Sobre ‘Un armario lleno de sombra’, por ERNESTO ESCAPA

November 24, 2009

FUEGO AMIGO / Por ERNESTO ESCAPA

dedicatoria de Gamoneda para Galaxia Gutenberg

UN ARMARIO LLENO DE SOMBRA

El Cervantes Gamoneda reconstruye su memoria de la infancia
en los años más hirientes y oscuros de la posguerra leonesa

Hace un cuarto de siglo, el Premio Castilla y León de las Letras situó con acierto a Gamoneda entre el fundacional Delibes y el esencial Claudio Rodríguez. Después de varios libros y premios de renombre, dos décadas más tarde el Cervantes señaló a este autor de obra singular, cuya dicción no se parece a ninguna otra. Sin duda, uno de los grandes poetas del siglo veinte. Quizá por eso, y también por elección, su camino hasta aquí no ha sido fácil, sino todo lo contrario. Al cabo de medio siglo de ejercicio de un elevado oficio poético, cuando sonaron las trompetas del Cervantes su nombre todavía no figuraba en las páginas amarillas de los informativos. Luego los ha frecuentado más por traspiés funerarios con colegas que por el eco de una obra que ha seguido creciendo.    

Durante años, Gamoneda, hoy valorado como el mejor poeta póstumo de la generación del medio siglo, fue autor de un único libro. Digo póstumo porque su residencia en la provincia lo excluyó de las alineaciones del grupo, severamente sometido al péndulo de Barcelona y Madrid. El tropiezo con la censura en los sesenta de ‘Blues castellano’, lo había depositado en aquella sabia contención, después de unas laureadas mocedades de lírico floral, cuando el éxito le obligó a repartir estipendios con un sosias, que acudía a los festejos, declamaba los versos, bailaba con la reina y le protegía las neuronas del bochorno. La revelación de ‘Descripción de la mentira’, que fue el hito poético de la transición, lo convirtió en un autor exento y sin cuadrilla, cuya salmodia sobresale entre tantas poéticas intercambiables.  

‘Un armario lleno de sombra’ repasa la infancia del poeta, un tiempo menesteroso acuciado por los estragos de la penuria. Su vecindad en los arrabales de la derrota, el espectáculo de las recuas de presos, la postración a que obliga el disimulo de la supervivencia. Por supuesto, fluyen por estas páginas personajes y escenarios muy presentes en la memoria de León. La visita al interior de San Marcos con el guardia Quirino, la crueldad del sádico Navas, los paseos, la arrogancia de los nazis de la Legión Cóndor y sus alardes en la ciudad sumisa. Pero el tumulto de los recuerdos se decanta en una prosa trabada con destellos de belleza perturbadora. No es el recreo del lírico, sino el relato implacable de una conciencia maltrecha. 

ERNESTO ESCAPA

19 de Junio: Presentación en Valladolid de ‘Un armario lleno de sombra’

June 17, 2009

 En la imagen, Antonio Gamoneda cuando era un niño. © Fotografía del archivo de la familia

VIERNES, 19 DE JUNIO.
A las 20 horas.

Presentación de las memorias de ANTONIO GAMONEDA:

‘Un armario lleno de sombra’

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En la Fundación Segundo y Santiago Montes.

C/ Núñez de Arce, 9. Valladolid.

Estarán Antonio Gamoneda y Jorge Praga,
que actuará como presentador.

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(En la imagen, Antonio Gamoneda cuando era un niño.
© Fotografía del archivo de la familia)

Crece la ficha de Gamoneda en la wikipedia…

May 19, 2009

 http://farogamoneda.blogsome.com/images/150px-Antonio_Gamoneda_por_Amelia.jpg

… de la mano de Julio Mas Alcaraz,
con la ayuda de Amelia Gamoneda.

ANTONIO GAMONEDA en la Wikipedia,
con una completa bibliografía:
en español y en inglés.

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Presentación de ‘Un armario lleno de sombra’

Gamoneda en una fotografía de Diego Sinova

Sobre la presentación, ayer lunes (18 de mayo),
de ‘Un armario lleno de sombra’

En El Mundo

En El País

En ADN/Efe

 

Las memorias, de la mano de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores

May 15, 2009

http://farogamoneda.blogsome.com/images/1%20Gamo%20portada.jpg

Gamoneda publica sus esperadas memorias:
‘Un armario lleno de sombra’,
donde relata sin paliativos su infancia

«Escribí mis memorias para reencontrarme con el pequeño canalla que fui»

Una entrevista de VERÓNICA VIÑAS (haz click:)
en Diario de León.

 

Las memorias, grapadas y entregadas

January 22, 2009
Gamoneda finaliza sus memorias:
«Ya las he grapado y entregado»

Gamoneda y Sorel
[Antonio Gamoneda y Andrés Sorel,
durante la sesión del Foro Quevedo desarrollado el martes,
20 de enero, en San Marcos. Foto de RAMIRO
]

Por EMILIO GANCEDO
(En Diario de León)
El Foro Periodístico Quevedo dedicó ayer su segundo debate a analizar la significación literaria y la íntima relación con León del premio Cervantes Antonio Gamoneda. Junto al escritor Andrés Sorel, el catedrático y crítico literario José Enrique Martínez y el presidente de la Asociación de Periodistas de León, Francisco J. Martínez Carrión, Antonio Gamoneda confirmó que ya había puesto punto y final a unas muy esperadas memorias de sugestivo título, ‘Un armario lleno de sombras’. «Ya están grapadas y enviadas a mi agente —aseguró—. No sé si se publicarán en dos meses o seis, pero ahí están».

El encuentro, que tuvo lugar en el Hostal de San Marcos, sirvió también para dar a conocer la aparición del libro ‘Iluminaciones. Antonio Gamoneda’, del secretario de la Asociación Colegial de Escritores de España, Andrés Sorel. Una biografía íntima que «radiografía» la historia humana del poeta y de la ciudad de León como espacio en la que ésta se desarrolla, en palabras de Martínez Carrión. No obstante, este libro tendrá su correspondiente presentación en sociedad dentro de algunas semanas.

Del mismo modo que se dijo de Shakespeare, abrió el fuego Sorel con una afirmación categórica: «Es un hombre de su tiempo, que es lo mismo que decir que es un hombre de todos los tiempos», un creador que, como Kafka, se adelanta a su tiempo mostrando e «intuyendo», más que sabiendo, la «verdad de su tiempo» e incluso de los «tiempos por venir». Y es que escribiendo ‘Iluminaciones’, Sorel llegó a la comprensión no sólo de lo que ocurrió en aquellos oscuros años de posguerra en los que al niño Gamoneda, viendo los camiones y vagones cargados de presos, «se le posó en la boca el sabor del óxido», sino también lo que sucedió en su ciudad natal, Segovia, «y en toda España». «Explicándose a sí mismo, explica la época que le tocó vivir», recordó.

Por su parte, el catedrático y crítico literario del Diario, José Enrique Martínez, no dudó en calificar de «espléndido» el libro de Sorel, sobre todo por su capacidad de «recrear los preámbulos de la guerra civil en León a través de la mirada asombrada de un niño». Una «huella» que permanecerá para siempre en la memoria del autor del ‘Libro del frío’ y que está magníficamente contada por Andrés Sorel, quien también muestra en ‘Iluminaciones’ una ciudad «cuyo panorama cultural era un desierto».

Gamoneda y Sorel. La foto es de J.M. López, publicada en La Crónica de LeonFue el propio Gamoneda quien cerró el acto recordando que la «poesía ornamental» no le interesa en absoluto, sino que le interesa la que «intensifica la vida» y tiene «voluntad de potenciar el lenguaje». También quiso dejar claro que la obra ‘Extravío en la luz’ no es un poemario suyo como tal, pues, además de sus seis poemas, hay textos de su hija y veinte grabados de Juan Carlos Mestre.

Una esvástica en la casa donde el poeta pasó su niñez en León

Antonio Gamoneda pidió ayer que no sea borrada, al menos durante un tiempo, la esvástica pintada sobre la placa conmemorativa que el Ayuntamiento había instalado en la casa en la que el poeta pasó su niñez, «para que quede constancia de que aún hay seres en los que anida el rencor y la crueldad del fascismo». «Todavía hay gente capaz de significar su existencia trazando cruces gamadas», lamentó el escritor. La placa con uno de sus versos había sido colocada en la fachada de la casa donde residió, el número 6 de la calle Doctor Fleming, (León) y hace alusión a los presos que veía pasar camino de San Marcos. «No vi regresar a muchos, quizás a ninguno», dijo. «Aún hoy, cercanos a nosotros, minoritarios espero, existen hombres y mujeres cuyo entendimiento de la vida lleva consigo la sinrazón, la crueldad histórica, el entendimiento antidemocrático y antisocial que caracterizaba el nazismo y fascismo», expresó.

Andrés Sorel revela en un libro ‘lo más íntimo de Gamoneda’

December 5, 2008
Andrés Sorel, en León, 2008
Andrés Sorel
Lo más íntimo de Gamoneda

Agencia EFE (4-12-2008)

Durante todo un año, a caballo entre Madrid y León, Andrés Sorel ha buceado en la vida de Gamoneda, e incluso en las memorias que éste tiene escritas y aún sin publicar, para revelar lo más íntimo del poeta en un libro, Iluminaciones. Antonio Gamoneda, que se presentará en enero próximo.

Sorel, autor prolífico y secretario general de la Asociación de Escritores de España, ha comentado hoy que el propio Gamoneda ya conoce el trabajo y está entusiasmado: “no sé si soy yo o me has inventado, pero en todo caso me has interpretado como yo no me interpreto”, le dijo Gamoneda al terminar de leer el texto.

“Pasarían muchos años antes de que lograra comprender las razones que obligaban a los trenes, determinados trenes, a detenerse en aquel lugar; interpretar las causas que los impedían alcanzar su término, la estación de León, situada a un centenar de metros de distancia. Eran trenes cargados de presos”. Así se inicia el primer capítulo del libro, titulado Trenes, en el que revela las dramáticas vivencias de un niño que residía junto a la estación y contemplaba la llegada de los detenidos que pasaban bajo el balcón de su casa hacia el campo de concentración de San Marcos.

Alternando sus escritos con conversaciones y poesías de Gamoneda, Sorel se adentra en el autor a través de diez epígrafes: Trenes, Madrugadas, Lecturas, Amores, Poesía, Nieves, Tristezas, Palabras, Pobreza y La Nada, última de las partes y “la más dolorosa porque nos acerca inexorablemente a la muerte”, ha dicho Sorel.

El libro le ha llevado un año de trabajo, con estancias en León, conversaciones en León y Madrid, “y hasta un viajecillo juntos en tren hasta Boñar, donde nos encontramos con Julio Llamazares, a quien también se cita en el texto”, ha añadido.

“He querido recoger lo que fue su ámbito vital, por eso he insistido en conocer León en la guerra y la posguerra. He consultado archivos de 1936 y hasta un libro de quien fue presidente de la Diputación y alcalde circunstancial de León al poco de estallar la lucha, unas memorias transcritas a mano que me dejó su nieta…”, continúa.

El autor ha investigado sobre los compañeros que colaboraron con Gamoneda en los años 50 en la resistencia antifranquista, que más le influyeron y que en su mayoría terminaron de forma dura; a uno de ellos le llama “el hombre de la nieve”, quien dio lugar a un “poema terrorífico”. Tambien he recogido datos de otro responsable del Partido Comunista en la Renfe de León, y del que conseguí en Madrid algunos más que Gamoneda desconocía, porque era una época de clandestinidad”, ha manifestado.

El recorrido por la obra y las circunstancias vitales del poeta, se enriquece también con la lectura de las memorias, aún inéditas, del propio Gamoneda: “Ha hecho lo que no hace ningún escritor y lo digo como homenaje, y fue dejarme las memorias que él tiene escritas y que se publicarán el año que viene, para que yo utilizara…y  me han servicio mucho”, ha afirmado Sorel.

Para el autor, el poeta se halla en plenitud creativa, tras dos años de parón impuesto por las circunstancias del Premio Cervantes: “Ha vuelto a escribir y desde su viaje a Chiapas tiene numerosos poemas… sigue activo y sigue siendo un poeta extraordinario, con la poseía quizá más existencial y más reflejo de su concepto de la vida, y con un lenguaje propio y profundo”.

Recientemente, aconsejado por su propia hija, Gamoneda ha renunciado a un viaje de dos meses por diez países de América, donde se le iban a dar una serie de homenajes. “Y él lo ha hecho para seguir acabando su obra”, ha dicho Sorel.

“El poeta sigue siendo sencillo, humilde y amigo de la gente, tanto como hace muchos años. El Cervantes le ha llevado dos años de un lado para otro, pero otra vez esta recuperando el ritmo”, ha concluido.

Entrevista con Gamoneda en ‘Campo de Agramante’: “En la poesía es el lenguaje el que genera pensamiento”

October 23, 2008

 Gamoneda en el nº 10 de la revista 'Campo de Agramante'

ANTONIO GAMONEDA:
"EN LA POESÍA ES EL LENGUAJE EL QUE GENERA PENSAMIENTO"

UNA CONVERSACIÓN LARGA Y CON PAUSAS SOBRE SU POESÍA
— - —

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO y ELOÍSA OTERO
(Entrevista publicada en la revista Campo de Agramante.
Nº 10. Cádiz, Otoño-Invierno de 2008)
Si todo escritor es ya un espacio en sí mismo –un espacio alzado y acotado con palabras–, hablar del espacio real donde se desenvuelve la vida habitual de Antonio Gamoneda se hace aún más obligado, en especial cuando se ha conocido su casa, a un paso de la propia catedral de León pero con una vocación claustral que deja al visitante una sensación definitiva de apartamiento, de insólita lejanía que pone al exterior menos inmediato y de espaldas, y que encaja muy bien con esa voluntad personal de retiro, de “retracción”, a la que tantas veces se ha referido el poeta. Y es que una vez abierta la estrecha puerta verde y traspasado el pequeño patio –casi un imprevisible estanque de cemento con una pequeña lágrima de arriates, un microcosmos vegetal y la majestad de un árbol caballero, un lauroceraso, que se asoma a la calle por encima de la tapia– pareciera que se ha evaporado por ensalmo el ritmo de afuera para entrar en otra clave vital, la de quien nunca se dejó sujetar del todo por las supuestas obligaciones civiles de un poeta de ciudad. O “un poeta de barrio”, como él mismo ha querido decir más de una vez. Todo sigue, pues, ahí afuera a la mano, sí, pero ya tan lejos…
Esta es la crónica de una entrevista discontinua, un si-es-no-es de hilván frágil, una conversación llena de poros, abierta y enterrada entre sucesos –viajes, ausencias, desencuentros de fechas– que no ayudaban a terminarla fácilmente. Como la propia escritura de Gamoneda, se hizo necesario revisar más de una vez lo recogido en las grabadoras para de nuevo reacomodarlo, imantarlo en el presente. Todo comenzó a finales de julio y sólo se acabó de resolver totalmente en diciembre. Ya este juego de desajustes —la luz, el frío, los propios avatares del entretanto, los nuevos episodios viajeros contados como divertimentos que rompían cualquier gravedad— ha hecho que todo se inunde de cierta irrealidad. Escuchar en la grabadora a las puertas del invierno una algarabía de aves y campanas alborotadas del verano contribuyó asimismo a ello.

La primera mañana pactada para esta entrevista fue luminosa y con pellizcos de frescura en el aire gordo de julio. No parecía día propicio para conversar con el autor de Libro del frío. Estábamos entonces en el corazón del verano, y a medida que la mañana atravesaba la ciudad la temperatura se haría más bravía y casi insoportable en la primera hora de la tarde incluso aquí, en León.
En la planta baja de la casa del poeta se mantiene flotando durante el día esa penumbra aceitunada que todo lo deja entrevisto, como si la vida se comportara allí con una cualidad permanente de difumino, un difumino que confronta el pasado con el presente, lo memorable y lo actual, batido todo por un humo mínimo pero que pone a raya cualquier diferencia entre lo invisible y lo visible. Igual que ocurre en la poesía del habitante, donde todo lo que pasó una vez sigue sucediendo entre tormentas interiores.
Desde el arranque de la escalera se suceden en batería cuadros en la pared (Barjola, Vargas, Guerrero, Agulló, Faik Husein, Tàpies, Arcadio Blasco, Chillida, Mestre, Mieres, Pedrero…) y piezas sueltas de cerámica. Luego vienen los libros, que subrayan el espacio donde el escritor suele trabajar, curiosamente un espacio abierto y entre dos sitios, un lugar casi de paso que no hace pensar en el esperado despacho del escritor arrellanado y lleno de estabilidad –“puedo escribir casi en cualquier sitio: en medio de un viaje, en los hoteles, en el tren, por ejemplo…, se me da bien esa especie de urgencia, de provisionalidad a la hora de escribir poesía…”.
De modo que la penumbra, el sopor y el silencio, sólo acuchillado de cuando en cuando por los obreros que en el exterior trabajan estrepitosamente, imponen ese día cierto carácter conventual al ambiente. Pero se nos comenta cómo desde hace algún tiempo hay más perturbación en la vida habitualmente morosa de esta casa. Los reclamos obligados tras los reconocimientos –el Premio Reina Sofía, el Premio Cervantes–, el trasiego casi encadenado de cámaras, flases, visitas, entrevistas… Antes de empezar esta inicial conversación, sostenida a lo largo de la mañana y buena parte de esa tarde de finales de julio, le preguntamos a él, que resistió en la ciudad y en la poesía como otro desaparecido tanto tiempo, si ahora le asusta tanta subordinación mediática, tanta “concentración de visibilidad”.

—No me he dicho a mí mismo nunca la palabra ‘asustado’, pero ahora que la decís vosotros, algo hay de ello. Eso sí: me he sentido muy cansado, muy fatigado, y con una seria esperanza de que, bueno, de que esto ha de ser transitorio y de que cuando termine voy a volver a esta casa y a los papeles, a seguir escribiendo como antes… hasta que vosotros mismos, mis amigos, me digáis que hay que parar…. Así que asustado del todo no, porque como no he acabado de aceptar nunca que todo esto me haya sucedido, me digo que no tengo más remedio que someterme a ello pero que me retiro en cuanto pueda… En fin, sí, tengo confianza en que la vida ha de volver a normalizarse para mí.

—Comencemos hablando de su infancia, esa época a la que usted se ha entregado con decisión introspectiva en Un armario lleno de sombra, título provisional de sus memorias. Usted aprende a leer –ya se ha contado muchas veces–  en el único libro de poemas de su padre, de título casi premonitorio: Otra más alta vida. Qué curioso: parece que alude a eso que usted ha buscado luego: más justicia, más dignidad para las personas… otra más alta vida, sí.
—En todo caso, yo no he sido consciente de ello nunca. Como tampoco creo que haya resabios de otro tipo en mi escritura relacionados con ese libro de poemas de mi padre. Yo llegué a ese libro para aprender a leer. Era ya, quizá, el otoño de 1936. Las escuelas –la mía entre ellas– estaban casi todas cerradas. La depuración del magisterio, ¿comprendéis? El aprendizaje debió de ser duro, sobre todo para las personas a las que acosaba con mis preguntas. Para mi madre, principalmente, que era la que me había dado el único libro que había en casa. Pero la circunstancia se volvió en favor mío: el arduo conocimiento de los signos de la escritura se produjo al mismo tiempo que, incomprendida pero perturbadoramente sensible, se dio mi primera experiencia poética. He dicho incomprendida: sí, yo no me preguntaba ni preguntaba por las significaciones; había descubierto una causa musical en las palabras y esto proporcionaba un sentido a lo que no comprendía. Las cosas eran, más o menos, así. Creo que aquella reunión de circunstancias me marcó para los restos.

—¿Podemos pensar en cierta huella de esa escritura paterna en la suya o en alguna intervención posterior deliberada sobre esos textos, como ocurre ciertas veces en su escritura?
—No; el libro me descubrió la poesía, pero, salvo en intentos de escritura preadolescentes, que no conservo, no creo que haya un rebrote de ese libro de mi padre en mi escritura posterior. La verdad es que hay una enorme distancia en el orden del contexto, en el espacio que rodeaba la propia biografía y la poesía de mi padre. Es cierto que hay ciertas similitudes vitales entre ambos (mi padre conoció también la pobreza, la escasez) pero histórica y culturalmente hemos transitado por espacios muy distintos, lo que hace muy difícil una proximidad en la que pudiéramos llamar escritura consciente.

— Y después de ese libro, ¿qué otras lecturas de primera hora hubo?
—Recuerdo bien cuál fue el segundo libro que leí. Vino de la mano de mi primera maestra, digámoslo así, una vecina, doña Marina, que hacía de profesora particular mía. Era maestra jubilada, y me regaló las Rimas y Leyendas de Bécquer, publicadas en la colección “Ebro”, entonces tan popular. Yo creo que, al margen de que me impresionara o no esa lectura, me pasó algo parecido a lo que ocurrió con el libro de mi padre. Es decir, advertí el poder musical y el particular tono de aquella escritura, y, teniendo yo, como tenía, cuatro años más, advertía que el de Bécquer no era el lenguaje de las conversaciones, pero me desconcertaba mucho menos la, digamos, semántica, que, por otra parte –y esta es lógicamente una estimación del presente– no deja de ser bastante convencional. El que sí fue decisivo fue el tercer libro, del que también me acuerdo bien. Era la Segunda Antología Poética de Juan Ramón Jiménez, en la colección “Universal”. Hay una anécdota curiosa que puedo contar. Cuando fui a buscarlo a una primera librería, el dueño no me lo quiso vender. Me dijo, bien lo recuerdo, que no entendía qué hacía yo leyendo a un escritor de la anti-España como Juan Ramón. Y me quiso endosar otro, de preceptiva moral o algo así. Fui entonces a otra librería, la de “Pastrana”, regentada por un fraile exclaustrado y con otro ánimo bien distinto; aquel hombre no sólo me despachó el libro sin remilgos sino que me lo regaló después de hacerme leer un poema en voz alta. Fue el primer poema que me oí a mí mismo. Yo tenía entonces trece años.

—¿Y antes? Tuvo que haber lecturas espontáneas. Al fin y al cabo, usted es un autodidacta, un escritor formado a sí mismo y un lector curioso que buscaría por su cuenta lecturas o se las encontraría.
—Con independencia de los libros propios de las clases que recibía, tuve uno titulado Lecciones de cosas, mas alguna enciclopedia y –esta por vía de préstamo– la colección completa de los fascículos con las aventuras de Dick Turpin.

—Literatura didáctica y literatura de evasión… Una infancia lectora convencional, ¿no?

—No del todo. También recuerdo que entre aquella marabunta de gente más o menos desafecta que se refugiaba en casa de mi madrina como consecuencia de la guerra, alguien –una mujer, portera de una casa de vecinos de Madrid– traía consigo una de aquellas lecturas tremebundas que se titulaba Los mártires del adulterio, que yo me leí enterita a mis ocho años. Y luego había aquellas revistas y periódicos de la época, claro: “Flechas y Pelayos”, “Chicos” y, en otra clave, algunos números de “El frailazo”, una revista anticlerical que me proporcionó otro de los refugiados en nuestra casa, un hombre que había estado en un campo de concentración; yo leía aquello muy en secreto para que mi madre no se enterara. Este, con otras lecturas “menores” (Doc Savage, Bill Barnes, el Zorro, la Sombra…) es el relleno fundamental de mis lecturas de infancia junto a los tres libros de poesía que ya he citado.

—La infancia son también los amigos. Y hay uno especial, que aún vive y con el que sigue usted manteniendo una relación cercana, casi cotidiana… El otro día fue quien leyó unas palabras en la inauguración de la exposición Visión del frío que se le ha dedicado con motivo de la concesión del Premio Cervantes.
—Os referís a Pablo de la Varga, claro. Pablo tuvo desde muy pronto cierta ascendencia natural sobre mí, seguramente por llevarme un año y pico. Éramos muy amigos y juntos llevábamos a cabo pequeñas aventuras: apedreábamos ratas de agua en la llamada por nosotros “presa de la muerte”, jugábamos a los tejos en la Venta del Labrador, en las afueras de la ciudad, íbamos hasta Cantamilanos… Una vez encontramos un duro de plata y acabamos comprando fascículos de Búfalo Bill. Cosas así. Pero nada o casi nada de lecturas literarias compartidas.

—¿Cómo se acercaba a la vida cultural en aquellos años de infancia? Iría usted al cine, le interesarían actrices y actores de entonces…
—El cine siempre tiró de mí mucho. Pero sólo de una manera especial a partir de los años 50, cuando yo ya escribía. Es muy posible que no me haya interesado nunca demasiado el cine de carga intelectual sino el cine cuya potencia es sobre todo visual. Es decir, Kurosawa me interesa mucho más que otros directores que, digámoslo así, hacían o hacen películas “de tesis”.

—Pero esa forma de ver cine, lo mismo que ocurriría con la música, tiene más que ver con la edad adulta. Antes habría otra manera de ver películas, de escuchar discos o ir a actuaciones.
—En la infancia fui al cine, como cualquier niño, a entretenerme, a ver películas intrascendentes… Entonces yo estaba enamorado de Diana Durbin, una actriz muy popular. Luego llegué a tener por el cine una auténtica pasión pero, insisto, a partir del hecho visual. Es cuando entro en esa otra manera de ver el cine de la que antes hablábamos, en que las manifestaciones individuales para mí están en segundo plano respecto de la visión total de la película a la que miro, como si fuera un cuadro en movimiento. Por ejemplo, yo no puedo ver películas en la televisión, porque si me interesa una en concreto, advierto inmediatamente que el formato de la pantalla crea un desequilibrio compositivo, no se da realmente la visión cinematográfica.
Pero como la pregunta es más amplia tengo que decir que durante muchos años mantuve también una enorme pasión por la música; luego vino la sordera, y yo me fui apartando de ella porque dejó de tener para mí la riqueza que yo conocía.

—Sobre lo de hacer de negro en sus años jóvenes…
—Era un “negro” al revés. Yo escribía los poemas y repartía los cuartos que conseguíamos. Toda aquella escritura ha desaparecido, afortunadamente, y yo interrumpí el juego antes de los cuarenta. No volví a presentarme a un solo concurso. Tenía un amigo al que le encantaba ir a recoger los premios, los premios menores, se entiende. Aun ahora, a pesar de su párkinson, suele llamarme todos los días…. Era un hombre con habilidades; ha escrito más que yo; puede que alguna vez haya metido mano en lo que “escribíamos”; luego, yo conservaba la variante o no….

—Por otra parte, la vida ligada a las mujeres queridas…. la madre, la madrina, la esposa, las hijas…. ¿Hay un peso especial de esa fuerza en su vida?
—Seguro. Completamente seguro. Hasta el punto de que, por ejemplo, hay un momento de mi vida en que yo podía haber empezado a funcionar de otra manera. Bueno, hay dos momentos, pero para no complicar las cosas vamos a hablar de uno solo, y es cuando hace casi cuarenta años tiran de mí desde Madrid para dirigir la editorial Taurus. Tiraban de mí por una razón muy sencilla. Taurus había ido mal económicamente y se había quedado con la editorial el Banco Ibérico, que era de los Fierro, y un par de ellos me conocían y sabían dos cosas de mí: que tenía una experiencia de empleado de banca de bastantes años, veintitantos en aquel entonces,  y que yo andaba metido en el mundo de la escritura. Y pensaron que yo podía ser una persona adecuada para reflotar la empresa.  Me insistieron durante bastante tiempo. Al final dije que no… quizá no me atraía demasiado, pero podía haber dicho que sí, si no fuera porque yo tenía conciencia de que una especie de pequeño universo femenino me necesitaba. El “universo” empezaba con mi madre, y seguía con mi mujer y mis hijas. Así que, en efecto, he vivido una cierta situación de dependencia, no solamente sentimental, sino práctica, en relación con las mujeres. Tenéis que tener en cuenta que hace 30 ó 40 años las mujeres no tenían las posibilidades laborales de ahora, difícilmente podían ser autónomas…. El hombre cargaba con la noción de que ese mundo femenino dependía de él. Y en el terreno de la comunidad familiar y afectiva, yo era el único hombre en ese universo femenino.

—Y en la poesía ¿hay conciencia de esa misma presencia?
—Necesariamente también. Por el hecho de que mi poesía se corresponde o al menos intenta corresponderse con mi existencia, y mi existencia está sobrecargada de componente femenino. Entonces, en mi poesía, muy probablemente existe también ese peso femenino.

—Sorprende lo vivo que se mantiene todo en su memoria, una memoria despierta. Eso nos lleva a pensar en aquel verso de Arden las pérdidas: “claridad sin descanso”. También obliga a pensar en algo parecido a un estado de insomnio, en su presencia casi natural en la vida de Antonio Gamoneda, que le lleva a una suerte de “hipervigilancia” y que podría explicar zonas de su escritura. ¿Es así?
—Es así desde los treinta años de edad en adelante. Pero ya que hablamos de insomnio, voy a hablaros yo de algo que podría haber sido determinante en mi poesía. Tanto a un primo mío como a mí nos pasaba lo mismo: entrábamos de pronto en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia durante el cual se producía la visión del entorno real –por ejemplo de la figura de mi madre– insoportablemente amplificado. La habitación en la que yo me hallaba, en aquella percepción delirante pero en mí real, era un espacio sin límites y muy luminoso. En mi sensibilidad aquello era cierto. Y, de pronto, en todas las ocasiones surgía algo de naturaleza amenazante que me acechaba de manera peligrosa. Eran fenómenos que duraban cierto tiempo, no eran fugaces; mi madre recordaría estos casos bastantes años después. Era ella la que se acercaba a tranquilizarme, a sosegarme, pero yo la veía gigantesca y dentro de esa luz temible. Quizá alguien recuerde una canción infantil que tenía como protagonista a una niña que se llamaba Catalina y a la que su padre castigaba. Recuerdo esa canción, porque yo la identificaba con mi visión sonambúlica. En la canción se hablaba de “una rueda de cuchillos y navajas”, y era esta rueda, a la vez visible e invisible, el núcleo amenazante de la inmensidad luminosa.

—Esa canción hace pensar en el martirio de Santa Catalina de Alejandría, a la que se representa en la iconografía cristiana siempre con la rueda con la que parece que fue descuartizada.
—Es muy probable que la canción de Catalina proceda del martirologio, sí.

—¿Y nunca ha sentido usted la necesidad de hacer entrar su, digamos, sonambulismo en su poesía, tan marcada biográficamente?
—Creo que, en ocasiones, el espacio que dentro del pensamiento poético se me representa tiene algo procedente de aquellas visiones.

—Eso parece: la luz, el territorio de lo blanco… lo lúcido como mera manifestación, que surge tantas veces en su escritura… Y, por volver a retomar una cuestión anterior, el insomnio, la conciencia hipertrofiada de quien no quiere dejar de vigilar aunque ello sea doloroso o perturbador…
—Yo tengo que considerar eso de otra manera. Ese fenómeno al que os referís, las especiales percepciones que se dan cuando no estás dormido ni despierto, suceden más o menos hacia las cinco de la mañana, una hora peligrosa. La interrupción del sueño a esa hora suele llevar a una contemplación de lo sucedido y a una imaginación de lo que puede suceder, todo ello bajo el serio dominio del miedo. Es el momento en que la persona se encuentra a la vez devastada y, como decís, hipertróficamente lúcida. Las representaciones existenciales que aparecen en esos momentos suelen ser muy penetrantes, muy fuertes.

—Es el horario biológico, que domina otro tipo de temporalidad…
—Sí, hay una transformación fuerte del curso de la normalidad, una transfiguración evidente en la relación entre el tiempo y el espacio. Ese cambio de orden podría ser incluso productivo, aunque no de manera inmediata, en la escritura. No es gratuito el que en las órdenes monásticas se practique esa manera estrepitosa de madrugar. Los santos padres correspondientes sabían con certeza que esas horas eran proclives a temores, pensamientos y percepciones muy especiales.

—Usted, que no se considera creyente, fue en alguna época a  esos monasterios.
—Me gustaba ir a Osera, en Galicia, donde, por cierto, alguna vez coincidí con Graham Greene. Yo trataba entonces de acomodarme a esa otra manera de pasar cada día. Me recuerdo a mí mismo paseando  por la noche, durante horas, por corredores y patios. Y, de pronto, a lo lejos oía cantar a los frailes. Tenía algo de irreal todo eso, sí, y afectaba a esa hipertrofia de la conciencia de la que hemos hablado antes: un estado especial vigilante, una peculiar sensibilidad.

—Hablemos ahora de otra realidad más cercana. En los años cincuenta, cuando usted ya ha publicado libros, suponemos que la atmósfera de la ciudad de León circula en sus poemas. ¿Cómo se respiraba el ambiente de la ciudad?
—El hecho sustancial es que durante la totalidad de los años cincuenta, más en concreto desde 1949, permanezco cargando con la pasión de la poesía, necesidad que nunca se apartó de mí, pero apenas escribo nada. Todo se correspondía con que yo estaba en cierto modo secuestrado por la clandestinidad. Éramos un grupo de amigos –Jorge Pedrero [el vigilante de la nieve, en la poesía de Antonio Gamoneda], Eloy Terrón, Cirilo Benítez, José Vega… – que no es que hiciéramos grandes cosas pero ciertamente estábamos bajo una presión muy fuerte que tenía su cuota de miedo y su cuota pragmática porque, por mínimas que fuesen las actividades, te la estabas jugando.

—¿Y cuáles eran esas actividades? Suponemos que movimientos propios de algún tipo de resistencia.
—No eran grandes cosas: practicar un cautelosísimo proselitismo, guardar en casa a algún camarada, repartir papeles, tener reuniones temerosas con media docena de obreros…, con esa particularidad de que eran años en los que una oposición activa, por mínima que fuera, era algo muy complicado de mantener. Para nosotros, que éramos un grupo que nació de la amistad y dio en grupúsculo político, fue además algo muy particular porque no nos ganábamos tampoco la confianza del Partido Comunista, por ejemplo, que nos veía con ojos desconfiados. Esta era una actitud frecuente con intelectuales, profesores, escritores, artistas…

—En Descripción de la mentira hay alusiones a las delaciones, a la traición… Todo esto ¿tiene alguna relación real con este grupo al que se está refiriendo?
—Aquellos eran tiempos en los cuales, incluso dentro del propio partido y en sus aledaños, no sabían unos de otros, no sabíamos unos de otros nada más que lo estrictamente necesario. Los nombres, a veces, no estaban claros; las relaciones, tampoco. La actividad de nuestro grupo era prácticamente la misma que pudiera tener una célula claramente definida dentro del aparato, pero con esa particularidad de la desconfianza hacia los intelectuales.

—Tuvo que ser duro llevar esa vida y, por otra parte, mantener la existencia convencional en casa de la madre. Siempre esa bisección merodeando en su vida. Como dice en ese poema: “Es horrible ser dos inútilmente”.
—Bueno, sí. Eso componía un estado de tensión notable. Yo estaba con mi madre y si tenía a algún chico en casa, tenía que disfrazar aquello de alguna manera ¿no?: “Pues este amigo viene a pasar una temporada aquí…”. Y, naturalmente, mi madre se extrañaba con frecuencia porque aquel amigo no salía de casa ni casi de la habitación.

—¿Y su madre no fue consciente nunca de la situación?

—No, nunca. Puede que alguna vez tuviera una sospecha imprecisa, pero no lo manifestó.

—¿Alguna vez llegó a visitarlo la policía, hubo algún registro…?

—A casa de mi madre no fueron nunca; a mí sí me llamaron un par de veces, pero salí “limpio” de la entrevista. No obstante, tuvimos un problema terrible. Mi primera depresión tuvo como origen ese problema. Yo tenía entonces 27 años. El dueño de la casa donde vivíamos tenía un hijo, el mayor, del que no puedo decir que fuese una buena persona. Sospechó algo. Le entró un gran empeño por que nos fuéramos de aquella casa, que en el año 1958 era baratísima. Me coaccionó para que nos marchásemos. Me insinuaba que él sabía más de lo que parecía y que podría ponerme en un aprieto.

—En aquellos años 50, ¿mantenía alguna relación con otros poetas, más allá de sus compañeros?

—No. En España quizás el primero al que conocí de edad aproximada a la mía debió de ser Claudio Rodríguez, ya cerca del año 80.

—Sin embargo, sí conoció a Blas de Otero….

—Sí. Le conocí cuando yo tenía 19 años y él tendría ya 35 ó 36…

—¿Y cómo puede conocer a Blas de Otero un chaval de 19 años que todavía no ha publicado nada? ¿Cómo surge ese encuentro?
—Muy sencillo. Blas de Otero y Agustín Ibarrola vinieron a León, con otro pintor, que no recuerdo cómo se llamaba. Querían buscar manera de pasar una temporada en León. Bueno, de hecho la pasaron.  ¿Y quién había en León? Bueno, pues los de “Espadaña”. Pero, por lo que fuera, no se entendieron muy bien. En aquella época andábamos por allí, por la Biblioteca [de Azcárate], gente del grupo mas el pobre José Luis Leicea. Y, bueno, nos fascinó Blas de Otero. Por León estuvieron un mes o más. Y anduvimos por ahí con ellos.

—¿Y no continuó esa relación después? Blas de Otero ya debía de ser un poeta conocido…

—Era un poeta conocido, pero con un reconocimiento exterior a lo que hoy entendemos por un reconocimiento oficial… Era un poeta ligeramente maldito y, claro, muy esquinado, sobre todo con la gente que, por decirlo así, estaba a la contra. Después de aquel encuentro no hubo entre nosotros relación de continuidad. Bueno, con Ibarrola sí.

—¿Y con los escritores de Astorga? Gullón, los Panero…
—No… Con Panero realmente no hablé nunca… Yo sostengo en broma la teoría de que lo maté, por algo que ya he contado alguna vez. Lo cierto es que Leopoldo Panero falleció de un ataque fulminante momentos después de fallar un premio que gané yo mismo y en cuya comida Leopoldo bebió lo suyo y se excitó defendiendo mi poema. Mi poema que, deliberadamente, estaba hecho a imagen y semejanza de los suyos. Por eso digo que lo maté yo.

—Se está creando una especie de tópica sobre su poesía. Es un duelo que se repite. Siempre las mismas preguntas y siempre las mismas respuestas. Hay como un pacto tácito en la interlocución. Quizá haya otras cosas que le gustaría abordar y que no han surgido…
—No tengo conciencia de nada de eso. No tengo otras posibilidades de lectura de lo que yo hago que las que podáis tener vosotros.

—Ya, pero nos preguntamos, por ejemplo, si dedicar una vida a la escritura puede ser una forma de locura. En la medida en que trasciende el lenguaje convencional, ¿no habrá en el poeta un sesgo de locura, consecuencia de esa trasgresión? Y lo decimos en el sentido –Castilla del Pino lo apunta– de la locura como forma de existencia, de un proyecto de existencia que acaba siendo la razón de vivir, lo que da sentido a la vida.
—Lo que ocurre con el poeta es que se aparta de lo que pudiéramos llamar, incluso subrayándolo, el “pensamiento razonable”, es decir, el pensamiento discursivo, reflexivo, científico, informativo… Se aparta y viene a él ese otro pensamiento, cargado de sorpresas para él mismo; un pensamiento en cierto modo suscitado por el lenguaje. Yo creo que el impulso generativo es ése: no es el pensamiento el que genera lenguaje, sino que es más bien el lenguaje el que genera pensamiento. En todo caso, colocándome en una posición quizá más segura y prudente, vamos a quedar en que se trata de una generación recíproca. Bien entendido que el lenguaje que se genera de esa particular manera no tiene por qué ser un lenguaje convencionalmente “razonable”….
Estamos dando en hipótesis sobre cómo se forma el pensamiento poético, y ello está en relación con la pregunta vuestra sobre si escribir poesía podría ser una forma de locura. No. Me parece oportuno el razonamiento de Carlos Castilla, que yo digo que conviene precisar un poco más, y quizá de lo que se trata es de que en el poeta aparece un pensamiento que, como os decía antes, no obedece a la norma común del pensar. ¿Y por qué no obedece? Yo pienso que porque ese pensamiento es suscitado por un lenguaje con una carga semántica y con una entidad física –estoy hablando ya de su parte audible– que son imprevisibles y sin función en el lenguaje convencional “razonable”.

—¿Significa eso que el pensamiento poético aparece por casualidad, algo como meter en un cubilete palabras y que estas palabras suscitaran unas significaciones también inesperadas?
—Sí y no. Yo creo que la aparición del lenguaje se da en función de algo que ya hemos mencionado antes, de un pensamiento preexistente del que el poeta no es plenamente consciente. Nadie lo ha dicho mejor que Juan de Yepes: se trata de “un no saber sabiendo”. Por razones que necesitarían un análisis en cada ocasión —y no es el poeta el que tiene que hacerlo— se te imponen unas palabras, y esas palabras, a su vez, son las que crean pensamiento poético consciente. El “no saber sabiendo” a mí me parece que recorre ese camino.

—Apreciamos como constantes dos ejes antagónicos que parecen oponerse en su escritura. Por una parte, una gran fidelidad a la memoria;  por otra, una gran capacidad de corrupción, de corromper lo que se da como consabido, como normativo. Curiosamente, en un aviso que usted hace en Esta luz se lee que un poema se puede volver a considerar, a tachar, a modificar… siempre que pueda volver a abrirse a una causa musical.
—Exacto. Porque en la experiencia nos damos cuenta de que el elemento desencadenante de ese pensamiento está siempre unido a la aparición de la palabra que lleva consigo una causa musical. Esto seguramente no es caprichoso. De alguna manera instintiva, el poeta está advirtiendo si se corresponde o no con lo que quiere decir, incluso no solamente con lo que quiere decir sino con lo que quiere llegar a convertir en pensamiento consciente, que no lo sabe pero lo huele, lo intuye. Y el mecanismo, al menos yo lo entiendo así, lleva siempre consigo un origen que de alguna manera comporta una causa, una razón desencadenante, llámese como se quiera, que es de naturaleza musical.

—Juan Ramón Jiménez decía que el poeta siempre tiene que tener instinto y vigilancia. Claro, el problema es saber cuándo hay que tener instinto y cuándo hay que tener vigilancia, y hasta dónde….
—Si me permitís, yo diría que existen poetas que ponen en marcha el instinto que lleva a no se sabe dónde, y poetas que ejercen su vigilancia en otro momento, como puede ser una ideación previa. A mí me parece que una de las tensiones más serias que lleva consigo el ejercicio de creación es que el instinto y la vigilancia se den simultáneamente. Creo que se tiene que estar en una situación de desconfianza respecto de uno mismo, una especie de autocensura instantánea con independencia de que pueda darse una revisión posterior.

—En su poesía podría detectarse una suerte de esteticismo trágico. En ella, incluso la palabra “belleza” –y usted la define como “un lugar donde no van a parar los cobardes”– es una palabra comprometida… Se tiene entonces, desde muy pronto, la sensación de que el valor del poema, aun participando de un realismo irrebatible, no está en qué se dice, sino en cómo se dice…
—En relación conmigo mismo, esto es totalmente cierto: sí, podría hablarse de un esteticismo trágico. Tal y como hemos hablado de mi vida, en cuanto a su implicación en la escritura supone el traslado a la función estética de un hecho existencial, pues, en fin, no ya mi vida, en sus momentos gratos o ingratos, sino la formación sucesiva, el crecimiento, la madurez de mi pensamiento, han estado connotados por la tragicidad histórica, familiar o personal. Esto no es demasiado original. Ahí tienes la Poética de Aristóteles, en la cual hay un momento que dice: “No hay que buscar en la tragedia otro placer que aquel que le es peculiar”. A mí lo que me interesa de lo que ahí dice Aristóteles es que la tragedia conlleva un placer. Y ese placer es el resultado de una conversión a la estética.

—¿Hay razones para defender algún tipo de poesía en España alejada de la poesía más convencional?
—Hay razones para pensar que en España potencialmente se da una poesía cuya importancia quizá ha sido socavada, sobre todo en los jóvenes, por estos movimientos que hacen fortuna por razones de facilidad. Ahora bien, en todas las edades de poetas que podamos recorrer en este momento en España –desde los poetas de más de 80 años a los que tienen poco más de 20–, yo creo que hay algunos que no han caído nunca en ese bache, en ese realismo fácil, demasiado fácil: Manuel Álvarez Ortega, Luis Feria, Carlos Edmundo de Ory –estoy mirando hacia la gente mayor–… y esto se multiplicaría en número según voy descendiendo en edad. Y parece advertirse en la gente, incluso en la gente muy joven, un aburrimiento en relación con la poesía más o menos figurativa y realista que se ha dado por buena y que no tiene nada que ver con el lenguaje no razonable –descartemos la manoseada palabra “irracional”, por favor– que decíamos antes, y que parece que entendemos que es la poesía, o al menos yo lo entiendo así. Pero hay nombres, sí; haberlos, haylos…

—Parece ser que El cuerpo de los símbolos, sus escritos sobre asuntos poéticos, va a volver a editarse con nuevas incorporaciones.
—El cuerpo de los símbolos, en estos momentos, puede que haya duplicado sus páginas, pero con un perfecto desorden y sin un plan premeditado todavía. Aparecerán algunos capítulos monográficos de poetas como Cernuda, Claudio Rodríguez, pero no muchos. De alguna manera va a estar más centrado en el curso generativo de ese lenguaje no razonable de que antes hablábamos, y simultáneamente se tratará sobre si ese lenguaje no razonable es, también, un arte de la memoria. No creo que vaya a desdecir lo que anteriormente he dicho en El cuerpo de los símbolos, y sin embargo, si hace falta, me desdeciré.

—Es evidente que hay unas señas de identidad comunes con los artistas con los que ha colaborado con cierta habitualidad, y cuyas obras se pudieron ver en la reciente exposición Visión del frío. Como si en algún momento hubiera tenido un mayor y mejor trato con artistas –artistas plásticos, concretamente– que con poetas…. ¿Por qué?
—A mí me parece, aunque no lo digo con mucha seguridad, que en mi escritura hay una cierta abundancia de imaginario con carga visual. Bueno, eso no tiene por qué ser casualidad, dado precisamente que en los quince años en que apenas escribí, mi relación más seria era con pintores. De alguna manera no premeditada, quizá llegamos a unas conclusiones bastante concisas pero que en algo llevaban consigo un fuerte pacto de semejanza, en la medida en que existe un comportamiento de idéntica naturaleza en la manifestación visual, pictórica, y en la manifestación literaria o poética. Durante esos quince años en que yo no escribía, me cargué de sentido y ajusté mi sensibilidad a la relación existente entre lo poético y lo visual, y eso estimuló mi necesidad de ver el pensamiento, para decirlo de una vez.
Pero querría poner un ejemplo de esto: el lenguaje “razonable” y convencional respecto de los objetos de uso tiene un tipo de relación que es diferencial y, sin embargo, y al mismo tiempo es indicador de la naturaleza del lenguaje poético, que sería un lenguaje escultórico, mejor escultórico que pictórico. ¿Por qué? Por la corporeidad, por la “phisis”, por la condición física de la palabra, que aunque también se da en la pintura, está menos clara porque en la pintura aparecen muchos datos que pertenecen al trompe l’oeil, mientras que la escultura es un objeto en el cual las partes, su ocupación del espacio, su configuración, tienen materialmente un ritmo. Y ahí ya estamos emparentando con el carácter, con el origen musical de la palabra poética. La palabra poética es a la escultura como la palabra convencional y “razonable” es al objeto de uso.

—Es que, además, en su escritura poética está muy presente lo corporal; es una escritura llena de sustancias… (El libro de los venenos…) ¿Hay mucha curiosidad suya por los límites de las sensaciones —sobre todo en sus acercamientos al mundo de la química como componente orgánico…— o es simplemente una cuestión tangencial? El hecho de que crea en la química como principio hace aparecer en su poesía el materialismo.

—Creo que no. Pienso que lo que sí se ha dado, y es un hecho real y continuado a lo largo de toda mi vida desde niño, desde muy niño, es la relación diaria con las pastillas. Incluso se convierte en algo que también entra en la vida con un valor aproximado al que pueda tener la comida, el descanso o el placer amoroso. Pero no es que yo tenga una curiosidad personal, real, en mi vida, por experimentar sensaciones en sus límites. Si eso hubiera sido así, yo hubiera entrado más allá, en la droga. Sin embargo, no ha sido así nunca. Pero la cultura de las pastillas está en mi vida. Y, bueno, eso se interioriza y se vuelve hacia causas histórico-literarias; es decir, en mi caso, entra en la ciencia médica arcaica, en la que nombrar una sustancia ya no es una denotación científica, porque se trata de sustancias que ya pertenecen al terreno de la extrañeza. Y cuando digo extrañeza digo que pertenecen a ese lenguaje no razonable del que hablábamos antes. Entonces, la lectura de la ciencia médica arcaica, para mí, está poéticamente vinculada a algo que, sí, pertenece realmente a mi vida, a la pequeña cultura de la pastilla, de las pastillas diarias….

—Pero sí hay una innegable pasión química por los mecanismos orgánicos que se desencadenan en…
—Pero creo que eso pertenece a mi materialismo visionario. Es decir, a la incógnita de la química puesta en relación con la naturaleza, sí, que no llega a ser un hecho practicable.

—Volviendo a las afinidades entre la poesía y la escultura, quizás ello explique esa vocación suya por excavar dentro del poema, como si éste tuviera volumen, para “encontrar otro poema”, como usted ha dicho a veces. Nada mejor para comprender el texto poético como un espacio físico, como una pieza escultórica. A lo mejor lo había pensado así alguna vez…
—Pues no lo había pensado nunca, pero me parece una observación razonable. Yo tengo una seria convicción de la naturaleza física del poema; y esto tiene que ver cn la oralidad. En relación con la audición, la oralidad me parece que tiene una especie de comportamiento volumétrico. ¿Por qué? Porque a la poesía la hemos hecho silenciosa pero nos la tenemos que decir, aquí dentro, en la cabecita. En la pintura, sin embargo, hay una condición, y es que efectivamente la pintura es maravillosamente tramposa, ¿no? Es decir, proporciona al ojo profundidades que no existen, carnalidades que no están… Por ahí andan las cosas. En la oralidad es más perceptible la condición física del poema.

—Eso nos llama la atención, porque hubiéramos apostado a que sería lo contrario, a que sería en todo caso el poema escrito, como una materia visual, lo que pudiera tener una condición física. Pensando en Mallarmé, por ejemplo.
—Esos son los poetas que tienen una concepción visual del poema. Le coup de dés es un poema por el que no he entrado nunca del todo y, sin embargo, el resto de Mallarmé me fascina. ¿Qué ocurre? Sí es cierto que yo trato en la escritura de sugerir silencios, de sugerir interrupciones, de hacer esos escalones… pero es que lo necesito dentro de la compostura rítmica: entre la línea de arriba y la de abajo quiero que exista una ruptura, y que esté separado y junto. O sea, que en todo caso el poema se ha hecho silencioso pero tiene que “sonar” en la cabeza. Y, para mí, el poema como hecho visual, simplemente es una forma de fijación en la cual, si hay algún vaciamiento o alguna compactación que altera la normalidad gráfica, es porque quiero que sea un indicador de que eso existe en su condición oral, aunque, en la práctica, esta sea una oralidad puramente mental.

—¿Quiere decir que es como si existieran dos dimensiones del poema, una oral aunque silenciosa, que es movimiento porque tiene que haber algún tipo de flujos… y frente a ella otra poesía escrita que responde a unos límites condicionantes en cuanto hay que “encajar” el poema en una hoja? A lo mejor, como no queda más remedio que someterse a esos límites, lo que alguien como usted llega a necesitar hacer es mover por dentro al poema, y no solo después de la presunta versión decidida, sino incluso después, una y otra vez en el tiempo, como estar mutando de continuo al poema…
—Es que todas, absolutamente todas las posibilidades de creación estética tienen dimensiones físicas, tienen realidad física. Bien. Esa realidad física yo la advierto con especial claridad en la escultura y en la poesía. Claro, si lo pienso bien, la misma claridad encuentro en la danza, en la música… y en la pintura, donde también se da de una manera plena. Pero, en cierto modo, lo que es valorable físicamente lleva, como os digo, unas añadiduras imaginarias… Habría que establecer un pacto con la pintura. Es posible que haya culturas en las cuales no puedan percibir las sugerencias tridimensionales, o que haya niños que no las pueden ver. Pero, vamos, en el orden de la analogía presencial, la oralidad del poema y la escultura son dos formas muy claras de esa semejanza física.

—Es curioso que, en esa afinidad que excita relaciones físicas entre el poema y la escultura, la oralidad sea precisamente lo invisible…
—… pero es audible…

—Ya, ya, físicamente audible. El ojo trabaja en la pieza escultórica y el oído en la pieza poética.

—Eso es.

—Al hilo de todo esto hay todavía más. En su escritura poética se detecta que operaciones estrictamente mentales –como ‘pensar’ o ‘comprender’– se llevan asimismo a un terreno de relación física: “Yo comprendía / todas las cosas como se comprende / un fruto con la boca, una luz con los ojos”, “entiendo, sin pensar, muchas cosas”. Son versos suyos. Hay, parece ser, una soberanía de lo físico que se lleva a todos los terrenos, incluso al mental o espiritual. Un compromiso material con todo.
—Es que, si no, no adquiere realidad estética, en este caso poética. Yo pienso que soy, mejor o peor, un poeta realista. Pero lo soy, creo, por varias razones. Una, porque construyo una realidad hasta entonces inexistente, que es el poema. Esa es una realidad lingüística y también una realidad intelectual. Bien. En ese sentido, lo que puede ocurrir es que, en cierto modo, mi materialismo sea un materialismo visionario, es decir, están presentes las sustancias, los cuerpos, los sonidos… pero no cumplen las funciones que cumplen fuera de la poesía. En este último caso sí sería un realista del “realismo”. Pero yo creo que más bien soy un realista de la realidad que es el poema en sí mismo. Ciertamente, sé que detrás de cada una de esas palabras hay un recuerdo, un referente que reaparece irreconocible, en ocasiones algo que fue real. Aquí estamos más cerca del realismo que de la realidad. Creo también que hay que distinguir entre materialismo y realismo, no solamente están las desapariciones… Pero sí, hay un realismo que es predominantemente materialista. Hablar de esto se hace complicado para mí. Digamos que por un lado hay una realidad original en el pensamiento poético. Por otro, hay una irrealidad transitoria que es el propio pensamiento poético, el propio acto generativo del poema. Y esa irrealidad transitoria es causa de una nueva realidad. ¿Cual es esa nueva realidad? El poema.
(Y Antonio Gamoneda, en ese momento, coge resueltamente un folio del montón de papeles que se apilan ordenadamente sobre su mesa de trabajo y lee:)
“¿Por qué no? ¿Por qué no ha de llover en las arterias y en el pensamiento, en la penumbra intestinal y en las espinas blancas?”
También está ahí el pensamiento. Y llueve sobre él. No hay por qué hacer de él un mecanismo puramente espiritual. En el pensamiento hay actividad de neurotransmisores, hay funciones que hasta se pueden medir con aparatos… Yo tengo un relativo conocimiento de estos datos físicos, orgánicos, pero luego todo entra en el proceso de la escritura poética, en un campo de irrealidad. Pero si llueve dentro del poema, aunque ahí afuera no llueva, ¿por qué no ha de llover sobre el pensamiento?

—Tocando ahora de nuevo aspectos de sus memorias, Un armario lleno de sombra, esa obra que sacará a la luz en unos meses y que podría ser un libro bastante incómodo, usted ha dicho que hay cosas muy duras y fuertes que se cuentan ahí con nombres y apellidos, relacionables, por ejemplo, con la represión en León, en la época en que Antonio Gamoneda era un niño. ¿No tiene miedo? Porque hay escritores que han pospuesto la publicación de sus libros de memorias o diarios para después de muertos, o dan un plazo largo…
—Las memorias han tenido varias reescrituras. En principio eran una acumulación denotativa de hechos. Ahora he dado en pensar que el pensamiento poético es también una realidad, y entonces, si son memorias, la ausencia del pensamiento poético es lo que puede falsificar las memorias. No puedo ponerme lisamente informativo como yo pensaba en un principio. Ahora creo que están escritas más cerca de cómo puede ser mi escritura normal, que es la única que sé hacer. Preguntáis por el miedo, por el respeto… Bueno, pues mirad: si yo he decidido quitarme los calzoncillos, me los quito a mí y se los quito a los demás también. Es posible que se lo dé leer a algún amigo que pueda decirme si cabe que existan problemas, desde el punto de vista jurídico… y sin embargo…

—Se refiere quizá a aspectos que le puedan causar algún problema legal.
—Sí, pero con problema legal y todo hay cosas que no estoy dispuesto a que desaparezcan de estas memorias. De momento no me lo planteo. Claro que voy a consultar, pero nada más.

—¿Qué tipo de cosas duras o fuertes se cuentan ahí para que puedan herir susceptibilidades?

—Por poner dos ejemplos, la personalización de actos represivos y el estilo pedagógico de las órdenes religiosas, en concreto de los agustinos.

—¡Con la iglesia hemos topado!

—Bueno, mi experiencia está ceñida únicamente a los agustinos, y en concreto al Padre fulano y al Padre mengano.

—Que ni existirán ya…

—Existe la Orden. Yo no he prejuzgado si eso tiene o no problema, y ya digo, con problema y todo, no sé…, muy mal me lo tenían que poner para que renunciase a contar algunas cosas…

—Otra cosa: al hilo de la cita de Marx que encabeza el poema ‘Malos recuerdos’: “La vergüenza es un sentimiento revolucionario”… Usted ha explorado este sentimiento de vergüenza en sus poemas. ¿También lo explora aquí, en sus memorias?
—Por descontado. Lo que ocurre es que doy cuenta de mi propia conducta vergonzosa, pero la reprobación de esa conducta, tanto en mí como en los demás, no está explicitada. Está la conducta y ya es bastante.

—En el poema titulado ‘Malos recuerdos’ cuenta la terrible y cruel actitud de un niño con su perro, el robo de la carta del soldado… Como si esa forma de actuar fuera un hecho más o menos natural en un niño de esa edad…
—Los niños de doce o trece años normalmente son auténticos salvajes. No es el único dato que aparecerá, relativo a la indiferencia ante el acontecimiento lamentable o ante el hecho de que el propio autor es capaz de crear sufrimiento… Es una edad muy jodida. Los chiquillos superan la tutela quizá con trampa, y la superan con malignidad.

—Vamos terminando. Y cambiamos radicalmente de terreno. Querríamos preguntarle por la crítica literaria que se hace en España
—Pienso que hay dos situaciones de la crítica que a su vez son dos categorías y hasta dos modalidades. Hay una crítica oficializada, que en el mejor de los casos es primariamente informativa. Y hay otra que pudiéramos llamar sumergida. Esta suele ser la válida, la que interesa, la que realmente trata de poner en claro y de valorar un segundo grado –digámoslo así– de la realidad poética. Ya decíamos hace un momento que, en mi caso, yo parto, con  frecuencia inconscientemente, de una realidad –normalmente un recuerdo del que puedo no ser consciente– y a partir de ese referente, y a través de una irrealidad transitoria, se ocasiona una nueva realidad: el poema. Pues esa crítica que yo llamo “sumergida”, simplemente porque es más inteligente que la crítica oficializada, es la que trata de llegar a la interpretación y la valoración de esa realidad de segundo grado, que normalmente la crítica oficializada desprecia o ignora.

—Usted, en ese sentido, ha tenido suerte con los críticos…

—Mucha, muchísima, muchísima… El telar lo empezó Miguel Casado, y a partir de ahí habéis ido sumándoos… Y hay otros críticos que, sin que existieran razones de amistad, también se han acercado de una manera aceptable. Pero también he tenido que cargar con la crítica que producen los “oficializados”.

—Y esa crítica “sumergida”, sobre todo el caso concreto de Miguel Casado, ¿le ha alumbrado, le ha ofuscado, le ha aturdido…?¿Ha sacado conclusiones, ha podido influir en su poesía posterior? ¿O no es consciente de ello? En el prólogo de Sílabas negras, por ejemplo, Fernando R. de la Flor apunta que, a partir de cierto momento, lo que pueda ser su obra ya resulta inseparable del corpus crítico que se ha ido generando en paralelo a ella.
—Estoy seguro de que ha influido pero no sé cómo. Yo he pasado a interiorizar una observación de este o del otro, y eso ha entrado a formar parte del totum revolutum que tengo por ahí adentro y que sale no sé cómo. Yo no hago una anotación sistemática y programática de vuestras observaciones pero sé que entran en mí y que funcionan. Hubo circunstancias que se convirtieron en amistad muy pronto… Pero bueno, dejando la amistad a un lado, aunque en el funcionamiento profundo también esté presente, creo que sí, que he tenido mucha suerte.

—En su caso, además, su escritura ha tenido fuera de España una recepción crítica inusitada, muy distinta a la de otros poetas; y mucho más atenta. Hay una atención especial hacia usted cuando va a leer fuera, su obra ha sido abundantemente traducida y estudiada fuera de España. A lo mejor es porque su escritura no pertenece por derecho, ni de manera estrecha, a lo que podemos llamar la tradición canónica del castellano, y así se entiende mejor fuera porque está más cerca de otras escrituras que no son autóctonas. Por otra parte, es evidente que el castellano de su escritura no es castizo. Por poner un ejemplo, Conjuros, de Claudio Rodríguez, tiene que ser muy difícil de traducir, porque ahí aparecen vocablos de proyección ancestral… (¿cómo traducir al alemán lo que son las Águedas?) Su caso, el de la recepción interesada de la escritura de Antonio Gamoneda, es otro. ¿Por qué puede ser? ¿Lo ha pensado alguna vez?
—Es muy posible que todo sea como decís y por eso que decís. Normalmente, en otros países, en los que comparten nuestro idioma y también en otros, sí, cae bien la audición de mis poemas. Y, relativamente, los libros –no hace tanto tiempo que empezó a haber libros míos fuera de España– pues también caen bien. Creo que efectivamente la cosa tiene que ver con que yo funciono con muy pocas palabras, aunque estas palabras puedan llevar consigo significaciones a veces contrarias. Pero eso ya pertenece al azar, al “seguro azar” del poema, a las “diabluras” semánticas de la escritura. Pero, sí, he sido recibido bastante bien por ahí, sí… Yo he tenido la sensación siguiente: en España, tanto leyendo una cosa impresa como en la audición –y en la audición menos, porque funciona mejor…–, hay quizá una reacción de extrañeza ante lo que yo pongo en marcha, ante lo que yo digo, una reacción que no es siempre positiva. Puede llevar a una valoración negativa, que incluso ha resultado predominante. ¿Por qué? Porque estamos dentro del idioma, dentro de unos sistemas informativos, mediáticos, muy poderosos. Y porque mi poesía tiene la “virtud” contraria a la de aquella poesía que es predominantemente informativa o “minirrealista”, como digo yo con mala leche. ¿No ocurrirá en el extranjero que precisamente el margen de incomprensión es al mismo tiempo un margen de confianza?, es decir, ¿no será porque no se ponen a buscar inconvenientes en la receptividad sino que oyen la poesía como la pueden oír los niños? Porque es que… a los niños les lees poesía y se emocionan seriamente. Su grado de comprensión, ¡el mejor!. Ellos aceptan lo extraño y hasta lo incomprensible como algo real y habitual; no tienen consigo prejuicios sobre la verosimilitud, por ejemplo. Una virtud análoga a esa virtud infantil puede darse en la receptividad ligada a otras lenguas. He visto cómo la gente, que comprendía poco o nada de mis palabras, se embarcaba en la rítmica, en la audición pura, y eso les bastaba. Estoy seguro de que la comprensión léxica de las personas que habría en la sala estaría en el 25 por ciento en la mayoría de los casos, en el cero por ciento en otros muchos, y en el 95 por ciento en unos pocos. Y el que suceda eso, esa receptividad desprejuiciada, porque no tienes sabidurías académicas, ni mediáticas, ni has cristalizado una palabra en una significación convenida… eso es lo que les ocurre a los niños; para ellos todo es descubrimiento, descubrimiento incompleto, incomprendido, pero descubrimiento. El poema es antes sensible que inteligible. Puede que sea la menor capacidad de comprensión convencional la que favorece la comprensión no convencional.

—Incluso el no conocimiento de las circunstancias del poema, históricas o sociales, puede dar lugar a que se valore lo que se tiene que valorar, el lenguaje desde la extrañeza, sin más. Aparecerá así algo como una “pureza”, dicha esta palabra con reparos,  precisamente porque no hay un halo de circunstancias conocidas que lo contextualicen.
—No se produce la exigencia de una comunicación convencional y precisa. Es eso. Insisto en que esto mismo es lo que ocurre con los niños.

—Suele dejar sus libros, antes de publicarlos, a leer a algunos amigos. ¿Lo ha hecho siempre?

—A Miguel [Casado], a Ildefonso [Rodríguez], a algún otro… Mi hija Amelia también suele echar un vistazo.

—¿Qué le aportan sus lecturas?
—A veces me aportan problemas… de los cuales yo tomo nota, y de los cuales yo no deduzco con claridad una conducta correctora, pero entran “pa allá” —(dice esto Gamoneda señalando con los dedos los adentros de su cabeza)—. Y cuando trabajo, como os decía antes hablando de la crítica, está eso ahí en una confusión profunda…
(Pausa)
…A la palabra confusión yo le doy un valor muy positivo. Con-fusión. Por ejemplo, en relación con el libro Arden las pérdidas. Miguel Casado lo conoció en una primera versión y yo no advertí más que una cosa: que Miguel Casado se callaba. Por otra parte, yo seguía convencido de que allí había un libro, pero contaba también con ese tópico mío de los poemas que están dentro de los poemas. Lo trabajé seis meses más; buscaba el libro que habría de estar dentro. Cuando Miguel vio la nueva versión me dijo que creía que ese era el libro; y, añadió, “un libro importante”. Eso ocurre, desde hace no mucho, desde que inicié el contacto con todos vosotros… El adelantado fue Miguel Casado, que se presentó un día en mi oficina tratándome de usted. Pero yo antes no tenía a quien enseñar nada… ¡He tenido mucha suerte!

—Hay que verlo también desde el convencimiento de que la poesía no es sólo un hecho personal y privado, sino  que mantiene una interlocución indiscriminada…
—De la misma manera que digo que es un hecho radicalmente subjetivo, digo también que la intersubjetividad a mí me parece que es una manera legítima de funcionar. No sólo legítima, sino productiva.

—Y tiene que ver con compartir ¿no? Esa “profunda compañía” de la que habla en algún poema la está aplicando a una manera de entender la poesía como un hecho social, en el sentido de que es “de todos”, abierta…
—No perjudica a la condición seriamente productiva de la escritura y del pensamiento poético. Cuando se ha producido, y te has apropiado de algo, o te hacen una reflexión, o percibes un silencio, como yo… todo eso te pone a funcionar de otra manera. Hay que distinguirla, claro está, de lo que es plagio deliberado.

    Como si hubiéramos permanecido todo el tiempo ahí, en esa casa desentendida del mundo, ahora salimos por fin del todo. Han pasado meses. La estación es la contraria. La luz y las ropas son otras. Y una vaga sensación de que no hemos culminado necesariamente nada nos acompaña camino del primer bar. Hablar con un poeta de sí mismo, de lo suyo, tiene algo de irresoluble: como preguntarle al monstruo por el laberinto que lo contiene. En el fondo, lo que volvemos a sacar en claro es que la poesía encierra en sí misma la explicación que acabamos buscando lejos de ella. Fuera de eso –por ejemplo en una batería de preguntas como éstas, que fueron saliendo en la casa de Antonio Gamoneda– lo único que se detecta es espesura a pesar de la sinceridad; opacidad a pesar de las grietas y fisuras abiertas por las respuestas para respirar.
Y algo más para quien haya llegado hasta aquí: las respuestas del poeta estuvieron siempre empañadas de un coro importante de gestos, silencios, párpados caídos, dubitaciones y esfuerzos por poner las palabras justas. Todo ello añadió otro tenor imposible de reproducir en la conversación pero necesario de avisar. Fueron como las cáscaras –sustantivas y luminosas– de un curso oral en el que fluidez y atascamiento a menudo se constituyeron en el juego de pesas que acababan por dar un último sentido –de rotundidad o de perplejidad– a cuanto fue alimentando estas sesiones, en las que dominó sobre todo lo demás una transfusión indiscriminada de poesía, amistad y vida. Siempre ha sido así con Antonio Gamoneda.


nº 10 de la revista 'Campo de Agramante'
 

‘Blues castellano’: el acta de la censura franquista y un poema

December 5, 2007

Portada de 'Blues castellano', Bartleby Ed.“Libro de versos muy malos, de temática y métrica diversa. Sobre todos ellos campan un sentido de resentimiento y odio. Muchos de ellos aparecen con citas de Marx, Lefevbre y otros marxistas. La tónica general de la obra es demagógica, pues aunque no lo dice claramente, el ambiente de desolación que pinta se refiere a España. Así mismo, tiene sus toques de ateísmo. La obra carece en absoluto de valor, pero como hay algunos poemas que pueden ser pasables, se ha preferido señalar, en las páginas marcadas, pues no están numeradas, los poemas que deben ser suprimidos. Con estas tachaduras es publicable”.

Así reza el expediente de la censura franquista que, en 1968, desaconsejó la publicación del libro ‘Blues castellano’, de Antonio Gamoneda. El poemario tuvo que esperar a 1982 para ser publicado íntegramente, en Ediciones Noega (Gijón).

Reproducimos uno de los poemas censurados:

 

MALOS RECUERDOS

La vergüenza es un sentimiento revolucionario.
KARL MARX

Llevo colgados de mi corazón
los ojos de una perra y, más abajo,
una carta de madre campesina. 

Cuando yo tenía doce años,
algunos días, al anochecer,
llevábamos al sótano a una perra
sucia y pequeña.

Con un cable le dábamos y luego
con las astillas y los hierros. (Era
así. Era así.
           Ella gemía,
se arrastraba pidiendo, se orinaba,
y nosotros la colgábamos para pegar mejor).

Aquella perra iba con nosotros
a las praderas y los cuestos. Era
veloz y nos amaba.

 

Cuando yo tenía quince años,
un día, no sé cómo, llegó a mí
un sobre con la carta del soldado.
Le escribía su madre. No recuerdo:
"¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla.
No te puedo mandar ningún dinero…"

Y, en el sobre, doblados, cinco sellos
y papel de fumar para su hijo.
"Tu madre que te quiere."
                                 No recuerdo
el nombre de la madre del soldado.

Aquella carta no llegó a su destino:
yo robé al soldado su papel de fumar
y rompí las palabras que decían
el nombre de su madre.

 

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar
la carta del soldado.

   ANTONIO GAMONEDA
(Del libro ‘Blues castellano’)

 

‘Lumbre de Antonio Gamoneda’, por LUIS MARIGÓMEZ

December 4, 2007
LUMBRE DE ANTONIO GAMONEDA
Luis Marigómez
Por LUIS MARIGÓMEZ
(Texto leído en la Feria del Libro de Valladolid el 2 de mayo de 2005)
 
    El 27 de agosto de 1962, muere Leopoldo Panero. Acaba de  participar en el jurado que concede un premio de poesía de Astorga que recae en Antonio Gamoneda y hace saber eufórico, a sus compañeros, que acaban de encontrar un auténtico poeta.
    Para entonces, Antonio Gamoneda tiene ya 31 años y lleva escribiendo poesía desde, al menos, 1947. En realidad, todavía falta algún tiempo para que realmente le descubran.
    Nace en 1931, con la República, ese fogonazo que acaba nueve años después entre las ascuas de unas cenizas que queman todavía durante una larga época. Gamoneda es, como pocos, un hombre de su tiempo que trasciende su tiempo. Al año de nacer muere su padre, también poeta. Aprende a leer en los versos del libro de su padre, convirtiendo su ausencia en una representación íntima de presencia. El aire pestilente de la primera postguerra, la atmósfera podrida que enmarca y caracteriza el periodo de Franco y de la que todavía nos llegan, de cuando en cuando, efluvios, va a contener el espacio en el que empieza a desarrollarse su obra. “Arráncate la luz de la mirada”, dice uno de sus primeros versos. Los cadáveres que flotan en el Bernesga, las cuerdas de presos, el hambre, el vivir inmerso en todo tipo de miserias, forman la conciencia, la mirada atormentada del poeta. En la adolescencia, llega a “la convicción de que la poesía existe porque existe la muerte.”

    Su primer intento de publicación, hacia 1950, como tan a menudo ocurre, se frustró. Se llamaba ‘La tierra y los labios’. El título es una muestra de lo que será siempre su poesía, una confrontación entre la carne (los labios) y la muerte (la tierra que acoge el cuerpo sin vida). El primer poema que se mantiene de entonces se abre con una figura, el cabello, (algo material que sale del cuerpo) que se mantendrá hasta el último libro.
    En 1962 hace ya dos años que ha aparecido su primer libro de poesía, ‘Sublevación inmóvil’, finalista del premio Adonais de 1959, un libro que se ha gestado durante seis años. Aquí están ya buena parte de los elementos que van a configurar la poesía de Antonio Gamoneda. ‘Luz’ es una de sus palabras fundamentales, y se va a mantener hasta el final. Su poesía reunida se llama ‘Esta luz’: “pero la luz / es sombra de la nada.” También aparecen el fuego, la nieve, el corazón… “Ante mi rostro, / piedras heridas, cuerpos / endurecidos en el dolor”.
    En 1962 ya ha empezado un nuevo libro, ‘Blues castellano’, que no acabará hasta 1966 y que supone un avance en el abandono paulatino del uso hasta entonces virtuoso de la métrica tradicional ─con el soneto como paradigma─ , y la incursión en otros modos que terminan de perfilar lo que se llama la voz del poeta. El título del libro dice bastante, ‘blues’ es una música que viene de la esclavitud de los afroamericanos en los campos de algodón de EEUU. Gamoneda ha hablado alguna vez de su gusto por esta música. El poeta busca en estas maneras foráneas cómo expresar lo de aquí, lo ‘castellano’. Este libro choca de frente con la censura franquista (hace poco la revista ‘Espacio / Espaço escrito’ publicaba el informe emitido al respecto) y no se publica hasta 1982. En ‘Blues castellano’ hay otros ritmos, están la repetición y la pequeña variante; están la conciencia de clase obrera, la alienación en el trabajo; surgen la vergüenza, el miedo y la culpa como sensaciones básicas. “Al hombre cuyo oficio y vigilancia / es la vida, feroz como el mercurio / una bolsa de pena lo acompaña. / Está cansado sobre el propio rastro / como un ave de plomo. Dormiría / sobre todas las cosas: las miserias / y las humillaciones y el olvido.” (p. 108) Una figura fundamental es la madre, con sus manos protectoras, encarnación de un sufrimiento callado del que el hijo toma conciencia: “A las cinco del día, en el invierno, / mi madre iba hasta el borde de mi cama / y me llamaba por mi nombre / y acariciaba mi rostro hasta despertarme.” (p. 99) La luz que predomina en ‘Blues castellano’ es la de las madrugadas negras, la de las noches de hielo. No hay sol.
    ‘Descripción de la mentira’ aparece en 1977; es la segunda publicación poética en libro de Gamoneda, 17 años después de ‘Sublevación inmóvil’, y sale en la colección Provincia, de la Diputación de León, que él mismo fundó. Quiero con esto ejemplificar lo difícil que fue, durante muchos años, la vida editorial de la poesía que hoy celebramos. Si ‘Blues castellano’ se aparta bastante de las maneras poéticas al uso, en este libro parece que el suelo desaparece bajo los pies de quien escribe, y del lector. La sensación fundamental expresada, que engloba a otras muchas, es quizá el vértigo, el pánico de quien mira atrás y alrededor envuelto en un aire espeso, oscuro, afiebrado. El metro utilizado es el versículo y su mirada, el paisaje que recorren los ojos, el cuerpo del poeta, es un a modo de infierno alucinado que al tiempo, resulta extrañamente familiar: “la tierra hirviendo (aquel clamor sin ruido), y la sustancia encarcelada hirviendo. Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer” (p. 210). Recuerdos, sensaciones, deseos, miedos, lamentos, sentencias, preguntas… componen un organismo que palpita, que secreta una bilis luminosa capaz de penetrar hasta recovecos del lector que él no sabía antes que tuviera. ‘Descripción de la mentira’ es un texto que le estalla a uno según lo lee y que transforma, y trastorna, de manera definitiva. El mundo no se ve igual que antes de leerlo. Hay una conciencia que hiere: “Sucio, sucio es el mundo; pero respira. Y tú entras en la habitación como / un animal resplandeciente (…) Los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad, / pero la verdad conducía a la traición. (…) Obscenidad, dulzura fúnebre, ¿quién no bebe en tus manos amarillas?”. El sujeto poético aparece disgregado.
    Es posible entender el poema como lectura de la atmósfera de la dictadura de Franco, pero su azada, su lápiz, su martillo, su gubia, su bisturí… llegan mucho más lejos en esa veta, atraviesan el tiempo y alcanzan el lugar de las emociones permanentes. Palabras como belladona, cíngulo, yodo, alheña, dátiles, chamariz, aulagas, acónito, almácigos, túnicas, láudano, etc. remiten a un espacio y a un tiempo más allá del histórico, cercano al mito, en el que habita el sujeto del poema, que en su desesperación declara: “Sólo vi luz en las habitaciones de la muerte.” (p. 213)
    Poco a poco, le van llegando reconocimientos al poeta. En 1985 se le concede el Premio Castilla y León de las Letras. En 1986 aparece ‘Lápidas’, en Madrid, y en 1987 una primera edición de sus poesías reunidas, ‘Edad’, en edición de Miguel Casado, por la que recibe el Premio Nacional de Poesía y que supone un enorme éxito de crítica y público. Por fin, la sociedad descubre la grandeza de la obra de Antonio Gamoneda, cuarenta años después de que empezara a germinar.
    ‘Lápidas’ supone quizá una atención más reposada sobre el cosmos en el que el poeta ha decidido instalarse. En muchos poemas se explicitan lugares de la ciudad de León y sus alrededores. El pasado al que se mira es el larguísimo, histórico, de la postguerra. Consciente de lo imposible de mantener el ardor de Descripción de la mentira, el poeta baja el ritmo de su diapasón y las evidencias son más palpables, y hay un saber de la hermosura terrible del mundo que se expone: “y la belleza extiende su aceite sobre esos grandes durmientes, sobre sus llagas clamorosas / y la pobreza enseña su majestad corpórea” (p. 213). La luz está en la luminosidad confusa de la memoria: “Hay un mar incesante que desconoce la división del resplandor y la sombra, / y resplandor y sombra existen en la misma sustancia, / en tu niñez habitada por relámpagos.” (p. 235) En cualquier caso, el despliegue de la desolación es implacable: “Ved los símbolos negros: pesan las flores en el corazón y los habitantes de la ciudad viven en vidas del pasado. (Días clavados dentro de los ojos, lenguas que hablan incesantes, como el hierro en círculos.)” (p. 284)
    El ‘Libro del frío’ aparece en 1992 y empezó a escribirse al acabar ‘Lápidas’. Durante un tiempo largo el poeta creyó que era su último libro, el de quien ya no tiene más que hacer. “Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.” (p. 313) En una segunda edición, en 2000, en lugar de las restas a que acostumbra en las reimpresiones, incluye una nueva sección, ‘Frío de límites’. El ritmo es pausado, los versos breves, las sentencias son quizá más rotundas. Aparece el erotismo de forma palpable en una sección, Pavana impura, forjado de tiempo, dolor y tristezas, además de las previsibles ansias, humedades y lascivia: “Ha venido tu lengua; está en mi boca / como una fruta en la melancolía. // Ten piedad en mi boca, liba, lame, / amor mío, la sombra.” (p. 361)  La luz, esa figura central que atraviesa la obra de Gamoneda, se va cargando de significados diversos, y resulta más compleja: “El animal del llanto lame las sombras de tu madre y tú recuerdas otra edad: no había nada dentro de la luz; sólo sentías la extrañeza de vivir. Luego venía el afilador y su serpiente entraba en tus oídos.” (p. 372) Ahora, con el tiempo, esa luminosidad ha cobrado un espesor inquietante: “Aceite azul sobre tu lengua, semillas negras en tus venas. En los últimos símbolos, ves la pureza sin significado. / Es la ebriedad de la vejez: luz en la luz. Alcohol / sin esperanza.” (p. 399) En realidad esta corporeización ocurre con las figuras que ha ido puliendo el poeta a lo largo de su obra: las manos, las serpientes, la madre, los párpados, el corazón… “¿Es la luz esta sustancia que atraviesan los pájaros?” (p. 403)
    La vida sigue y la poesía va entreverada con la de Antonio Gamoneda. En 1993 empieza a gestarse otro libro que no terminará de cuajar hasta diez años más tarde, ‘Arden las pérdidas’. El último verso de el ‘Libro del frío’ dice: “ya sólo hay luz dentro de mis ojos.” (p. 407) El primero de ‘Arden las pérdidas’: “La luz hierve debajo de mis párpados.” (p. 413) A estas alturas, uno sospecha que toda su poesía de Antonio Gamoneda conforma en realidad un único libro, como ocurrió con Cernuda y su ‘Realidad y el deseo’, o Guillén con ‘Cántico’; con la diferencia de que estos poetas desde el principio gestaron esa organización y Gamoneda se ha encontrado con ella al cabo de los años. “Tengo frío bajo un arco que separa la existencia y la luz, / que separa cuanto he olvidado / y la última luz.” (p. 414) Las manos de la madre, protectoras, tan presentes en Blues castellano, reaparecen: “En las iglesias y en las clínicas / vi columnas de luz y uñas de acero / y resistí asido a las manos de mi madre.”  Pero esas manos llevan dentro de sí una luminosidad que lleva al fin al que el poeta no cesa de mirar, de ir hacia él, la muerte: “Vi luz en sus manos, luz / en los cartílagos y las venas. Luego, / descendieron las vértebras y ya / no vi más que eternidad y frío / ciego y azul en la mirada inmóvil.” (p. 428) Medio verso “He atravesado las creencias. (…)” (p. 432) nos lleva de vuelta a ‘Descripción de la mentira’: “Así fue nuestra edad: atravesábamos las creencias.” (p. 178) El poeta, el poema, vuelve sobre lo mismo en un movimiento espiral que se abre despacio, como el muelle de un reloj de cuerda, al compás del tiempo, de su vida. La paradoja forma una parte esencial de lo que podría denominarse el pensamiento poético de Gamoneda: “Hay luz dentro de la sombra, cunde / la centella bajo alas inmóviles. // Son mortales las médulas / ocultas en la luz.” (p. 412)
    En el apartado ‘Claridad sin descanso’ resuenan los ecos, el ritmo ebrio, los hallazgos de medida de ‘Descripción de la mentira’. Pero ahora la muerte acapara todo el protagonismo: “Hay sangre en mi pensamiento, escribo sobre lápidas negras. Yo mismo soy el animal extraño. Me reconozco: lame los párpados que ama, lleva en su lengua las sustancias paternales. Soy yo, no hay duda: canta sin voz y se ha sentado a contemplar la muerte, pero no ve más que lámparas y moscas y las leyendas de las cintas fúnebres. A veces, grita en las tardes inmóviles. / Lo invisible está dentro de la luz, pero, ¿arde algo dentro de lo invisible? La imposibilidad es nuestra iglesia. En todo caso, el animal se niega a fatigarse en la agonía.” (p. 462) La luz de dentro del cuerpo incendia, y quema: “Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo los árboles roturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos y serpientes y aceites industriales bajo los lóbulos de las amapolas.” (p. 470) La intensidad de estos textos hiere al lector, y penetra en sus entrañas como una infección. No se vive igual después de pasar por estas páginas.
    De nuevo parece que éste sería el último libro de Gamoneda. Pero la vida sigue y quien fue hijo único sin padre y es padre de tres hijas, es ahora abuelo; y del mismo modo que su madre es un personaje central de su poesía, ahora su nieta protagoniza su libro final, hasta ahora, ‘Cecilia’. Quien lleva toda su vida de poeta mirando de frente a la muerte se encuentra, en un momento avanzado de su vida, con un nacimiento, y es un hecho que lo perturba: “Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente; todo es cierto en tu claridad: / te has posado en mi corazón, / hay luz dentro de mis venas, / he enloquecido dulcemente.”
    Creo que he hablado demasiado de muerte y muy poco de otros elementos que acompañan y hace realmente grande a esta poesía, debería haber añadido ternura, compasión, carnalidad, canto a los amigos…
    En agosto de 1962 Gamoneda fue reconocido por Leopoldo Panero. En mayo de 2005 el poeta está a punto de cumplir 74 años. Tenemos la suerte de disponer en una edición accesible de su ‘Poesía reunida’, y tenemos la fortuna aún mayor de contar hoy aquí con su presencia.

Lápida en la casa de la infancia

November 23, 2007

Antonio Gamoneda y Angelines Lanza, junto a la placa. La foto es de Jesús (Diario de León)

«Sucedían cuerdas de prisioneros, hombres cargados de silencio y mantas. Cruzaban bajo mis balcones y yo bajaba hasta los hierros cuyo frío no cesará en mi rostro. En largas cintas eran llevados a los puentes y ellos sentían la humedad del río antes de entrar en la tiniebla de San Marcos, en los tristes depósitos de mi ciudad avergonzada».
 
Bajo esta cita de su libro ‘Lápidas’, la placa explica que en esa casa del barrio del Crucero vivió su infancia el poeta Gamoneda, entre 1934 y 1941.
Páginas especiales sobre el homenaje a Gamoneda y la concesión del título de Hijo Adoptivo de León, en (haz click:) Diario de León.
 
De la edición de La Crónica de León extraemos este párrafo:
"En el número 6 de la calle Dr. Fleming ya luce una placa donde se leen unos versos. El propio escritor comentaba segundos antes de descubrir la losa: «En esta lápida se da un fragmento de un poema mío que (lo que son las casualidades) pertenece a un libro titulado ‘Lápidas’. Antonio y Angelines con el alcalde. La foto es de Mauricio Peña (La Crónica de León)Y también es cierto que en esta casa de la carretera de Zamora, en el segundo piso, viví mi infancia, y desde ese balcón veía una panadería que ya no está. Esto es un honor y motivo de agradecimiento serio. Pero este honor es secundario, pues desde mi punto de vista la importancia de la placa es que es el primer testimonio física y moralmente presencial en la ciudad de León (y puede que en España) de un hecho que se relata en la misma; y es que desde las vías y en dirección a San Marcos, muchos días largas cuerdas de presos atados de tres en tres caminaban en dirección a ese penal. Este testimonio del carácter de aquella represión es lo que tiene importancia, tanto para mí como para León, importancia mucho mayor que el honor que se me otorga. Muchas gracias por esta placa en mi nombre y en el de todos los leoneses».
 

Hijo Adoptivo de León y placa en el barrio del Crucero

November 22, 2007

 Así recoge la noticia del nombramiento el periódico digital leonoticias.com:

Por N. G. Sabugal y L. V. Huerga
Gamoneda descubre una placa en la casa donde vivió de niño, en el Crucero. La foto es de Peioi García."Si en Asturias nací a la vida, en León nací a la conciencia y ambas cosas son importantes. Lo poco o mucho que he escrito lo he hecho en León y hoy habéis proporcionado realidad institucional y cívica a ese sentimiento mío de leonés". Con estas emocionadas palabras el poeta Antonio Gamoneda recibía este jueves el nombramiento de Hijo Adoptivo de León en un salón de Plenos totalmente abarrotado de autoridades y amigos del escritor en el Ayuntamiento de San Marcelo.
Emocionado y nostálgico, Gamoneda evocó su infancia en el barrio ferroviario del Crucero, que definió como "una ampliación residencial de la estación". Uno de esos recuerdos le llevó a rememorar aquella vez en la que, acompañado por su madrina "de pila", acudió a la estación de tren de León a recoger una sandía de 12 kilos que les habían enviado desde Valladolid. “No os riáis, que es verdad”, comentó a los periodistas leoneses durante la rueda de prensa previa al acto oficial.
El aguijón de la poesía fue doloroso para el poeta porque recordó que sus escritos nacen de sus experiencias de niño, cuando desde el balcón del segundo piso de su casa del Crucero veía pasar las "cuerdas de presos, atados de tres en tres y en filas" camino de San Marcos. El poeta trajo a la memoria aquellos duros años desde la sublevación de 1936 cuando León era "no una ciudad de combate pero sí una localización para el ejercicio de la represión por parte de los sublevados". La placa que esta mañana se ha instalado en la casa de su niñez es además, afirmó, "un testimonio de conciencia histórica" de lo vio el Gamoneda niño después de llegar a León en 1934 desde Asturias, ya huérfano de padre y con su madre enferma de asma que venía, como tantos asturianos, "a secarse a León".
    La poesía del sufrimiento
"Mi poesía surgió de una progresión biográfica en la que lo único abundante eran las carencias y el sufrimiento. Por eso mi poesía no es sólo mi vida individual sino la de los leoneses y la de toda España", apuntó Gamoneda.El alcalde de León fue el encargado de entregarle el nombramiento de Hijo Adoptivo además de una caja con cartas y escritos enviados por amigos como Merino, Luis Mateo Díez, Antonio Colinas, Brines y obras gráficas de Zurdo y Juan Carlos Mestre, entre otros. Uno de los últimos testimonios del acto fue la lectura de una carta manuscrita del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en la que agradeció las enseñanzas del poeta para "mirar de frente a la mentira" y hacer que retroceda a su "reino de la imposición". Zapatero agradeció además la fidelidad del poeta a León, "la ciudad donde he crecido".
Gamoneda también hizo repaso de la actualidad política pero sin perder el hilo poético. Así, con el nuevo Estatuto de Autonomía de Castilla y León recién aprobado, y con las sensibilidades leonesistas a flor de piel, el Premio Cervantes comentó que este asunto sirve más bien como “juego político”. "No soy hombre que me impresione demasiado por las demarcaciones administrativas, sino que dentro están los seres humanos, que sí me interesan, los paisajes, las climatologías, los envenenamientos derivados de las causas generadoras de riqueza. Ese terreno sí me interesa". El poeta declaró además que, en su caso, “ser de León se produce sin renunciar a ser de Oviedo”.

El Ayuntamiento de León nombra al poeta Hijo Adoptivo de la ciudad

October 24, 2007
La Comisión de Régimen Interior celebrada hoy, 24 de octubre de 2007, en el Ayuntamiento de León dio el visto bueno al nombramiento del Premio Cervantes Antonio Gamoneda como Hijo Adoptivo de la ciudad. La designación se oficializará el próximo 22 de noviembre después de que el Pleno municipal, en la sesión que se celebrará el próximo lunes, ratifique esta decisión.
El expediente para la declaración del poeta como hijo adoptivo de la ciudad se abrió hace unos meses a propuesta del Grupo Socialista. En el Pleno celebrado el 30 de enero de 2007 se aprobó por unanimidad la moción presentada por los concejales del PSOE y se acordó iniciar los trámites para la concesión del título. El fundamento de esta decisión, explican portavoces municipales, «no es otro que llevar a cabo un reconocimiento público a Antonio Gamoneda, tanto por su valor humano y literario, como por su compromiso con esta ciudad».
El expediente de concesión recoge que León está presente en toda su obra, «y de manera especial en algunos de sus poemarios más emblemáticos, como ‘Lápidas’. A esta tierra, además, le dedicó expresamente un hermoso libro en 1979, ‘León de la mirada’, cuyos poemas, escritos muchos años atrás, se habían convertido para Gamoneda en el recuerdo de una contemplación: "la de una tierra que me ha hecho suyo de la única manera posible y verdadera: en el difícil encuentro del amor", como indicaba el propio poeta en la nota preliminar de aquel libro. 
ARGUMENTACIÓN:
 
 ANTONIO GAMONEDA
Hijo Adoptivo de León


Un leonés universal cuya poesía es ya, hoy,
Patrimonio de todos
 
“León es esto: lentitud sagrada
con álamos al borde del camino”
(Del libro ‘León de la mirada’)


     “Antonio Gamoneda, leonés de Oviedo, poeta del frío, ha logrado el más alto reconocimiento que nunca hayan recibido las, por otra parte, muy laureadas letras leonesas: el Premio Cervantes de Literatura. Un premio que le suma a una distinguida nómina en la que figuran nombres como Rafael Alberti, Gerardo Diego, Borges, Octavio Paz, José Hierro, Gonzalo Rojas o Mario Vargas Llosa, por citar a unos pocos, y que le ha convertido en uno de los máximos exponentes de la creación en lengua castellana”. Así rezaba la noticia publicada en un diario local el pasado 1 de diciembre de 2006, cuando a la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana se unió la concesión del máximo galardón de la literatura en español al poeta Antonio Gamoneda, “nuestro vecino” desde hace más de setenta años.
Para los leoneses, es un orgullo y un honor que este vecino, “nuestro paisano”, se haya convertido en un referente de la Cultura en lengua española. Desde el silencio y la soledad de su casa en León ha sido capaz de crear una obra universal, original y única, aunque él, modestamente, tan sólo se considere el mejor poeta de su barrio. Pero también ha dado lo mejor de sí mismo a esta provincia, desde su trabajo en la Diputación y en la Fundación Sierra Pambley, como impulsor de proyectos culturales, sin olvidar su influencia ética e intelectual en todos los escritores leoneses.
En palabras del poeta y novelista Julio Llamazares, “para todos los escritores leoneses, Gamoneda es más que una referencia. Forma parte del paisaje urbano y sentimental de nuestra provincia, como esos símbolos a los que él tanto apela”.
Como apunta el profesor y crítico leonés José Enrique Martínez: “Hoy no nos imaginamos a Gamoneda fuera de estas calles que lleva recorriendo más de setenta años”.

Antonio Gamoneda nació en Oviedo en 1931. Al año siguiente murió su padre y, en 1934 se trasladó con su madre a León, única ciudad donde ha querido vivir, y en la que siempre ha residido desde entonces. Aquí es donde Gamoneda ha ido gestando su obra poética, al margen de circuitos y generaciones literarias, desde una independencia radical.
León, donde Gamoneda tiene anclada su biografía desde hace nada menos que 73 años, está presente en toda su obra, y de manera especial en algunos de sus poemarios más emblemáticos, como ‘Lápidas’. A esta tierra, además, le dedicó expresamente un hermoso libro en 1979, ‘León de la mirada’, cuyos poemas, escritos muchos años atrás, se habían convertido para Gamoneda “en el recuerdo de una contemplación: la de una tierra que me ha hecho suyo de la única manera posible y verdadera: en el difícil encuentro del amor”.
La memoria y el amor a esta tierra en la que habita desde 1934, en la que se casó y en la que ha tenido tres hijas, confluyen en la voz inconfundible y única de este poeta universal. Porque si en Oviedo fue donde Gamoneda vino a la vida biológica, en León es donde nació a la consciencia, al trabajo y a la poesía. Y porque su obra, con un hondo componente autobiográfico, se alimenta fundamentalmente de la memoria (“la poesía es un arte de la memoria”, sostiene él), y surge íntimamente unida a su experiencia vital. En ella está contenida su propia historia, pero también nuestra historia, la de todos (en la medida que la biografía personal tiene de experiencia colectiva y, en su caso, de solidaridad).
Así lo reconoció el jurado del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, cuando destacó “su trabajo marcado por una huella ética que se ha incrementado en los últimos años, completando una visión del mundo en la que se podrá reconocer la señal explícita de una tradición escondida, profundamente asociada a la tierra y a la construcción de la vivencia”.
En ese sentido, en ‘Lápidas’ aparece claramente la ciudad en la que se dibujan los dramáticos paisajes de su infancia: el León de la guerra civil y la inmediata posguerra. Desde los balcones del piso en el que se instaló con su madre al llegar a la ciudad, en el barrio ferroviario de El Crucero, el niño contempla la crueldad y la miseria moral del tiempo que le tocó vivir. El miedo que satura el ambiente, la pobreza, la represión, el sufrimiento y la muerte se suceden ante sus ojos, al igual que los cadáveres en las cunetas, o flotando en el río Bernesga, o las cuerdas de presos camino del presidio de San Marcos… De todo aquello se impregnará la mirada atormentada de ese niño que, en la adolescencia, llegará a “la convicción de que la poesía existe porque existe la muerte.”  Pero en ‘Lápidas’, como ha explicado el crítico Miguel Casado, hay mucho más: “León, de los suburbios al casco viejo, aparece como un mapa inagotable de hallazgos vivísimos, donde caben tantas sorpresas y tanta profundidad como en el medievo germánico evocado por Novalis en su novela Enrique de Ofterdingen”.

 De formación autodidacta, Gamoneda ha sido y es, como pocos, un hombre de su tiempo que trasciende su tiempo. Tras un breve y limitado aprendizaje escolar, al día siguiente de cumplir catorce años empezó a trabajar en el hoy extinguido Banco Mercantil. Durante 24 años fue empleado de banca, atravesando distintas categorías, mientras continuaba sus estudios por libre, hasta que en 1969 pasó a crear y dirigir los servicios culturales de la Diputación Provincial, donde desarrolló una impagable labor. Entre otras cosas, fue el encargado de crear la Institución ‘Fray Bernardino de Sahagún’, dentro de la cual fundó y dirigió la prestigiosa colección ‘Provincia de Poesía’ —convirtiéndola en referente de la mejor poesía contemporánea—, y la sala de arte de igual nombre, a la que atrajo a interesantes artistas del momento. “La tarea no era fácil, intentaba hacer una cultura progresista con el dinero de la dictadura”, ha explicado el propio poeta.
A finales de los años 70 fue privado de su condición de funcionario mediando sentencia judicial. ¿El motivo? No estar en posesión de un título académico. No obstante, Gamoneda, que posteriormente fue recontratado, continuó adscrito a la Diputación como asesor cultural, director de la revista ‘Tierras de León’ y con algunas otras funciones.
Además, desde 1979 hasta su jubilación en 1991, Gamoneda fue director gerente de la Fundación Sierra-Pambley, creada en 1887 como una especie de apéndice de la Institución Libre de Enseñanza, orientado a la educación de campesinos y obreros. De esta Fundación ha sido, hasta hace poco tiempo, miembro del Patronato.

SUS LIBROS
De poesía o en torno a la poesía, Gamoneda ha publicado hasta ahora menos de una veintena de libros, que han ido surgiendo a un ritmo lento, marcado por la coherencia y el rigor. Buena parte de ellos ha sido traducida a distintos idiomas (francés, portugués, sueco, árabe, hebreo, neerlandés…).
Su obra poética completa, bajo el título de Esta luz. Poesía reunida (1947-2004)’, ha alcanzado eco no sólo en nuestra lengua, sino también entre lectores europeos y entre poetas de otras lenguas que la han valorado sin reservas como una de las cotas expresivas más interesantes a las que ha llegado la poesía del siglo XX en lengua española. En palabras de otro leonés ilustre, Luis Mateo Díez, “Gamoneda ha llegado a ese punto de maestría absoluto al que sólo llegan los grandes. Creo que hay unanimidad en reconocer que Gamoneda es hoy uno de los grandes poetas europeos”.
Como poeta empezó a darse a conocer a fines de los 50 en revistas como ‘Espadaña’. También mantuvo relación amistosa, sin ser parte del equipo, con los poetas leoneses de Claraboya. Su primer libro publicado, ‘Sublevación inmóvil’, quedó finalista del premio Adonais en 1959, y tardó en terminarlo seis años. En él está ya uno de los grandes temas que irá definiendo en su obra: “la impotencia del hombre encadenado a la tierra, al dolor y a la muerte, padeciendo atormentada sed de belleza, de justicia, de libertad”.
En 1962 empieza ‘Blues castellano’, que no acabará hasta 1966. El libro choca de frente con la censura franquista y no se publicará hasta 1982. En él están la conciencia de clase obrera, la alienación en el trabajo; y surgen la vergüenza, el miedo y la culpa como sensaciones básicas.
Pero Gamoneda es hombre de silencios largos, profundos. Si en algunas ocasiones ha pasado más de tres lustros sin publicar, en otras han sido 12 los años que ha estado sin escribir, coincidiendo con la época en que militó más activamente en la resistencia antifranquista, sufriendo la desaparición —asesinato, suicidio, accidentes, locura, envilecimiento— de la práctica totalidad de sus compañeros de grupo.
Así, ‘Descripción de la mentira’ aparece en 1977, en plena Transición, tras “500 semanas de silencio”. Un libro que ha sido entendido como el triste y durísimo relato de lo que para muchos fue la vida durante el franquismo, y cuyas palabras “atraviesan el tiempo y alcanzan el lugar de las emociones permanentes”.
En 1986 aparece ‘Lápidas’, y en 1987 una primera edición de sus poesías reunidas, ‘Edad’, en edición de Miguel Casado, por la que recibe el Premio Nacional de Poesía.
El ‘Libro del frío’ se publica en 1992, y al año siguiente empieza a gestarse otro poemario que no terminará de cuajar hasta diez años más tarde, ‘Arden las pérdidas’ (2003). En esos años, Gamoneda sacará a la luz una obra singular, ‘Libro de los venenos’ (1995), y sintetizará en ‘El cuerpo de los símbolos’ (1997) su pensamiento sobre la poesía y el arte. Entretanto, también, de su colaboración con algunos grandes artistas españoles saldrán obras como ‘Mortal 1936′ (con Juan Barjola, publicado en 1994) o ‘¿Tú?’ (con Antoni Tápies, publicado en 1998).
Su último texto poético hasta el momento, ‘Cecilia’ (2004), está dedicado a su única nieta, y en él Gamonda, el poeta de las desapariciones, el poeta de la nieve y de la luz, se reconcilia de manera emocionante con la vida.

LOS PREMIOS
En 1985 fue Premio Castilla y León por la escritura realizada hasta la fecha; en 1988, Premio Nacional de Literatura por su libro ‘Edad’. Posteriormente, Premio de Literatura de la Comunidad de Madrid 2005; Prix Européen de Littérature 2006; Premio Reina Sofía de Literatura Iberoamericana 2006 y Premio Cervantes 2006, por el conjunto de su obra.
Se le ha concedido también la Medalla de Oro de la ciudad de Pau, la Medalla de Plata del Principado de Asturias, el Premio Leteo, la Medalla de Oro de la Provincia de León y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Es Hijo Adoptivo de Villafranca del Bierzo y Doctor honoris causa por la Universidad de León.
Desde hace más de 20 años, Gamoneda participa —con lecturas, poemas y conferencias— en cursos y encuentros de instituciones y universidades de toda España y países de Europa, América, África y Asia.
Como resume Miguel Casado, uno de los mejores estudiosos de su obra: “En 1983 su poesía era un secreto muy bien guardado entre las murallas del viejo León; pero hoy la poesía de Antonio Gamoneda ya es patrimonio de todos”.

La exposición ‘Visión del frío’, hasta el 31 de agosto en León

July 24, 2007
    La exposición Visión del frío reúne y pone en situación de diálogo 37 poemas manuscritos de Antonio Gamoneda con 41 obras plásticas (pintura, grabado, escultura, cerámica…) de 20 relevantes artistas —Alejandro Vargas, Juan Carlos Mestre, Alejandro Mieres, Amancio González, Albert Agulló, Juan Barjola, Elías G. Benavides, Bernardo Sanjurjo, Jesús Martínez Labrador, Jorge Pedrero, Juan Martínez, José Hernández, Arcadio Blasco, Orlando Pelayo, Esteban de la Foz, Antoni Tàpies, Faik Husein, Eduardo Chillida, Lucio Muñoz y Jean-Louis Fauthoux—.
Gamoneda, con Gonzalo Rojas y Juan Carlos Mestre. “Todos estos cuadros forman parte de mi vida˝, dice Antonio Gamoneda, un poeta cuya relación con las artes plásticas, durante años, ha sido estrecha y fundamental.
    Cada una de las 41 obras que se pueden contemplar en la exposición Visión del frío encuentra un lugar en la poesía y en la trayectoria vital de Antonio Gamoneda.
    La mayoría de estas piezas han sido descolgadas de las paredes de su casa, en León, y todas tienen su historia singular, que nace de un nudo personal e intelectual entre el poeta y cada uno de los artistas, de vínculos afectivos y creativos que hunden sus raíces en una manera de entender el arte y de afrontar el mundo que les ha tocado vivir.
    Tan sólo 8 de estas obras no proceden de su colección particular. De ellas, 7  han sido cedidas por tres artistas amigos —Amancio González, Albert Agulló y Elías G. Benavides— con los que el poeta ha colaborado o entrado en diálogo en distintas ocasiones. Finalmente, el grabado de Juan Carlos Mestre —que bien puede simbolizar esa “última flor ante el abismo” con la que se cierra el libro Cecilia— ha sido realizado expresamente para esta exposición, con la complicidad de Gamoneda.
    Gamoneda, con Mª Ángeles y Eduardo ChillidaMuchas de las piezas aquí reunidas se encuentran ligadas a la labor que, durante años —desde finales de los 60 hasta principios de los 80—, ejerció Gamoneda como crítico de arte y como programador, en León, de la Sala Provincia de la Diputación, a la que atrajo a interesantes artistas del momento —sin olvidar que en esa misma época y bajo su dirección, la colección de poesía Provincia se convirtió también, en España, en un referente de la poesía contemporánea—.
    Se trata de obras representativas de distintas corrientes artísticas, en la línea del realismo crítico o en la del simbolismo, en la del informalismo, el expresionismo o la abstracción lírica. Corrientes que responden, por otra parte, a la sensibilidad de una época.
    Porque Visión del frío, de alguna manera, echa el ancla en el torbellino de búsquedas en que estuvieron volcados los artistas plásticos españoles más inconformistas, en la misma época —los efervescentes años 60 y 70— en que se empieza a gestar la obra del poeta que llegará a ser Gamoneda, sobre todo a partir de la publicación de Descripción de la mentira (1977), un libro emblemático que ya contiene, en germen, su poderosa escritura posterior, sus símbolos y obsesiones, sus preocupaciones y su memoria histórica, su música interior y su fantástica capacidad de sugerencia.
Gamoneda, con Juan Barjola    Como el propio Gamoneda, la mayoría de estos creadores quedaron marcados en su niñez, primero por el trauma de la terrible Guerra Civil y, después, por la dura posguerra, por años de pobreza, autodidactismo y esfuerzo, de largas jornadas de trabajo y falta de libertad, un tiempo de “fraternidad sin esperanza”.
    Quienes reivindican la absoluta libertad creadora la tendrán que ejercer en solitario, haciéndose a sí mismos al margen de los circuitos literarios y artísticos, enfrentándose a la censura y en ocasiones al exilio, avanzando casi a ciegas por caminos desconocidos, en busca de nuevas formas de expresión.
    Cabe decir además que esta exposición no es un evento puntual, ni la simple exhibición de una colección particular de piezas de arte. Entre las 41 obras plásticas y los 37 poemas manuscritos existe, sobre todo, una voluntad de diálogo. El propio Gamoneda lo ha explicado así: “A veces se trata de un pacto, el de hacer una obra conjunta, no un comentario (poético o pictórico) de un cuadro o de un poema. Por ejemplo, Juan Barjola y yo pensábamos en un Jorge Pedrero, el 'vigilante de la nieve'hecho trágico, como la matanza de la Plaza de Toros de Badajoz, del que hicimos una metáfora. Otras veces, como en los deliciosos ‘papiers’ de Jean-Louis Fauthoux, un poema suscita al artista y el trabajo del artista suscita al poeta. En otros casos, se trata de obras con las que he convivido: las relaciones no se ven, se muestra el sentido oculto. Si uno pudiera ser hijo de un cuadro, yo sería hijo del cuadro de Jorge Pedrero, persona muy querida y que fue mi maestro. Entre Alejandro Vargas y yo hay, además, coincidencias biográficas, lo que hace que nuestras referencias a la vida sean muy cercanas. También hay coincidencias temáticas, como con las piezas de Bernardo Sanjurjo, que desarrollan un primer término sombrío y un gran dinamismo pictórico por detrás (yo estaba escribiendo unos poemas titulados Más allá de la sombra)…”.
    Y así con todos y cada uno de los artistas. Podrían ser más. Pero el poeta ha realizado una selección, basada en la amistad —y Gamoneda es hombre de amistades profundas, de correspondencias y de cercanías afectivas en las que no intervienen las distancias físicas— y sobre todo centrada en el interés común de colaboración que en determinados momentos le unió a cada uno de estos 20 autores.
    “Quizá la relación entre estos artistas y mis poemas se encuentre en que la pintura o la escultura son poesía que se ve y la poesía es pintura o escultura que se siente”, ha apuntado también Gamoneda, rescatando la expresión clásica.
Con Antoni Tàpies, en el Círculo de Bellas Artes    La exposición se completa con la exhibición de todos los libros publicados por el poeta —varios de ellos en sus distintas ediciones—, traducciones de sus obras a otros idiomas, libros hechos con artistas, libros dedicados, algunas cartas de creadores americanos y europeos, fotos familiares y fotos con amigos escritores y artistas, galardones significativos y algunas piezas con interés documental —como el libro de poemas de su padre, Otra más alta vida, en el que Antonio Gamoneda aprendió a leer, o una copia del expediente de la censura que en 1968 impidió la publicación de la obra Blues castellano—.
    Los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, inauguraron la exposición Visión del frío el 23 de abril de 2007, en el Museo ‘Luis González Robles’ de la Universidad de Alcalá de Henares, con motivo de la concesión del Premio Cervantes 2006 a Antonio Gamoneda.
La muestra llega ahora a León gracias a Caja España que, a través de su Obra Social, ha querido rendir así un justo y merecido homenaje al poeta.

ELOÍSA OTERO
Comisaria de la exposición 
LUGAR:
Edificio de Botines de Gaudí.
Plaza de San Marcelo, 5. León. 
HORARIO DE VISITAS:
La exposición está abierta todos los días, de lunes a domingo inclusive, de 11 a 14 horas y de 18 a 21 horas.
FECHAS:
Del 19 de julio al 31 de agosto. 

¡¡¡ FELICIDADES !!!

May 29, 2007

Antonio Gamoneda cumple mañana, 30 de mayo, 76 años.

Amelia Gamoneda sobre Antonio Gamoneda

"(…) En mi memoria de siempre mi padre es un hombre que escribe; o mejor dicho, es un hombre que trabaja, que trabaja en la escritura. Escribe con todos los músculos, reconcentrado, tachando con decisión, rompiendo enérgicamente los papeles, y luego pulsando las teclas –de las máquinas antes mecánicas y hoy del ordenador– hasta desgastar sus mecanismos. Su ruido de escritor es el de un oficinista, el del oficinista que fue, el del obrero y su máquina; en mi memoria imaginaria, este ruido se prolonga hacia atrás en el tiempo y se confunde con el de las máquinas de bordar que mi abuela pedaleaba incansablemente en una galería. Algunas noches, en la casa de mis padres, el ruido de las teclas no se interrumpe más que durante tres o cuatro horas; pienso entonces si mi padre no le estará haciendo compañía a mi abuela, pienso si este oficio de escritura, ejercido así, con ese apremio, con ese esfuerzo, con esa necesidad, no habrá recibido su ritmo de esa experiencia familiar del trabajo, de esas noches de la infancia de mi padre en las que él tampoco acertaba a percibir cuándo se paraban las máquinas de bordar de mi abuela. (…)"

    AMELIA GAMONEDA (Fragmento extraído del texto titulado ‘Entre memorias’ que Amelia Gamoneda leyó en el Festival de la Palabra, Universidad de Alcalá de Henares, el pasado 18 de abril)

El primer poema manuscrito (1947)

May 24, 2007

Te beberé el cabello

y cerraré los ojos.

Tú seguirás manando

tu cabello,

turbio de besos.

(Este es el primer poema manuscrito de Antonio Gamoneda, cuyo original conserva su hija Amelia. Está datado en 1947, cuando el poeta apenas contaba 16 años. El original se ha podido ver estos días en la exposición ‘Visión del frío’ —que por cierto se clausura mañana viernes, 25 de mayo— en la Universidad de Alcalcá de Henares).

 

‘Lugar de álamos’, por MIGUEL CASADO

May 10, 2007
    ¿Cómo aparece un gran poeta?, ¿de qué manera trasciende su entorno inmediato? Ciertamente, en cada ocasión que esto ocurre, resulta difícil no sentirlo como un fenómeno misterioso, como un destino que impone su fuerza oscura por encima de las circunstancias.
    Cuando leí por primera vez a Antonio Gamoneda –hacia 1983–, su poesía era un secreto bien guardado entre las murallas de León, aunque ya hubiera publicado tres libros. Veintitantos años después, su nombre se ha convertido en la más importante referencia de la poesía española actual; no se puede hablar de poesía moderna en nuestra lengua sin reconocer el papel clave de su obra, de las preguntas y caminos que ha suscitado, de la apertura sin restricciones a que nos obliga como lectores. El proceso que ha llevado de aquel silencio hasta este reconocimiento reúne, de modo emocionante e insólito, la necesidad con la justicia. Y hoy la poesía de Gamoneda ya es patrimonio de todos.
    Antonio Gamoneda nació en Oviedo en 1931. Al año siguiente murió su padre, y en 1934 su madre se trasladó con él a León, donde ha residido siempre desde entonces. De las condiciones de su vida en aquellos años da idea él mismo: “Mi tipología de escritor ha de ser la que pueda darse en la suma de unos componentes históricos y biográficos que son, más o menos, los siguientes: pobreza familiar, escasa escuela pública y contemplación inocente de la crueldad y la miseria moral de la guerra civil y la posguerra militarizada; […] primeras lecturas nada selectas; trabajo, desde la niñez, en niveles inferiores. Estos son los fundamentos culturales primarios. A continuación, con la vocación poética ya descubierta, estudios accidentados y lecturas tirando a imprevisibles, nada de viajes educativos, y jornadas laborales de doce horas, menos los domingos que sólo hacíamos tres”.
    Los textos recogen las experiencias que fueron despertando esa temprana vocación –el canto del rosario de la aurora oído desde la duermevela del niño (“como serpientes bellísimas que pasaran sobre mi corazón”), el canto de Pedro, el ciego, con su noticiero ambulante (“bóvedas invisibles creadas cada mañana por la voz otoñal”)…–. Con tal sustrato –compartido por muchos de sus conciudadanos–, la virtud de la escritura de Gamoneda ha sido construir un mundo y una lengua radicalmente personales, a partir de una inmersión intuitiva en la tradición popular (de “Los campanilleros” al blues), en el barroco castellano o en ‘La Celestina’, en los textos bíblicos, en variadas poéticas modernas (Lorca, Hikmet, Rimbaud, Saint-John Perse, Duras, Rilke, Vallejo). Así enraizada, la poesía se le ofrece como la fórmula más estricta de la identidad, el espacio donde se ejerce la reflexión existencial y donde se pone en juego la vida, forma íntima de respiración. Y, como en toda obra contemporánea, lugar ella misma de conflicto, nudo de tensiones contradictorias.
    Quizá por haber empezado refiriéndome al cambio que ha llevado desde aquel “secreto leonés” a una apertura sin fronteras, querría esbozar brevemente cómo el núcleo conflictivo, las contradicciones en que se constituye un poeta pueden girar en torno a la ciudad que habita. “Mientras más personal, local, temporal y particular es un poema, más se aproxima al centro de toda poesía”, decía Novalis, pues en tal particularidad radica el núcleo de resistencia que distingue un mundo poético de otro; el doble proceso que suponen los textos de Gamoneda, de extrema interiorización de la realidad y de metamorfosis de la sustancia íntima en mito, cuaja fundiendo sin posible deslinde lo universal y lo local.
    ‘Lápidas’ –libro publicado en 1986– reúne, en su capítulo tercero y más extenso, muchos de los rasgos del relato de formación, Bildugnsroman, tal como fue acuñado por los clásicos y los románticos alemanes: el aprendizaje de la vida en campos distintos, el nomadismo del protagonista a través de lugares y costumbres, la mezcla en su mirada de lo privado y lo documental, el recuento de gentes que dejaron una imagen, una frase, un tono de voz que aún se oye. León, de los suburbios al casco viejo, aparece como un mapa inagotable de hallazgos vivísimos, donde caben tantas sorpresas y tanta profundidad como en el medievo germánico evocado por Novalis en su novela ‘Enrique de Ofterdingen’. Gamoneda no presenta, sin embargo, el deseo enciclopédico que movió al romántico, ni su voluntad discursiva y didáctica; tampoco, el propósito de hacerse cronista de la anécdota que alentó las memorias infantiles de algunos poetas herederos de la poesía social. Hay, sencillamente, el relato de la luz, del aura interiorizada de las cosas y los hechos, que no se suman para hilvanarse en historia, sino que se superponen, se espesan en un cuerpo consistente y oscuro. Ya antes, en ‘Blues castellano’ y ‘Descripción de la mentira’, esos materiales habían surgido y seguirán matizándose luego, en ‘Libro del frío’ y ‘Arden las pérdidas’, o iluminando mejor alguna de sus caras y ensombreciendo otras, afirmándose y negándose, proponiendo un apasionante ejercicio de lectura en marcha.
    Es característica la doble forma que tiene la realidad de manifestarse: por un lado, como sólido soporte en que la mirada se apoya para hacer pie cuando más turbiamente se agitan los fluidos espectrales de la memoria: “Días de labranza extendidos más allá de las aguas, / lenguas laborables y el centeno bajo el invierno: / así es el mundo delante de mis ojos”. Pero, por otro lado, las cosas y los hechos se imponen como depositarios de un sentido que tuvo su raíz en alguna antigua experiencia personal y ha quedado oculto, velado en ellos (“como basalto dentro de basalto”); que sólo se percibe en la intensidad que conllevan, pero que no hace que sean asimilados, comprendidos por el propio autor, más que a través de un lentísimo proceso que se confunde con la misma vida.
    Todo este cuerpo oscuro de intensidad poética se alimenta del paisaje de la infancia: “El cinturón de álamos es oloroso bajo los manantiales de marzo”, y en esta imagen el infantil “lugar ameno” se asocia con los manantiales de la memoria que –como se relataba en un pasaje memorable de ‘Descripción de la mentira’– “se abrieron” permitiendo que aquel mundo olvidado empezara a afluir de nuevo, a convertirse en mundo consciente. Las frases de la cita anterior, tras el aroma de los árboles y el correr del agua, continuaban así: “y en los vertederos se insinúan flores lívidas junto a la fermentación de las hogueras subterráneas. Son las flores cándidas y venenosas de los extrarradios y su fertilidad conduce a la infancia”: el agua de la memoria es también impura, infectada, “cándida y venenosa”, y este carácter doble constituye el paisaje del origen: el extrarradio. Al otro lado del Bernesga, cerca de la estación, barrio de obreros pero todavía territorio rural, de patios y huertas, perteneciente a la ciudad y excluido de ella: en este lugar se levanta el balcón al que el niño se asoma para grabar en sus ojos la vida que cruza: movimientos y acciones que no llegan a entenderse, que se observan sólo a medias, cuya continuidad no es previsible, pero que dejan caer todas sus emociones y misterios, sus sonidos y colores, en una sensibilidad afilada por el deseo de saber y también por una cualidad enfermiza del niño.
    Es el León de la guerra civil y la primera posguerra, y las imágenes infantiles hablan del miedo que satura el ambiente y de la toma de partido de aquellos habitantes del barrio: los suyos son quienes pasan bajo el balcón formando cuerdas de presos, hacia San Marcos, y no “los espías” o los policías que llegan al amanecer. Entre estos episodios, se repiten las referencias a un “cinturón”, a unas “puertas” y “muros”: símbolos de la separación respecto a la ciudad (“ciudad avergonzada”, “ciudad amordazada”, se leerá luego). Sólo cuando llegue la adolescencia, las calles se irán haciendo más familiares: las del mercado, las que conducen de madrugada al trabajo, y “lo comunal” formará parte del mito propio.
    Sin embargo, el espacio fundador seguirá siempre siendo el del extrarradio (de “poética del ejido” ha hablado Gamoneda), aun cuando el tiempo lo haya convertido en lugar al que se vuelve no viviendo ya en él: “En los paseos perezosos hice míos los restos de la pobreza agraria”. El efecto de los años en este escenario le sirve al poeta para ahondar en la conciencia: el ámbito de la infancia es percibido ahora como acumulación de restos: físico vertedero, donde la ciudad arrincona lo inservible, y depósito también de una memoria que con enorme lentitud va elaborando su sustancia nuclear, el descubrimiento de la vida experimentado como descubrimiento de la muerte. El tiempo se ha hecho espacio: “Edad, edad en los suburbios”. En los últimos poemas de esta parte de ‘Lápidas’, Gamoneda sentirá la ciudad como una especie de esfinge hierática enfrentada a su entorno (“La ciudad mira el sílice de las montañas como una gárgola inmóvil ante los círculos de la eternidad”) y será después testigo de la furia destructora del casco urbano contra este entorno que acogió su niñez (“los arroyos retroceden como las víboras ante el incendio. Es la pasión de las inmobiliarias”).
    En los poemas de ‘Libro del frío’ y ‘Arden las pérdidas’ la progresiva toma de conciencia respecto al contenido de la memoria viene a chocar con la desaparición física de su mundo: “Esta hora no existe, esta ciudad no existe, yo no veo estos álamos, su geometría en el rocío. / Sin embargo, éstos son los álamos extinguidos, vértigo de mi infancia”. La crónica de pérdidas que abría ‘Descripción de la mentira’, con la evocación de las personas cercanas desaparecidas o destruidas durante la larga noche del franquismo, obtiene así contundente correlato en la historia de la ciudad. La ciudad en que vive el poeta ya no existe, si no es como espectro adherido a los rincones de la memoria. El mundo es enteramente el interiorizado, el de alguien poseído por recuerdos que lo habitan y en los que habita: “De las violentas humedades, de / los lugares donde se entrecruzan / residuos de tormentas y sollozos, / viene / esta pena arterial, esta memoria / despedazada”: residuos no nombra los objetos del vertedero, sino los jirones interiores, la impronta de los mínimos detalles conservados a través de las décadas y saturados por el sentido que ya entonces hizo que se imprimieran, y que ahora –casi desprovistos de anécdota– los desborda hasta derramarse en la obsesión. “Vi lavandas sumergidas en un cuenco de llanto y la visión ardió en mí”: el ver se ha hecho con el tiempo visión, en el proceso simultáneo que interioriza (“en mí”) e intensifica (“ardió”); la presencia obsesiva de estas visiones en la memoria nutre hasta el extremo el factor de irrealidad que late en una dinámica de tal orden: la realidad máxima, la conocida, la más verdadera y honda, tiene, así, un efecto de irrealidad casi insoportable, especialmente para quien la lleva consigo.
    Esta trayectoria a la vez evolutiva y obsesiva, que afecta al mundo poético entero, no supone sino llevar hasta las últimas consecuencias la lucidez existencial de ‘Descripción de la mentira’: “La naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia y este conocimiento es el fin de un espíritu rodeado por gallinas ávidas”, o con su peculiar modo de dejar que hablen las cosas: “en tu chaqueta abandonada y entreabierta, es decir, en una forma que describe tu desaparición”. Toda gran escritura acaba haciéndose portadora de esta clase de energía entrópica. Sin embargo –y éste es otro fruto de la lucidez del poeta–, su propio carácter de obra verbal, de mundo verbal, aparece como forma última de certeza, certeza también irrestañable: “Hay una música en mí, esto es cierto, y todavía me pregunto qué significa este placer sin esperanza” –anota al concluir ‘Arden las pérdidas’.
 
 
    MIGUEL CASADO (Texto publicado en el catálogo de la exposición ‘Visión del frío’ que, hasta el 25 de mayo, se puede visitar en la Universidad de Alcalá de Henares).
 

Noticia biográfica de ANTONIO GAMONEDA LOBÓN

May 5, 2007

Antonio Gamoneda y Amelia Lobón, padres del poeta, hacia 1918

     Antonio Gamoneda nació en Oviedo en 1931. A los tres años, ya huérfano de padre (de su mismo nombre, poeta en la órbita del modernismo que publicó un solo libro, ‘Otra más alta vida’, en 1919), se trasladó con su madre, Amelia Lobón, a León, única ciudad en la que ha querido vivir, primero en el principal barrio obrero –y campesino– de la ciudad, que siguen llamando de El Crucero. Para sus ojos infantiles el barrio fue un observatorio “privilegiado” de la represión llevada a cabo por los nacionales durante la guerra civil y la inmediata posguerra.
 Pasó fugazmente por la enseñanza primaria en la escuela pública, y cumplidos los diez años y viviendo ya en una zona más céntrica, empezó a cursar, gratuitamente, el bachillerato en un colegio religioso del que se autoexpulsó antes de terminar el tercer curso.
Al día siguiente de cumplir catorce años empezó a trabajar como meritorio y recadero en el hoy extinguido Banco Mercantil. Permaneció en la condición de empleado de banca, atravesando distintas categorías, durante veinticuatro años.
Desde los diecisiete, estuvo en la política clandestina hasta los días de la llamada Transición, sufriendo la desaparición –asesinato, suicidio, accidentes, locura, envilecimiento– de la práctica totalidad de los compañeros de grupo.
Mantuvo relación amistosa, sin ser parte del equipo, con los poetas editores de las revistas “Espadaña” y “Claraboya”. El poema más antiguo que conserva fechado es de 1947.

Fotos tomadas del catálogo de la exposición 'Visión del frío'
Terminó “por libre” los estudios medios. En 1960 se casó con María Ángeles Lanza (tiene tres hijas y una nieta: Amelia, Ana, Ángeles y Cecilia).
En 1969, abandonó la banca privada y pasó a crear y dirigir los servicios culturales de la Diputación Provincial. La tarea no era fácil, intentaba hacer una cultura progresista con el dinero de la dictadura. Fue privado de su condición de funcionario –y posteriormente recontratado– mediando sentencia judicial.

Desde 1979 hasta su jubilación en 1991, fue director gerente de la Fundación Sierra-Pambley, creada en 1887, impulsada por Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y Manuel Bartolomé Cossío, como una especie de apéndice de la Institución Libre de Enseñanza orientado a la educación de campesinos y obreros. De esta fundación ha sido, hasta hace poco tiempo, miembro del Patronato.
De poesía o en torno a la poesía ha publicado hasta ahora dieciséis libros. Buena parte de ellos ha sido traducida a distintos idiomas (francés, portugués, sueco, árabe, hebreo, neerlandés…). Ha participado, con lecturas, poemas y conferencias, en cursos y encuentros de instituciones y universidades de toda España y países de Europa, América, África y Asia.
En 1985 fue Premio Castilla y León por la escritura realizada hasta la fecha; en 1988, Premio Nacional de Literatura por su libro ‘Edad’; posteriormente, Premio de Literatura de la Comunidad de Madrid 2005; Prix Européen de Littérature 2006; Premio Reina Sofía de Literatura Iberoamericana 2006 y Premio Cervantes 2006, por el conjunto de su obra en estos cuatro últimos casos.
Se le ha concedido también la Medalla de Oro de la ciudad de Pau, la Medalla de Plata del Principado de Asturias, el Premio Leteo, la Medalla de Oro de la Provincia de León y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Es Hijo Adoptivo de León y de Villafranca del Bierzo, y Doctor honoris causa por la Universidad de León.

ANTONIO GAMONEDA en una fotografía de FERNANDO SANZ SANTACRUZ

May 4, 2007

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