Poemas de Gamoneda y un texto sobre la exposición ‘Visión del frío’ en la revista Átopos

March 25, 2008
Portada de la revistaEl último número, el 7, de (haz click:) ÁTOPOS, la revista que bajo el subtítulo ‘Salud mental, comunidad y cultura’ dirige MANUEL DESVIAT (quien firma el editorial titulado ‘Alienación de lo íntimo: de la represión al just do it‘), incluye artículos de Isabel del Cura y Alberto López García-Franco (La medicalización de la vida: una mirada desde la atención primaria), Ander Retolaza (El territorio del malestar), Alberto Ortiz Lobo (Los profesionales de salud mental y el tratamiento del malestar), Constantino Bértolo (Una lectura fracasada), Amador Fernández-Savater (Politizar el sufrimiento), María Angeles Gil Bonmatí (No disfruto), María José Gil Bonmatí (Mobbing), Javier González (Verónica), Ignasi Pons i Antón (Psicologización de la vida cotidiana).
En las páginas centrales de la revista, poemas de ‘Descripción de la mentira’ de Antonio Gamoneda y poemas de Elena Medel, un artículo de Eloísa Otero sobre la exposición ‘Visión del frío’ y la recuperación de artículos de la revista Triunfo, firmados por Manuel Vázquez Montalbán, sobre ‘El poder de la copla. Crónica sentimental de España’.

‘Visión del frío’ se cerró con casi 13.000 visitas

September 8, 2007
La exposición ‘Visión del frío. Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006′ se cerró el pasado 31 de agosto en la Casa de Botines de Gaudí (León) después de recibir casi 13.000 visitas, según datos de Caja España.
Aunque ya no se puede contemplar esta magnífica muestra de pintura, escultura, poesía, bibliografía y algunos objetos personales de Gamoneda, el diario La Crónica de León-El Mundo la sigue anunciando, equívocamente, en su página de agenda cultural, como si se hubiera prorrogado hasta el próximo viernes. Tan equívocamente que mucha gente sigue preguntando por ella, y acercándose a Botines…

Cerca de 10.000 personas ya han visitado la exposición ‘Visión del frío’ en León

August 21, 2007

Una foto de la exposición, de Peio García para la agencia ICALPues esos son los datos que ofrece Caja España: cuando apenas faltan 10 días para que se clausure, la exposición ‘Visión del frío’ ha sido visitada ya por cerca de 10.000 personas. ¡Todo un éxito!

La muestra recoge una serie de poemas manuscritos del ganador del Premio Cervantes 2006, en diálogo con unas 40 obras de arte contemporáneo, destacando firmas como Tàpies, Barjola, Vargas o Faik Husein. La muestra se completa con diversos detalles sobre la figura y personalidad del poeta, como fotografías o ediciones de todas sus obras.

Esta exposición fue organizada por la Universidad de Alcalá de Henares y por el Ministerio de Cultura, con motivo de la entrega del Premio Cervantes el 23 de abril de 2007, y llega a León con el patrocinio de Caja España. ‘Visión del frío’ puede visitarse todavía hasta el 31 de agosto, en el Edificio Botines de Gaudí, en horario de 11.00 a 14.00 horas y de 18.00 a 21.00 horas, todos los días.

Citas: Pablo de la Varga

July 26, 2007

"Para acercarse a Gamoneda hay que cuidar el corazón y dejar abiertas de par en par las ventanas del alma."

PABLO DE LA VARGA

Pablo de la Varga, en una foto de Vicente García

El 19 de julio, cuando se inauguró la exposición ‘Visión del frío’ en Botines, Pablo de la Varga —el gran amigo de Gamoneda desde que ambos tenían 5 años— pronunció en el acto, por sorpresa, este pequeño y emotivo discurso:

    "La Concejala de Cultura me avisó de este evento. Se lo agradezco. En mi proximidad al poeta, pues somos amigos desde los cinco años, y compadres varias veces, por esta proximidad, me resulta muy difícil organizar palabras con la claridad y serenidad que él merece.

Me cercan los sentimientos, pero me empuja el deseo de hacerme presente en esta feliz ocasión, aunque afortunadamente muchos ríos de tinta han corrido ya, muchas imágenes televisivas y muchas ondas radiofónicas, que son expresión de las gentes de mayor autoridad dentro del mundo de la cultura.

Al descubrir a Gamoneda, una fuerte campanada ha avisado a todo el mundo de que había palabras nuevas, de contenidos nobles, hondura humana y lucidez existencial.

Ahora, que su voz va siendo patrimonio de todos, esta exposición, que abrió sus puertas por primera vez en la Universidad de Alcalá de Henares con motivo del Premio Cervantes 2006, hace parada inmediatamente después en esta tierra que, en la voz del poeta, es "lentitud sagrada, con álamos al borde del camino".

Poco más. Creo que no debo ir más allá porque las palabras aquí se han puesto de luces.

Sólo avisaros de que para acercarse a Gamoneda hay que cuidar el corazón y dejar abiertas de par en par las ventanas del alma". 

La exposición ‘Visión del frío’, hasta el 31 de agosto en León

July 24, 2007
    La exposición Visión del frío reúne y pone en situación de diálogo 37 poemas manuscritos de Antonio Gamoneda con 41 obras plásticas (pintura, grabado, escultura, cerámica…) de 20 relevantes artistas —Alejandro Vargas, Juan Carlos Mestre, Alejandro Mieres, Amancio González, Albert Agulló, Juan Barjola, Elías G. Benavides, Bernardo Sanjurjo, Jesús Martínez Labrador, Jorge Pedrero, Juan Martínez, José Hernández, Arcadio Blasco, Orlando Pelayo, Esteban de la Foz, Antoni Tàpies, Faik Husein, Eduardo Chillida, Lucio Muñoz y Jean-Louis Fauthoux—.
Gamoneda, con Gonzalo Rojas y Juan Carlos Mestre. “Todos estos cuadros forman parte de mi vida˝, dice Antonio Gamoneda, un poeta cuya relación con las artes plásticas, durante años, ha sido estrecha y fundamental.
    Cada una de las 41 obras que se pueden contemplar en la exposición Visión del frío encuentra un lugar en la poesía y en la trayectoria vital de Antonio Gamoneda.
    La mayoría de estas piezas han sido descolgadas de las paredes de su casa, en León, y todas tienen su historia singular, que nace de un nudo personal e intelectual entre el poeta y cada uno de los artistas, de vínculos afectivos y creativos que hunden sus raíces en una manera de entender el arte y de afrontar el mundo que les ha tocado vivir.
    Tan sólo 8 de estas obras no proceden de su colección particular. De ellas, 7  han sido cedidas por tres artistas amigos —Amancio González, Albert Agulló y Elías G. Benavides— con los que el poeta ha colaborado o entrado en diálogo en distintas ocasiones. Finalmente, el grabado de Juan Carlos Mestre —que bien puede simbolizar esa “última flor ante el abismo” con la que se cierra el libro Cecilia— ha sido realizado expresamente para esta exposición, con la complicidad de Gamoneda.
    Gamoneda, con Mª Ángeles y Eduardo ChillidaMuchas de las piezas aquí reunidas se encuentran ligadas a la labor que, durante años —desde finales de los 60 hasta principios de los 80—, ejerció Gamoneda como crítico de arte y como programador, en León, de la Sala Provincia de la Diputación, a la que atrajo a interesantes artistas del momento —sin olvidar que en esa misma época y bajo su dirección, la colección de poesía Provincia se convirtió también, en España, en un referente de la poesía contemporánea—.
    Se trata de obras representativas de distintas corrientes artísticas, en la línea del realismo crítico o en la del simbolismo, en la del informalismo, el expresionismo o la abstracción lírica. Corrientes que responden, por otra parte, a la sensibilidad de una época.
    Porque Visión del frío, de alguna manera, echa el ancla en el torbellino de búsquedas en que estuvieron volcados los artistas plásticos españoles más inconformistas, en la misma época —los efervescentes años 60 y 70— en que se empieza a gestar la obra del poeta que llegará a ser Gamoneda, sobre todo a partir de la publicación de Descripción de la mentira (1977), un libro emblemático que ya contiene, en germen, su poderosa escritura posterior, sus símbolos y obsesiones, sus preocupaciones y su memoria histórica, su música interior y su fantástica capacidad de sugerencia.
Gamoneda, con Juan Barjola    Como el propio Gamoneda, la mayoría de estos creadores quedaron marcados en su niñez, primero por el trauma de la terrible Guerra Civil y, después, por la dura posguerra, por años de pobreza, autodidactismo y esfuerzo, de largas jornadas de trabajo y falta de libertad, un tiempo de “fraternidad sin esperanza”.
    Quienes reivindican la absoluta libertad creadora la tendrán que ejercer en solitario, haciéndose a sí mismos al margen de los circuitos literarios y artísticos, enfrentándose a la censura y en ocasiones al exilio, avanzando casi a ciegas por caminos desconocidos, en busca de nuevas formas de expresión.
    Cabe decir además que esta exposición no es un evento puntual, ni la simple exhibición de una colección particular de piezas de arte. Entre las 41 obras plásticas y los 37 poemas manuscritos existe, sobre todo, una voluntad de diálogo. El propio Gamoneda lo ha explicado así: “A veces se trata de un pacto, el de hacer una obra conjunta, no un comentario (poético o pictórico) de un cuadro o de un poema. Por ejemplo, Juan Barjola y yo pensábamos en un Jorge Pedrero, el 'vigilante de la nieve'hecho trágico, como la matanza de la Plaza de Toros de Badajoz, del que hicimos una metáfora. Otras veces, como en los deliciosos ‘papiers’ de Jean-Louis Fauthoux, un poema suscita al artista y el trabajo del artista suscita al poeta. En otros casos, se trata de obras con las que he convivido: las relaciones no se ven, se muestra el sentido oculto. Si uno pudiera ser hijo de un cuadro, yo sería hijo del cuadro de Jorge Pedrero, persona muy querida y que fue mi maestro. Entre Alejandro Vargas y yo hay, además, coincidencias biográficas, lo que hace que nuestras referencias a la vida sean muy cercanas. También hay coincidencias temáticas, como con las piezas de Bernardo Sanjurjo, que desarrollan un primer término sombrío y un gran dinamismo pictórico por detrás (yo estaba escribiendo unos poemas titulados Más allá de la sombra)…”.
    Y así con todos y cada uno de los artistas. Podrían ser más. Pero el poeta ha realizado una selección, basada en la amistad —y Gamoneda es hombre de amistades profundas, de correspondencias y de cercanías afectivas en las que no intervienen las distancias físicas— y sobre todo centrada en el interés común de colaboración que en determinados momentos le unió a cada uno de estos 20 autores.
    “Quizá la relación entre estos artistas y mis poemas se encuentre en que la pintura o la escultura son poesía que se ve y la poesía es pintura o escultura que se siente”, ha apuntado también Gamoneda, rescatando la expresión clásica.
Con Antoni Tàpies, en el Círculo de Bellas Artes    La exposición se completa con la exhibición de todos los libros publicados por el poeta —varios de ellos en sus distintas ediciones—, traducciones de sus obras a otros idiomas, libros hechos con artistas, libros dedicados, algunas cartas de creadores americanos y europeos, fotos familiares y fotos con amigos escritores y artistas, galardones significativos y algunas piezas con interés documental —como el libro de poemas de su padre, Otra más alta vida, en el que Antonio Gamoneda aprendió a leer, o una copia del expediente de la censura que en 1968 impidió la publicación de la obra Blues castellano—.
    Los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, inauguraron la exposición Visión del frío el 23 de abril de 2007, en el Museo ‘Luis González Robles’ de la Universidad de Alcalá de Henares, con motivo de la concesión del Premio Cervantes 2006 a Antonio Gamoneda.
La muestra llega ahora a León gracias a Caja España que, a través de su Obra Social, ha querido rendir así un justo y merecido homenaje al poeta.

ELOÍSA OTERO
Comisaria de la exposición 
LUGAR:
Edificio de Botines de Gaudí.
Plaza de San Marcelo, 5. León. 
HORARIO DE VISITAS:
La exposición está abierta todos los días, de lunes a domingo inclusive, de 11 a 14 horas y de 18 a 21 horas.
FECHAS:
Del 19 de julio al 31 de agosto. 

Botines, un segundo hogar para Gamoneda

July 20, 2007

Reproducimos el artículo publicado hoy en  ABC, sobre la inauguración, ayer en León, de la exposición ‘Visión del frío’ .

Por BELÉN MOLLEDA
Gamoneda, ayer, en una foto de Mauricio Peña para La Crónica de León / El Mundo    En la «amistad» reposa y se «fundamenta» la exposición «Visión del Frío» organizada en torno al Premio Cervantes 2006 y que reúne 37 manuscritos del escritor, además de 41 obras plásticas de autores como Antoni Tápies o Eduardo Chillida. Así lo describió el poeta durante el acto inaugural de la muestra, que estará en la Casa de Botines hasta el 31 de agosto.
    Con un contenido, por una parte documental, «de mis trabajos, felicidades y quebrantos», y por otra, «con un componente más numeroso, que es el de las piezas de arte», se erige esta muestra que «responde a eso que he llamado relación amistosa con sus autores».
    Por su parte, la comisaria de la exposición, Eloísa Otero, interpretó que, desde ayer, cuando se abrió la muestra, la Casa de Botines «se convierte en la casa de Gamoneda».
    Allí el poeta ha instalado «sus cuadros, libros y objetos más íntimos, más personales, hasta unos discos vinculados a la época que hace referencia sobretodo esta exposición», entre los años 60 y 80.
Durante estos veinte años, el poeta fue programador cultural en la Diputación de León.
    «No están todas las piezas representativas de mi amistad y de la capacidad artística de mis amigos, podría haber algunas más», dijo el poeta, que también confesó que en la muestra ha evitado poner sus retratos, ya que no quería que su «figura visual, historia y fisonomía fuera la que pareciera dominante dentro del conjunto».
    El poeta, que concluyó su discurso visiblemente emocionado, compareció en compañía de uno de sus amigos «más antiguo», desde hace setenta años, Pablo de La Varga, quien afirmó, por su parte, que «para acercarse a Gamoneda hay que cuidar el corazón y dejar abiertas las puertas del alma».
    Entre otros artistas que participan en la exposición con su obra figuran Alejandro Vargas, Juan Carlos Maestre, Alejandro Mieres, Amancio González, Albert Agulló, Juan Barjola, Elías G. Benavides, Benardo Sanjurno, Jesús Martínez Labrador. También lo hacen Jorge Pedrero, Juan Martínez, José Hernández, Arcadio Blasco, Orlando Pelayo, Esteban de la Foz, Antonio Tápies, Faix Husein, Eduardo Chillida, Lucio Muñoz y Jean-Lous Fauthoux, que ofrecen desde pinturas hasta grabados, escultura y cerámica.
 

El frío de las barras en la cara

Por N. G. Sabugal (La Crónica de León/ El Mundo)
    Antes de la inauguración de ‘Visión del frío’, Gamoneda fue recibido en el Ayuntamiento por el alcalde y la concejala de Cultura, Francisco Fernández y Evelia Castaño, quienes lamentaron que el poeta y Premio Cervantes 2006 no hubiera sido recibido de forma oficial por el anterior gobierno municipal. El poeta firmó en el Libro de Honor y Francisco Fernández, que le entregó la Medalla Legio VII del Ayuntamiento de León, aseguró que impulsará el procedimiento necesario para nombrar Hijo Adoptivo de la Ciudad al autor de ‘Blues castellano’. Además, el Consistorio instalará una placa en la casa de la calle Doctor Fleming, 6 donde vivió Gamoneda de niño y desde donde veía, con el frío de las barras muy cerca de la cara, el desfile de los presos que se dirigían hacia la cárcel de San Marcos, situación que el poeta reflejó en el que es uno de sus más famosos textos, en el que explica la crudeza de la Guerra Civil a través de la mirada asustada de un niño.

 

Exposición en Alcalá de Henares: ‘Visión del frío’

May 10, 2007

El Museo Luis González Robles, situado en el Rectorado de la Universidad de Alcalá de Henares, dedica una exposición al poeta Antonio Gamoneda, ganador del Premio Cervantes 2006. La muestra, titulada ‘Visión del frío’, puede visitarse entre el 23 de abril y el 25 de mayo.

En la fotografía se puede contemplar el grabado de Juan Carlos Mestre que sirve como portada del catálogo e imagen de la exposición.

VISIÓN DEL FRÍO reúne y pone en situación de diálogo 37 poemas manuscritos de Antonio Gamoneda con 41 obras plásticas (pintura, grabado, escultura, cerámica…) de 20 relevantes artistas —Tàpies, Barjola, Amancio González, Jorge Pedrero, Elías G. Benavides, Juan Muñoz, Jesús Martínez Labrador, Alejandro Vargas, Lucio Muñoz, Chillida, Albert Agulló, Arcadio Blasco, Orlando Pelayo, Esteban de la Foz, Bernardo Sanjurjo, José Hernández, Faik Husein, Alejandro Mieres, Jean-Louis Fauthoux y Juan Carlos Mestre—, con los que el poeta ha colaborado en libros o exposiciones.
Cada una de las piezas reunidas tiene un lugar en la vida o la escritura de Antonio Gamoneda.
También se exhiben todas las obras publicadas por el poeta —varias de ellas en sus distintas ediciones—, traducciones de sus obras a otros idiomas, libros hechos con artistas, libros dedicados, algunas cartas de creadores americanos y europeos, fotos familiares y fotos con amigos escritores y artistas, galardones significativos y algunas piezas —como el libro de poemas de su padre, Otra más alta vida, en el que Antonio Gamoneda aprendió a leer— con interés documental.

 

‘Lugar de álamos’, por MIGUEL CASADO

    ¿Cómo aparece un gran poeta?, ¿de qué manera trasciende su entorno inmediato? Ciertamente, en cada ocasión que esto ocurre, resulta difícil no sentirlo como un fenómeno misterioso, como un destino que impone su fuerza oscura por encima de las circunstancias.
    Cuando leí por primera vez a Antonio Gamoneda –hacia 1983–, su poesía era un secreto bien guardado entre las murallas de León, aunque ya hubiera publicado tres libros. Veintitantos años después, su nombre se ha convertido en la más importante referencia de la poesía española actual; no se puede hablar de poesía moderna en nuestra lengua sin reconocer el papel clave de su obra, de las preguntas y caminos que ha suscitado, de la apertura sin restricciones a que nos obliga como lectores. El proceso que ha llevado de aquel silencio hasta este reconocimiento reúne, de modo emocionante e insólito, la necesidad con la justicia. Y hoy la poesía de Gamoneda ya es patrimonio de todos.
    Antonio Gamoneda nació en Oviedo en 1931. Al año siguiente murió su padre, y en 1934 su madre se trasladó con él a León, donde ha residido siempre desde entonces. De las condiciones de su vida en aquellos años da idea él mismo: “Mi tipología de escritor ha de ser la que pueda darse en la suma de unos componentes históricos y biográficos que son, más o menos, los siguientes: pobreza familiar, escasa escuela pública y contemplación inocente de la crueldad y la miseria moral de la guerra civil y la posguerra militarizada; […] primeras lecturas nada selectas; trabajo, desde la niñez, en niveles inferiores. Estos son los fundamentos culturales primarios. A continuación, con la vocación poética ya descubierta, estudios accidentados y lecturas tirando a imprevisibles, nada de viajes educativos, y jornadas laborales de doce horas, menos los domingos que sólo hacíamos tres”.
    Los textos recogen las experiencias que fueron despertando esa temprana vocación –el canto del rosario de la aurora oído desde la duermevela del niño (“como serpientes bellísimas que pasaran sobre mi corazón”), el canto de Pedro, el ciego, con su noticiero ambulante (“bóvedas invisibles creadas cada mañana por la voz otoñal”)…–. Con tal sustrato –compartido por muchos de sus conciudadanos–, la virtud de la escritura de Gamoneda ha sido construir un mundo y una lengua radicalmente personales, a partir de una inmersión intuitiva en la tradición popular (de “Los campanilleros” al blues), en el barroco castellano o en ‘La Celestina’, en los textos bíblicos, en variadas poéticas modernas (Lorca, Hikmet, Rimbaud, Saint-John Perse, Duras, Rilke, Vallejo). Así enraizada, la poesía se le ofrece como la fórmula más estricta de la identidad, el espacio donde se ejerce la reflexión existencial y donde se pone en juego la vida, forma íntima de respiración. Y, como en toda obra contemporánea, lugar ella misma de conflicto, nudo de tensiones contradictorias.
    Quizá por haber empezado refiriéndome al cambio que ha llevado desde aquel “secreto leonés” a una apertura sin fronteras, querría esbozar brevemente cómo el núcleo conflictivo, las contradicciones en que se constituye un poeta pueden girar en torno a la ciudad que habita. “Mientras más personal, local, temporal y particular es un poema, más se aproxima al centro de toda poesía”, decía Novalis, pues en tal particularidad radica el núcleo de resistencia que distingue un mundo poético de otro; el doble proceso que suponen los textos de Gamoneda, de extrema interiorización de la realidad y de metamorfosis de la sustancia íntima en mito, cuaja fundiendo sin posible deslinde lo universal y lo local.
    ‘Lápidas’ –libro publicado en 1986– reúne, en su capítulo tercero y más extenso, muchos de los rasgos del relato de formación, Bildugnsroman, tal como fue acuñado por los clásicos y los románticos alemanes: el aprendizaje de la vida en campos distintos, el nomadismo del protagonista a través de lugares y costumbres, la mezcla en su mirada de lo privado y lo documental, el recuento de gentes que dejaron una imagen, una frase, un tono de voz que aún se oye. León, de los suburbios al casco viejo, aparece como un mapa inagotable de hallazgos vivísimos, donde caben tantas sorpresas y tanta profundidad como en el medievo germánico evocado por Novalis en su novela ‘Enrique de Ofterdingen’. Gamoneda no presenta, sin embargo, el deseo enciclopédico que movió al romántico, ni su voluntad discursiva y didáctica; tampoco, el propósito de hacerse cronista de la anécdota que alentó las memorias infantiles de algunos poetas herederos de la poesía social. Hay, sencillamente, el relato de la luz, del aura interiorizada de las cosas y los hechos, que no se suman para hilvanarse en historia, sino que se superponen, se espesan en un cuerpo consistente y oscuro. Ya antes, en ‘Blues castellano’ y ‘Descripción de la mentira’, esos materiales habían surgido y seguirán matizándose luego, en ‘Libro del frío’ y ‘Arden las pérdidas’, o iluminando mejor alguna de sus caras y ensombreciendo otras, afirmándose y negándose, proponiendo un apasionante ejercicio de lectura en marcha.
    Es característica la doble forma que tiene la realidad de manifestarse: por un lado, como sólido soporte en que la mirada se apoya para hacer pie cuando más turbiamente se agitan los fluidos espectrales de la memoria: “Días de labranza extendidos más allá de las aguas, / lenguas laborables y el centeno bajo el invierno: / así es el mundo delante de mis ojos”. Pero, por otro lado, las cosas y los hechos se imponen como depositarios de un sentido que tuvo su raíz en alguna antigua experiencia personal y ha quedado oculto, velado en ellos (“como basalto dentro de basalto”); que sólo se percibe en la intensidad que conllevan, pero que no hace que sean asimilados, comprendidos por el propio autor, más que a través de un lentísimo proceso que se confunde con la misma vida.
    Todo este cuerpo oscuro de intensidad poética se alimenta del paisaje de la infancia: “El cinturón de álamos es oloroso bajo los manantiales de marzo”, y en esta imagen el infantil “lugar ameno” se asocia con los manantiales de la memoria que –como se relataba en un pasaje memorable de ‘Descripción de la mentira’– “se abrieron” permitiendo que aquel mundo olvidado empezara a afluir de nuevo, a convertirse en mundo consciente. Las frases de la cita anterior, tras el aroma de los árboles y el correr del agua, continuaban así: “y en los vertederos se insinúan flores lívidas junto a la fermentación de las hogueras subterráneas. Son las flores cándidas y venenosas de los extrarradios y su fertilidad conduce a la infancia”: el agua de la memoria es también impura, infectada, “cándida y venenosa”, y este carácter doble constituye el paisaje del origen: el extrarradio. Al otro lado del Bernesga, cerca de la estación, barrio de obreros pero todavía territorio rural, de patios y huertas, perteneciente a la ciudad y excluido de ella: en este lugar se levanta el balcón al que el niño se asoma para grabar en sus ojos la vida que cruza: movimientos y acciones que no llegan a entenderse, que se observan sólo a medias, cuya continuidad no es previsible, pero que dejan caer todas sus emociones y misterios, sus sonidos y colores, en una sensibilidad afilada por el deseo de saber y también por una cualidad enfermiza del niño.
    Es el León de la guerra civil y la primera posguerra, y las imágenes infantiles hablan del miedo que satura el ambiente y de la toma de partido de aquellos habitantes del barrio: los suyos son quienes pasan bajo el balcón formando cuerdas de presos, hacia San Marcos, y no “los espías” o los policías que llegan al amanecer. Entre estos episodios, se repiten las referencias a un “cinturón”, a unas “puertas” y “muros”: símbolos de la separación respecto a la ciudad (“ciudad avergonzada”, “ciudad amordazada”, se leerá luego). Sólo cuando llegue la adolescencia, las calles se irán haciendo más familiares: las del mercado, las que conducen de madrugada al trabajo, y “lo comunal” formará parte del mito propio.
    Sin embargo, el espacio fundador seguirá siempre siendo el del extrarradio (de “poética del ejido” ha hablado Gamoneda), aun cuando el tiempo lo haya convertido en lugar al que se vuelve no viviendo ya en él: “En los paseos perezosos hice míos los restos de la pobreza agraria”. El efecto de los años en este escenario le sirve al poeta para ahondar en la conciencia: el ámbito de la infancia es percibido ahora como acumulación de restos: físico vertedero, donde la ciudad arrincona lo inservible, y depósito también de una memoria que con enorme lentitud va elaborando su sustancia nuclear, el descubrimiento de la vida experimentado como descubrimiento de la muerte. El tiempo se ha hecho espacio: “Edad, edad en los suburbios”. En los últimos poemas de esta parte de ‘Lápidas’, Gamoneda sentirá la ciudad como una especie de esfinge hierática enfrentada a su entorno (“La ciudad mira el sílice de las montañas como una gárgola inmóvil ante los círculos de la eternidad”) y será después testigo de la furia destructora del casco urbano contra este entorno que acogió su niñez (“los arroyos retroceden como las víboras ante el incendio. Es la pasión de las inmobiliarias”).
    En los poemas de ‘Libro del frío’ y ‘Arden las pérdidas’ la progresiva toma de conciencia respecto al contenido de la memoria viene a chocar con la desaparición física de su mundo: “Esta hora no existe, esta ciudad no existe, yo no veo estos álamos, su geometría en el rocío. / Sin embargo, éstos son los álamos extinguidos, vértigo de mi infancia”. La crónica de pérdidas que abría ‘Descripción de la mentira’, con la evocación de las personas cercanas desaparecidas o destruidas durante la larga noche del franquismo, obtiene así contundente correlato en la historia de la ciudad. La ciudad en que vive el poeta ya no existe, si no es como espectro adherido a los rincones de la memoria. El mundo es enteramente el interiorizado, el de alguien poseído por recuerdos que lo habitan y en los que habita: “De las violentas humedades, de / los lugares donde se entrecruzan / residuos de tormentas y sollozos, / viene / esta pena arterial, esta memoria / despedazada”: residuos no nombra los objetos del vertedero, sino los jirones interiores, la impronta de los mínimos detalles conservados a través de las décadas y saturados por el sentido que ya entonces hizo que se imprimieran, y que ahora –casi desprovistos de anécdota– los desborda hasta derramarse en la obsesión. “Vi lavandas sumergidas en un cuenco de llanto y la visión ardió en mí”: el ver se ha hecho con el tiempo visión, en el proceso simultáneo que interioriza (“en mí”) e intensifica (“ardió”); la presencia obsesiva de estas visiones en la memoria nutre hasta el extremo el factor de irrealidad que late en una dinámica de tal orden: la realidad máxima, la conocida, la más verdadera y honda, tiene, así, un efecto de irrealidad casi insoportable, especialmente para quien la lleva consigo.
    Esta trayectoria a la vez evolutiva y obsesiva, que afecta al mundo poético entero, no supone sino llevar hasta las últimas consecuencias la lucidez existencial de ‘Descripción de la mentira’: “La naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia y este conocimiento es el fin de un espíritu rodeado por gallinas ávidas”, o con su peculiar modo de dejar que hablen las cosas: “en tu chaqueta abandonada y entreabierta, es decir, en una forma que describe tu desaparición”. Toda gran escritura acaba haciéndose portadora de esta clase de energía entrópica. Sin embargo –y éste es otro fruto de la lucidez del poeta–, su propio carácter de obra verbal, de mundo verbal, aparece como forma última de certeza, certeza también irrestañable: “Hay una música en mí, esto es cierto, y todavía me pregunto qué significa este placer sin esperanza” –anota al concluir ‘Arden las pérdidas’.
 
 
    MIGUEL CASADO (Texto publicado en el catálogo de la exposición ‘Visión del frío’ que, hasta el 25 de mayo, se puede visitar en la Universidad de Alcalá de Henares).
 

Get free blog up and running in minutes with Blogsome | Theme designs available here