de una generación recíproca. Bien entendido que el lenguaje que se genera de esa particular manera no tiene por qué ser un lenguaje convencionalmente “razonable”….
Estamos dando en hipótesis sobre cómo se forma el pensamiento poético, y ello está en relación con la pregunta vuestra sobre si escribir poesía podría ser una forma de locura. No. Me parece oportuno el razonamiento de Carlos Castilla, que yo digo que conviene precisar un poco más, y quizá de lo que se trata es de que en el poeta aparece un pensamiento que, como os decía antes, no obedece a la norma común del pensar. ¿Y por qué no obedece? Yo pienso que porque ese pensamiento es suscitado por un lenguaje con una carga semántica y con una entidad física –estoy hablando ya de su parte audible– que son imprevisibles y sin función en el lenguaje convencional “razonable”.

—¿Significa eso que el pensamiento poético aparece por casualidad, algo como meter en un cubilete palabras y que estas palabras suscitaran unas significaciones también inesperadas?
—Sí y no. Yo creo que la aparición del lenguaje se da en función de algo que ya hemos mencionado antes, de un pensamiento preexistente del que el poeta no es plenamente consciente. Nadie lo ha dicho mejor que Juan de Yepes: se trata de “un no saber sabiendo”. Por razones que necesitarían un análisis en cada ocasión —y no es el poeta el que tiene que hacerlo— se te imponen unas palabras, y esas palabras, a su vez, son las que crean pensamiento poético consciente. El “no saber sabiendo” a mí me parece que recorre ese camino.

—Apreciamos como constantes dos ejes antagónicos que parecen oponerse en su escritura. Por una parte, una gran fidelidad a la memoria;  por otra, una gran capacidad de corrupción, de corromper lo que se da como consabido, como normativo. Curiosamente, en un aviso que usted hace en Esta luz se lee que un poema se puede volver a considerar, a tachar, a modificar… siempre que pueda volver a abrirse a una causa musical.
—Exacto. Porque en la experiencia nos damos cuenta de que el elemento desencadenante de ese pensamiento está siempre unido a la aparición de la palabra que lleva consigo una causa musical. Esto seguramente no es caprichoso. De alguna manera instintiva, el poeta está advirtiendo si se corresponde o no con lo que quiere decir, incluso no solamente con lo que quiere decir sino con lo que quiere llegar a convertir en pensamiento consciente, que no lo sabe pero lo huele, lo intuye. Y el mecanismo, al menos yo lo entiendo así, lleva siempre consigo un origen que de alguna manera comporta una causa, una razón desencadenante, llámese como se quiera, que es de naturaleza musical.

—Juan Ramón Jiménez decía que el poeta siempre tiene que tener instinto y vigilancia. Claro, el problema es saber cuándo hay que tener instinto y cuándo hay que tener vigilancia, y hasta dónde….
—Si me permitís, yo diría que existen poetas que ponen en marcha el instinto que lleva a no se sabe dónde, y poetas que ejercen su vigilancia en otro momento, como puede ser una ideación previa. A mí me parece que una de las tensiones más serias que lleva consigo el ejercicio de creación es que el instinto y la vigilancia se den simultáneamente. Creo que se tiene que estar en una situación de desconfianza respecto de uno mismo, una especie de autocensura instantánea con independencia de que pueda darse una revisión posterior.

—En su poesía podría detectarse una suerte de esteticismo trágico. En ella, incluso la palabra “belleza” –y usted la define como “un lugar donde no van a parar los cobardes”– es una palabra comprometida… Se tiene entonces, desde muy pronto, la sensación de que el valor del poema, aun participando de un realismo irrebatible, no está en qué se dice, sino en cómo se dice…
—En relación conmigo mismo, esto es totalmente cierto: sí, podría hablarse de un esteticismo trágico. Tal y como hemos hablado de mi vida, en cuanto a su implicación en la escritura supone el traslado a la función estética de un hecho existencial, pues, en fin, no ya mi vida, en sus momentos gratos o ingratos, sino la formación sucesiva, el crecimiento, la madurez de mi pensamiento, han estado connotados por la tragicidad histórica, familiar o personal. Esto no es demasiado original. Ahí tienes la Poética de Aristóteles, en la cual hay un momento que dice: “No hay que buscar en la tragedia otro placer que aquel que le es peculiar”. A mí lo que me interesa de lo que ahí dice Aristóteles es que la tragedia conlleva un placer. Y ese placer es el resultado de una conversión a la estética.

—¿Hay razones para defender algún tipo de poesía en España alejada de la poesía más convencional?
—Hay razones para pensar que en España potencialmente se da una poesía cuya importancia quizá ha sido socavada, sobre todo en los jóvenes, por estos movimientos que hacen fortuna por razones de facilidad. Ahora bien, en todas las edades de poetas que podamos recorrer en este momento en España –desde los poetas de más de 80 años a los que tienen poco más de 20–, yo creo que hay algunos que no han caído nunca en ese bache, en ese realismo fácil, demasiado fácil: Manuel Álvarez Ortega, Luis Feria, Carlos Edmundo de Ory –estoy mirando hacia la gente mayor–… y esto se multiplicaría en número según voy descendiendo en edad. Y parece advertirse en la gente, incluso en la gente muy joven, un aburrimiento en relación con la poesía más o menos figurativa y realista que se ha dado por buena y que no tiene nada que ver con el lenguaje no razonable –descartemos la manoseada palabra “irracional”, por favor– que decíamos antes, y que parece que entendemos que es la poesía, o al menos yo lo entiendo así. Pero hay nombres, sí; haberlos, haylos…

—Parece ser que El cuerpo de los símbolos, sus escritos sobre asuntos poéticos, va a volver a editarse con nuevas incorporaciones.
—El cuerpo de los símbolos, en estos momentos, puede que haya duplicado sus páginas, pero con un perfecto desorden y sin un plan premeditado todavía. Aparecerán algunos capítulos monográficos de poetas como Cernuda, Claudio Rodríguez, pero no muchos. De alguna manera va a estar más centrado en el curso generativo de ese lenguaje no razonable de que antes hablábamos, y simultáneamente se tratará sobre si ese lenguaje no razonable es, también, un arte de la memoria. No creo que vaya a desdecir lo que anteriormente he dicho en El cuerpo de los símbolos, y sin embargo, si hace falta, me desdeciré.

—Es evidente que hay unas señas de identidad comunes con los artistas con los que ha colaborado con cierta habitualidad, y cuyas obras se pudieron ver en la reciente exposición Visión del frío. Como si en algún momento hubiera tenido un mayor y mejor trato con artistas –artistas plásticos, concretamente– que con poetas…. ¿Por qué?
—A mí me parece, aunque no lo digo con mucha seguridad, que en mi escritura hay una cierta abundancia de imaginario con carga visual. Bueno, eso no tiene por qué ser casualidad, dado precisamente que en los quince años en que apenas escribí, mi relación más seria era con pintores. De alguna manera no premeditada, quizá llegamos a unas conclusiones bastante concisas pero que en algo llevaban consigo un fuerte pacto de semejanza, en la medida en que existe un comportamiento de idéntica naturaleza en la manifestación visual, pictórica, y en la manifestación literaria o poética. Durante esos quince años en que yo no escribía, me cargué de sentido y ajusté mi sensibilidad a la relación existente entre lo poético y lo visual, y eso estimuló mi necesidad de ver el pensamiento, para decirlo de una vez.
Pero querría poner un ejemplo de esto: el lenguaje “razonable” y convencional respecto de los objetos de uso tiene un tipo de relación que es diferencial y, sin embargo, y al mismo tiempo es indicador de la naturaleza del lenguaje poético, que sería un lenguaje escultórico, mejor escultórico que pictórico. ¿Por qué? Por la corporeidad, por la “phisis”, por la condición física de la palabra, que aunque también se da en la pintura, está menos clara porque en la pintura aparecen muchos datos que pertenecen al trompe l’oeil, mientras que la escultura es un objeto en el cual las partes, su ocupación del espacio, su configuración, tienen materialmente un ritmo. Y ahí ya estamos emparentando con el carácter, con el origen musical de la palabra poética. La palabra poética es a la escultura como la palabra convencional y “razonable” es al objeto de uso.

—Es que, además, en su escritura poética está muy presente lo corporal; es una escritura llena de sustancias… (El libro de los venenos…) ¿Hay mucha curiosidad suya por los límites de las sensaciones —sobre todo en sus acercamientos al mundo de la química como componente orgánico…— o es simplemente una cuestión tangencial? El hecho de que crea en la química como principio hace aparecer en su poesía el materialismo.

—Creo que no. Pienso que lo que sí se ha dado, y es un hecho real y continuado a lo largo de toda mi vida desde niño, desde muy niño, es la relación diaria con las pastillas. Incluso se convierte en algo que también entra en la vida con un valor aproximado al que pueda tener la comida, el descanso o el placer amoroso. Pero no es que yo tenga una curiosidad personal, real, en mi vida, por experimentar sensaciones en sus límites. Si eso hubiera sido así, yo hubiera entrado más allá, en la droga. Sin embargo, no ha sido así nunca. Pero la cultura de las pastillas está en mi vida. Y, bueno, eso se interioriza y se vuelve hacia causas histórico-literarias; es decir, en mi caso, entra en la ciencia médica arcaica, en la que nombrar una sustancia ya no es una denotación científica, porque se trata de sustancias que ya pertenecen al terreno de la extrañeza. Y cuando digo extrañeza digo que pertenecen a ese lenguaje no razonable del que hablábamos antes. Entonces, la lectura de la ciencia médica arcaica, para mí, está poéticamente vinculada a algo que, sí, pertenece realmente a mi vida, a la pequeña cultura de la pastilla, de las pastillas diarias….

—Pero sí hay una innegable pasión química por los mecanismos orgánicos que se desencadenan en…
—Pero creo que eso pertenece a mi materialismo visionario. Es decir, a la incógnita de la química puesta en relación con la naturaleza, sí, que no llega a ser un hecho practicable.

—Volviendo a las afinidades entre la poesía y la escultura, quizás ello explique esa vocación suya por excavar dentro del poema, como si éste tuviera volumen, para “encontrar otro poema”, como usted ha dicho a veces. Nada mejor para comprender el texto poético como un espacio físico, como una pieza escultórica. A lo mejor lo había pensado así alguna vez…
—Pues no lo había pensado nunca, pero me parece una observación razonable. Yo tengo una seria convicción de la naturaleza física del poema; y esto tiene que ver cn la oralidad. En relación con la audición, la oralidad me parece que tiene una especie de comportamiento volumétrico. ¿Por qué? Porque a la poesía la hemos hecho silenciosa pero nos la tenemos que decir, aquí dentro, en la cabecita. En la pintura, sin embargo, hay una condición, y es que efectivamente la pintura es maravillosamente tramposa, ¿no? Es decir, proporciona al ojo profundidades que no existen, carnalidades que no están… Por ahí andan las cosas. En la oralidad es más perceptible la condición física del poema.

—Eso nos llama la atención, porque hubiéramos apostado a que sería lo contrario, a que sería en todo caso el poema escrito, como una materia visual, lo que pudiera tener una condición física. Pensando en Mallarmé, por ejemplo.
—Esos son los poetas que tienen una concepción visual del poema. Le coup de dés es un poema por el que no he entrado nunca del todo y, sin embargo, el resto de Mallarmé me fascina. ¿Qué ocurre? Sí es cierto que yo trato en la escritura de sugerir silencios, de sugerir interrupciones, de hacer esos escalones… pero es que lo necesito dentro de la compostura rítmica: entre la línea de arriba y la de abajo quiero que exista una ruptura, y que esté separado y junto. O sea, que en todo caso el poema se ha hecho silencioso pero tiene que “sonar” en la cabeza. Y, para mí, el poema como hecho visual, simplemente es una forma de fijación en la cual, si hay algún vaciamiento o alguna compactación que altera la normalidad gráfica, es porque quiero que sea un indicador de que eso existe en su condición oral, aunque, en la práctica, esta sea una oralidad puramente mental.

—¿Quiere decir que es como si existieran dos dimensiones del poema, una oral aunque silenciosa, que es movimiento porque tiene que haber algún tipo de flujos… y frente a ella otra poesía escrita que responde a unos límites condicionantes en cuanto hay que “encajar” el poema en una hoja? A lo mejor, como no queda más remedio que someterse a esos límites, lo que alguien como usted llega a necesitar hacer es mover por dentro al poema, y no solo después de la presunta versión decidida, sino incluso después, una y otra vez en el tiempo, como estar mutando de continuo al poema…
—Es que todas, absolutamente todas las posibilidades de creación estética tienen dimensiones físicas, tienen realidad física. Bien. Esa realidad física yo la advierto con especial claridad en la escultura y en la poesía. Claro, si lo pienso bien, la misma claridad encuentro en la danza, en la música… y en la pintura, donde también se da de una manera plena. Pero, en cierto modo, lo que es valorable físicamente lleva, como os digo, unas añadiduras imaginarias… Habría que establecer un pacto con la pintura. Es posible que haya culturas en las cuales no puedan percibir las sugerencias tridimensionales, o que haya niños que no las pueden ver. Pero, vamos, en el orden de la analogía presencial, la oralidad del poema y la escultura son dos formas muy claras de esa semejanza física.

—Es curioso que, en esa afinidad que excita relaciones físicas entre el poema y la escultura, la oralidad sea precisamente lo invisible…
—… pero es audible…

—Ya, ya, físicamente audible. El ojo trabaja en la pieza escultórica y el oído en la pieza poética.

—Eso es.

—Al hilo de todo esto hay todavía más. En su escritura poética se detecta que operaciones estrictamente mentales –como ‘pensar’ o ‘comprender’– se llevan asimismo a un terreno de relación física: “Yo comprendía / todas las cosas como se comprende / un fruto con la boca, una luz con los ojos”, “entiendo, sin pensar, muchas cosas”. Son versos suyos. Hay, parece ser, una soberanía de lo físico que se lleva a todos los terrenos, incluso al mental o espiritual. Un compromiso material con todo.
—Es que, si no, no adquiere realidad estética, en este caso poética. Yo pienso que soy, mejor o peor, un poeta realista. Pero lo soy, creo, por varias razones. Una, porque construyo una realidad hasta entonces inexistente, que es el poema. Esa es una realidad lingüística y también una realidad intelectual. Bien. En ese sentido, lo que puede ocurrir es que, en cierto modo, mi materialismo sea un materialismo visionario, es decir, están presentes las sustancias, los cuerpos, los sonidos… pero no cumplen las funciones que cumplen fuera de la poesía. En este último caso sí sería un realista del “realismo”. Pero yo creo que más bien soy un realista de la realidad que es el poema en sí mismo. Ciertamente, sé que detrás de cada una de esas palabras hay un recuerdo, un referente que reaparece irreconocible, en ocasiones algo que fue real. Aquí estamos más cerca del realismo que de la realidad. Creo también que hay que distinguir entre materialismo y realismo, no solamente están las desapariciones… Pero sí, hay un realismo que es predominantemente materialista. Hablar de esto se hace complicado para mí. Digamos que por un lado hay una realidad original en el pensamiento poético. Por otro, hay una irrealidad transitoria que es el propio pensamiento poético, el propio acto generativo del poema. Y esa irrealidad transitoria es causa de una nueva realidad. ¿Cual es esa nueva realidad? El poema.
(Y Antonio Gamoneda, en ese momento, coge resueltamente un folio del montón de papeles que se apilan ordenadamente sobre su mesa de trabajo y lee:)
“¿Por qué no? ¿Por qué no ha de llover en las arterias y en el pensamiento, en la penumbra intestinal y en las espinas blancas?”
También está ahí el pensamiento. Y llueve sobre él. No hay por qué hacer de él un mecanismo puramente espiritual. En el pensamiento hay actividad de neurotransmisores, hay funciones que hasta se pueden medir con aparatos… Yo tengo un relativo conocimiento de estos datos físicos, orgánicos, pero luego todo entra en el proceso de la escritura poética, en un campo de irrealidad. Pero si llueve dentro del poema, aunque ahí afuera no llueva, ¿por qué no ha de llover sobre el pensamiento?

—Tocando ahora de nuevo aspectos de sus memorias, Un armario lleno de sombra, esa obra que sacará a la luz en unos meses y que podría ser un libro bastante incómodo, usted ha dicho que hay cosas muy duras y fuertes que se cuentan ahí con nombres y apellidos, relacionables, por ejemplo, con la represión en León, en la época en que Antonio Gamoneda era un niño. ¿No tiene miedo? Porque hay escritores que han pospuesto la publicación de sus libros de memorias o diarios para después de muertos, o dan un plazo largo…
—Las memorias han tenido varias reescrituras. En principio eran una acumulación denotativa de hechos. Ahora he dado en pensar que el pensamiento poético es también una realidad, y entonces, si son memorias, la ausencia del pensamiento poético es lo que puede falsificar las memorias. No puedo ponerme lisamente informativo como yo pensaba en un principio. Ahora creo que están escritas más cerca de cómo puede ser mi escritura normal, que es la única que sé hacer. Preguntáis por el miedo, por el respeto… Bueno, pues mirad: si yo he decidido quitarme los calzoncillos, me los quito a mí y se los quito a los demás también. Es posible que se lo dé leer a algún amigo que pueda decirme si cabe que existan problemas, desde el punto de vista jurídico… y sin embargo…

—Se refiere quizá a aspectos que le puedan causar algún problema legal.
—Sí, pero con problema legal y todo hay cosas que no estoy dispuesto a que desaparezcan de estas memorias. De momento no me lo planteo. Claro que voy a consultar, pero nada más.

—¿Qué tipo de cosas duras o fuertes se cuentan ahí para que puedan herir susceptibilidades?

—Por poner dos ejemplos, la personalización de actos represivos y el estilo pedagógico de las órdenes religiosas, en concreto de los agustinos.

—¡Con la iglesia hemos topado!

—Bueno, mi experiencia está ceñida únicamente a los agustinos, y en concreto al Padre fulano y al Padre mengano.

—Que ni existirán ya…

—Existe la Orden. Yo no he prejuzgado si eso tiene o no problema, y ya digo, con problema y todo, no sé…, muy mal me lo tenían que poner para que renunciase a contar algunas cosas…

—Otra cosa: al hilo de la cita de Marx que encabeza el poema ‘Malos recuerdos’: “La vergüenza es un sentimiento revolucionario”… Usted ha explorado este sentimiento de vergüenza en sus poemas. ¿También lo explora aquí, en sus memorias?
—Por descontado. Lo que ocurre es que doy cuenta de mi propia conducta vergonzosa, pero la reprobación de esa conducta, tanto en mí como en los demás, no está explicitada. Está la conducta y ya es bastante.

—En el poema titulado ‘Malos recuerdos’ cuenta la terrible y cruel actitud de un niño con su perro, el robo de la carta del soldado… Como si esa forma de actuar fuera un hecho más o menos natural en un niño de esa edad…
—Los niños de doce o trece años normalmente son auténticos salvajes. No es el único dato que aparecerá, relativo a la indiferencia ante el acontecimiento lamentable o ante el hecho de que el propio autor es capaz de crear sufrimiento… Es una edad muy jodida. Los chiquillos superan la tutela quizá con trampa, y la superan con malignidad.

—Vamos terminando. Y cambiamos radicalmente de terreno. Querríamos preguntarle por la crítica literaria que se hace en España
—Pienso que hay dos situaciones de la crítica que a su vez son dos categorías y hasta dos modalidades. Hay una crítica oficializada, que en el mejor de los casos es primariamente informativa. Y hay otra que pudiéramos llamar sumergida. Esta suele ser la válida, la que interesa, la que realmente trata de poner en claro y de valorar un segundo grado –digámoslo así– de la realidad poética. Ya decíamos hace un momento que, en mi caso, yo parto, con  frecuencia inconscientemente, de una realidad –normalmente un recuerdo del que puedo no ser consciente– y a partir de ese referente, y a través de una irrealidad transitoria, se ocasiona una nueva realidad: el poema. Pues esa crítica que yo llamo “sumergida”, simplemente porque es más inteligente que la crítica oficializada, es la que trata de llegar a la interpretación y la valoración de esa realidad de segundo grado, que normalmente la crítica oficializada desprecia o ignora.

—Usted, en ese sentido, ha tenido suerte con los críticos…

—Mucha, muchísima, muchísima… El telar lo empezó Miguel Casado, y a partir de ahí habéis ido sumándoos… Y hay otros críticos que, sin que existieran razones de amistad, también se han acercado de una manera aceptable. Pero también he tenido que cargar con la crítica que producen los “oficializados”.

—Y esa crítica “sumergida”, sobre todo el caso concreto de Miguel Casado, ¿le ha alumbrado, le ha ofuscado, le ha aturdido…?¿Ha sacado conclusiones, ha podido influir en su poesía posterior? ¿O no es consciente de ello? En el prólogo de Sílabas negras, por ejemplo, Fernando R. de la Flor apunta que, a partir de cierto momento, lo que pueda ser su obra ya resulta inseparable del corpus crítico que se ha ido generando en paralelo a ella.
—Estoy seguro de que ha influido pero no sé cómo. Yo he pasado a interiorizar una observación de este o del otro, y eso ha entrado a formar parte del totum revolutum que tengo por ahí adentro y que sale no sé cómo. Yo no hago una anotación sistemática y programática de vuestras observaciones pero sé que entran en mí y que funcionan. Hubo circunstancias que se convirtieron en amistad muy pronto… Pero bueno, dejando la amistad a un lado, aunque en el funcionamiento profundo también esté presente, creo que sí, que he tenido mucha suerte.

—En su caso, además, su escritura ha tenido fuera de España una recepción crítica inusitada, muy distinta a la de otros poetas; y mucho más atenta. Hay una atención especial hacia usted cuando va a leer fuera, su obra ha sido abundantemente traducida y estudiada fuera de España. A lo mejor es porque su escritura no pertenece por derecho, ni de manera estrecha, a lo que podemos llamar la tradición canónica del castellano, y así se entiende mejor fuera porque está más cerca de otras escrituras que no son autóctonas. Por otra parte, es evidente que el castellano de su escritura no es castizo. Por poner un ejemplo, Conjuros, de Claudio Rodríguez, tiene que ser muy difícil de traducir, porque ahí aparecen vocablos de proyección ancestral… (¿cómo traducir al alemán lo que son las Águedas?) Su caso, el de la recepción interesada de la escritura de Antonio Gamoneda, es otro. ¿Por qué puede ser? ¿Lo ha pensado alguna vez?
—Es muy posible que todo sea como decís y por eso que decís. Normalmente, en otros países, en los que comparten nuestro idioma y también en otros, sí, cae bien la audición de mis poemas. Y, relativamente, los libros –no hace tanto tiempo que empezó a haber libros míos fuera de España– pues también caen bien. Creo que efectivamente la cosa tiene que ver con que yo funciono con muy pocas palabras, aunque estas palabras puedan llevar consigo significaciones a veces contrarias. Pero eso ya pertenece al azar, al “seguro azar” del poema, a las “diabluras” semánticas de la escritura. Pero, sí, he sido recibido bastante bien por ahí, sí… Yo he tenido la sensación siguiente: en España, tanto leyendo una cosa impresa como en la audición –y en la audición menos, porque funciona mejor…–, hay quizá una reacción de extrañeza ante lo que yo pongo en marcha, ante lo que yo digo, una reacción que no es siempre positiva. Puede llevar a una valoración negativa, que incluso ha resultado predominante. ¿Por qué? Porque estamos dentro del idioma, dentro de unos sistemas informativos, mediáticos, muy poderosos. Y porque mi poesía tiene la “virtud” contraria a la de aquella poesía que es predominantemente informativa o “minirrealista”, como digo yo con mala leche. ¿No ocurrirá en el extranjero que precisamente el margen de incomprensión es al mismo tiempo un margen de confianza?, es decir, ¿no será porque no se ponen a buscar inconvenientes en la receptividad sino que oyen la poesía como la pueden oír los niños? Porque es que… a los niños les lees poesía y se emocionan seriamente. Su grado de comprensión, ¡el mejor!. Ellos aceptan lo extraño y hasta lo incomprensible como algo real y habitual; no tienen consigo prejuicios sobre la verosimilitud, por ejemplo. Una virtud análoga a esa virtud infantil puede darse en la receptividad ligada a otras lenguas. He visto cómo la gente, que comprendía poco o nada de mis palabras, se embarcaba en la rítmica, en la audición pura, y eso les bastaba. Estoy seguro de que la comprensión léxica de las personas que habría en la sala estaría en el 25 por ciento en la mayoría de los casos, en el cero por ciento en otros muchos, y en el 95 por ciento en unos pocos. Y el que suceda eso, esa receptividad desprejuiciada, porque no tienes sabidurías académicas, ni mediáticas, ni has cristalizado una palabra en una significación convenida… eso es lo que les ocurre a los niños; para ellos todo es descubrimiento, descubrimiento incompleto, incomprendido, pero descubrimiento. El poema es antes sensible que inteligible. Puede que sea la menor capacidad de comprensión convencional la que favorece la comprensión no convencional.

—Incluso el no conocimiento de las circunstancias del poema, históricas o sociales, puede dar lugar a que se valore lo que se tiene que valorar, el lenguaje desde la extrañeza, sin más. Aparecerá así algo como una “pureza”, dicha esta palabra con reparos,  precisamente porque no hay un halo de circunstancias conocidas que lo contextualicen.
—No se produce la exigencia de una comunicación convencional y precisa. Es eso. Insisto en que esto mismo es lo que ocurre con los niños.

—Suele dejar sus libros, antes de publicarlos, a leer a algunos amigos. ¿Lo ha hecho siempre?

—A Miguel [Casado], a Ildefonso [Rodríguez], a algún otro… Mi hija Amelia también suele echar un vistazo.

—¿Qué le aportan sus lecturas?
—A veces me aportan problemas… de los cuales yo tomo nota, y de los cuales yo no deduzco con claridad una conducta correctora, pero entran “pa allá” —(dice esto Gamoneda señalando con los dedos los adentros de su cabeza)—. Y cuando trabajo, como os decía antes hablando de la crítica, está eso ahí en una confusión profunda…
(Pausa)
…A la palabra confusión yo le doy un valor muy positivo. Con-fusión. Por ejemplo, en relación con el libro Arden las pérdidas. Miguel Casado lo conoció en una primera versión y yo no advertí más que una cosa: que Miguel Casado se callaba. Por otra parte, yo seguía convencido de que allí había un libro, pero contaba también con ese tópico mío de los poemas que están dentro de los poemas. Lo trabajé seis meses más; buscaba el libro que habría de estar dentro. Cuando Miguel vio la nueva versión me dijo que creía que ese era el libro; y, añadió, “un libro importante”. Eso ocurre, desde hace no mucho, desde que inicié el contacto con todos vosotros… El adelantado fue Miguel Casado, que se presentó un día en mi oficina tratándome de usted. Pero yo antes no tenía a quien enseñar nada… ¡He tenido mucha suerte!

—Hay que verlo también desde el convencimiento de que la poesía no es sólo un hecho personal y privado, sino  que mantiene una interlocución indiscriminada…
—De la misma manera que digo que es un hecho radicalmente subjetivo, digo también que la intersubjetividad a mí me parece que es una manera legítima de funcionar. No sólo legítima, sino productiva.

—Y tiene que ver con compartir ¿no? Esa “profunda compañía” de la que habla en algún poema la está aplicando a una manera de entender la poesía como un hecho social, en el sentido de que es “de todos”, abierta…
—No perjudica a la condición seriamente productiva de la escritura y del pensamiento poético. Cuando se ha producido, y te has apropiado de algo, o te hacen una reflexión, o percibes un silencio, como yo… todo eso te pone a funcionar de otra manera. Hay que distinguirla, claro está, de lo que es plagio deliberado.

    Como si hubiéramos permanecido todo el tiempo ahí, en esa casa desentendida del mundo, ahora salimos por fin del todo. Han pasado meses. La estación es la contraria. La luz y las ropas son otras. Y una vaga sensación de que no hemos culminado necesariamente nada nos acompaña camino del primer bar. Hablar con un poeta de sí mismo, de lo suyo, tiene algo de irresoluble: como preguntarle al monstruo por el laberinto que lo contiene. En el fondo, lo que volvemos a sacar en claro es que la poesía encierra en sí misma la explicación que acabamos buscando lejos de ella. Fuera de eso –por ejemplo en una batería de preguntas como éstas, que fueron saliendo en la casa de Antonio Gamoneda– lo único que se detecta es espesura a pesar de la sinceridad; opacidad a pesar de las grietas y fisuras abiertas por las respuestas para respirar.
Y algo más para quien haya llegado hasta aquí: las respuestas del poeta estuvieron siempre empañadas de un coro importante de gestos, silencios, párpados caídos, dubitaciones y esfuerzos por poner las palabras justas. Todo ello añadió otro tenor imposible de reproducir en la conversación pero necesario de avisar. Fueron como las cáscaras –sustantivas y luminosas– de un curso oral en el que fluidez y atascamiento a menudo se constituyeron en el juego de pesas que acababan por dar un último sentido –de rotundidad o de perplejidad– a cuanto fue alimentando estas sesiones, en las que dominó sobre todo lo demás una transfusión indiscriminada de poesía, amistad y vida. Siempre ha sido así con Antonio Gamoneda.


nº 10 de la revista 'Campo de Agramante'
 

‘ANTONIO GAMONEDA Y LA POÉTICA DEL SUBDESARROLLO ESPAÑOL’, POR FERNANDO R. DE LA FLOR

September 22, 2008
Fernando y Fabio R. de la Flor, en una foto de Luis Felipe
ANTONIO GAMONEDA Y LA POÉTICA
DEL SUBDESARROLLO ESPAÑOL
Por Fernando R. de la Flor
(Universidad de Salamanca)

El concepto de poesía lírica no se agota en la expresión de la subjetividad  a la que el lenguaje presta objetividad.
Th.W. Adorno

   Poesía e historia (inmediata)…, esta vinculación arriesgada campeando en el exergo de una reflexión sobre la extensa obra de Antonio Gamoneda no dudo de que ofrecerá resistencias, incluso parecerá extraña y hasta disparatada, habida cuenta de la figura extremadamente enigmática y destemporalizadora de un poeta que parece reinar altivamente por encima de unos determinados momentos históricos, como si al atravesarlos los hubiera definitivamente anulado, presentándose su obra como el lugar de una conmutación de la referencia exterior, y ello en nombre de una articulación interna más secreta y más poderosa de todo lo que aquella primera pudiera ser o implicar.
   Estas resistencias a admitir una dimensión histórica (y por lo tanto la identidad colectiva) de ciertos discursos crecen en realidad cuando se trata de la poesía de la modernidad en general, y son o parecerán todavía mayores, como digo, en el muy particular caso de una escritura cuyo disposición final es de carácter tan turbulentamente personal como para rechazar cualquier vinculación a un momento o a un período histórico preciso, como la de Antonio Gamoneda. Poeta, por otra parte, no es necesario remarcarlo, que sin embargo atesora la experiencia directamente vivida de cuatro climas históricos, con sus correspondientes cambios de paradigma interpretativo del mundo (Guerra Civil; Posguerra, Transición, Posmodernidad); y poeta que además ha podido alcanzar a vivir en el seno de una de las sociedades más avanzadas del Occidente, en la que más ha penetrado la desmemoria y la cultura del ultraliberalismo en su fase más espectacular y transformativa, habiendo partido de la destrucción generalizada, moral y material, que una (o la) Guerra Civil trae consigo.
Vida política de las palabras
Entonces, nos situamos ante el hecho de esta obra en cuanto monumento de escritura testimonial; es documento histórico. Lo que en ella se documente es el concepto suprapersonal de Edad: son “eras” (mundos de la vida), en realidad, y no edades personales lo que involucra el régimen de la misma, que en este último sentido se presenta como un discurso que sabe coagular los momentos de un imaginario colectivo sometido a cambios y a transformaciones que han resultado ser asombrosas e, incluso, desmedidas.
   El poema pudiera ser así el único y acaso último testimonio viviente de los cambios y metamorfosis de lo político y lo social, algo por lo demás que quedó radicalmente transformado y finalmente olvidado en esta fase “líquida” (Baumann:2002) y “efímera” (Buci-Glucksman:2007) de la modernidad. El poema se convierte en el mejor dominio donde reconstruir una identidad cultural legítima y no pervertida en el que se deposita la más depurada memoria histórica. A través de esta operación, Antonio Gamoneda ha podido inaugurar una relación hasta cierto punto entre nosotros inédita con la historia, según la cual la obra no se presenta como correlato artístico de la vida política de una comunidad –que es, propiamente, la figura que construyó el romanticismo literario–, sino que, en realidad, lo que aquí instrumenta el poema gamonediano es, ciertamente, la emergencia de un desconocido, de una innominada figuración espectral de lo histórico. Una figura anamórfica de la memoria se dibuja; memoria monstruosa y exacerbada en lo espiritual y en lo anímico, que acaba por destronar el correlato objetivo, las narrativas normativizadoras que se habían posado sobre el turbulento pasado, que aquí vuelve con sus poderes disruptivos y desestabilizantes para recibir lo que es históricamente su última formulación en la forma de lo que será la imagen postrera y consumada de aquel tiempo.
   Habitada de síntomas-tiempo, está obra de A.G. –sin mayor precisión en cuanto a libros, épocas o poemas– aparece dotada de los suficientes marcadores temporales que secuenciadamente y en pluralidad de perspectivas y motivos producen las recaídas del discurso en cronotopos específicos, sobre los cuales ya no circula prácticamente información social relevante en lo simbólico, pues, como ha escrito, pongo por caso –pero es un caso cargado de significación–, del 23 f Leopoldo María Panero, de aquello que en su día fuera vértice epocal e instante crítico y “peligroso” (en el sentido jüngeriano) : “Quedó sólo hoy, de aquel 23 f/ la espuma de la boca y de la noche”.  
   Consciente acaso de estas pérdidas, de estos olvidos estructurales al sistema del hoy, aquí el poeta, en cuanto historiador, lo que hace es literalmente “pasar” por su cuerpo lo sido hacia lo que será, logrando entonces crear esa zona de coalescencia de lo intemporal con el tiempo, que Elliot definía como el espacio propio donde opera la poesía. De este modo y en cierto modo, A.G. ha logrado construir una suerte de conciencia del territorio inquietante donde actúa la lógica de la discontinuidad y de la disrupción violenta de los planos históricos, que se presentan ante sí mismos como irreconciliables.
   Esta convocación no es con todo tan abstracta como en sí misma parece, pues ocurre que el texto gamonediano cuaja en una serie de figuras o figuraciones, de las que mantendremos que en sí mismas soportan y conducen el conflicto, funcionando al modo de emblemas epocales. Antes que una sintagmática puesta en funcionamiento para producir cláusulas, el nivel más primitivo que se puede excavar en las tiradas líricas de A.G. saca a la luz una serie de imágenes (imagos) dotadas de una fuerza atávica que responde a una suerte de estatigrafía de los tiempos. Podemos suponer con certeza que en ellas se expresa el acoso de un pasado no resuelto, que clama por su representación.
   Figuras, imágenes, llamémoslas también “fórmulas patéticas” (pathosformel) (Didi-Huberman:2002, 191-203), configuraciones del pathos social, que actúan entonces como verdaderos jeroglíficos temporalizados, cápsulas impresivas que contienen un saber acumulado por el cuerpo social, y que ese mismo cuerpo social puede ahora reconocer en el texto, pasadas o trasplantadas en la palabra poética.
   Figuraciones estas, por otro lado, que los “discursos del cambio” y los ejercicios de desmemoria colectiva en que vino a incurrir la Transición habrían relegado a un completo olvido. Su retorno intempestivo busca el “shock”, la imagen viva del peligro, o, más bien, la imagen peligrosa misma, en la definición que de este tipo de imágenes ha hecho Franco Rella:
La imagen que relampaguea en el momento de peligro, el trauma de la memoria involuntaria, que da al historiador [aquí deberíamos decir: al poeta]  la mirada aguda de la crisis (Rella, 1992: 158)

El poeta alegórico
Nos movemos aquí en el territorio de la alegorización de la historia. En esta breve incursión por los terrenos de la conjunción entre historia y discurso poético (y también crítico) de A.G., desplegaremos la evidencia mayúscula de una escritura enteramente autoconsciente de los momentos epocales en que se construye su tapiz, asentándose así la idea de un juego dialéctico entre el interior hermético de estos versos y la realidad exterior, que cobra un rostro evanescente y espectral. Una facies, acaso “cadavérica”, cuando es invocada por el texto.
   No existe, pensamos, una utópica emancipación del tiempo en aras de una interioridad tan fuertemente poderosa como para prescindir de sus anclajes. En todo caso, no se trata de reflejar lo histórico, antes bien la operación que involucra el lenguaje se apropia de lo histórico, lo funda en un sí mismo y lo constituye, dándolo a leer y abriéndolo a la inspección, situando en el mundo, como objeto coagulado de conocimiento y de un sentir acerca de él, aquello que estaba en trance severo de pérdida.
   Eso por lo que se refiere a los propios espacios de composición de la obra, entenderemos aquí, por lo que pueda valer, y, también, por la otra parte que afecta a su trato con la historicidad, que A.G. es un poeta extremadamente consciente de sus tiempos de recepción, de los momentos en que su voz puede alcanzar a ser oída, y que para nada cumple esa figura que ha podido ser dibujada sobre él en alguna ocasión, según la cual el poeta está instalado de continuo en una discronía, en un tiempo propio, que en poco coincide con los tiempos de efectuación y climas sucesivos que se han ido instalando en el imaginario e inconsciente de nuestra sociedad española y, algo más allá de ella misma, hispánica. En este sentido, su proverbial retraimiento o retracción si bien nos asegura una desconexión con la marcha social, y una más que ambigua relación con las instituciones legitimadoras de la discursividad poética española, en cambio sí posibilita una más inteligente, profunda observación de la misma, y, sobre todo, asegura en el futuro una inscripción más firme. Pues escribir lo histórico no es más que escribir con relieve, con incisión: de nuevo: Lápidas. Siendo estas “lápidas”, sin duda, aquellas en las que el “Otrora encuentra el Ahora”, como escribiera Benjamin.
   Mantendremos, para Gamoneda, una sutil precisión sobre la historicidad de su escritura. Toda obra, todo texto contiene un indicativo histórico que no señala solamente su pertenencia a una determinada época, sino que dice también que llega a su legibilidad en un determinado momento histórico. Esa hora de su legibilidad parece haber llegado, ciertamente (A. Gamoneda; F. R. de la Flor, 2006).
   Según la perspectiva que ahora deseamos adoptar, en realidad pasa con esta escritura todo lo contrario a un desasimiento y una lejanía respecto al tono epocal. Una prueba de esta superior “sintonía histórica” la ofrece el propio devenir de la recepción conquistada en los últimos tiempos. Como la verdad en el relato mitológico, esa obra comparece en cuanto “hija del tiempo”; se revela en el tiempo, o, mejor, en los tiempos: tiempo de efectuación, tiempo de recepción; se abre en la historia, encarna procesos, no sólo evenenciales, como así puede resultar el de la propia Guerra Civil (de la que se alza como peculiar último testigo), sino sobre momentos del imaginario social vinculados a situaciones políticas, de cuya concreción y presencia en el poema daremos alguna prueba en lo que sigue. Si es que no aporta suficiente prueba de todo ello una final, aunque ciertamente muy demorada, colusión entre esta obra poderosa y enigmática y las instancias de legitimación y validación del campo, por un lado, y el mundo de los lectores a que aspira la poesía, de otro. Ahora sucede que, a la altura de 2007, la obra se ajusta a aquellos a los que le estaba destinada y constituían su horizonte de recepción en silenciosos decenios anteriores.
   El poeta es un poeta “situado”, aunque eventualmente esa situación suya no coincida (he ahí su valor último) con el relieve del campo literario, sino con un zeitgeist o espíritu y movimiento profundo de aquellos mismos tiempos, cuya presencia en el poema es siempre sintomática, espectral, disimulada, encubierta. Fiel en lo sustantivo al tiempo y a los tiempos que le ha tocado vivir en su más que plural variabilidad, el poeta podría, en efecto, haberse desmarcado de algo, pero sólo de lo episódico y de lo superficial: llamemos entonces aquí episódico y bastante superficial, en efecto, al relieve y la muy deficiente cartografía de las representaciones al uso del campo literario español, en las que, en efecto, ahí sí, A.G. ha sido durante años la prueba viviente de que, por decirlo en evocación borgiana, el mapa no recubría la totalidad de lo que era el verdadero territorio. Construyendo una posición fuera de campo, revelaba lo que es la deficiente conceptualización a que ha sido tradicionalmente sometido ese campo, y, en realidad, simulacro mismo o maqueta de una situación general del arte verbal que no podía ser controlada por aquellos mismo que pretendían hacerlo.
   Aquella historización y tenor profundo de la voz de Gamoneda que postulamos, juega en realidad sobre un friso de situaciones y un cambio de paradigmas a los que el poeta ha sabido ser especialmente sensible, mientras otros cruzaban umbrales y atravesaban stargates sin percibirlo apenas, y sin alcanzar a forjar de ello representación de autoridad alguna. O, peor que ello, consiguiendo tan vez tan sólo el recaer en una “apelación a la historia que se convierte en un ejercicio retórico, en intertextualidad delirante” (Castro Flórez, 2007:17).
El discurso de la huella
El poeta ha asociado su destino al de antiguos y propios climas. Podríamos decir: ha habitado aquellas atmósferas (letales) y auténticos invernaderos políticos, construyéndose a sí mismo en referencia a su mundo, del que deja testimonio y del que ofrece la masa desordenada de un saber muerto que se presenta en cifras alegóricas. Pues  puede suceder que, como ha escrito Sloterdijk:
Los hombres en términos simbólicos, siguen estando condenados a habitar en edificios antiguos; más aún, siguen viviendo en castillos con espectros, aunque creen residir en los edificios neutros de nuestra época (Sloterdijk, 2005, 86)
 
   El poeta ha marcado miliarmente los giros profundos del imaginario a que ha asistido como un observador en lo que son sus cambios y transformaciones, viviendo intensamente lo que significa estar en la historia, adquiriendo una conciencia orgánica de la misma: lo que equivale a decir forjándose un cuerpo biopolítico desde el cual su voz profunda y gravemente habla, y dice lo social en una de sus modulaciones más graves, simbólicas, enigmáticas.
   Hay una estrategia puesta en marcha por este hombre que vive en el Oeste peninsular: la empresa es la de la producción de su presencia, escandida a lo largo de largos años en los que podemos entender que su deber ha sido salvar el elan vital de los distintos pasados transcurridos, y conducirlos y llevarlos ante las nuevas situaciones por doquier generadas. En último extremo, podemos pensar que se ha tratado de construir y asegurar un lugar de escucha y audición para una voz, ella misma situada históricamente.
   El trabajo o “arte de la memoria” (a ello se refiere A.G. explícitamente) aquí cumplido, no involucra un escenario atemporal e ahistórico donde un yo despliega sus efectos de pura presencia y de inmanente presente del que quiere dejar testimonio, sino que es un “arte político” en cuyo desarrollo el imaginario del pasado todo se ve confrontado a su presente y a su porvenir. De ese choque dialéctico de temporalidades diversas, lo que sobresale es el carácter fatal de lo histórico, ello aliado con una visión cíclica, retentiva que sustrae valores y niega aire y espacio a la illusio de progreso. Si fuera verdad que el poeta ha hecho suyo aquel lema místico, según el cual omnia mea cum me porto, entonces el poema también diría la verdad de una constitución fabulosa de los tiempos, según la cual, y en el sentido agustiniano (recogido luego por Elliot: “In my beginning es my end”), en el presente están los pasados y en el pasado está inscrito el porvenir.
   La historia íntima de la poesía de A.G., para lo que de ella puede resultar al cabo singular y valioso en el espacio público,  pone a andar su reloj en el año 1975. Es en ese espacio decisivo, en ese momento hiperpolítico, cuando el poeta instrumenta un cambio de doble dirección que, si por un lado le aleja y le distingue del resto de trayectorias que por aquel entonces también eclosionan, por otra le hace extremadamente sensible al cambio acontecido, decidiendo que aquella parte del mundo que desaparece debe ser el objeto permanente ya de su canto y de su luto.
   Es obvio, el poeta trabaja con un a priori: el del dolor. La historia se resume en tal palabra. En ella también se encuentra, por cierto, sustantivada la historia misma de la representación occidental, que queda por completo bajo la cubierta de un modelo cristiano de entender el mundo, y que engendra un resentimiento que paraliza, una incapacidad para abrirse al total de lo sensible (donde se hallan enteramente perdidas las huellas del placer y de la felicidad transitoria), y, finalmente, deviene en hábitos melancólicos. La pesadez del mundo y el hecho mismo de su drama gana definitivamente la partida a lo grácil y a lo aéreo que signa la ultramodernidad (Sloterdijk, 2005).
   Renuente al mandato de olvido, como lenitivo y droga terapéutica que tal circunstancia histórica forzó en quienes acompañaban entonces con alegría inconsciente el cambio de edad, el poeta imprime con un punzón firme la inscripción lapidaria de unos tiempos que ya no se volverán a repetir, sino en las representaciones que de ellos mismos se hagan. Los tiempos fuertes del exceso histórico no merecen ser olvidados: los custodia, entre otros pocos y fundamentales ejemplos, el lenguaje forjado como un arma por este caballero de las inactualidades que es A.G.
   Desobediente al eslogan que dictamina que el presente es la referencia esencial de los individuos democráticos, A.G. rehúsa centrarse en esta temporalidad fuerte y modula su despliegue verbal atendiendo más a las llamadas del pasado, mientras en la última fase de su obra, establece una escritura del plazo futuro que se relaciona con el fin y con la emergencia de la muerte, ejecutando así una suerte de bucle que, desde luego, tiene como pulsión vertebradora la acedía, la melancolía.
    La contradanza que todos estos inteligentes movimientos ejecutan se deja leer como eco de una actitud intempestiva, agudamente vitalista. Desencuadrado o desenfocado del campo de maniobras literarias, hasta el punto de haber podido sortear su estabulación en el marco rígido de las generaciones o tendencias, la preocupación y el empleo máximo de este poeta parece ser la vida misma, de la que ha bebido a grandes tragos. Frente a los críticos que lo señalan como un hombre hecho, sobre todo, de palabras y embebido y enfermo de literatura y precedentes más o menos ocultos, hay que decir que su historicidad empieza  a funcionar en cuanto su construcción más poderosa y secreta reposa en un muy propio y singular mundo de la vida y se escande en los modos muy sofisticados de una “producción de la presencia” que le han podido llevar, sin alterar un ápice el programa de su conducta y de su “estar”, desde la opacidad y la desatención que cayeron sobre él en el pasado,  hasta la celebridad misma y la visibilidad absoluta que hoy alcanza.
   Respecto a esto cabe advertir que, aun cuando la hermenéutica de la obra gamonediana tiente sobremanera y en general desafíe a la crítica –especialmente a la generacionista y agrupada que domina en el país–, acaso sea pertinente trazar  algún día lo que ha sido la recepción del poeta en su espacio propio de escucha, considerándolo como lo que en realidad es: un tejido en sí mismo, vale decir, un texto. Leyendo ese texto, que es la historia misma de la recepción de los textos de A.G, se habría dado un paso determinante para la construcción de un saber del campo literario español, de su avatares y de la interacción compleja que domina en él y que se desarrolla en el eje mismo de la historia.     
   Precisamente en ello se inscribe todo lo que es relativo a un modo peculiar del poeta de gestión temporal. Sin precipitarse en una vivencia aguda de la aceleración posmoderna (Kosselleck, 2003), que configura una marca de resistencia de primer orden en nuestro tiempo, de algún modo sometido al principio de no “dar el tiempo” (Derrida), Gamoneda retuvo del principio del transcurrir lo que al cabo mucho importaba de él: su paso, su rarificación, su lentitud, dependiente en todo de los dos espacios que el poeta ha querido conocer y dominar en su fisicidad concreta: el viejo espacio del campo y de la ruralidad, de la que es especialista máximo por cuanto se nos aparece e incluso se nos vela como el más sutil y críptico de sus conocedores, y el de la vida de provincias, sedente y concentrada, a la que propiamente podemos denominar “vida espiritual”, está última abonada por una virtualidad que precisó en lejano día un Azorín, cuando declaraba que en la vida de estas pequeñas ciudades provincianas era el único lugar donde verdaderamente se sentía “vivir la vida”. Haciendo entonces de los escasos habitantes de estas ciudades, que estuvieron en profunda hibernación durante cuarenta años, unos soberanos maestros de vida.
He aquí el significado del rescate histórico de un tiempo depravado y hundido, del que el poeta extrae un concepto a su vez decaído también, el cual opone decididamente a los fulgores y axiologías prácticas de la posmodernidad. Entonces, verdaderamente, la “modernidad velociferina” es acosada por las sombras del tiempo del subdesarrollo.
    De ambas matrices vitales se ha apoderado y hecho suyo en exclusiva el discurso gamonediano, de manera tal que en la época de las megalópolis y de las conurbaciones; en el momento en que se vive en la superficie y piel misma de los acontecimientos, el poeta se alza como testigo único autorizado que habla de lo que subsiste a la experiencia posmoderna, pero que no conforma zona ya alguna de esa experiencia. Postularemos que es el subdesarrollo (Navarro, 2006), su imaginario al completo lo que en ello queda comprometido a encontrar su representación, su figura.
   Allí emerge el “animal”, una figuración de la memoria; el animal como presencia obsesiva e interrogadora que todavía no se retira a sus espacios de cosificación; allí también comparecen el sentimiento de la madre, el del cuerpo encofrado y, dicho en términos unamunianos, del “cuerpo de piedra”, constreñido en sus libidos fundantes, junto a figuras de un arcaísmo cuya mera convocación en nuestros días constituye por sí misma el modo activo de hacer presente la historia, precipitándola a explotar en el seno de una confrontación dialéctica con aquello que ha venido a suplantarla. Vale decir aquí, sólo como elección al acaso, que la figura por Gamoneda convocada de la pobreza (a la que ha dedicado su más importante intervención pública con la concesión del Premio Cervantes), contrasta escandalosamente y disiente con la fertilidad y la plusvalía en el medio de la cual se sitúa hoy una sociedad regida por el bienestar. Entonces, la mera convocación de la escasez y la carencia constitutiva como elemento configurador de la historia española inmediata, y como presencia que ya no se quiere abandonar nunca, cuando se ha disfrutado de la paradójica riqueza que su posesión trae al espíritu conturbado del hombre, resulta ser el mensaje mismo de la obra, la cual juega demiúrgicamente así a contrastar mundos de la vida y hacerlos enfrentarse, preguntándose por su constitución propia y por la gravedad específica que cada uno de ellos representa frente al otro.
Teatro de los tiempos
Teatro de los tiempos…, justamente, en el que las grandes figuras del espíritu ejecutan su danza dialéctica, y en ellas lo que se representa y toma forma en el texto de Gamoneda es el gran enfrentamiento entre dos momentos mayores de la historia, los dos atravesados por el poeta: el subdesarrollo en que se hunde la memoria del pasado, y el pleno desarrollo, la sociedad del bienestar, hacia el que se avanza en el porvenir. Ello marca dos vivencias del tiempo que se situarán en confrontación mutua como fondo del texto: la experiencia de la detención y el estancamiento temporal que el franquismo impuso a las vidas bajo su régimen singular, y, por otro lado, la precipitación y aceleración de nuestro mismo tiempo de ahora, en el seno del cual el poeta actúa como uno de sus agentes más vivaces y comprometidos con su hora de ahora. Antonio Gamoneda introduce estrategias locales y retentivas en el seno de una situación desbordada, en una “modernidad desbordada” (Appadurai, 2001).
   Las dos vivencias condicionan fuertemente el imaginario de la recuperación, generando en A.G. el presentimiento de un desenlace y fin de una trayectoria que asume en cada momento sus tiempos vividos. El esfuerzo y la tensión, si se mide en toda la profundidad histórica de lo atravesado, ha sido mayúscula para llegar al fin donde se ha llegado (aun cuando no estuviera previsto desde luego ese itinerario: “este no es mi lugar, pero he llegado”).  
   La virtualidad de las tiradas líricas del poeta Antonio Gamoneda está enteramente confiada a esa capacidad de que la profundidad de lo convocado se abra paso hasta un presente, donde ni está inscrito y ni siquiera se esperaba tamaña desmesura en la emergencia de un estrato tan hondo. En el mundo de las cosas de las que se ha retirado el calor (Benjamín dixit), he aquí que el poema recarga de electricidad y poder sus figuras centelleantes y lumínicas. Así resulta con la insistencia en una espectografía del dolor, de cuya intensidad acaso desde Leon Bloy no teníamos noticia discursiva, y, en cualquier caso, de la que desde los tiempos de la ascética no habíamos vuelto a tener en esta lengua mayor procesamiento discursivo. Ya se ha insistido críticamente en la aportación que A.G. hace a este campo cuyo retroceso en el imaginario actual es, quizá, el acontecimiento mayor en una cultura ya definitivamente orientada hacia el placer, el hedonismo y el espectáculo. Asociado al dolor, nos interesa más, por inquietante, lo que podríamos definir como los “paisajes de la culpa”, estos son consustancialmente históricos, están vinculados a vivencias existenciales, y se extienden por todo un registro de representaciones generacionales traumatizadas por la cultura del subdesarrollo y de la guerra. Más en concreto, el asunto afecta a la vida moral e intelectual bajo el totalitarismo (y valga en este caso la apostilla de totalitarismo “franquista”), y puede traducirse, como hizo Jaspers cuando abordó el tema, como “responsabilidad”. Al hacer presente todo eso, el propio texto se convierte en una llamada comprometida, en  un peligro –que muchos sortearon– , acaso también en un veneno, materializando expresivamente el dictum de Cioran: “Por encima de todo, un libro debe constituir un peligro”. La incomplacencia con el “yo” poético. Su, llamémosle, “cuestionamiento” es una peculiaridad absoluta del discurso gamonediano, que autoinflexiona sobre sí con el objeto de juzgarse en cuanto construido por el propio mundo de referencia.
   Es, entonces, esta perspectiva de profunda dialéctica temporal, la que nos parecen ser el secreto todo del efecto de sorpresa y novedad que la textura gamonediana nos ofrece en esta hora abastecida enteramente de otras figuraciones y de un bien poblado inconsciente social, donde reina ahora el hedonismo y la distracción generalizada, y donde un paso más allá de ello los sujetos se des-responsabilizan (a menudo por la vía rápida de una fácil condena generalista) de los valores que rigen y determinan la situación de mundo en cuyo centro anidan. Así, frente a la proliferación de voces autoritarias que parecen conocer el mundo, y que sobre él proyectan su propia potencia de definición y de captura y presa autosatisfecha, haciendo exhibición de su “experiencia” (de mundo); frente a las operaciones del conocimiento que revela lo presente y presta certezas de futuro, el poeta en León utiliza una suerte de impotencial, que no teniendo expresión propia en las lenguas europeas llena sin embargo sus desarrollos verbales de la precisa connotación de que algo en efecto se está realizando, pero que su realización conduce –y en ello está inscrito– su propio fracaso y empresa de deshacimiento. La experiencia de la radical pobreza y del hombre mismo como ser-de–carencia inscribe esta textualidad en un ciclo mayor de la historia nacional, aquel sumido en unas condiciones de subdesarrollo que determinan y condicionan el imaginario del poeta Antonio Gamoneda.
Verdaderamente: Intra historia  –podríamos versionar– nulla salutem.

Bibliografía
Arjon APPADURAI, La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Buenos Aires, Acis, 2001.
Zygmunt BAUMAN, La modernidad líquida. Buenos Aires, FCE, 2002.
Christinne BUCI-GLUCKSMAN, Estética de lo efímero. Madrid, Arena Libros, 2007.
Fernando CASTRO FLÓREZ, Sainetes. Y otros desafueros del arte contemporáneo. Madrid, Cendeac, 2007.
Jacques DERRIDA, Dar (el) tiempo. Barcelona, Paidós, 1995.
George DIDI-HUBERMAN, L´Image survivante. Histoire de l´art et temps des fantômes selon Aby Warburg. París, Minuit, 2002.
Amelia GAMONEDA; Fernando R. DE LA FLOR (eds.), Antonio Gamoneda, Sílabas negras. Salamanca, Universidad, 2006.
René KOSELLECK, Aceleración, prognosis y secularización. Valencia, Pretextos, 2003.
Vincenç NAVARRO, El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias. Barcelona, Anagrama, 2006.
Peter SLOTERDIJK, Derrida, un egipcio. Buenos Aires, Amorrortu, 2006.
Peter SLOTERDIJK, Esferas. III. Madrid, Siruela, 2005.
Franco RELLA, El silencio y las palabras: el pensamiento en tiempo de crisis. Barcelona, Paidós, 1992.

 
 Artículo publicado en la revista Ínsula, 736 (2008), 8-10.

‘Clío le inspira’, un artículo de FERNANDO R. DE LA FLOR

 

CLÍO LE INSPIRA
Por FERNANDO R. DE LA FLOR

Mundos de la vida
Reivindicaremos en lo que sigue aquello que habitualmente permanece consignado como un “afuera” del texto, y que se considera sin trascendencia excesiva para él. El “giro contextual” (1) nos advierte de la necesidad de reconstruir los contextos y mundos de vida que condicionaron decisivamente la producción de la acción  comunicativa, eventualmente, incluso, cuando se trata de ese acto de habla gratuito y fuera (aparentemente) de situación determinada que pasa por ser la poesía.
    En efecto,  historia y poesía no parece que hayan caminado de la mano, y sin embargo, a los efectos de la consideración de la potente obra de Antonio Gamoneda, aventuraremos la hipótesis de que la fuerza toda, la que podemos llamar elocutiva y la perlocutiva; la que determina al propio poeta a escribir y la que él mismo logra desencadenar con sus palabras en el espacio psicoactivo propio de su recepción, se encuentran inspiradas, en este caso sui generis, por Clío, y reciben de esta musa de la historia, que teje los relatos de las comunidades humanas en su devenir por el tiempo, toda su energeia.   
    El peso propio de lo que es histórico que abre en Gamoneda las vías de la escritura, procede y mana de unos tiempos que sin exageración alguna podemos conceptualizar como dotados de una hondura propiamente trágica. “Tiempos de España” cuya convocación espectralizada aproxima su presencia a la de ese emblema dinámico del ángel de las postrimerías, presa de un doble movimiento contradictorio, según el cual se ingresa en el futuro con la vista puesta en un pretérito difícilmente redimible. Vencido a consecuencia del peso del pasado y del estigma histórico que signa la catástrofe ya ocurrida, es así como el poema se abre paso ciegamente hacia el porvenir que lo absorbe, espantado por la enormidad en que se sustantiva la vivencia de todo lo acaecido.   
    En este que es el caso que querría traer a consideración, como en tantas otras cosas, el poeta que nos ocupa parece haber viajado a redropelo de su tiempo, ejecutando el programa de un proceso que parece haber sido inspirado en el héroe trágico Odiseo, pues que ha debido ser gobernado por los principios de la prudencia, el silencio y  un cierto exilio de cada una de sus condiciones epocales. Esto produce el primer cuadro general de una diferencia siempre orgullosamente mantenida: en medio de la algarabía post-democrática, Antonio Gamoneda permaneció callado y sumido en sus trabajos de alquimia y tiempo; cuando las voces se han ido poco a poco conmutando, y hasta se diría que apagándose, confundidas y enfrentadas, ese es el momento gamonediano por excelencia en la que puede advertirse que el tenor profundo de su voz estuvo siempre allí, circulando subterráneamente y alimentando el discurso del castellano; presentándose así Antonio Gamoneda como uno de esos maestros en la retención temporal –“animal de memoria”–, y en uno de los responsables en haber evitado entonces que todo cayera en la banalidad y en la proliferación exclusiva de un gay trinar, que celebrando el futuro por llegar hubiera de verdad acabado con toda la estructura del recuerdo.
  En el momento en que se diría que todo lo profundo había quedado proscrito, y que el pensamiento trágico ya no es de manera ninguna el modo en que se apresa la imagen de una actualidad fugaz y desdramatizada, la certeza de lo contrario se instala en las tiradas líricas  del Libro del frío (2), e iluminará, sin duda también, los espacios circunscritos por un “armario lleno de sombra”, en el momento preciso en que éste texto tan rigurosamente comprometido con lo pasado aparezca. Y observemos si se quiere, pero ello ya en un nivel de puro contraste de los significantes, que es, precisamente, en el caso del primero de los libros evocados,  cuando el “frío” (la metáfora ideal para el estado de carencia y necesidad humana) ya nos abandona y la sociedad “caliente” del mimo y de las esferas protectoras (3) nos encapsula y defiende, creándonos un clima artificial sin extremosidades donde desarrollar nuestra vida en el “invernadero” en que se ha convertido este “primer mundo” occidental; es entonces cuando Gamoneda se alza precisamente con una “memoria del frío” que, en efecto, viene directamente del pasado, como un soplo que congela los sueños felices mantenidos bajo constelaciones amables y de claro matiz hedonista y alienado (4), advirtiendo acaso sobre el sentido final de una historia que, en buena medida, como querían los barrocos, es la historia del padecimiento humano.
    Sólo como un conocedor obsesivo y minucioso de los paradigmas que rigen hoy el imaginario actual y determinan la vida toda del presente –cosa que el poeta por otra parte niega serlo–,  es posible que se haya podido construir esta poderosa escritura como un bastión resistente de la profundidad de la lengua y de los alcances y territorios que se pueden cubrir (todavía) con ella, tanto en la operación que rescata la vivencia pasadista en el fulgor de un “ahora”, como en la propensión a inscribir una suerte de “historia del futuro” (5), del que por otra parte ya nadie más tampoco se ocupa, en la medida misma en que el presente se ha hecho “absoluto”.
    El retraimiento y la retracción de tal obra y la remisión que en ella misma se efectúa este movimiento a contrario, imponiéndose como una necesidad a partir del 75, es un ejemplo de lo que significa medir en profundidad ese mismo momento histórico, y evidencia como sin esa capacidad lectora –y casi se diría que contemplativa– del momento general que se vive no se puede aspirar a dirigirse a comunidad alguna. En el tiempo de las emergencias y de la diafanías; en el tiempo abierto por fin de la era post-franquista, cuando todo fueron desopilaciones, el poeta calla, se enroca, cifra su texto, resistiéndose al mandato generalizado de extraversión y de olvido, momento por aquel entonces en el que las personalidades de los sobrevivientes se obligaron a reconstruirse en términos de tabula rasa.
La escritura del trauma
Veamos más de cerca todo ello, y comencemos a hacer cobrar relevancia a las fechas que, me parece, no son en modo alguno despreciables, pues en torno a ellas se organizan cambios de climas, modificaciones de paradigmas cognitivos, metamorfosis sensacionales en los mundos de vida,
    Atado a un concepto profundo de cambio histórico en el seno del maëlstrom transicional, parece bastante evidente que sólo fue Gamoneda –acompañado en esto de no más, en cualquier caso,  de una decena de productores simbólicos en los diversos espacios de representación– quien   se preocupó de un asunto grave y esencial por aquel ya lejano año de 1975, aquél que habrá de bascular ya para siempre sobre el imaginario nacional, y que es un elemento simbólico que ha devenido clave en el desarrollarse de una propia historia española.
    Acudiendo a una metáfora que debe tener implicaciones evidentes con nuestro presente, los años de la Transición se cubrieron olvidando las fosas abiertas y las trincheras todavía no cerradas por la maleza (6). Nadie se preguntaba entonces por el destino inconcluso de todo ello, salvo, de nuevo aquí el poeta obstinado que apareció entonces guiado por la estrella de la redención (7). Se trata de un impulso profundamente turbulento, según el cual se busca la redención del pasado en el presente, y para lo que el mecanismo alegórico rehabilitado en la modernidad crítica ofrecía sus figuras historiales (8), pues, en efecto, la alegoría es tiempo sometido a un proceso de extraordinaria condensación y desplazamiento, y en aquella, como advirtiera Paul de Man, “el tiempo es la categoría originaria constitutiva”.
    Siempre dentro, pensamos, de una órbita cristiana, en aquellos primeros años profundamente desconcertantes, Antonio Gamoneda se ató a su tarea retentiva; aplicándose piadosamente a visitar las tumbas de lo que había sido y había tenido su destino trágico en la historia. Tumbas, es preciso el decirlo, que aparecían como inscritas en su corazón, que se había guardado durante todo ese tiempo en posición de duelo (9). El gran historiador francés, Michelet, decía que “cada época sueña la futura”. Para el caso de Antonio Gamoneda valdría decir que se instala en cada nueva época con tal deje de extrañeza que la conduce inevitablemente “a soñar la anterior”. La vivencia del tiempo gamonediano se deja circunscribir por el concepto elaborado por Henri Bergson de “duración”, pues, en efecto, desde el punto de vista de esta duración, el pasado no es, nunca, lo abandonado y perdido, sino lo que en todo caso coexiste con el presente y conforma finalmente aquello mismo a lo que el presente da cauce y expresión (10). En definitiva, el presente no es más que el lugar de emergencia de las fuerzas disruptivas y desintegradotas del pasado que vienen a desequilibrarlo, y, en cierto modo, también a arrastrarlo hacia su evidencia.
    Desatendido de las alegrías un poco superficiales que traían los nuevos vientos, en días decisivos de cambios de paradigmas y constelaciones, el poeta no quiso ponerse de cara al sol para saludar los nuevos días, sino que se hizo la pregunta benjaminiana por el destino que había recibido el dolor, sintiendo la huella de todo lo desaparecido y levantando su lápida consolativa en la mejor tradición elegíaca hispana. Dentro de ella, la entonación religiosa que le sería propia parece reconstruida por lo que dice respecto a ninguna esperanza y a ninguna salvación retentiva. Como escribe un poeta de otra generación, por el que A.G. siempre sintió afecto, Aníbal Núñez. En efecto:

No haya Edén (11).
    El horizonte utópico de la Modernidad, que antes había sido mesiánico, en la era de la metafísica, se revela en cuanto característicamente hundido ya en la nueva posición de vida a la que llamamos posmodernidad (12). Se hace cierto un aserto de Michel Certau, el pensador cristiano para el que, a la zaga en esto del otro gran teórico del dolor, Leon Bloy (13), el auténtico desciframiento de la historia sólo le está reservado a unos pocos “seres de dolor” (14).
    Gamoneda construye la historia desde ese mismo punto articulatorio y verdadero a priori de la experiencia humana que fue el dolor. Hay en ello un gesto de sometimiento a una tradición occidental bien fundamentada. Esta es la tradición que ha revalorizado un efímero melancólico que puede ser leído como spleen, desasosiego, fastidio universal, melancolía, acedía… (15). Este situarse abiertamente  en el lado del deshacimiento, constituye un grave inconveniente, que no conviene minusvalorar, como señalamos en su día (16), y ello para la presente y futura instalación y escucha de Antonio Gamoneda. Frente a ese dolor, que es instrumento de conocimiento preferido por el autor, se alza, por lo menos desde los tiempos de Nietzsche, un amor y fascinación hacia lo mismo efímero; un culto y celebración de la impermanencia que resulta aceptada, y cuya estética (que deviene “estética de lo efímero” (17)) se impone como última elaboración del espíritu humano, orientado hacia su ingravidez, y su despegue de todo lo oscuro, pesado y trascendente (18). Es este el terreno dialéctico verdadero donde pensamos hay que situar la obra del poeta en confrontación con los discursos fuertes de este su tiempo y el nuestro. Pues no todo, ciertamente en un poeta, es pensamiento que puede tener un desarrollo triunfal y que pueda valer para la comunidad en escucha. Por el contrario la obra, en ocasiones quizá como esta, se hace cauce de un pensamiento de la inviabilidad y se obstina por consiguiente en enfrentarse al régimen de lectura de mundo de cualquier futuro previsible.
    En todo caso, la deploración de Gamoneda, en el momento en que se alzó con fuerza en el contexto del año 1975, llegaba, una vez más, justo a tiempo con su cita con la historia. Con ese gesto, que por momentos de aquellos años pudo ser entendido y visto como único y singular y propio de él, entró ya en la historia de las representaciones de la historia. Sin su testimonio, todo se habría perdido un poco más. Superando la Guerra Civil, pasando por encima de los años del Franquismo, Antonio Gamoneda, podemos decirlo hoy, pareció comprender en lo profundo el giro epocal que su mundo y el mundo en general daba, concibiendo su misión entonces de un modo inusual como profética e histórica. Para él, articular históricamente el pasado y sus pasados no significaba, como significa para el historiador plano, el tratar de conocerlo como verdaderamente ha sido, sino el adueñarse de su recuerdo, el hacerlo suyo en la vivencia diferida de una memoria (19). Hoy, cuando volvemos a esas fosas (y habrá que recordar aquí que las fosas son siempre todas las fosas; la legión interminable de los muertos que son siempre todos los muertos), y cuando hoy volvemos también a esos tiempos fuertes  para comprobar que en ellos  ni están cerradas ni han sido simbólicamente saldadas todas las cuentas (20), comprendemos mejor desde esa meseta o perspectiva adquirida el sentido de este canto nada enigmático tomado en la perspectiva correcta.
    Canto que nos estaba destinado en una suerte de prolepsis, o, más bien de prognosis (21), figuras de la anticipación, por un maestro en el dominio de los tiempos verbales, que no sólo conjura el pasado sino que sabe también inscribir en él los futuros en los que éste está llamado a comparecer finalmente, y donde, por cierto ha terminado por encontrarnos y nos alcanza. Un maestro, cabe decirlo como colofón final, cuyo ejercicio supone el conservar en el lenguaje y para el lenguaje las grandes modificaciones de un tiempo convulso. Es evidente. La escritura gamonediana funciona activando un vector de corrección historiográfica; de remisión a un punto ciego de la historia, podríamos decir. Se produce el apresamiento psíquico de un momento único que se condensa en la forma de una invocación que trata de abrir el secreto que guardan los tiempos, que acaso no sea otro que el de su coalescencia. Retrospección, retracción, invocación… (“mi hábito es la retracción”, escribirá el poeta), estos son los vocabularios con que opera este arqueólogo a partir del quicio epocal que se abre en el año 1975.
    Pero definamos ya por último la última de las operaciones históricas, aquella circunvolución mediante la cual empuja a la escena del presente un invitado indeseado del que hoy nadie habla. Presencia esta a la que de nuevo con su gesto, la resitúa en perspectiva histórica introduciéndola en el imaginario epocal del que podría pensarse que había sido a poco desalojada (22). Acostumbrados a sus determinaciones intempestivas que violentamente desencajan las puertas de los tiempos, cabe decir aquí también que su pregunta por la muerte resulta intempestiva, y viene a suponer, acudiendo ahora al título mismo de un libro de poemas de un amigo de Antonio Gamoneda, una suerte de “amenaza en la fiesta” (23), una grave corrección al espíritu de una época dominada por la narcosis de todo dolor (24).
    Esta figura de autoridad no parece rendirse fácilmente al mandato de los tiempos que han cursado la orden de desplazamiento y de fuera de campo de todo aquello que no es la inmanencia del puro vivir. No se resigna a colocar de nuevo un happy end también ahora sobre el sentimiento de trascendencia, y sobre todo aquello que rebasa con mucho lo mundano. Cuando existimos la muerte no existe, y cuando existe la muerte nosotros ya no estamos, se dice tranquilizadoramente. Pero la muerte es, antes que cualquier otra cosa, una figura de prolepsis, y se puede afirmar de ella que su experiencia precisamente sólo la pueden alcanzar los vivos, sólo los vivos saben de la muerte; sólo los vivos tienen la memoria de la muerte (“Me moriré en París un día de aguacero”: Vallejo). Mas ese saber es hoy un saber censurado (25) y la penetración en su esfera sólo se hace bajo presupuestos de una gran truculencia.
    En lo que son sus versos más vivos, e incluso en el climax de su apoteosis personal y en el momento mismo en que se puede afirmar que Gamoneda es dueño de todos los recursos de vida, su extremosidad le lleva a firmar los dobles caminos por los cuales la libido afirma obstinadamente la muerte en medio de la vida e, incluso, la vida se confirma a sí misma en cuanto desarrollada en los territorios próximos de la muerte. A ello da cauce su último trabajo, en donde, por decirlo así, se reconstruye un horizonte de espera del acontecimiento mayúsculo.
    Así se entona el poema verdadero de la desobediencia a la doxa de la época, y entrada en cuestión intempestiva, donde se descubre que es, precisamente, el saber de la muerte  y la penetración sin ambages en el territorio de la destrudo la que al cabo alcance las representaciones más pregnantes de la vida, y que los potenciales que tiene el hombre de fantasía y liberación se conquistan a través de ese pasaje por el saber oscuro, cuya memoria histórica cela este guardián del frío y custodio de las nieves de nuestras vidas.
    Así la herencia recibida del castellano ascético y mesetario entra en tromba en consideraciones de nuevo intempestivas, fuera de la hora, y por eso mismo abierta y explícitamente históricas. Efectivamente, la perdición final es el arco de clave de la historia, aquello que pudo convertirse en materia reflexiva central de la cultura literaria de la Edad de Oro. No es nada ajeno al tapiz de la propia lengua en que Gamoneda se escribe y se inscribe, este saber cierto del fin sin finalidad.
    Digamos algo último ante la emergencia de este espectro coagulado de la historia que penetra en la forma de esqueleto, o donde la historia misma adquiere un rostro, una facies cadavérica. Desde los pentasílabos teresianos (“Nada te espante/ nada te turbe/ todo se pasa”), la lección de muerte es lección de vida y de ubicación en el theatrum vitae. Las cosas avanzan, en efecto, hacia su perdición; evocarla, aunque pueda parecer intempestivo, no es precisamente realizar un gesto atemporal, un intento de salirse de un sí mismo o, peor, de un contexto social. Aquí, como en Gracián, ello remarca la importancia misma del recorrido, el camino cubierto hasta el lugar de ese terminus, que cobra entonces todo su relieve, toda su intensidad.
    Que ese camino se realice con plena consciencia, también con autorizada voluntad y por la propia senda autodeterminada y libre, es el horizonte que cabe. Y ese horizonte y esa misma finalidad sin finalidad es la tarea de la dimensión histórica que cree estar cumpliendo este poeta cuando entre las multitud de los que también caminan se alza para animarles, dirigiéndose a ellos con palabras fuertes y sentenciosas de cauterio (26), y acaso, también, de oscuro consuelo.
 
 Artículo publicado en la revista República de las Letras, 104 (2007), 75-81.

Notas al artículo ‘Clío le inspira’

  (1) Como modelo hermenéutico para hacer preguntas a los documentos textuales que ha puesto en circulación un Quentin Skinner, el historiador que recientemente más ha hecho hincapié en la necesidad de reconstruir los contextos en los que se producen los “actos de habla”. Véase Enrique Bocardo (ed.), El giro contextual. Cinco ensayos de Quentin Skinner y seis comentarios. Madrid, Tecnos, 2007.
  (2) Primera edición: Madrid, Siruela, 1992.
  (3) Sigo aquí las evidencias que sobre el bienestar de la actual sociedad occidental opulenta –denominada como sociedad del “mimo” y de la cobertura protectiva– ha puesto de relieve Peter Sloterdijk, sobre todo en la fase final de su retablo conceptual Esferas. III. Madrid, Siruela, 2005.
  (4) Ello tiene en estos días una corroboración que podría parecer anecdótica. Los arquitectos Emilio Muñón y Luis Mansilla, creadores del Museo de Arte Contemporáneo en León (reciente Premio Mies Van der Rohe), han podido decir de su edificio posmoderno que ha insuflado la contemporaneidad en la vieja ciudad castellana: “El MUSAC ha llevado optimismo. León es una ciudad en marcha. Allí casi ya no hace frío (El País, 27 abril 2007, 54. El subrayado es mío)
  (5) Véase el gran título que refleja esta construcción paradójica en Antonio Vieira, Historia del futuro.
  (6) Ello configura una “memoria de los olvidados”, ahora revisada por Emilio Silva et alt, La memoria de los olvidados. Un debate sobre el silencio de la represión franquista. Valladolid, Ámbito, 2003.
  (7) Sobre esta “redención” como un concepto esencial en el mapa cognitivo de una Europa que debemos colocar en la perspectiva de haber nacido a la luz después de su gran Guerra Civil (1914-1945), Franz Rosenzweig, La estrella de la redención. Salamanca, Sígueme, 1997.  
  (8) Una operación realizada singularmente por Walter Benjamín. Sobre ello, véase Juan Varo Zafra, “La rehabilitación de la alegoría: Walter Benjamín”, en Alegoría y metafísica. Granada, Universidad, 2007, 601-607.
  (9) Posición de duelo que es por su propia naturaleza una posición histórica, el realizar de un duelo por la historia transcurrida. Sobre ello puede verse el libro de Enrique Ocaña, El duelo de la historia. Valencia, Pretextos, 2000.
  (10) Véase Henri Bergson, Memoria y vida. Madrid, Alianza, 1977
  (11) En Primavera soluble. Fernando R. de la Flor (ed.). Salamanca, Diputación, 2003.
  (12) Jürgen Habermas se ha ocupado de definir esta caída de la utopía como el rasgo ultramoderno por naturaleza. Véase Textos y contextos. Barcelona, Ariel, 1996.
  (13) Véase Albert Béguin, Leon Bloy, místico del dolor. México, FCE, 2003.
  (14) Michel Certau, La fábula mística. Madrid, Siruela, 2006, 34.
  (15) Para esta tradición, véase ahora mi libro La era melancólica. Figuras del imaginario barroco. Palma de Mallorca, Juan de Olañeta, 2007.
  (16) Ello en Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor (eds), Sílabas negras. Salamanca, Universidad, 2007.  
  (17) Véase Christine Buci-Gluksmann, Estética de lo efímero. Madrid, Alianza, Arena Libros, 2007.
  (18) Esta apertura es la que instrumenta una nueva filosofía, en contra del viejo pensamiento trascendente y esencialista,  y está en la actualidad representada en Peter Sloterdijk, Esferas. Madrid, Siruela, 1999–2006, y por Clement Rosset, La fuerza mayor. Notas sobre Nietzsche y Cioran. Madrid, Acuarela, 2002.  
  (19) Esta comprensión sutil de lo temporal, ha sido recientemente articulada para ciertos espacios plásticos del Antiguo Régimen por Didi Huberman, Ante el tiempo. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005.
  (20) Cuyo recuerdo, en todo caso, no deja de arrastrar una clara problematicidad, parcialmente ahora abordada, para el caso de los crímenes nazis, por Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria. Barcelona, Paidós, 2000: “Debemos permanecer alerta para que nada pueda apartarnos del presente”, ha escrito ahí el lingüista.
  (21) Para cualquier aproximación a estos conceptos, será útil ver: Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización. Valencia, Pre-textos, 2003.
  (22) En este último paso viene, pues, a reconciliarse lo que José Manuel Cuesta Abad (“De yerbas secretas”, Espacio/Espaço, 23-24 (2004), 88-90) ha denominado componentes “radicales” de la poesía de AG: un pasado histórico, una memoria personal y, finalmente, la experiencia de la muerte.
  (23) Me refiero al libro de Tomás Sánchez Santiago, Amenaza en la fiesta, publicada en el año 1979.
  (24) Véase el libro de Enrique Ocaña, Sobre el dolor. Valencia, Pre-Textos, 1997.
  (25) Ver de Vladimir Jankelevitch, La muerte. Valencia, Pre-Textos, 1997.
  (26) La sentenciosidad, tan emparentada con la marcha de la filosofía española clásica, ha sido puesta de relieve, para el caso Gamoneda, por Miguel Casado, “Cifras arden en los ojos: historia de una mirada”, en Un ángel más, 2 (1987), 157.

‘El Manifiesto ya no es razonable’, una tribuna de opinión de Antonio Gamoneda en el diario EL PAÍS

July 8, 2008

 ILUSTRACIÓN DE HERBER LONGÁS para EL PAÍS

TRIBUNA: ANTONIO GAMONEDA

 

"EL MANIFIESTO YA NO ES RAZONABLE" 

Aunque el documento por la lengua común, que reclama reformas para defender el castellano, es razonable en su literalidad, lo han averiado los ideólogos y la política enmascarada

 

 (PUBLICADO EL 30 DE JUNIO DE 2008 en EL PAÍS)

- - -

Excepción en mis costumbres. Hoy, día canicular, quiero asomar mi opinión —y las modulaciones que puedan haberse producido en ella— al balconaje, también de la opinión, pero pública. Me gustaría que este asomo (cursiva para la polisemia) fuese breve, pero no, no voy a conseguirlo, ya que se dará acompañado de numerosos entrecomillados que llevarán en cercanía alguna admiración o extrañeza.

El Mundo, siendo el 26 de junio, dedica el 50% de su primera página al inicio de un artículo cuya negrita titular en cuerpo respetable dice: "Grandes nombres de la cultura se suman al Manifiesto (sic para la eme mayúscula) del castellano", y, encima de los titulares, va un mosaico de cabezas, cuatro con cuatro, que, visto de izquierda a derecha, otorga el primer lugar a la mía, aun siendo (y esto es referencia al texto que sigue) más "insignes" las cabezas que suceden a la que a mí me concierne. Bien puede tratarse de un sinmotivo, de un casual, pero no sé, no sé…

Comienza la letra normal citando el Manifiesto y diciendo: "A los escritores y académicos que impulsaron la iniciativa junto a Fernando Savater, se sumaron ayer insignes (cursiva mía) nombres como el del poeta Antonio Gamoneda…". Siguen otros, más claramente insignes, como digo.

Continúa el artículo en la pág. 12, que empieza así: "Asturiano de nacimiento, aunque leonés de adopción, Antonio Gamoneda ha sido reivindicado en diversas ocasiones por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, como su poeta favorito". Y añade recogiendo correctamente mis palabras: "Me resulta una iniciativa razonable (el manifiesto) siempre que haya también un respeto implícito a las lenguas cooficiales".

En esta misma pág. 12, con letra grandecita en el subtítulo y negrita en una mancheta amarilla (nadie vea en el dato cromático raras intenciones, que la mancheta es de verdad amarilla), vuelvo a aparecer (otras dos veces, ya digo) encabezando listados.

Retrocedo a la pág. 3 y veo más negrita titular, en articulillo sin firma y con aire de editorial menor. Dice el titular: "El mundo de la cultura defiende el castellano". Bajo por la columna y leo en Times normal (no estoy seguro; pudiera no ser Times ni normal): "… y escritores de la talla de Delibes, Brines, Pérez Reverte o Gamoneda —este último poeta de cabecera del presidente Zapatero— se suman…". ¡Vaya por Dios!, ahora el último. ¿A santo de qué? ¿Tendrá que ver esta "santidad" con la presidencia?

Abandono la ironía. Es cierto, yo no se lo he oído pero sí me lo han dicho, que el Sr. Rodríguez Zapatero ha hablado alguna vez de mí con elogio. Tiene mi agradecimiento por ello, pero no a causa de su condición presidencial, sino como lector que me valora.

Por la casual concordancia de los hechos, voy a dejar dicho que, en dos ocasiones (y de una de ellas es testigo el Rey de España), doña Esperanza Aguirre me ha dicho: "¿Sabes que eres el poeta preferido de Aznar?". Dado que no tengo por qué dudar de la veracidad de doña Esperanza, yo se lo agradezco al Sr. Aznar por idénticas razones que al Sr. Rodríguez Zapatero.

Y, ahora, me pregunto: El Mundo del 26, en sus págs. 1, 12 y 3, ¿estará diciendo "bajo solapa" que incluso alguien —y está claro que "alguien" soy yo— que tiene cierta deuda de gratitud con Zapatero, se ve obligado a mostrarse desafecto con la voluntad política del jefe del Ejecutivo y cabeza del PSOE? Luego, la implícita ("bajo solapa") explicación (fatalidad lingüística: tengo que concordar lo "implícito" con lo "explícito"): ese "alguien" juzga que, ante la cerrazón democrática presidencial, hasta él tiene que etc.

La conexión reiterada de mi nombre con el del presidente es políticamente tendenciosa, aunque el articulillo de la 3 diga que "… estamos ante una reivindicación transversal (?), en absoluto ideológica".

La página prosigue afirmando que la ministra de Educación "insistió ayer en cerrar los ojos a la evidencia" y "trató de sacudirse el problema (…) asegurando que el manifiesto puede alimentar ‘una batalla política’. Pero al Gobierno no se le invita a la guerra, sino a que dé la cara (…), y yerra si quiere dar un portazo al clamor social sólo con palabrería".

Srs. de El Mundo: tienen ustedes el derecho —constitucional, creo— a manifestarse según estos entrecomillados, pero, su caricatura del Ejecutivo, ¿de verdad es (no es) "en absoluto ideológica?". No hablo del manifiesto sino del uso que Vds. hacen de él.

Ahora, un inciso que, personalmente, me es necesario: yo no estoy contra Vds. Tengo —pero prácticamente no mantengo— algún recuerdo de que acogieron expresiones, insultantes o casi, referidas a mi persona o escritura, pero lo mismo ocurre con el medio que publica este texto y, desde mi carácter y mi lejanía provinciana, ¡pelillos a la mar! Prosigo.

Voy a la pág. 4 y, a la izquierda (es un decir), el texto de "Comentarios liberales" cuelga de unos titulares que dicen: "El simio crítico". Es la columna del Sr. Jiménez Losantos (apellidos emblemáticos, cierto) que, en un alarde de "humanismo" (¿liberal?), parafrasea un libro de Octavio Paz preguntándose: "¿Respetarían más en Cataluña, Baleares, Galicia o el País Vasco el derecho de los padres a escolarizar en español (sic) a sus hijos si se declaran simios lingüísticos? No tengo duda alguna". Comentaré esta "perla" en plan suave y abstracto: la "materia política" puede declarar lo que es, en el corte vejatorio de una mueca que se le escapa.

Abajo y a la derecha, El Mundo pone en la página sus titulares a una simple carta al director: "Es el momento de defender el castellano". (Cursiva mía). En la simple carta al director (sé que el periódico no se responsabiliza etc., aunque las recoja y priorice), se dice: "Ha llegado el momento de luchar". (Cursiva mía).

Veo El Mundo en el también canicular día 27, y, otra vez en pág. 3, sin firma, tras hablar recio sobre la vicepresidenta De la Vega (insisto: El Mundo tiene derecho a etc.), se dice que "El gobierno tiene dos opciones: seguir fingiendo que el problema no existe o encararlo con medidas concretas". Y añade: "No desistiremos hasta lograr lo segundo".

"Desistir" de qué. ¿De una acción "en absoluto ideológica", expresión, esta, perfeccionada, por la afirmación de que "es evidente que estamos (cursiva mía) ante una reivindicación transversal", y por brincos conceptuales que, dentro del magma envolvente del manifiesto, resultan prodigiosos? Pienso que lo más prodigioso sería encontrar claridad y no encontrar astucia política en este laberinto sin ventanas visibles (puede que, invisibles, existan) con marco moral y abiertas a la lógica.

La persistencia de El Mundo en mostrar al Gobierno de España como responsable del "problema de las personas"; la persistencia en no contemplar los componentes históricos y culturales, consuetudinarios y heredables, ¿es o no es una operación ideológica y, por tanto, una maniobra política?

En la pág. 4 del mismo día 27, el Sr. J. L., desde su columna y mirando al pasado, se refiere a "lo que me decían entonces Savater, Javier Marías y otras criaturas del aire paisoso" (cursivas mías), reconfortándose, tras dos líneas, con "lo mucho que, afortunadamente, ha cambiado Savater …", y añadiendo misteriosamente que "el sectarismo progre, base de la legitimación de la política histórica discriminatoria, sigue incólume". ¿Será pues, pienso, el sectarismo progre y no el Gobierno el responsable del desaguisado?

Pero lo portentoso incompresible es la opinión que sigue a "incólume": "Peor aún: sigue imperando (el sectarismo progre, está claro) hasta en los manifiestos que combaten esa discriminación". (Cursiva mía).

Tras otra alusión a los "simios" de difícil interpretación, advierte el Sr. J. L., con desconsuelo, que "La Lengua Común ha sido convertida automáticamente en ‘lengua castellana’ o ‘castellano’. Y no sólo en EL PAÍS, que podría tomarse como arteria para llevar a portada la causa por la que a algunos viene linchándonos la jauría prisaica desde hace décadas". Y añade: "Hasta los medios más antiprogres han perpetrado ese cambio…". No tengo clave para este lenguaje; hago las citas a causa, precisamente, del atractivo de su impenetrabilidad. Impenetrabilidad para mí, quiero decir.

Algo más arriba, el Sr. J. L. deja "a otros menos machacados (’menos machacados’, se supone, que el Sr. J. L.) el estudio de la preponderancia izquierdista y la genuflexión (empiezo a notarme genuflexo, con lo mal que tengo la rodilla derecha) ante la izquierda de los distintos manifiestos en defensa de la libertad lingüística (…), desde el primero, el de los 2.300, hasta este último". (Cursiva mía).

No entiendo, pero cito porque me resulta hipnótico. ¿Qué mosca me habrá picado?, ¿el tse-tse, creador de sueños amarillos, o la tarántula visionaria, que el propio Kratevas Rizotomo, servidor venéfico de Mitrídates, mantenía en respeto?

Dije y digo que el manifiesto era razonable. En su literalidad lo sigue siendo, pero ya no en sus potencias. Lo ha desconcertado la política enmascarada. Así que, Srs. ideólogos de El Mundo, su Manifiesto ha sufrido seria avería en sus propias manos. Lo siento, pero tengo que rectificar: NO. El manifiesto ya no es razonable.

Antonio Gamoneda

Get free blog up and running in minutes with Blogsome | Theme designs available here