1 / Laurence Breysse-Chanet: Gamoneda, Trakl, Lorca, Vallejo

December 11, 2007

 PARÍS

LAS SOMBRAS DEL SOLITARIO

 * * *     
 
Por LAURENCE BREYSSE-CHANET
—Texto leído en el Instituto Cervantes de París,
en el ciclo ‘La República de la Poesía. La obra poética de Antonio Gamoneda’,
coordinado por Félix Blanco—.
4 de mayo de 2006
 

Casi el mismo día que César Vallejo, a quien
amaba tanto, acaba de morirse Claude Esteban,
y con fidelidad le dedico estas páginas.
 
    Les tengo que confesar que me impresiona mucho estar aquí esta tarde en esta mesa con todos ustedes, con Jean-Yves Bériou e Ildefonso Rodríguez —y con Antonio Gamoneda, cuya obra leo desde hace ya unos años, sin haber atravesado el río hasta ahora, poniéndome a escribir sobre ella. Me esperaba la música del azar, y les agradezco a todos su presencia, así como su invitación al Instituto Cervantes y a Félix Blanco en particular.
    Cuando una amiga alemana le preguntó por qué amaba tanto la obra del poeta austriaco Georg Trakl, Eugène Guillevic contestó de esa manera: «Je n’ai pas su lui répondre, j’ai seulement dit, “parce qu’il m’empoigne, c’est tout.” En effet, je ne peux pas lire ce poète sans qu’il m’étreigne, mais si j’analyse, je ne sais vraiment pas le pourquoi de ce bouleversement en moi.» Quisiera decir lo mismo a propósito de la obra de Antonio Gamoneda. Añadiendo con Ildefonso Rodríguez que «nuestras navajas conceptuales son de uso casero, nuestra terminología es rudamente metafórica.»
    En esta obra extraña, dolorida, que nos arrastra hacia su mundo singular, pero de total evidencia, las palabras son cuerpos vivos que lentamente, entran en nuestra existencia, con música propia y fraseo distinto al compás de los once poemarios y conjuntos poéticos reunidos en Esta luz: «El gran mosaico es visible en la superación de su instantánea fragmentariedad, cuando se convierte en una secreta narración cuya ambigüedad es riqueza, polisemia ofrecida a la colaboración lectora» nos dice el mismo Antonio Gamoneda en su prólogo a Temblando de palidez de Jacinto Santos. ¿Qué camino elegir ahora hacia el gran mosaico? La crítica insiste en la unidad de la obra, más allá de sus respiraciones distintas, como si las mismas partes dialogaran entre sí desde su diferencia, mientras que la reescritura —«un derecho que me reservo indefinidamente»— lanza puentes y dibuja pasajes que insisten en la «comunidad misteriosa» que subyace entre los poemarios. Una narración secreta de hecho, donde la memoria desde su espesura se actualiza gracias a su música propia —«hay una música en mí, esto es cierto» dice la voz de Arden las pérdidas, conociendo así quizá la única certidumbre—; un relato interior, desde la soledad. Pues como lo escribe Antonio Gamoneda a propósito de José Ángel Valente, «la poesía es una aventura subjetiva; se proyecta en un marco histórico y colectivo pero se hace real en soledad.» Lo que basta para eliminar las falsas preguntas sobre su pertenencia o no a la generación del 50. «Y en los almácigos, ¿quién, en los almácigos, profundiza más que en su corazón?», pregunta la voz de Descripción de la mentira. Un corazón del que brotan «signos exactos e incomprensibles», contradictorios; un rostro inencontrable, «realidad múltiple y cambiante». Por lo tanto una posibilidad de diálogo: «El rostro es el otro. Pero […] ese otro puede ser yo mismo al tiempo», como lo declara Antonio Gamoneda en 1986 en una entrevista.
    Entonces, con interrogaciones más que afirmaciones, decidí explorar la voz, o las voces, de Antonio Gamoneda, como «lugar de confluencia», según la expresión de Miguel Casado, en diálogo de honda hermandad con «algunos rostros invisibles». Así se busca un encuentro que lleve a la voz todavía más allá de sí, hacia la «luz dentro de la sombra» vislumbrada en Arden las pérdidas. Los nombres que recordé entre varios, escuchando (subjetivamente no lo niego) diálogos más o menos secretos desde la «soledad abierta» de Antonio Gamoneda, son tres: Georg Trakl, Federico García Lorca y César Vallejo. Imanes finales para el lector, dos traducciones de Trakl rematan en efecto Esta luz, donde veo como un colofón o una firma, al cabo del itinerario empezado en 1947. Río arriba de la obra, me persigue el descubrimiento de los cuatro «capítulos» poéticos, lancinantes, de Tauromaquia y destino, que Antonio Gamoneda escribió en 1980, espejos intermedios entre cuatro citas del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías y las respuestas pictóricas de Juan Barjola. Un conjunto seguido por un comentario del propio Antonio Gamoneda, en la parte titulada «Tauromaquia y destino». Corredores oscuros unen aquel conjunto con Descripción de la mentira y Lápidas, socavando para el lector túneles de comprensión, cuya dramaticidad ilumina el campo de la memoria más soterrada. Me detendré en dos motivos o símbolos —siguiendo «las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo»—, el balcón y el caballo, en busca de unos caminos oníricos de la energía creadora. Entre Lápidas y Libro del frío, quisiera dejarme llevar por fin hacia los momentos en que el yo se hermana, en una perspectiva inquietante y reveladora, con César Vallejo.
(Continúa…)

2 / Laurence Breysse-Chanet: ‘Con la sombra de Trakl’

En el espejo del solitario
(con la sombra de Trakl)
Trakl

    Descripción de la mentira se cierra nombrando el indecible «alarido entre cristales», en el instante final del libro, cuando es «espejo de la muerte». Como lo comenta Antonio Gamoneda de modo sesgado, a propósito de José Ángel Valente (en cuya obra reconoce una «muy relativa cercanía en el pensamiento poético») la poesía, «temible don», «experiencia de límites», «pone miedo y dolor en los mecanismos existenciales». La obra es espacio de riesgo, espacio impuro, donde el yo biográfico y el yo poético se entremezclan ante el «muro quieto en la imposibilidad, externo a un espesor de líneas invisibles, un espesor dotado de melancolía.» Hay que arrojarse a la espesura de una memoria ya obra, «selva roja» en Exentos II, «oscuridad que se respira / y a sí misma se ignora». Tal espesura brota de la fuerza poética del cuerpo. El corazón «entra en el bosque de las venas», «cruza la sombra con tu cuerpo»: «Exprésate con tu sola existencia, / como el bosque secreto, que se dice / en la ciega madera y en el liquen / y en la profundidad y en la quietud». En Descripción de la mentira, en el espacio vaciado que rodea la conciencia, «en medio de las ruinas», sólo se siente «la palpitación del bosque y algunas huellas tuyas en mis manos». «Grumo retrocediendo», el mismo motivo emerge al otro cabo del hilo memorial, pues en Arden las pérdidas, aún «entramos indecisos en un bosque de espinos». Ahí se encuentra la impostación, la voz natural, que engendra a partir de Descripción de la mentira un fraseo musical de bloques simétricos, expresión poética de la palpitación del bosque de la memoria.
    Esta omnipresencia del bosque —metáfora también de la impresión causada por la obra en un lector ya preso de su enigma—,  me llevó a pensar en un parecido sorprendente con la obra del poeta austriaco Trakl. Recordé aquellas líneas de Rilke a Ludwig von Ficker, tras su lectura de Helian:
[…Ce beau chant] m’a bouleversé par ses distances internes, on le dirait bâti sur des silences, ses lignes sont comme des clôtures autour de l’ineffable illimité: comme des barrières dans un pays plat, par-dessus lesquelles l’espace enclos ne cesse de recomposer une grande plaine impossédable.
    Llanura ilimitada hacia fuera o bosque hacia dentro la obra, motivo obsesivo asimismo en la poesía de Trakl. En otra carta a Ludwig von Ficker, Rilke se expresa de ese modo sobre Sebastián en sueño:
[…] on comprend bientôt que les circonstances de ce chant (sa montée et sa retombée) ont été irrémédiablement uniques, comme celles dont naît, justement, un rêve.
    Varios críticos habían reparado ya en el parecido. En su introducción a Edad, Miguel Casado alude a Saint-John Perse, Trakl o Rimbaud para subrayar lo inaudito de la obra de Antonio Gamoneda en la tradición española. En su artículo de 1993 titulado «Manos de tierra», Fernando Castro Flórez alude a una proximidad en la «peregrinación crepuscular» —y pensamos en un verso como «Subes hasta un lugar de espinos; tocas el borde del crepúsculo», de Descripción de la mentira. En 1996, en una entrevista en la que José Luis Calvo Vidal alude a Saint-John Perse, a Trakl y a René Char, Antonio Gamoneda contesta lo siguiente sobre los poetas nombrados:
[…] perfectamente elegidos, son obras con las cuales yo acepto una afinidad. Quizá, el caso más ilustrativo pueda ser el siguiente: a mí me decían, «oye, cómo se nota que has frecuentado mucho a Trakl… hay una gran cercanía entre lo que haces y la obra de Trakl, ten cuidado…» Y yo no había leído a Trakl. Lo leí después y dije «es verdad». […]
    A continuación, Antonio Gamoneda alude a «las coloraturas, los impulsos y la sentimentalidad» que están en Trakl y pudo recibir por una vía indirecta, pero prefiere concluir sobre tal cercanía aludiendo a afinidades, «la causa única». Que quede claro que yo no busco fuentes hipotéticas, sólo me interesa la hermandad con la visión de «un homme qui meurt à vingt-sept ans et qui n’a jamais cessé de vivre sa propre mort», según palabras de Jean-Michel Palmier. No explicar sino comprender esa afinidad, seguirla más como un misterio que un secreto: una coincidencia que no esconde nada sino que existe —pues es así y eso es inexplicable, y creo que es mucho: una invitación por lo menos para que el lector, a partir del encuentro, se adentre en la espesura de cada voz.
    La poesía de Trakl, en íntima familiaridad con la muerte –«le plus grand poète de la mort» para Jean-Michel Palmier– es de hecho una poesía en la perspectiva de la muerte, diríamos con Antonio Gamoneda, una poesía entre tinieblas y miedo, sumida en una constante atmósfera de descomposición, bajo el signo angustioso de la finitud y del tiempo. Existen pocas obras poéticas tan oscuras como aquélla, al mismo tiempo coherente como pocas, precisa como pocas en su caos de imágenes y de ruidos, en torno a sus constelaciones angustiosas, hechas de otoño, noche, niebla, crepúsculo, ruinas… Como cuando caminamos por Esta luz, una impresión intensa de sueño se desprende de todos los poemas y relatos. Arraigan en la vida y la infancia de Trakl, entre el padre que sosiega y la madre fría y ausente (perspectiva invertida de cierta manera en la vida de Antonio Gamoneda, que de niño vivió con su madre, pues él sólo tenía un año cuando murió su padre, dejándole como herencia decisiva su único libro de poemas, Otra más alta vida).
    El canto de Trakl tiene dos vertientes, inocencia y decadencia, canto del ocaso irremisible: una escisión  expresada por el reparto de las figuras que atraviesan la obra. Por una parte, el cazador, cifra de la sangrienta crueldad humana, interiorizada bajo la obsesión de la culpa y del mal, cifra asimismo del destino del hombre moderno, en su pobreza y miseria, de alcance ontológico. Una vertiente oscura, opaca y sangrienta que se desarrolla en Descripción de la mentira y Lápidas bajo el signo de la «claridad del miedo», que se dice y se conjura por la canción –muerte y rocío– del «cantor de las heridas» en Libro del frío. Pues en su desesperada voluntad de redención, en su intento de descifrar nuestro destino, el yo se esconde detrás de las figuras que indican la necesidad de un paso hacia lo desconocido, cuando el crepúsculo se hace azul. Así, con los pastores y los campesinos, están en la obra de Trakl el niño Elis –figura suprema de la inocencia y de lo sagrado–, y la figura del Extranjero, proyectada también en la del Solitario: unos seres órficos, hermanos baudelairianos, que son la palabra última de la poesía de Trakl.
    Atenta por necesidad interior quizá a tales encuentros, no me extrañó entonces encontrar al final de Esta luz, como quinta «mudanza» (palabra musical), las dos traducciones de Trakl por Antonio Gamoneda, desprendidas de su espacio de origen, meramente tituladas «Canción del solitario» y «Sueño y locura [Fragmentos]». Se trata de los dos últimos poemas de Sebastián en sueño. Sólo comentaré aquí unas cuantas elecciones que, como un espejo, iluminan la lectura «posesiva» de Antonio Gamoneda. El primer poema, «Gesang des Abgeschiedenen»,  publicado en la revista Der Brenner, el 1° de abril de 1914, ocho meses antes de la muerte de Trakl, dedicado a Karl Borromaeus Heinrich, refleja un vocablo esencial del lirismo trakleano. Literalmente, explica Marc Petit, «Abgeschiedenen» significa apartado de: de la vida, difunto, y del mundo, según el sentido propio del léxico religioso de la tradición del misticismo alemán. La dedicatoria matiza el sentido de título, pues el texto se refiere a los ensayos publicados por Heinrich en Der Brenner en 1913. En el ensayo, la palabra se refiere al aislamiento interior, frente a la corrupción de la época, de la civilización moderna, a la que se opone un retorno meditativo sobre sí, en la soledad y la naturaleza: lo que quiere expresar precisamente la elección de la palabra «solitario».
    Pues esa palabra, lo subraya Adrien Finck, plantea problemas de traducción. En francés, Henri Stierlin en 1956 elige «Chant du défunt»; Marc Petit y Jean-Claude Schneider en 1972 prefieren «Chant du trépassé». Los traductores de Heidegger, Beaufret y Bokmeier, igual que Jean-Michel Palmier a continuación, proponen «Chant de Dis-Cédé», vía más heideggeriana que trakleana. El traductor sin duda más cercano al sentido alemán, para Adrien Finck, es Jacques Legrand, cuando en 1993 publica «Chant de l’Isolé», con I mayúscula, para poner de relieve la fuerza del símbolo. Un camino que sigue Michèle Finck, que ofrece sin duda la traducción francesa más musical. En sus «Avisos y explicaciones», Antonio Gamoneda aclara que ha «contemplado e interpretado» cuatro versiones al castellano, de Angélica Becker, Américo Ferrari, José Luis Reina Palazón y Ángel Sánchez. La primera no incluye en su antología Cantos de muerte los dos poemas seleccionados. En 1973, en Poemas, Ángel Sánchez  anuncia las selecciones posteriores de Gamoneda, con los títulos de «Canto del solitario» (p. 115-116) y «Sueño y locura» (p. 117-122). En 1994, José Luis Reina Palazón, en Obras completas, elige como títulos «Canto del retraído» (p. 134) y «Sueño y entenebrecimiento» (p. 135-138). Américo Ferrari, en 1995, en Sebastián en sueños, traduce por «Canto del apartado en la muerte» (p. 142-145) y «Rodeado por la noche / Ensueño y delirio» (p. 146-159). La mudanza de Esta luz abarca como desde dentro todas las dimensiones de la palabra en Trakl.
    El primer poema, de clara dimensión órfica, escrito en alemán en ritmos libres, dividido en seis estrofas, queda espacializado en Esta luz según el natural fraseo gamonediano. Es la única versión, entre las traducciones francesas y españolas que llegué a encontrar, en la que desaparecen las estrofas, sustituidas por quince «bloques rítmicos», con pausas visuales que entrecortan la sintaxis y permiten la respiración, a modo de frase musical. Tiene por lo tanto mucho alcance la elección de la palabra «canción», que sólo aparece en la versión de Gamoneda. Unida íntimamente a la elección de la palabra «solitario», se lee la conjunción como un arte poética, donde de modo intenso, cristalizan en el reflejo los núcleos más hondos del universo gamonediano. No un canto sino una canción: una forma poética que cabe como tal en la memoria, y en la que la voz se precipita hasta «las más estrechas gargantas del alma», por decirlo como Valente. Ya se la espera en Lápidas: «Una canción se instala en la lentitud y la distancia habla en la música. Lame los cerros polvorientos antes de entrar en mi corazón.»
    La misma palabra, «canción», reaparece en el centro del segundo texto. Cabe subrayar primero que son pocos los intérpretes de Trakl en no descartar esos relatos –quizá por la mezcla inquietante de sueños, fantasmas, gritos y sollozos, que a cada paso desconciertan al lector–, aunque pocas veces se manifestó de modo tan profundo su poética, como lo subraya Jean-Michel Palmier. «Traum und Umnachtung», de principios de 1914, es el segundo de los tres bosquejos autobiográficos en prosa que Trakl escribe poco tiempo antes de su muerte, entre «Verwandlung des Bösen», «Metamorfosis del Mal», de Sebastián en sueño (Palazón, p. 108-110) y «Offenbarung und Untergang», «Revelación y ocaso» (Palazón, p. 149-151), publicado en Der Brenner.
 Su horizonte común es la infancia, aunque nunca aparezca el yo, con un desfile de visiones de pesadillas y espanto: «des ébauches fantastiques dans lesquelles il est bien difficile de s’orienter», apunta Jean-Michel Palmier, «[qui] marquent l’aboutissement de toute sa méditation poétique. Trakl se regarde comme dans un miroir, se voit agir et s’interroge sur son œuvre, sur son destin, sur le destin de celui qu’il incarne.»  En una sola visión prolongada, se reúnen todas las obsesiones que laten en su vida y en su obra, desde la trasposición mítica de la infancia y la obsesión por la experiencia de la culpa y del mal, con visiones que desfilan como imágenes reflejadas. Un arranque real, pero el recuerdo resulta quebrado, roto en fragmentos dispersos, donde está todo, pero velado, mutilado, rodeado por la niebla del sueño. Varios traductores franceses eligen la palabra «tinieblas» para «Umnachtung». Antonio Gamoneda, como Ángel Sánchez, interpreta por «Sueño y locura». El lector de «Mudanzas» no puede sino recordar la presencia amenazante del «territorio blanco abandonado por las palabras» en Libro del frío, o el riesgo nuevo de Arden las pérdidas, cuando «la locura es perfecta». Designar la obsesión, para conjurarla por la muralla transparente y fuerte que levanta la palabra.
    Por otra parte, Antonio Gamoneda introduce cortes en ese extenso poema en prosa que interroga el sentido de la miseria del hombre y su fin tétrico. En su deseo manifiesto de fragmentación, la traducción sufre las quiebras del ser, acosada por sus propias «cacerías secretas». Se hace bloque el nuevo conjunto, en cuyo centro invisible, con el juego de las rupturas, se leen las propias obsesiones. Pues si el alma va «cantando suavemente la canción del junco amarillo», de repente se interrumpe la traducción del texto trakleano, después de la visión de los «cadáveres  depositados bajo bóvedas y las verdes manchas de la descomposición en la belleza de las manos. […]». Tal era la visión del niño en la morgue del cementerio de San Pedro en Salzburgo, que se mezcla con los recuerdos agónicos del niño de León –«vi aún la córnea del niño envenenado por su propia inocencia y los juguetes de los agonizantes», fijación en la córnea que atraviesa la obra entera. Al mismo tiempo, al recrear el texto ajeno olvidando, se genera una zona de paz en la memoria, una salvación provisional.
    A lo mejor por eso también se impuso la elección de la «Canción del solitario», en cuyo corazón se instala un despertar tras la locura y el dolor: «En el umbral de piedra el enfermo despierta de los negros instantes de la locura  /  y le rodean la frescura azul, el luminoso final del otoño,  /  el sosiego de la casa y las leyendas del bosque.» Desde los destellos agudos que selecciona Antonio Gamoneda, se vislumbra la biografía familiar de Trakl: « Al anochecer, su padre se convertía en un anciano; en las oscuras habitaciones se petrificaba el rostro de su madre y sentía que sobre él pesaba la maldición de una estirpe. Se acordaba de su infancia cargada de enfermedad y de tinieblas». Un íncipit donde se entrecruzan en realidad las cuatro figuras paternas, reinventadas por la distancia que sosiega. La elección de fragmentos aún dice la quemazón dolorida de la memoria, pero también pueden ser instantes de plenitud, en su musicalidad propia, que descubre su unidad escondida. La presencia de «las sombras», clavadas en pleno centro del primer texto, y del gerundio de conjuro «cantando», en el centro del segundo, dibujan la urdimbre invisible por la que se desliza soterradamente la voz gamonediana, tan natural como si hubiera escrito esas páginas, gracias a la distancia que en realidad las hace posibles.
    Se cantan en el  relato las «cercanías de la muerte» desde ese mismo umbral, tan trakleano como gamonediano, donde se concentra el dolor del mundo. Desde la misma petrificación del instante surgen ambas voces, espiritualmente hermanadas. Ya lo decía Antonio Gamoneda en 1988 a Luis Algorri, «uno mismo es también los otros.» La voz de un poeta es «una voz patrimonial, una voz que algo tiene de colectivo, de múltiple. Lo que ocurre es que se produce […] una especie de interiorización dramática de esos otros que funcionan en uno. Es una pelea.» Para resolverse esta pelea necesita de la canción, o de las sombras de las canciones de «los ancianos invisibles [que] pasan» por Lápidas. Pues cuando irrumpe el recuerdo de una canción, borra la visión de «infección en los jardines». Lengua alquímica la poesía, «polinomio extraño», entre «memoria, sustancia musical, inducción del azar».
(Continúa…) 

3 / Laurence Breysse-Chanet: ‘Con la sombra de Lorca’

El riesgo de la retracción, «grumos retrocediendo»
(con la sombra de Lorca)

    Esos fragmentos, en su ocaso y su distancia, reflejan lo que Miguel Casado designa como la «crónica de los episodios fundadores», o momentos de nacimiento de un mito personal, expresado fundamentalmente en Lápidas. De hecho es en el poemario escrito entre 1977 y 1986 donde empieza explícitamente el diálogo del yo presente con sus recuerdos más violentos, arraigados en la niñez durante la guerra civil (y notamos que Antonio Gamoneda reescribe Lápidas en 2003, año en que fecha sus versiones de Trakl). La retracción en la obra de Antonio Gamoneda tiene el sentido de un «emerger sentimental y sensitivo» –cito a Miguel Casado–, por el que se busca la identidad personal en un acallamiento paradójico. Pues no se impone a la conciencia una tarea de erradicación del yo biográfico, como en la obra de José Ángel Valente, sino la exploración infinita de los rincones más secretos de una memoria dramática.
    La letanía de la obsesión, encabezada por el pretérito «vi», señala la encrucijada entre los recuerdos personales y los recuerdos poéticos, en que se genera el conocimiento: «a partir de la existencia de la escritura y no antes.» Si el verbo ver en pretérito anuncia la llegada de la fatalidad en el Romancero, el lector recuerda otro cruce. Se impone al oído el martilleo de «Aquellos ojos míos… no vieron … ni… ni…» de «1910 Intermedio», segundo poema de Poeta en Nueva York, cuando Lorca introduce por la vía negativa la letanía traumática de las visiones que desgarran para siempre al yo, ya perdida para siempre la inocencia de la niñez. Como ya en Descripción de la mentira, de modo abrupto, sin la máscara de la retórica de la negación, cada vez más intensamente, se repercute en Lápidas la anáfora –hasta siete veces en los doce fraseos del cuarto poema de la primera parte: «Vi la sombra perseguida por látigos amarillos», «Vi los estigmas del relámpago sobre aguas inmóviles, en extensiones visitadas por presagios», «vi las materias fértiles», «vi los residuos del acero», «Vi cabezas absortas en las cenizas industriales», «yo vi el cansancio y la ebriedad azul», «Vi los espejos ante los rostros que se negaron a existir». Cuando en medio del sufrimiento de la memoria se impone el verso «era la geometría, era el dolor», se actualiza la lucha lorquiana por la contención de lo oscuro mediante la arquitectura del poema. La anáfora temible se derrama por el libro entero, sumando audazmente las visiones en vez de eliminarlas. Al final de la primera parte de Lápidas, «Todos los animales se reúnen en un gran gemido». O más adelante, por el mismo camino memorial, peligroso por abarcador, «Siento la espesura fluvial; se manifiesta en sílabas lentísimas». Sombras del grito y sombras del silencio, sombras de la vida y sombras de la muerte, leche y sudarios, conviven: «La compasión y la vergüenza pasan sobre mi alma». Y aún sigue viva la onda de la letanía obsesiva en Arden las pérdidas, sangre y centro medular de la voz.
    La violencia que socava la espesura del recuerdo es tan intensamente revivida que se revela en unos puntos de cristalización particularmente agudos, vinculados a la experiencia personal, como lo recalca siempre Antonio Gamoneda –y pienso en la presencia del símbolo del balcón y al del caballo. En nuestra memoria poética (enquistada memoria diría Miguel Casado), el balcón ya tiene espesor de noche, vinculado al recueillement baudeleriano: «Ma Douleur, donne-moi la main; viens par ici, / loin d’eux. Vois se pencher les défuntes Années, / Sur les balcons du ciel, en robes surannées[…]». Es decisivo el relato del tercer poema de la tercera parte de Lápidas, cuando «Desde los balcones, sobre el portal oscuro, yo miraba con el rostro pegado a las barras frías; oculto tras las begonias, espiaba el movimiento de los hombres cenceños […]». Visiones de espanto, anunciadas por el plural inquietante, los balcones, en los cuales se quedará clavado el yo de modo definitivo, espiando su memoria para conjurarla, reviviendo el ademán de la madre: «con violencia silenciosa, me retrajo hacia el interior de las habitaciones.» Ella cierra las «hojas del balcón lentamente», y con ello se cierra abriéndose para siempre el paréntesis que enmarca tipográficamente el texto, disimulado de ahora en adelante en las entretelas de la obra. Se impone una «dialéctica de la retracción» –citar a Miguel Casado es ineluctable– y la memoria del lector reactiva aquel destello de Descripción de la mentira, donde se sella el pacto con la voz poética: «Permanecí, permanecí, pero mi obra es la retracción, la retirada hacia una especie maternal  /  y en la virtud de mis oídos se adelgazaba dentro del silencio.»
    Por eso, si aludí al diálogo crepuscular con Trakl, creo que río arriba, suena fuerte el diálogo con Lorca. Es explícito en «(Diván de Nueva York)», segundo poema de la segunda parte de Lápidas –geometría siempre–, donde se entrecruzan abiertamente Poeta en Nueva York y Diván del Tamarit. Pero pienso en otro texto, que Antonio Gamoneda publica en 1980, cuando está escribiendo Lápidas: Tauromaquia y destino. El libro se abre con cuatro «capítulos» poéticos, escritos por Antonio Gamoneda en una glosa de cuatro versos diseminados –como el cuerpo de Ignacio y del poeta– en los dos primeros momentos del Llanto, «La cogida y la muerte» y «La sangre derramada». Los sigue une respuesta pictórica de Juan Barjola. Al segundo verso del Llanto (formular de nuevo el primer verso, el del momento exacto de la muerte, hubiera sido imposible), «Eran las cinco en punto de la tarde», contesta otro principio: «Era un tiempo atravesado de pájaros. No existía otra luz que la de una gran sábana cuya urdimbre desconocimos. Era julio en la vida mas los balcones se abrían ante el espesor de la muerte.»
    Se puede releer ahora la segunda parte de Lápidas, con un enfoque más amplio: la narración del drama personal se ensancha hasta el vértigo con (Delación del verano), el díptico (Viernes y acero), (Canción de los espías), (Suciedad del destino) y (León de Tabarra). Desde sus paréntesis, los poemas nos hablan en realidad de una pasión múltiple, cantada ya en Tauromaquia y destino, pues en la tragedia individual, la de dos muertes, la de Ignacio y la del poeta, se expresa otra tragedia, la de España. Pero en Lápidas las máscaras de la memoria encubren la raíz del poemario, cuyo sentido demasiado agudo –agudo como sólo puede serlo un dolor, que aquí empieza con la luz históricamente cruel de julio–, se entrega con mayor distancia al lector. Sólo un indicio liminar, la sustitución de «atravesado» por «equivocado», en el primer verso de  (Viernes y acero). A continuación, ha desaparecido la tercera frase «Era julio…», donde arraiga el símbolo del balcón en la memoria personal, símbolo acallado para que se pueda esparcir su carga dolorosa por el poemario, diluyéndose lentamente.
    Tras el diálogo con Lorca asoma otra imagen, en la que suena aún el «oscuro desván del lirio», que llena desgarradamente el espacio de Poeta en Nueva York, donde recordamos entre tantas imágenes de la muerte la del «hueco blanquísimo de un caballo, /crines de ceniza» del «Nocturno del hueco». En su presencia obsesiva, de fuente biográfica certera, el caballo se hace realidad simbólica en la escritura de Antonio Gamoneda. Así cuenta en une entrevista que, a los seis o siete años, un vecino Guardia civil lo llevó al penal de San Marcos para enseñarle un caballo disecado. En la extraña urdimbre de la memoria, que si acalla no olvida, el trauma se repercute varias veces en la obra. Desde el umbral de Lápidas, se sueña con un tiempo anterior a la desgracia. El momento en que nace el planctus lo expresa la visión del llanto del caballo, cuando desaparece –igual que en «1910 Intermedio»–, la inocencia de la niñez: «antes de que los caballos aprendieran a llorar.» A pesar de las redes tendidas contra el recuerdo, la visión diferida estalla en el centro de la tercera parte de Lápidas: «Veo el caballo agonizante junto al pozo de aguas oscuras y las gallinas a su alrededor. […] es el paisaje de la infancia, el olor incorporado a mi espíritu en los accesos de la edad.»  Parece imposible decir con mayor intensidad la sensación concreta, agudísima, de la presencia dramática de las cosas en la duración de la memoria.
    Las aristas de aquella  realidad son tan insufribles que sólo pasando por la obra de arte se hacen decibles. Asimismo leemos en los comentarios de Antonio Gamoneda sobre la obra de Juan Barjola: «Lo invisible (el vértigo, la crueldad, el destino) no tiene figura, pero hay formas cuyo comportamiento en el plano pictórico sirve a su representación.»  El vínculo con los comentarios sobre las cabezas de caballo me parece inexcusable: según el poeta, Barjola asumió la representación de cabezas de caballo emergente –como Picasso en Guernica por lo demás– «como esquema formal y significativo necesario para la expresión del dolor hijo de la violencia contemporánea.» Contemplando las cinco obras «como una metáfora relacionada con un destino trágico, con el relato de una “edad perdida y española”», Antonio Gamoneda las interpreta como «un canto de horror y tristeza emitido cuando la violencia, en sus términos físicos, ya está consumada, y queda sólo el tiempo extenso en que se contemplan la muerte y la desolación.» Como un espejo, tales líneas se proyectan en su expresión poética, el «Aviso negro» que abre la cuarta parte de Lápidas: «Siéntate ya a contemplar la muerte.» En tal perspectiva me parece significativa la primera fragmentación de «Sueño y locura», como si conscientemente o no, se hubiera eliminado el recuerdo tan hiriente, para conseguir un remanso de calma en el sueño. Cito el texto eludido en Esta luz según la traducción de Américo Ferrari (leída por Antonio Gamoneda), pues en su elección del imperfecto, se corresponde mejor con texto gamonediano que precede: «A la puerta del convento mendigaba un mendrugo; la sombra de un caballo negro saltaba de la oscuridad y lo espantaba. Yacía en su frío lecho y lo acometía un llanto indescriptible […]».  
    Una dialéctica compleja entre soledad y compasión mueve a la voz poética, cuya retracción es en realidad entrega a los desvanes desesperanzados de la memoria. De aquí la escisión frecuente del sujeto, desgarrado entre sus voces interiores discordantes, entre pasado, como en Descripción de la mentira –«Tu soledad es ávida. Tu palidez fluye de ti»– y futuro de condena, «en los manjares previos a la muerte». El yo es tierra extranjera para sí mismo. Por eso la poesía, «emanación de la vida», «una luz que no explica ni oculta nada», en su extraño poder de expresión, no apacigua la memoria, sino que la recrea, le da vida otra, revelada, sin que desaparezca por eso el riesgo propio de toda vida. Así sufre la voz de Descripción de la mentira, libro del mayor riesgo quizá: «Estoy naciendo del cansancio; […]  /  Yo estoy naciendo en otra especie y el exterior es lívido». El encadenamiento de las imágenes traduce a veces con nitidez los enigmas de la identidad de la voz, en el filo de la vida, con el peso de su memoria siempre a punto de romper el equilibrio.
    Así seguí el fraseo de las hortensias, como si para no desaparecer fuera necesario llenar con imágenes los huecos abiertos por las heridas en la conciencia. El motivo nace en Descripción de la mentira, aunando pasado, atemporalidad del canto, y lugar, aunque fuera de todo lugar. Un lugar interiorizado, a partir del que se sitúa el cuerpo del yo, quizá perseguido por el recuerdo originario de la altura del balcón del drama. Del cuerpo brota la voz, como de un espacio-tumba: «Las hortensias extendidas en otro tiempo decoran la estancia más arriba de mi cuerpo.» La imagen reaparece dos páginas después: «me acompañas al espacio en que las hortensias son persistentes.» Se confirma la equivalencia entre sueño y muerte, recalcada por la imagen de los desvanes y del regreso a la «reserva del olvido». En su avance lento, casi hipnótico, el poema se deja guiar por el recuerdo de la imagen, que reaparece al final del conjunto. Al repetirse, la letanía se ensimisma como en una calma, tan enigmática como un sueño (recordamos a Trakl), y pensamos en una conquista definitiva de la memoria. Pero de repente, como dolorosamente, la voz se desdobla y parece emerger de su visión más allá de todo, con asombro: «¿Qué lugar es éste, qué lugar es éste? ¿Cómo estás aún en mi corazón?» Un estado semejante al del sonámbulo recién despertado, como lo comenta Ildefonso Rodríguez, pero que en vez de sosegar al lector, le desconcierta y le obliga a distanciarse del poder del canto. Experiencia de compasión en su sentido más etimológico. Es tal el poder de las imágenes que el motivo renace al final del poemario: «Tú volvías a las hortensias». Pero todo se desvanece: «Yo vi la luz de la inutilidad». Todo se aniquila, como en el «espejo de la muerte».
    En Lápidas, las hortensias, flor unitaria en su misma pluralidad, han perdido toda valía, al verse asociadas con el espacio destruido de los suburbios. Pero su presencia persistente, aunque empobrecida, se hace huella de la voluntad de compasión de la voz, que desde Descripción de la mentira se proyecta más allá de la fosforescencia del sueño: «No existía el dolor y tú creaste la compasión.» Encima de los desgarros y las llagas que la compasión graba en la memoria, en su poder de realidad, a punto a veces de ahogar la voz, se mantiene firme –«seul or concevable dans le creuset du néant», como lo analiza Yves Bonnefoy a propósito de la manifestación de la compasión en la obra de Goya. Su fuerza se despierta en lo más oscuro y encauza la energía poética hacia una esperanza.

(Continúa…) 

… y 4/ Laurence Breysse-Chanet: ‘Con la sombra de Vallejo’

 
«Sábana negra en la sustancia humana»
(con la sombra de Vallejo)
 César Vallejo
 
    El yo avanza pues entre una urdimbre espesa de sombras y voces propias o ajenas. La retracción gamonediana  no genera un poema-rescoldo, breve huella residual del fuego que destruye la memoria personal tras su naufragio –como en el mundo de José Ángel Valente. El poema de Antonio Gamoneda es más bien hoguera expansiva en cuyo fuego purificador que transfigura se funden vida y muerte, en la otra vida revelada por la escritura. Se asienta la palabra en un límite donde desde la vida se abre un territorio extraño, de «felicidad vacía». Tal pudiera ser la índole del territorio que surge del homenaje que se rinde calladamente a César Vallejo en Libro del frío.
    El 24 de julio de 1988, dos semanas después de publicar un homenaje a Antonio Gamoneda, «Filandón», el suplemento de Diario de León, dedica un número a César Vallejo, en el cincuenta aniversario de su muerte, el 15 de abril de 1938. En 1988, Antonio Gamoneda lleva ya dos años escribiendo Libro del frío. Como lo recuerda Ricardo Gullón en su libro La juventud de Leopoldo Panero, Vallejo viajó a León entre 1930 y 1931 –y en su artículo para el homenaje, Francisco Martínez García insiste en aquella doble presencia, física y poética, en el León de la época. Tradición arraigada pues en León, «tierra de fidelidades» según la expresión de Arturo del Villar. En 1987 el mismo Francisco Martínez García, autor en 1991 de Gamoneda. Una poética temporalizada en el espacio leonés, se encargó de la edición de Poemas humanos. España aparta de mí este cáliz en los Clásicos Castalia.
    Pero para Antonio Gamoneda, no se trata de una valoración histórica. Si nombra a Vallejo entre sus poetas hispanoamericanos preferidos, es que lo elige «por datos de amor». Ya en Descripción de la mentira (y asimismo en Blues castellano por cierto) se nota la dicción de la miseria del ser y de su desconcierto mediante objetos que forman parte de la vida más cotidiana. Basta con pensar en aquel suspiro resignado y humorístico: «Resistí hasta que las visiones desaparecieron más allá de la nieve que entonces existía  /  y después retrocedí a mis legumbres y a las miradas en que yo soy reconocido.» ¿Cómo no pensar en el recuerdo de las «tímidas legumbres y otras bravas» de «En suma no poseo para expresar mi vida» de Poemas humanos? En la cuarta parte de Lápidas, desde los balcones de la memoria más negra, con «Aviso negro», se vislumbran varias huellas vallejianas. Una vez más, la voz elige la vía de la compasión desesperada hacia el ser humano. En «Relación de prostíbulo», «Era jueves sin padre, jueves sólo. No había nadie en el espejo.» Pero suena tristemente el eco  del soneto de Vallejo «Piedra negra sobre una piedra blanca»: «Jueves será, porque hoy jueves, que proso estos versos…». El siguiente poema de Lápidas, «Ventana húmeda», parece alcanzado por la desesperante lluvia del París de «Piedra negra…»: «Ésta es una ciudad desconocida y llueve sin esperanza.  /[…]  /  ¿Quién me ama en esta ciudad desconocida?» Como si se esperara une respuesta de parte de la otra voz que late secretamente en el poema.
    Asimismo en la siguiente lápida –y cómo no pensar en el juego con la piedra del soneto-tumba de Poemas humanos–, «Aquellos cálices» ( título claramente vallejiano), las preguntas iniciales  y finales son como proyecciones de las preguntas que tantas veces traspasan el espacio sonoro de Poemas humanos, tanto en «Sermón sobre la muerte» como en «Poema para ser leído y cantado». En «Llegan los números», se dramatiza de modo intenso el desdoblamiento, ya frecuente en la obra gamonediana. Sea el del tú («tus dos lenguas»), del poema («En dos alambres puse mi esperanza»), o de la misma vida, doblemente desdoblada entre vida y dos muertes: «Estoy viendo dos muertes en mi vida.» ¿Desdoblamiento del yo o bien homenaje a la presente ausencia –figura paterna–, de Vallejo? Quizá brote un surco profundo de las «dos flautas» de «Telúrica y magnética», o del mismo grito de dolor e ironía de Vallejo, en «En suma, no poseo…» –«¡Que ya no puedo andar, sino en dos arpas!». Pues en este poema el desdoblamiento es tanto más fuerte que el yo tutea al mismo César Vallejo, en una suma inextricable, «sabiendo que ando cautivo / sabiendo que yaces libre!». «Tango de la misericordia» –en particular ese verso de desposesión absoluta, «Es la última lana de mi vida»– funde miseria material y ontológica, como lo hizo Vallejo en «Parado en una piedra». El poema de Gamoneda incluye un adverbio, «y aún eres pobre dulcemente en mí», que enlaza con la sintaxis a veces insistentemente adverbial de Vallejo, como para destruir el tiempo, mientras que en el poema «Ah vejez sin honor», caen emblemáticamente «los adverbios / depositándose en mi alma». Al final de Lápidas, la ambigüedad entre vida y muerte inquieta. Cuando en su plegaria la voz se dirige al «cadáver que duermes esta noche en mis párpados», añadiendo «ah, sé hábil, habita suavemente la sombra,  /  calla en mis labios, entra en mis anillos», ¿se hunde la voz hacia dentro, o se proyecta hacia fuera, y hacia quién?
    En primer lugar, podemos apuntar que la tercera sección de Libro del frío se titula «Aún», adverbio que reanuda con el verso «y aún eres pobre dulcemente en mí» del poemario anterior. En Vallejo el poema es la construcción de la emoción, –«Considerando en frío, imparcialmente…»–,  contra el balbuceo donde se quiebra la voz –«Emocionado…  Emocionado…». ¿No se puede escuchar entonces en «Aún» una onda que nace del la que da el diapasón de los «campos humanos» recorridos por la voz de Vallejo?
    En julio de 1988, Antonio Gamoneda participa en el homenaje de «Filandón» a Vallejo escribiendo «El lacrimal de César Vallejo», un no-relato de su viaje reciente al Perú de Vallejo, que se concluye con un poema, que Gamoneda designa como «mi canción peruana». Una hondísima emoción recorre la página, escrita en clave lírica: «Yo viajé a la gran lágrima  negra que colgó de su corazón» –signo de comunión con la ofrenda de «En suma no poseo…», «esta lágrima que brindo por la dicha de los hombres». Cuando en el artículo brota el verso «Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!», casi nos olvidamos de su lugar de origen, de la compañía de «los heraldos negros que nos manda la Muerte» del primer libro de Vallejo, pues suena ahora a mundo gamonediano –lo que sucede con las versiones de Trakl, que parecen respirar con ritmo e imágenes emanados de Esta luz.
En la «canción peruana» incluida en «El lacrimal de César Vallejo», el lector de Libro del frío reconoce la proyección de la sombra del penúltimo poema de «Aún», encabezado por el mismo verso: «Sábana negra en la misericordia» –nuevo acorde quizá que prolonga el planctus de otrora por las muertes de Ignacio Sánchez Mejías y de Federico García Lorca. Sólo que en la canción de 1988, el destinatario (en un amor doble, paterno por filiación poética y materno por arranque personal) es explícito –y ya sabemos la intensidad de la escritura del paréntesis en los balcones de la memoria:
Sábana negra en la misericordia:
tu lengua en un idioma ensangrentado.
(Mi madre está en el corazón de César Vallejo).
    ¿Cuál de las dos versiones se escribió en primer lugar? Antonio Gamoneda es el único en poder decirlo.
En cambio, en ambas versiones el último verso es igual: «Dame la mano para entrar en la nieve.» En un soneto de La tierra y los labios, ya aparece este imperativo, «Dame la mano; / alcánzame una muerte sonriente», en un registro amoroso que poco tiene que ver con el choque que siente el lector del poema a Vallejo. Este choque, no lo puede provocar la sola tensión oximorónica  que atraviesa el texto, del negro liminar a la nieve final –pues blanco también es color de luto. ¿Cómo entenderlo entonces? Toda poesía «es arte de la memoria». La conmoción despertó en mi mente el lejano recuerdo del sueño de Aquiles, en el Canto XXIII de la Ilíada, cuando se le aparece su amigo Patroclo. Pues Patroclo –muerto por Héctor en vez de Aquiles, que se negó a combatir–, viene a suplicar a Aquiles que le dé sepultura, para que su sombra deje de errar y pueda descansar en el Hades, hasta que sus cenizas no se separen jamás. «Dame la mano», suplica Patroclo. Al volver a la súplica final del poema de Antonio Gamoneda, quedamos presos de una confusa turbación. La voz de la plegaria antigua, oída por Aquiles en sueño, es la del muerto, Patroclo. En el poema a Vallejo, se han desvanecido los límites entre la vida y la muerte, ya que la voz poética se dirige al poeta muerto con las mismas palabras de la sombra de Patroclo. Así se expresa una comunión intensa, con palabras de muerte, cuando la vida ya no tiene sitio sino en  la energía  poética que, en vez de repetir la súplica por la unión eterna de las cenizas, afirma en su realidad la unión de los huesos. Al referirse a los huesos, la plegaria nueva se apodera de la cifra del dolor en Vallejo –si para él los huesos poseen «un óxido profundo de tristeza»:
Sábana negra en la sustancia humana,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas,
ata mis huesos a los huesos de César Vallejo. […]
En Libro del frío se lee una variación: «ata mis huesos a tus huesos humanos.» En su eficacia última, la voz poética alcanza su mayor unión con la voz desaparecida en el momento en que calla al nombre amado. La celebración de los «huesos humanos» es celebración efectiva de una desaparición –huesos del yo anónimo y universal de los «hombres humanos» de «Los nueve monstruos». (Y aquí recordamos el «Appel à témoin», «pour César Vallejo», de Claude Esteban). Cuando brota de nuevo la súplica, «No mueras más en mí, sal de mi lengua», es como si se hubiera cumplido el sueño de Vallejo con un «encuentro investido de hilo negro». La tercera parte de Libro del frío se cierra con un poema-rescoldo, ahora sí, pura huella de dos versos, que celebra al ruiseñor que cantó hasta morir. Quizá un eco de la flauta doble o de la quena que solloza un nombre, en Santiago de Chuco, cuando el poema es único lugar de encuentro eterno:
Amé todas las pérdidas.

Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.

Convoqué a unas sombras para intentar con ellas acercarme a un mundo poético de tanto riesgo y lucidez. «Detrás de la oscuridad están los rostros que me han abandonado» dice la voz de Arden las pérdidas. Desde la vida, «entramos indecisos en un bosque de espinos». Se desciende hacia los desvanes de la memoria poética, hasta alcanzar en la revelación del poema una luz extraña. Es su vida y su labor:
poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados […].
    Esta es la única esperanza, la que hace retroceder la locura. «Cierto: la verdad es un armario lleno de sombra». Por eso me parece fundamental el último poemario de Esta luz, Cecilia, dedicado a la nieta de Antonio Gamoneda. Sus treinta poemas surgen de los siete de Pétalo herido, y en su sosiego los versos expresan lo que Antonio Gamoneda descifraba ya en 1980 en Tauromaquia y destino, al contemplar las últimas pinturas de Juan Barjola:
Sin embargo, la profundidad trágica no resulta diluida. […] ocurre que Barjola contempla ya la tragedia desde un inmenso y lúcido cansancio. Cuando los gritos se hacen gemidos es que el dolor “ha tocado fondo”. Es, repito, la lucidez definitiva. Sí, algo parecido a la dulzura, a la bondad, al cansancio, que impregna ahora las invocaciones al destino y a la muerte.
«Cansancio de Sísifo», añadía en el acto, y tal es la índole del cansancio que sentimos y oímos en Cecilia, a la par que abre el horizonte de una esperanza:
Estaba ciego en la lucidez pero tú has hecho girar la locura.
Todo es visión, todo está libre de sentido.
 

(5) Bibliografía / ‘Las sombras del solitario’, por L. Breysse-Chanet

Laurence Breysse-Chanet

Compases bibliográficos en torno a
«Las sombras del solitario»

Antonio Gamoneda:
  • Edad (Poesía 1947-1986), ed. Miguel Casado, Madrid, Cátedra, 2000.
  • Pétale blessé, Pétalo herido, dibujo Claire Pichaud, trad. Claude Houy, Barriac, Trames, 2002.
  • Esta luz Poesía reunida (1947-2004), epílogo de Miguel Casado, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004.
  • Prólogo a Jacinto Santos, Temblando de palidez, León, Margen, col. Cuadernos de Cultura, n°10, 1982, p. 3-8.
  • «El arte de la memoria», El Urogallo, n°71, 1992, p. 12-13.
  • «Una lectura posesiva de Jorge Guillén», en Jorge Guillén, el hombre y la obra, Actas, Valladolid, Universidad, 1995, p. 293-295.
  •  «Poesía en la perspectiva de la muerte», El cuerpo de los símbolos, Madrid, Huerga y Fierro, 1997, p. 23-29.
  • «¿Existe o existió la generación del cincuenta?», en Hacia el próximo siglo, II Congreso de Poesía canaria, ed. Ernesto Suárez et al., Confederación Caja de Ahorros, Ensayos 4, 1997, p. 15-28.
  • «Las lágrimas de Claudio», Boletín de la Fundación Federico García Lorca, n°27-28, 2000, p. 145.-148.
  • «Valente: de la contemplación de la muerte», en Cuadernos Hispanoamericanos, 600, junio 2000, p. 7-10.
  • José Luis Calvo Vidal, «Entrevista a Antonio Gamoneda», Moenia, Lugo, II, 1996, p. 565-574.
  • Entrevistas de Almacén, «Una conversación con Antonio Gamoneda», con Marcos Taracido y Roger Colom, 13/8/2001 (http://www.librodenotas.com/almacen/Archivos/001555.html).
  • Javier Rodríguez Marcos, «La poesía se escribe desde la perspectiva de la muerte», entrevista a Antonio Gamoneda, Babelia, El País, 23/8/2003, p. 3.
  • Entrevista de Belén Lorenzana con Antonio Gamoneda, Leer, julio-agosto 2003, p. 118.
  • Algorri, Luis, «Antonio Gamoneda, entre el tú y el usted», «Filandón», Especial dedicado a Antonio Gamoneda, Diario de león, 10/7/1988, p. 26.
  • Casado, Miguel, «Epílogo», Antonio Gamoneda, Esta luz Poesía reunida (1947-2004), Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, p. 573-627.
  • Id., «Un ejercicio de comparación: Lapidario y Lápidas», en Antonio Gamoneda, Madrid, Calambur, col. Los solitarios y sus amigos, 1993, p. 119-144.
  • Castro Flórez, Fernando, «Manos de tierra», en Antonio Gamoneda, Madrid, Calambur, col. Los solitarios y sus amigos, 1993, p. 29-48.
  • Rodríguez, Ildefonso, «Una conversación con Antonio Gamoneda», en Antonio Gamoneda, Madrid, Calambur, col. Los solitarios y sus amigos, 1993, p. 61-85.
  • Villar, Arturo del, «Antonio Gamoneda», La Estafeta Literaria, n°550, 15/10/1974, p. 14.
Georg Trakl:
  • Gamoneda, Antonio «Trakl [2003]», Mudanzas, Esta luz Poesía reunida (1947-2004), epílogo de Miguel Casado, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, p. 571-572.
Las referencias de las cuatro fuentes españolas de traducciones de Trakl aludidas por Antonio Gamoneda, en «Avisos y explicaciones», son las siguientes:
  • Poemas, traducción, selección y prólogo de Ángel Sánchez, Madrid, Visor, 1973.
  • Obras completas, ed. y trad. José Luis Reina Palazón, Madrid, Ed. Trotta, 1ª ed. 1994, 2000.
  • Cantos de muerte. Antología, selección, traducción y estudio de Angélika Becker, Barcelona, Seix Barral, 2001 (ed. revisada y ampliada).
  • Sebastián en sueños, versión de Américo Ferrari, Madrid, Buenos Aires, Valencia, Editorial Pre-Textos, 2001.
Otras referencias en mi texto:
  • Georg Trakl, Poèmes, traducidos y presentados por Eugène Guillevic, París, Obsidiane, 1986, «Difficultés d’une traduction», p. 7.
  • Para la cronología de los poemas de Trakl, me refiero en particular a Georg Trakl, Poèmes majeurs, trad. Jacques Legrand, pres. Adrien Finck, París, Aubier, 1993 y Georg Trakl, Obras completas, ed. y trad. José Luis Reina Palazón, Madrid, Ed. Trotta, 1ª ed. 1994, 2000.
  • Finck, Adrien , «Chant de l’Isolé», Austriaca, dic. 1987, n°25, p. 117-118.
  • Palmier, Jean-Michel, Situation de Georg Trakl, París, Belfond, 1972.
  • Para la traducción de Michèle Finck, cfr. «Poétique comparée de “Génie” de Rimbaud et de “Chant de l’Isolé” de Trakl: Tensions du “projet harmonique», en Poésie moderne et musique “Vorrei e non vorrei” Essai de poétique du son, París, Honoré Champion, 2004, p. 80. En una carta del 25-6-2005, que cito agradecida, Antonio Gamoneda evoca su «continuo asentimiento» tras su lectura de las traducciones de Sébastien en rêve por Michèle Finck (Polyphonies, n°8, invierno 1988-89, p. 35-39).
Federico García Lorca:
  • Gamoneda, Antonio, Tauromaquia y destino, Retablo/80, Gráficas Baraza, 1980.
  • Las cuatro citas a las que se alude en el texto de Antonio Gamoneda son las siguientes: «Eran las cinco en punto de la tarde», «Las heridas quemaban como soles», «Buscaba el amanecer, / y el amanecer no era», «¡Oh blanco muro de España!» (Cfr. Federico García Lorca, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Obras completas I, ed. Miguel García-Posada, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1996, p. 617-621).
Otras citas de poemas de Lorca en mi texto:
  • «1910 Intermedio», Poeta en Nueva York, Obras completas I, ibid., p. 512.
  • «Pequeño vals vienés», IX, «Huida de Nueva York. Dos valses hacia la civilización, Poeta en Nueva York, Obras completas I, ibid., p. 569, y «Nocturno del hueco», VI, «Introducción a la muerte. Poemas de la soledad en Vermont», ibid., p. 549.
César Vallejo:
  • Gamoneda, Antonio, «El lacrimal de Vallejo», «Filandón», Especial dedicado a César Vallejo, Diario de León, 24/7/1988, p. 22.
  • Martínez García, Francisco, «César Vallejo», «Filandón», Diario de León, 24/7/1988, p. 17-18.
  • Martínez García, Francisco, Una poética temporalizada en el espacio leonés, León, Universidad, 1991. Vallejo, César, Poemas humanos. España, aparta de mí este cáliz, ed. Francisco Martínez García, Madrid, Clásicos Castalia, 1987.
Poemas de Vallejo a los que me refiero en particular:
  •  «En suma no poseo para expresar mi vida», Poemas póstumos I, Obra poética, ed. crítica Américo Ferrari, Archivos, Madrid, 1988, p. 435-436.
  • «Piedra negra sobre una piedra blanca», ibid., p. 339.
  • «Telúrica y magnética», ibid., p. 360-361.
  • «En suma no poseo para expresar mi vida», ibid., p. 435.
  • «Considerando en frío, imparcialmente», ibid., p. 350.
  • «Los heraldos negros», Los heraldos negros, ibid., p. 20-21.
  • «Sombrero, abrigo, guantes», ibid., p. 330.
  •  «Entre el dolor y el placer», ibid., p. 327.
Otras obras citadas, sencillamente porque me importa que estén aquí:
  • Baudelaire, Charles, «Recueillement», Les Fleurs du Mal, [Poèmes apportés par la troisième édition, 1868], Œuvres complètes, I, texte établi, présenté et annoté par Claude Pichois, Paris, NRF Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 1975, p. 140-141. Por cierto se recuerda también el inolvidable verso de «Le Balcon»: «La nuit s’épaisissait ainsi qu’une cloison.» (Spleen et Idéal, Les Fleurs du Mal, ibid., p. 36-37)
  • Bonnefoy, Yves, Goya, Baudelaire et la poésie, Entretien avec Jean Starobinski suivi d’études de John E. Jackson et de Pascal Griener, Ginebra, La Dogana, 2004, p. 23.
  • Esteban, Claude, «pour César Vallejo», «Appel à témoin», Étranger devant la porte, I, Variations, Tours, farrago, Éditions Léo Scheer, 2001, p. 9-25.
  • Rilke, R. M., Correspondance, Œuvres III, ed. Philippe Jaccottet, trad. Blaise Briod, Philippe Jaccottet, Pierre Klossowski, París, Seuil, 1976. (Ojalá me perdonen que le cite en francés, si es un libro que me acompañó mucho en mi idioma.)
  • Valente, José Ángel «El cante, la voz», La experiencia abisal, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, p. 36-40.

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